La Natividad de la Virgen María – 8 de septiembre

nacimientovirgenmaria-8septiembre

Fiesta de la Natividad de la bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado.

No se trata en esta fiesta del nacimiento de Jesús; tampoco hablamos de la Inmaculada Concepción de la Virgen; sí hablaremos del nacimiento de la que habría de ser la Madre de Dios ocurrido nueve meses después. La Iglesia quiso destacar esta fiesta mariana, dentro de sus celebraciones, y la situó en el 8 de septiembre.

Los cristianos, enamorados, han mostrado siempre una curiosidad razonable a la hora de conocer detalles en torno al nacimiento de la Señora; han estudiado, investigado, escrito y predicado sobre su nacimiento; pero, como los datos aportados sobre santa María por los evangelistas son parcos porque lo que les interesa es transmitir los dichos y los hechos de Jesucristo, ya adelanto el resultado: no se sabe nada de él. Los santos indagaron sobre la Natividad de la Virgen: Epifanio, Juan Damasceno, Germán de Constantinopla, Anselmo, Eutimio, etc., y quieren abundar los teólogos medievales y los mariólogos posteriores. Pero, a falta de datos revelados, solo se llega a un «posible» por parecer verosímil. Repetimos, como conclusión última, el resultado de tanto esfuerzo: Dios no quiso decirnos nada sobre la Natividad de la Señora. Y lo aceptamos con humildad.

Sí se puede hacer un paseo por los evangelios apócrifos, nunca oficiales y jamás reconocidos; son libros pletóricos de divagaciones e inexactitudes, llenos de figuras, amantes de lo maravilloso y plenos de imaginación. Acerca de la Natividad de María es conveniente el recurso al Evangelio de Santiago que fue el que consiguió entre los apócrifos mayor difusión.

Sobre sus PADRES. Claro que algún nombre habían de tener; los que han prevalecido fueron los de Joaquín y Ana; pero no es seguro. Los apócrifos hablan de que eran estériles, de sangre real y muy ricos. Claro que todo esto, antes de concederlo, es buena cosa matizarlo.

¿Estériles? Que fueran piadosos y santos parece que es bueno y justo concederlo por el modo habitual de obrar Dios. Pero la idea difundida de que eran ancianos y estériles carece de fundamento revelado y quizá se expuso para resaltar la maravillosa intervención divina al estilo de Isaac o del Bautista. Un asunto solo posible.

¿De sangre real? Que Jesús es de la estirpe de David es cierto por el testimonio de los evangelios de verdad y porque en él se cumplieron las profecías. Pero la conexión con la familia real davídica de igual modo le pudo venir a Jesús por línea materna, como por el matrimonio verdadero de María con José, que era el padre legal de Jesús. Desde luego, las genealogías a quien mencionan es a José; otra cosa es que se preste atención a la opinión que afirma la costumbre que tenían los jóvenes de contraer matrimonio con miembros de la misma tribu y hasta de la misma familia.

¿Tan ricos como para llegar a pagar el doble de los impuestos? Parece que esta sugerencia contrasta con el hecho de la pobreza real sufrida en Belén al nacer Jesús donde no tuvieron ni un pariente, ni una casa. La riqueza que dejó David nueve siglos antes fue la promesa del Mesías, y el hecho de casarse María con un artesano parece contradecir la suposición de potentados a los padres de la Virgen. Por este capítulo, parece que hay que afirmar que la supuesta riqueza de los padres de Joaquín y Ana más que una realidad, es un deseo. (A no ser que se sugiera de modo figurado otro tipo de riqueza: la sobrenatural.)

Con respecto al resto de la FAMILIA, parece que el evangelista san Juan quiso dar algún dato en el que se apoyaron elocuentes predicadores y sabios escritores para afirmar que la Virgen tuvo una «hermana», la mujer de Cleofás. Pero, a pesar de la claridad de la afirmación joánica, no está tan claro el asunto de su parentesco con la Virgen. Verás. Es cierto que la afirmación del evangelista puede interpretarse como que fuera hija de Joaquín y Ana, y entonces fuera hermana de sangre de la Virgen; pero ¿no resulta algo extraño que llevaran dos hijas el mismo nombre –María–, dentro de la misma familia? También pudiera interpretarse el dato evangélico como hermana «política» y, en ese caso, Cleofás sería un hermano de sangre de María, hijo de Joaquín y de Ana, o también sería posible que Cleofás fuera hermano de José, o que ella misma lo fuera. El resultado es: inseguridad.

¿Que cómo fue concebida? Era la pregunta que se hacían muchos por aquello de que su concepción fue Inmaculada, es decir, sin el pecado original. A falta de otro dato, queda afirmar que fue concebida de modo natural, que es lo previsto, querido por Dios y hecho santificador en la vida de los esposos. Atreverse a afirmar que fue concebida mediante «un ósculo de paz» responde a torcida y equivocada concepción del matrimonio, con resabios maniqueos.

Decir, afirmando, que nació «en altísimo éxtasis» de santa Ana no pasa de ser ficción y no tiene sentido asegurarlo como muy probable, aunque se haga con el intento de enseñar que fue parida sin dolor.

Los teólogos quisieron saber más. Pensaron –sesudos ellos– en asuntos profundos sobre la situación del alma de la Virgen cuando nació: ¿tuvo, o no tuvo, pleno uso de razón?, y ¿ciencia infusa?, y ¿plena libertad?, y ¿fue confirmada en gracia desde su nacimiento, o solo desde la Anunciación? ¡Sutilezas de enamorados ansiosos de saber más para amar mejor! Sí que es dogma –y por tanto verdad– que «llena de gracia» afirma plenitud: virtudes infusas, dones del Espíritu Santo, ausencia de pecado original, y tanta gracia que ni los ángeles, ni ningún santo llegó a poseer por estar en dependencia del amor a Dios y unión con Él.

Aún seguían preguntando los curiosos por el ubi, en el intento de conocer lo más posible sobre el nacimiento –Natividad– de la Madre de Dios: ¿DÓNDE nació? Los santos padres antiguos se inclinaban por Jerusalén, por aquello de que es la ciudad del Templo. Otros dijeron que Nazaret, el lugar de la Anunciación, donde vivió. Alguno habló de Séforis. Sin saber lugar concreto, todos miramos a Oriente donde esa estrella nació y donde, probablemente, fue atendida por las mujeres vecinas y parientes que la lavaron en agua caliente, la frotaron con sal, la perfumaron con hierbas y la aseguraron con vendas según la usanza habitual, sin saber que el misterio les rondaba en aquella labor feliz y normal.

Mucho han hecho los artistas para plasmar el acontecimiento de la Natividad de María; después del códice del siglo XI en la Biblioteca Vaticana, cabe resaltar a Giotto en la Edad Media y a Filippo Lippi en el Renacimiento.

Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , | Deja un comentario

XXIII Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C – P. Raniero Cantalamessa

Evangelio_Bienaventuranzas

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, sí echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.” ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío». (Lucas 14, 25-33)

Si uno me sigue…

El pasaje del Evangelio de este domingo es uno de esos que dan la tentación de ser dulcificados por parecer demasiado duro para los oídos: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre…». Ante todo hay algo que aclarar: ciertamente el Evangelio es en ocasiones provocante, pero nunca contradictorio. Poco después, en el mismo Evangelio de Lucas, Jesús recuerda con fuerza el deber de honrar al padre y a la madre (Cf. Lucas 18 20) y a propósito del marido y la mujer, dice que tienen que ser una sola carne y que el hombre no tiene derecho de separar lo que Dios ha unido. Entonces, ¿cómo puede decirnos ahora que hay que odiar al padre y a la madre, a la mujer, a los hijos y a los hermanos?

Hay que tener en cuenta un hecho. En hebreo no hay comparativo de superioridad o de inferioridad (amar a alguien más o menos que a otra persona); simplifica y reduce todo a «amar» u «odiar». La frase «si alguno viene donde mí y no odia a su padre y a su madre» debe entenderse, por tanto, en este sentido: «si alguno viene donde mí sin preferirme a su padre y a su madre». Para darse cuenta de esto basta leer el mismo pasaje del Evangelio de Mateo donde dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mateo 10, 37).

Sería totalmente equivocado pensar que este amor por Cristo está en competencia con los diferentes amores humanos: por los padres, el cónyuge, los hijos, los hermanos. Cristo no es un «rival en el amor» de nadie y no tiene celos de nadie.

En la obra «El zapato de raso» de Paul Claudel, la protagonista, cristiana fervorosa pero al mismo tiempo locamente enamorada de Rodrigo, exclama interiormente, como si le costara creerse a sí misma: «Por tanto, ¿está permitido este amor por las criaturas? ¿Verdaderamente Dios no tiene celos?». Y su ángel de la guarda le responde: «¿Cómo podría ser celoso de lo que ha hecho él mismo?» (acto III, escena 8).

El amor por Cristo no excluye los demás amores sino que los ordena. Es más, en él todo amor genuino encuentra su fundamento, su apoyo y la gracia necesaria para ser vivido hasta el final. Este es el sentido de la «gracia de estado» que confiere el sacramento del matrimonio a los cónyuges cristianos. Asegura que, en su amor, serán apoyados y guiados por el amor que Cristo tuvo por su esposa, la Iglesia.

Jesús no hace ilusiones a nadie, pero tampoco desilusiona a nadie; pide todo porque quiere darlo todo; es más, lo ha dado todo. Uno podría preguntarse: ¿pero cómo puede este hombre, que vivió hace veinte siglos en un rincón perdido del planeta, pedirnos a todos este amor absoluto? La respuesta, sin necesidad de remontarnos muy lejos, se encuentra en su vida terrena que conocemos por la historia: él fue el primero en darlo todo por el hombre: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros» (Cf. Efesios 5, 2).

En este mismo pasaje del Evangelio, Jesús nos recuerda también cuál es el test y la prueba del verdadero amor por él: «cargar con la propia cruz». Cargar con la propia cruz no significa buscar sufrimientos. Cristo tampoco se puso a buscar su cruz; en obediencia a la voluntad del Padre la cargó sobre sí cuando los hombres se la pusieron a espaldas, transformándola con su amor obediente de instrumento de suplicio en signo de redención y de gloria. Jesús no vino a aumentar las cruces humanas, sino más bien a darles un sentido. Con razón, se ha dicho que «quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús», es decir, de todos modos encontrará la cruz, pero sin la fuerza para cargar con ella.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Traducción del original italiano realizada por Zenit] 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

VIAJE APOSTÓLICO A MOZAMBIQUE – SANTA MISA POR EL PROGRESO DE LOS PUEBLOS

 

 

Estadio de Zimpeto, Maputo
Viernes, 6 de septiembre de 2019

 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado en el evangelio de Lucas un pasaje del sermón de la llanura. Después de elegir a sus discípulos y haber proclamado las bienaventuranzas, Jesús dice: «a vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos» (Lc 6,27). Una palabra dirigida también a nosotros hoy que lo escuchamos en este estadio.

Y lo dice con claridad, sencillez y firmeza señalando un sendero, un camino estrecho que necesita de algunas virtudes. Porque Jesús no es un idealista que desconoce la realidad, él está hablando del enemigo concreto, del enemigo real; el que ha descripto en la bienaventuranza anterior (6,22): de aquel que nos odia, excluye, insulta y proscribe como infame.

Muchos de vosotros todavía podéis contar en primera persona historias de violencia, odio y desencuentros; algunos en carne propia, otros de alguien conocido que ya no está, otros incluso por el miedo de que heridas del pasado se repitan e intenten borrar el camino recorrido de paz, como en Cabo Delgado.

Jesús no nos invita a un amor abstracto, etéreo o teórico, redactado en escritorios y para discursos. El camino que nos propone es el que Él recorrió primero, el que lo hizo amar a los que lo traicionaron y juzgaron injustamente, a los que lo habrían matado.

Es difícil hablar de reconciliación cuando las heridas causadas en tantos años de desencuentro están todavía frescas o invitar a dar ese paso de perdón que no significa ignorar el dolor o pedir que se pierda la memoria o los ideales (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 100). Aun así, Jesús invita a amar y a hacer el bien; que es mucho más que ignorar al que nos hizo daño o hacer el esfuerzo para que no se crucen nuestras vidas: es un mandato a una benevolencia activa, desinteresada y extraordinaria con respecto a quienes nos hirieron. Pero no se queda allí, también nos pide que los bendigamos y oremos por ellos; es decir, que nuestro decir sobre ellos sea un bien-decir, generador de vida y no de muerte, que pronunciemos sus nombres no para el insulto o la venganza sino para inaugurar un nuevo vínculo para la paz. La vara que el Maestro nos propone es alta.

Con esta invitación, Jesús quiere clausurar para siempre la práctica tan corriente —de ayer y de hoy— de ser cristianos y vivir bajo la ley del talión. No se puede pensar el futuro, construir una nación, una sociedad sustentada en la “equidad” de la violencia. No puedo seguir a Jesús si el orden que promuevo y vivo es el “ojo por ojo, diente por diente”.

Ninguna familia, ningún grupo de vecinos o una etnia, menos un país, tiene futuro si el motor que los une, convoca y tapa las diferencias es la venganza y el odio. No podemos ponernos de acuerdo y unirnos para vengarnos, para hacerle al que fue violento lo mismo que él nos hizo, para planificar ocasiones de desquite bajo formatos aparentemente legales. «Las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos» (ibíd., 60). La “equidad” de la violencia siempre es un espiral sin salida y su costo es muy alto. Otro camino es posible porque es crucial no olvidar que nuestros pueblos tienen derecho a la paz. Vosotros tenéis derecho a la paz.

Para hacer más concreta su invitación y aplicable al día a día, Jesús propone una primera regla de oro al alcance de todos —«como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella» (Lc 6,31)— y nos ayuda a descubrir qué es lo más importante de ese trato mutuo: amarnos, ayudarnos y prestar sin esperar nada a cambio.

“Amarnos”, nos dice Jesús; y Pablo lo traduce como “revestirnos de sentimientos de misericordia y de bondad”(cf. Col 3,12). El mundo desconocía —y sigue sin conocer— la virtud de la misericordia, de la compasión, al matar o abandonar a su suerte a discapacitados y ancianos, eliminar heridos y enfermos, o gozar con los sufrimientos de los animales. Tampoco practicaba la bondad, la amabilidad, que nos mueve a que el bien del prójimo sea tan querido como el propio.

Superar los tiempos de división y violencia supone no sólo un acto de reconciliación o la paz entendida como ausencia de conflicto, implica el compromiso cotidiano de cada uno de nosotros de tener una mirada atenta y activa que nos lleve a tratar a los demás con esa misericordia y bondad con la que queremos ser tratados; misericordia y bondad especialmente hacia aquellos que, por su condición, son rápidamente rechazados y excluidos. Se trata de una actitud de fuertes y no de débiles, una actitud de hombres y mujeres que descubren que no es necesario maltratar, denigrar o aplastar para sentirse importantes, sino al contrario. Y esta actitud es la fuerza profética que Jesucristo mismo nos enseñó al querer identificarse con ellos (cf. Mt 25,35-45) y mostrarnos que el servicio es el camino.

Mozambique es un territorio lleno de riquezas naturales y culturales, pero paradójicamente con una enorme cantidad de su población bajo la línea de pobreza. Y a veces pareciera que quienes se acercan bajo el supuesto deseo de ayudar, tienen otros intereses. Y es triste cuando esto se constata entre hermanos de la misma tierra que se dejan corromper; es muy peligroso aceptar que la corrupción sea el precio que tenemos que pagar ante la ayuda extranjera.

«No será así entre vosotros» (Mt 20,26; cf. vv. 26-28). Con sus palabras, Jesús nos impulsa a ser protagonistas de otro trato: el de su Reino. Aquí y ahora, semillas de alegría y esperanza, paz y reconciliación. Lo que el Espíritu viene a impulsar no es un activismo desbordante, sino, ante todo, una atención puesta en el otro, a reconocerlo y valorarlo como hermano hasta sentir su vida y su dolor como nuestra vida y nuestro dolor. Este es el mejor termómetro para descubrir todas las ideologías de cualquier tipo que intentan manipular a los pobres y a las situaciones de injusticia para el servicio de intereses políticos o personales (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199). Sólo así seremos, allí donde nos encontremos, semillas e instrumentos de paz y reconciliación.

Queremos que reine la paz en nuestros corazones y en el palpitar de nuestro pueblo. Queremos un futuro de paz. Queremos «que la paz de Cristo reine en vuestros corazones» (Col 3,15), como bien lo decía la carta de san Pablo. Él utiliza un verbo que viene del campo de los deportes; es la palabra que se refiere al árbitro que decide las cosas discutibles: “que la paz de Cristo sea el árbitro en vuestros corazones”. Si la paz de Cristo es el árbitro en nuestros corazones, entonces, cuando los sentimientos estén en conflicto y nos sintamos impulsados ante dos sentidos opuestos, “juguémonos” por Cristo. La decisión de Cristo nos mantendrá en el camino del amor, en la senda de la misericordia, en la opción por los más pobres, en la preservación de la naturaleza. En el camino de la paz. Si Jesús es el árbitro entre las emociones conflictivas de nuestro corazón, entre las decisiones complejas de nuestro país, entonces Mozambique tiene un futuro de esperanza garantizado; entonces nuestro país cantará a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cantos inspirados (cf. Col 3,16).

 

Agradecimiento del Santo Padre al concluir la Santa Misa

Al final de mi visita, deseo decir “gracias” a todas las personas y entidades que colaboraron para su realización, comenzando por esta arquidiócesis de Maputo y su Pastor, el Mons. Francisco Chimoio, a quien agradezco por la fraternal acogida y también por el saludo cordial que me acaba de dirigir en nombre de los hermanos obispos y de todo el Pueblo de Dios. Una palabra de especial agradecimiento al Presidente Filipe Nyusi por la atención solícita que he recibido, tanto a nivel personal, como a través de las diversas instituciones gubernamentales y de las fuerzas de seguridad de la nación. Agradezco el trabajo sacrificado y silencioso de los miembros del comité organizador y de tantos voluntarios. Mi agradecimiento a los periodistas y a todas estas buenas personas que salieron de casa para saludarme.

Hermanas y hermanos: Conozco el sacrificio que hicieron para participar en las celebraciones y encuentros… y sé que os habéis mojado todos, ¡espero con agua bendita! Lo aprecio y os doy las gracias de corazón. Y estoy agradecido también a los que no han podido realizarlo por las consecuencias de los ciclones recientes: ¡Queridos hermanos, he experimentado igualmente vuestro apoyo! Y os digo a todos: ¡Tenéis muchos motivos para esperar! Lo he visto, lo he tocado con mi mano en estos días. Por favor, mantened la esperanza; no dejad que os la roben. Y no hay mejor manera de custodiar la esperanza que permanecer unidos, para que todos los motivos que la sustentan se consoliden aún más en un futuro de reconciliación y paz en Mozambique. ¡Que Dios os bendiga y la Virgen Madre os proteja! Y por favor no olvidéis de rezar por mí. Gracias.

 

 

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente: Vatican. va

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

VIAJE APOSTÓLICO A MADAGASCAR – RELIGIOSAS CONTEMPLATIVAS

 

ENCUENTRO CON LAS RELIGIOSAS CONTEMPLATIVAS
EN EL MONASTERIO DE LAS CARMELITAS DESCALZAS

Antananarivo
Sábado, 7 de septiembre de 2019

 

MEDITACIÓN IMPROVISADA

 

Os darán por escrito lo que he preparado, así lo podéis leer y meditarlo tranquilas. Ahora yo quisiera deciros algo desde el corazón.

La lectura del primer libro de los Reyes (2,2b-3), dirigida a Josué, comenzaba con una llamada al valor: «¡Ánimo sé un hombre!». Ánimo, y para seguir al Señor es necesario el valor, siempre, un poco de ánimo. Es verdad que el trabajo más pesado lo hace él, pero se necesita ánimo para dejarle hacer. Y me viene a la mente una imagen, que me ha ayudado mucho en mi vida de sacerdote y de obispo. Una noche tarde, dos religiosas, una muy joven y una anciana iban desde el coro, donde habían rezado vísperas, al refectorio. A la anciana le costaba caminar, estaba casi paralítica, y la joven intentaba ayudarla, pero la anciana se ponía nerviosa, decía: “No me toques. No hagas eso que me caigo”. Y, Dios sabe, pero parece que la enfermedad había vuelto a la anciana un poco neurótica. Pero la joven siempre con la sonrisa la acompañaba. Al final, llegaron al refectorio, la joven intentaba ayudarla a sentarse, y la anciana: “No, no, me haces daño, me duele aquí…”, pero al final se sentaba. Una joven, ante esta situación, seguramente hubiese estado tentada de mandarla a paseo. Pero aquella joven sonreía, cogía el pan, lo preparaba y se lo daba. Esta no es una fábula, es una historia auténtica: la anciana se llamaba sor San Pedro, y la joven sor Teresa del Niño Jesús.

Esta es una historia auténtica, que refleja una pequeña parte de la vida comunitaria, que hace ver el espíritu con el que se puede vivir una vida comunitaria. La caridad en las pequeñas y en las grandes cosas. Aquella joven habría podido pensar: “Sí, pero mañana iré a la priora y le diré que envíe a una más fuerte a ayudar a esta anciana, porque yo no soy capaz”. No pensó así. Creyó en la obediencia: “La obediencia me ha dado esta tarea y la cumpliré”. Con la fuerza de la obediencia hacía con caridad exquisita este trabajo. Sé que todas vosotras, monjas de clausura, habéis venido para estar cerca del Señor, para buscar el camino de la perfección; pero el camino de la perfección se encuentra en estos pequeños pasos en el camino de la obediencia. Pequeños pasos de caridad y de amor. Pequeños pasos que parecen nada, pero son pequeños pasos que atraen, que “hacen esclavo” a Dios, pequeños hilos que “apresan” a Dios. Esto pensaba la joven: a los hilos con los que apresaba a Dios, a las cuerdas, cuerdas de amor, que son los pequeños actos de caridad, pequeños, pequeñísimos, porque nuestra pequeña alma no puede hacer grandes cosas.

Sé valiente. El valor de dar pequeños pasos, el valor de creer que, a través de la pequeñez, Dios es feliz, y consuma la salvación del mundo. “No pero yo pienso que debe cambiar la vida religiosa, debe ser más perfecta, más cercana a Dios, y por esto yo quiero ser priora, capitular, para cambiar las cosas… No digo que alguna de vosotras piense esto… Pero el diablo se insinúa en estos pensamientos. Si tú quieres cambiar no solo el monasterio, no solo la vida religiosa —cambiar y salvar con Jesús—, salvar el mundo comenzando con estos pequeños actos de amor, de renuncia a sí mismo, que aprisionan a Dios y lo traen entre nosotros.

Volvamos a la historia de la joven y de la anciana. Una de estas tardes, antes de cenar, mientras iban del coro al refectorio —salían diez minutos antes del coro para ir al refectorio, paso a paso— Teresa sintió una música, de fuera… Era una música de fiesta, de baile… Y pensó en una fiesta en la que las jóvenes y los jóvenes bailaban, honestamente, una hermosa fiesta de familia… tal vez un matrimonio, un cumpleaños… Pensó en la música, en todo aquello… Y sintió algo dentro, tal vez ha sentido: “Sería hermoso estar allí”, no sé… Y enseguida, decidida, dijo al Señor que nunca, nunca habría cambiado por esa fiesta mundana uno solo de sus gestos con la hermana anciana. Estos la hacían más feliz que todos los bailes del mundo.

Seguramente, a vosotras, la mundanidad os llegará de muchas formas escondidas. Sabed discernir, con la priora, con la comunidad en capítulo, discernir las voces de la mundanidad, porque no entren en la clausura. La mundanidad no es una monja de clausura, más aun, es una cabra que va por su camino, lleva fuera de la clausura… Cuando te vienen pensamientos de mundanidad, cierra la puerta y piensa a los pequeños actos de amor, estos salvan el mundo. Teresa prefirió custodiar la anciana y seguir adelante.

Esto que os diré ahora, lo diré no para asustaros, sino que es una realidad, lo ha dicho Jesús, y me permito de decirlo también yo. Cada una de vosotras, para entrar en el convento, ha debido luchar, ha hecho tantas cosas buenas y ha vencido, ha vencido: ha vencido el espíritu mundano, ha vencido el pecado, ha vencido al diablo. Tal vez, el día en que tú has entrado en el convento, el diablo se ha quedado en la puerta, triste: “He perdido un alma”, y se ha ido. Pero después ha ido a pedir consejo a otro diablo más astuto, un diablo viejo, que seguramente le ha dicho: “Ten paciencia, espera”. Es un modo habitual de actuar del demonio. Jesús lo dice. Cuando el demonio deja libre un alma, se va; después, pasado un poco de tiempo, tiene ganas de volver, y ve aquel alma tan hermosa, tan bien dispuesta, tan bella, y quiere entrar. ¿Y qué dice Jesús? Que el diablo va y busca otros siete peores que él y vuelve con los siete, y quieren entrar en esa casa dispuesta. Pero no pueden entrar haciendo ruido, como si fuesen ladrones, deben entrar educadamente. Y así los diablos “educados” llaman a la puerta: “Quisiera entrar…, busco esta ayuda, o esto otro, o lo de más allá”. Y les dejan entrar. Son diablos educados, entran en casa, cambian la disposición y después, dice Jesús, el final de ese hombre o de esa mujer es peor que el inicio. ¿Pero no te has dado cuenta que ese era un espíritu maligno? “No, era educado, muy bueno”. Y ahora, no, yo me voy a casa porque no puedo tolerar esto…”. Es demasiado tarde ya, tú lo has dejado entrar demasiado dentro de tu corazón. ¿No te has dado cuenta, no has hablado con la priora, no has hablado con el capítulo, con alguna de las hermanas de la comunidad? El tentador no quiere ser descubierto, por eso se disfraza de persona noble, educada, a veces de padre espiritual, a veces… Por favor, hermana, cuando tu sientes algo extraño, habla enseguida. Habla enseguida. Manifiéstalo. Si Eva hubiese hablado a tiempo, si hubiese ido al Señor para decirle: “Esta serpiente me dice estas cosas, ¿tú que crees?”. Si hubiese hablado a tiempo. Pero Eva no habló, y vino el desastre. Este consejo os doy: hablar enseguida, hablar a tiempo, cuando hay algo que os quita la tranquilidad; no digo la paz, sino todavía antes la tranquilidad, después la paz. Esto es ayuda, esta es la defensa que tenéis en la comunidad: una ayuda a la otra para hacer un frente común, para defender la santidad, para defender la gloria de Dios, para defender el amor, para defender el monasterio. “Pero nosotras nos defendemos bien de la mundanidad espiritual, nos defendemos bien del diablo porque tenemos doble reja, y en medio también una cortina”. La doble reja y la cortina no son suficientes. Podríais tener cien cortinas. Es necesaria la caridad, la oración. La caridad de pedir consejo a tiempo, de escuchar a las hermanas, de escuchar a la priora. Y la oración con el Señor, la oración: “Señor, es verdad que esto que siento, esto que me dice la serpiente, ¿es verdad?”. Aquella joven Teresa, apenas sentía algo dentro, lo hablaba con la priora…, que no la quería, no la amaba la priora. “Pero como puedo ir a hablar con la priora si cada vez que me ve me enseña los dientes”. Sí, pero es la priora, es Jesús. “Pero, padre, la priora no es buena, es mala”. Deja que lo diga el Señor, para ti es Jesús la priora. “Pero la priora es un poco anciana, no le funcionan bien las cosas…”. Deja que lo decida el capítulo; tú, si quieres decir esto, lo dices en el capítulo, pero tú ve a la priora, porque es Jesús. Siempre la trasparencia del corazón. Siempre hablando se vence.

Y esta Teresa, que sabía que era antipática a la priora, iba con ella. Es verdad, es necesario reconocer que no todas las prioras son el premio Nobel de la simpatía. Pero son Jesús. El camino de la obediencia es el que te sujeta al amor, nos sujeta al amor.

Después, Teresa se enfermó. Se enfermó y, poco a poco, le parecía  haber perdido la fe. Esta pobrecita, que en su vida había sabido espantar los diablos “educados”, a la hora de la muerte no sabía cómo actuar con el demonio que la rondaba. Decía: “Lo veo: gira, gira…”. Es la oscuridad de los últimos días, de los últimos meses de la vida. Para la tentación, la lucha espiritual, el ejercicio de la caridad no se jubila, hasta el final tú debes luchar. Hasta el final. Ella pensaba haber perdido la fe. Y llamaba a las hermanas para que echaran agua santa en su cama, para que llevaran las velas bendecidas… La lucha del monasterio es hasta el final. Pero es hermosa, porque en esa lucha —cruel pero bella—, cuando es auténtica, no se pierde la paz.

Este Papa —diréis— es un poco “folclórico”, porque en vez de hablarnos de cosas teológicas, nos ha hablado como a las niñas. Ojalá fuesen todas niñas en el espíritu, ojalá. Con esa dimensión de infancia que el Señor tanto ama.

Quisiera terminar la historia de Teresa con la anciana. Teresa, ahora, acompaña a un anciano. Y quiero dar testimonio de esto, quiero dar testimonio porque ella me ha acompañado, en cada paso me acompaña. Me ha enseñado a dar pasos. A veces soy un poco neurótico y la echo fuera, como Madre San Pedro. A veces la escucho; a veces los dolores no me dejan escucharla bien… Pero es una amiga fiel. Por eso no he querido hablaros de teorías, he querido hablaros de mi experiencia con una Santa, y de deciros lo que es capaz de hacer una santa y cuál es el camino para ser santos. Ánimo, adelante.


HOMILÍA PREPARADA POR EL SANTO PADRE

Querida Madre Magdalena de la Anunciación,
Queridas hermanas:

Agradezco la cálida bienvenida, así como sus palabras, querida Madre, que son como el eco de todas las monjas contemplativas de varios monasterios de este país. Les agradezco, queridas hermanas, por dejar por un momento la clausura, para manifestar vuestra comunión conmigo y con la vida y misión de toda la iglesia, especialmente la de Madagascar.

Doy gracias por vuestra presencia, por vuestra fidelidad, por el testimonio luminoso de Jesucristo que ofrecéis a la comunidad. En este país hay pobreza, es verdad, ¡pero también hay mucha riqueza! Rico en bellezas naturales, humanas y espirituales. Hermanas, vosotras también participáis de esta belleza de Madagascar, de su gente y de la Iglesia, porque es la belleza de Cristo la que brilla en sus rostros y en sus vidas. Sí, gracias a vosotras, la Iglesia en Madagascar es aún más hermosa a los ojos del Señor y también a los ojos de todo el mundo.

Los tres salmos de la liturgia de hoy expresan la angustia del salmista en un momento de prueba y peligro. Permitidme detenerme en el primero, es decir sobre la parte del Salmo 119, el más largo del salterio, compuesto de ocho versos por cada letra del alfabeto hebreo. Sin duda su autor es un hombre de contemplación, alguien que sabe dedicarle tiempos largos y bellos a la oración. En el pasaje de hoy, la palabra que aparece varias veces y le da tonalidad a todo es “consumir”, usada sobre todo en dos sentidos.

El orante se consume por el deseo del encuentro con Dios. Vosotras sois testimonio vivo de ese deseo inextinguible en el corazón de todos los hombres. En medio de las múltiples ofertas que pretenden —pero no pueden— saciar el corazón, la vida contemplativa es la antorcha que lleva al único fuego perenne, «la llama de amor viva que tiernamente hiere» (san Juan de la Cruz). Vosotras representáis «visiblemente la meta hacia la cual camina toda la comunidad eclesial que «se encamina por las sendas del tiempo con la mirada fija en la futura recapitulación de todo en Cristo, preanunciando de este modo la gloria celestial» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 2).

Siempre estamos tentados de saciar el deseo de lo eterno con cosas efímeras. Nos vemos expuestos a mares embravecidos que sólo terminan ahogando la vida y el espíritu: «Como el marinero en alta mar necesita el faro que indique la ruta para llegar al puerto, así el mundo os necesita a vosotras. Sed faros, para los cercanos y sobre todo para los lejanos. Sed antorchas que acompañan el camino de los hombres y de las mujeres en la noche oscura del tiempo. Sed centinelas de la aurora (cf. Is 21,11-12) que anuncian la salida del sol (cf. Lc 1,78). Con vuestra vida transfigurada y con palabras sencillas, rumiadas en el silencio, indicadnos a Aquel que es camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6), al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Como Andrés a Simón, gritadnos: “Hemos encontrado al Señor” (cf. Jn 1,40); como María de Magdala la mañana de la resurrección, anunciad: “He visto al Señor” (Jn 20,18)» (ibíd., 6).

Pero también el salmo habla de otro consumir: el que se refiere a la intención de los malvados, de quienes quieren acabar con el justo; ellos lo persiguen, le ponen trampas y lo quieren hacer caer. Un monasterio siempre es un espacio donde llegan los dolores del mundo, los de vuestro pueblo. Que vuestros monasterios, respetando su carisma contemplativo y sus constituciones, sean lugares de acogida y escucha, especialmente de las personas más infelices. Hoy nos acompañan dos madres que han perdido a sus hijos y representan todos los dolores de vuestros hermanos isleños. Estad atentas a los gritos y las miserias de los hombres y mujeres que están a vuestro alrededor y que acuden a vosotras consumidos por el sufrimiento, la explotación y el desánimo. No seáis de aquellas que escuchan sólo para aligerar su aburrimiento, saciar su curiosidad o recoger temas para conversaciones futuras.

En este sentido tenéis una misión fundamental que llevar a cabo. La clausura os sitúa en el corazón de Dios y, por tanto, allí donde Él tiene su corazón. Escucháis el corazón del Señor para escucharlo también en vuestros hermanos y hermanas. La gente que os rodea es a menudo muy pobre, débil, agredida y herida de mil maneras; pero está llena de fe, y reconoce instintivamente en vosotras a testigos de la presencia de Dios, preciosas referencias para encontrarse con Él y obtener su ayuda. Ante tanto dolor que los va consumiendo por dentro, que les roba la alegría y esperanza, y los hace sentir extranjeros, vosotras podéis ser un camino hacia esa roca que evocamos en otro de los salmos: «Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica. Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible» (Sal 60, 2,3).

¡La fe es el mayor bien de los pobres! Es de suma importancia que esta fe sea anunciada, fortalecida en ellos, que realmente los ayude a vivir y esperar. Y que la contemplación de los misterios de Dios expresada en vuestra liturgia y en vuestros tiempos de oración, os permita descubrir mejor su presencia activa en cada realidad humana, incluso la más dolorosa, y dar gracias porque en la contemplación Dios os regala el don de la intercesión. Con vuestra oración vosotras como esas madres cargáis a vuestros hijos en vuestros hombros y los lleváis hacia la tierra prometida.  «La oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: “Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo” (2 M 15,14)» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 154).

Queridas hermanas contemplativas: Sin vosotras, ¿qué sería la Iglesia y los que viven en las periferias humanas de Madagascar? ¿Qué pasaría con todos aquellos que trabajan en la vanguardia de la evangelización, y aquí en particular en las condiciones más precarias, las más difíciles y, a veces, las más peligrosas? Todos ellos se apoyan en vuestra oración y en la ofrenda siempre renovada de vuestras vidas, una ofrenda muy preciosa a los ojos de Dios y que os hace partícipes del misterio de la redención de esta tierra y de las personas queridas que viven en ella.

«Estoy como un odre puesto al humo», dice el salmo (119,83), haciendo alusión al largo tiempo transcurrido viviendo este doble modo de ser consumido: por Dios y por las dificultades del mundo. A veces, casi sin querer nos vamos alejando, y caemos en «la apatía, en la rutina, en la desmotivación, en la desidia paralizadora» (Const. ap. Vultum Dei quaerere, 11). No importan, no importan los años que tenéis o la dificultad para caminar o llegar a tiempo para los oficios. No somos odres puestos al lado del humo sino troncos que arden hasta consumirse en el fuego que es Jesús; quien nunca nos defrauda y toda deuda paga.

Gracias por este momento compartido. Me confío a vuestras oraciones. Os confío todas las intenciones que llevo conmigo en este viaje a Madagascar; recemos juntos para que el Espíritu del Evangelio germine en los corazones de todo nuestro pueblo.

 

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente: Vatican.va
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , | Deja un comentario

VIAJE APOSTÓLICO A MOZAMBIQUE

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS, SACERDOTES, RELIGIOSOS/AS,
CONSAGRADOS Y SEMINARISTAS, CATEQUISTAS Y ANIMADORES

Catedral de la Inmaculada Concepción de Maputo
Jueves, 5 de septiembre de 2019

DISCURSO DEL SANTO PADRE


 

Queridos hermanos Cardenales,
hermanos obispos,
Queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas,
Queridos catequistas y animadores de comunidades cristianas,
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Agradezco el saludo de bienvenida de Mons. Hilário en nombre de todos vosotros. Con afecto y gran reconocimiento, os saludo a todos. Sé que habéis hecho un gran esfuerzo para estar aquí. Juntos, queremos renovar la respuesta al llamado que una vez hizo arder nuestros corazones y que la Santa Madre Iglesia nos ayudó a discernir y confirmar con la misión. Gracias por vuestros testimonios, que hablan de las horas difíciles y los desafíos serios que vivís, reconociendo límites y debilidades; pero también admirándoos de la misericordia de Dios. Me alegró escuchar de la boca de una catequista decir: “Somos una Iglesia insertada en un pueblo heroico”. ¡Gracias! Un pueblo que sabe de sufrimientos pero mantiene viva la esperanza. Con ese sano orgullo por vuestro pueblo, que invita a renovar la fe y la esperanza, queremos renovar nuestro “sí” hoy. ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero» (Ap 2,4)! Pido al Espíritu Santo que os dé siempre la lucidez de llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él quiere decirnos.

Queridos hermanos y hermanas, nos guste o no, estamos llamados a enfrentar la realidad tal como es. Los tiempos cambian y debemos reconocer que a menudo no sabemos cómo insertarnos en los nuevos tiempos, en los nuevos escenarios; podemos soñar con las “cebollas de Egipto” (cf. Nm 11,5), olvidando que la Tierra Prometida está adelante y no atrás, y en ese lamento por los tiempos pasados, nos vamos petrificando, nos vamos “momificando”. No es algo bueno. Un obispo, un sacerdote, una religiosa, un catequista momificado. No, no está bien. En lugar de profesar una Buena Nueva, lo que anunciamos es algo gris que no atrae ni enciende el corazón de nadie. Esta es la tentación.

Nos encontramos en esta catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para compartir como familia lo que nos pasa. Como familia que nació en ese “sí” que María le dijo al ángel. Ella, ni por un momento miró hacia atrás. Es el evangelista Lucas quien nos narra estos acontecimientos del inicio del misterio de la Encarnación. Quizás en su modo de hacerlo encontremos respuestas a las preguntas que habéis hecho hoy —obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas… ¡Los seminaristas no han hecho! [ríen]— y descubramos también el estímulo necesario para responder con la misma generosidad y premura de María.

San Lucas va presentando en paralelo los acontecimientos vinculados a san Juan Bautista y a Jesucristo; quiere que en el contraste descubramos aquello que se va apagando del modo de ser de Dios y de nuestro relacionarnos con Él en el Antiguo Testamento, y el nuevo modo que nos trae el Hijo de Dios hecho hombre. Un modo, en el Antiguo Testamento, que se extingue, y otro nuevo que Jesús trae.

Es evidente que en ambas anunciaciones —la de Juan Bautista y la de Jesús— hay un ángel. Pero, en una, la aparición se da en Judea, en la ciudad más importante: Jerusalén; y no en cualquier lugar, sino en el templo y, dentro de él, en el Santo de los Santos; el ángel se dirige a un varón, y sacerdote. Por el contrario, el anuncio de la Encarnación es en Galilea, la más alejada y conflictiva de las regiones, en una pequeña aldea, Nazaret, en una casa y no en una sinagoga o lugar religioso, y se hace a una laica, una mujer —no a un sacerdote, no a un hombre—. El contraste es grande. ¿Qué ha cambiado? Todo. Todo ha cambiado. Y, en ese cambio, está nuestra identidad más profunda.

Vosotros preguntabais qué hacer con la crisis de identidad sacerdotal, cómo luchar contra ella. A propósito, lo que voy a decir relativo a los sacerdotes es algo que todos —obispos, catequistas, consagrados, seminaristas— estamos llamados a cultivar y desarrollar. Hablaré para todos.

Frente a la crisis de identidad sacerdotal, quizás tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios. Ninguno de nosotros ha sido llamado para un puesto importante, ninguno. A veces sin querer, sin culpa moral, nos habituamos a identificar nuestro quehacer cotidiano como sacerdotes, religiosos, consagrados, laicos, catequistas, con ciertos ritos, con reuniones y coloquios donde el lugar que ocupamos en la reunión, en la mesa o en el aula es de jerarquía; nos parecemos más a Zacarías que a María. «Creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El sacerdote es el más pobre de los hombres —sí, el sacerdote es el más pobre de los hombres— si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. La debilidad del sacerdote, del consagrado, del catequista. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48)» (Homilía en la Misa Crismal, 17 de abril de 2014). Hermanos y hermanas: Volver a Nazaret, volver a Galilea puede ser el camino para afrontar la crisis de identidad. Jesús nos llama, después de su resurrección a volver a Galilea para encontrarlo. Volver a Nazaret, a la primera llamada, volver a Galilea, para resolver la crisis de identidad, para renovarnos como pastores-discípulos-misioneros. Vosotros mismos expresabais cierta exageración en la preocupación por generar recursos para el bienestar personal, por “caminos tortuosos” que muchas veces terminan privilegiando actividades con una retribución garantizada y generan resistencias a entregar la vida en el pastoreo cotidiano. La imagen de esta sencilla doncella en su casa, en contraste con toda la estructura del templo y de Jerusalén, puede ser el espejo donde miremos nuestras complicaciones, nuestros afanes, que oscurecen y dilatan la generosidad de nuestro “sí”.

Las dudas y la necesidad de explicaciones de Zacarías desentonan con el “sí” de María que sólo requiere saber cómo se va a dar todo lo que le suceda. Zacarías no puede superar el afán de controlarlo todo, no puede salir de la lógica de ser y sentirse el responsable y autor de lo que suceda. María no duda, no se mira a sí misma: se entrega, confía. Es agotador vivir el vínculo con Dios como Zacarías, como un doctor de la ley: siempre cumpliendo, siempre creyendo que la paga es proporcional al esfuerzo que haga, que es mérito mío si Dios me bendice, que la Iglesia tiene el deber de reconocer mis virtudes y esfuerzos. Es extenuante. Es extenuante vivir la relación con Dios como lo hace Zacarías. No podemos correr tras aquello que redunde en beneficios personales; nuestros cansancios deben estar más vinculados a nuestra capacidad de compasión. ¿Tengo capacidad de compasión? Son tareas en las que nuestro corazón es “movido” y conmovido. Hermanos y hermanas: La Iglesia pide capacidad de compasión. Capacidad de compasión. «Nos alegramos con los novios que se casan —la vida pastoral—, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido» (Homilía Misa en la Misa Crismal, 2 abril 2015). Entregamos minutos y días en pos de esa madre con SIDA, ese pequeño que quedó huérfano, esa abuela a cargo de tantos nietos o ese joven que ha venido a la ciudad y está desesperado porque no encuentra trabajo. «Tantas emociones… Si tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor. Para nosotros, sacerdotes, las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: “Tomad, comed”. Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: “Tomad y comed, tomad y bebed…”. Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios… que siempre, siempre cansa» (ibíd.). Hermanos y hermanas: La cercanía cansa, cansa siempre. La cercanía al Santo Pueblo de Dios. La cercanía cansa. Es hermoso encontrar un sacerdote, una hermana, un catequista…, agotados por la cercanía. Renovar el llamado muchas veces pasa por revisar si nuestros cansancios y afanes tienen que ver con cierta “mundanidad espiritual”, «por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a las ovejitas que esperan la voz de sus pastores» (Homilía en la Misa Crismal, 24 marzo 2016). Renovar la llamada, nuestra llamada, pasa por elegir, decir sí y cansarnos por aquello que es fecundo a los ojos de Dios, que hace presente, encarna, a su Hijo Jesús. Quiera Dios que en este sano cansancio encontremos la fuente de nuestra identidad y felicidad. La cercanía cansa, y este cansancio es santidad.

Que nuestros jóvenes descubran eso en nosotros, que nos dejamos “tomar y comer”, y que sea eso lo que los lleva a preguntarse por el seguimiento de Jesús, que deslumbrados por la alegría de una entrega cotidiana no impuesta sino madurada y elegida en el silencio y la oración, ellos quieran dar su “sí”. Tú, que te lo preguntas o ya estás en camino de una consagración definitiva, has descubierto «que la ansiedad y la velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado y solo. No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra» (Exhort. ap. Christus vivit, 277).

Este juego de contrastes que plantea el evangelista Lucas —la encarnación en Nazaret y la anunciación a Zacarías en el Templo—, culmina en el encuentro de las dos mujeres: Isabel y María. La Virgen visita a su prima mayor y todo es fiesta, baile y alabanza. Hay una parte de Israel que ha entendido el cambio profundo, vertiginoso del proyecto de Dios: por eso acepta ser visitada, por eso el niño salta en el vientre. En una sociedad patriarcal, por un instante, el mundo de los hombres se retira, enmudece como Zacarías. Hoy también nos ha hablado una catequista, una religiosa, una mujer mozambiqueña que nos ha recordado que nada les hará perder su entusiasmo por evangelizar, por cumplir con su compromiso bautismal. Vuestra vocación es evangelizar; la vocación de la Iglesia es evangelizar; la identidad de la Iglesia es evangelizar. No hacer proselitismo. El proselitismo no es evangelización. El proselitismo no es cristiano. Nuestra vocación es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar. Y en esta hermana nuestra están todos los que salen al encuentro de sus hermanos: los que visitan como María, los que al dejarse visitar aceptan gustosos que el otro los transforme al regalarle su cultura, sus modos de vivir la fe y de expresarla.

La inquietud que expresas nos devela que la inculturación siempre será un desafío, como este “viaje” entre estas dos mujeres que quedarán mutuamente transformadas por el encuentro y el servicio. «Las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 129). El miedo paraliza.

La “distancia” entre Nazaret y Jerusalén se acorta, se hace inexistente por ese “sí” de María. Porque las distancias, los regionalismos y particularismos, el estar constantemente construyendo muros atentan contra la dinámica de la encarnación, que ha derribado el muro que nos separaba (cf. Ef 2,14). Vosotros que habéis sido testigos —al menos los mayores— de divisiones y rencores que terminaron en guerras, tenéis que estar siempre dispuestos a “visitaros”, a acortar las distancias. La Iglesia de Mozambique está invitada a ser la Iglesia de la Visitación. No puede ser parte del problema de las competencias, menosprecios y divisiones de unos con otros, sino puerta de solución, espacio donde sea posible el respeto, el intercambio y el diálogo. La pregunta formulada sobre qué hacer ante un matrimonio interreligioso nos desafía en esta tendencia asentada que tenemos a la fragmentación, a separar en vez de unir. Como también lo es el vínculo entre nacionalidades, entre razas, entre los del norte y los del sur, entre comunidades, sacerdotes y obispos. Es el desafío porque, hasta desarrollar «una cultura del encuentro en una pluriforme armonía», se requiere «un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento, es un trabajo arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo». Es el requisito necesario para la «construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad», para «el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común» (ibíd., 220-221). Así como María fue a la casa de Isabel, como Iglesia tenemos que aprender el camino frente a nuevas problemáticas, buscando no quedar paralizados por una lógica que enfrenta, divide, condena. Poneos en camino y buscad una respuesta a estos desafíos pidiendo la asistencia segura del Espíritu Santo. Él es el Maestro para mostrar los nuevos caminos a transitar.

Reavivemos entonces nuestro llamado vocacional, hagámoslo bajo este magnífico templo dedicado a María, y que nuestro “sí” comprometido proclame las grandezas del Señor, alegre el espíritu de nuestro pueblo en Dios, nuestro Salvador (cf. Lc 1,46-47). Y llene de esperanza, paz y reconciliación a vuestro país, a nuestro querido Mozambique.

Os pido que, por favor, recéis y hagáis rezar por mí.

Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os cuide.

Gracias.

 

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente: Vatican.va

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

VIAJE APOSTÓLICO A MOZAMBIQUE – ENCUENTRO INTERRELIGIOSO CON LOS JÓVENES

Estadio Maxaquene, Maputo
Jueves, 5 de septiembre de 2019

DISCURSO DEL SANTO PADRE


 

Muchas gracias por tus palabras de bienvenida, muchas gracias también por todas y cada una de las representaciones artísticas que habéis realizado. Muchas gracias, gracias. Siéntense, pónganse cómodos.

Me agradecíais porque he reservado tiempo para estar con vosotros. ¿Qué es más importante para un pastor que estar con los suyos? ¿Qué es más importante para un pastor que encontrarse con sus jóvenes? ¡Vosotros sois importantes! Tenéis que saberlo, tenéis que creéroslo. ¡Vosotros sois importantes! Pero con humildad. Porque vosotros no sois sólo el futuro de Mozambique, tampoco de la Iglesia y de la humanidad. Vosotros sois el presente, sois el presente de Mozambique, que, con todo lo que sois y hacéis, ya estáis aportando lo mejor que hoy podéis regalar. Sin vuestro entusiasmo, vuestros cantos, vuestra alegría de vivir, ¿qué sería de esta tierra? Sin los jóvenes, ¿qué sería de esta tierra? Veros cantar, sonreír, bailar, en medio de todas las dificultades que vivís —como bien nos contabas tú— es el mejor signo de que vosotros, jóvenes, sois la alegría de esta tierra, la alegría de hoy, de hoy. La esperanza del mañana.

La alegría de vivir es una de vuestras principales características, la característica de los jóvenes, la alegría de vivir —y eso se puede sentir aquí—. Alegría compartida y celebrada, que reconcilia, y se transforma en el mejor antídoto que desmiente a todos aquellos que os quieren dividir —atentos: que os quieren dividir—, que os quieren fragmentar, que os quieren enfrentar. ¡Cuánto les hace falta a algunas regiones del mundo vuestra alegría de vivir! Como se siente, en algunas regiones del mundo, la alegría de estar sólo juntos, de vivir juntos distintas confesiones religiosas, pero hijos de la misma tierra, unidos.

Gracias por estar presentes las distintas confesiones religiosas. Gracias por animaros a vivir el desafío de la paz y a celebrarla hoy juntos como familia; también a aquellos que sin ser parte de alguna tradición religiosa estáis participando. Es hacer la experiencia de que todos somos necesarios, con nuestras diferencias, pero necesarios. Nuestras diferencias son necesarias. Vosotros juntos —así como os encontráis ahora—, sois el palpitar de este pueblo, donde cada uno juega un papel fundamental en un único proyecto creador, para escribir una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz, llena de reconciliación. Os pregunto:¿Queréis escribir esta página? [responden: sí.] Cuando yo entraba, cantaban: “Reconciliación”. ¿Lo repiten? [Todos: Reconciliación. Reconciliación. Reconciliación.] Gracias.

Me hicisteis dos preguntas que creo van unidas. Por un lado, ¿cómo hacer para que los sueños de los jóvenes se hagan realidad? Y, ¿cómo hacer para que los jóvenes se involucren en los problemas que aquejan al país? Vosotros hoy nos marcasteis el camino y nos enseñasteis cómo responder a estas preguntas.

Habéis expresado con el arte, con la música, con esa riqueza cultural que mencionabas con tanto orgullo, una parte de vuestros sueños y realidades; en todas ellas mostráis diferentes modos de asomaros al mundo y mirar el horizonte: siempre con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y llenos de ilusiones. Vosotros, jóvenes, camináis con dos pies como los adultos, igual, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos, vosotros ponéis uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Vosotros tenéis tanta fuerza, sois capaces de mirar con tanta esperanza, sois una promesa de vida que lleva incorporado un cierto grado de tenacidad (cf. Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 139), que no debéis perder ni dejar que os la roben.

¿Cómo realizar los sueños, cómo contribuir a los problemas del país? Me gustaría decirte: No dejéis que os roben la alegría. No dejéis de cantar y expresaros de acuerdo a todo lo bueno que aprendisteis de vuestras tradiciones. Que no os roben la alegría. Como os decía, hay muchas formas de mirar el horizonte, el mundo, de mirar el presente y el futuro, hay muchos modos. Pero es necesario cuidarse de dos actitudes que matan los sueños y la esperanza. ¿Cuáles son? La resignación y la ansiedad. Dos actitudes que matan los sueños y la esperanza.Son grandes enemigas de la vida, porque nos empujan normalmente por un camino fácil, pero de derrota, y el precio que piden para pasar es muy caro, es muy caro. Se paga con la propia felicidad e incluso con la propia vida. Resignación y ansiedad, dos actitudes que roban la esperanza. ¡Cuántas promesas de felicidad vacías que terminan truncando vidas! Seguro conocéis amigos, conocidos —o incluso os puede haber pasado a vosotros mismos—, el vivir momentos difíciles, dolorosos, donde parece que todo se viene encima y lleva a la resignación. Hay que estar muy atentos porque esa actitud «te hace tomar la senda equivocada. Cuando todo parece paralizado y estancado, cuando los problemas personales nos inquietan, los malestares sociales no encuentran las debidas respuestas, no es bueno darse por vencido» (ibíd., 141). No es bueno darse por vencido, repitan: no está bien darse por vencido [todos: no está bien darse por vencido].

Sé que a la mayoría de vosotros os gusta mucho el fútbol. ¿Es verdad? Recuerdo un gran jugador de estas tierras que aprendió a no resignarse: Eusebio da Silva, la “pantera negra”. Comenzó su vida deportiva en el club de esta ciudad. Las severas dificultades económicas de su familia y la muerte prematura de su padre, no pudieron impedir sus sueños; su pasión por el fútbol lo hizo perseverar, soñar y salir adelante, ¡y hasta llegó a hacer 77 goles para este club de Maxaquene! Tenía todo para resignarse. Y no se resignó.

Su sueño y ganas de jugar lo lanzaron hacia delante, pero tan importante como eso fue encontrar con quién jugar. Vosotros bien sabéis que en un equipo no son todos iguales, ni hacen las mismas cosas o piensan de la misma manera. No. Cada jugador tiene sus características, como lo podemos descubrir y disfrutar en este encuentro: venimos de tradiciones diferentes e incluso podemos hablar lenguas diferentes, pero eso no impidió que nos encontremos. Mucho se ha sufrido y se sufre porque algunos se creen con el derecho de determinar quién puede “jugar” —no— y quién tiene que quedar “fuera de la cancha” —es un derecho injusto—.Y van por la vida dividiendo y enfrentando, y haciendo la guerra. Vosotros, queridos amigos, hoy sois un ejemplo, sois un testimonio de cómo tenemos que actuar. Testimonio de unidad, de reconciliación, de esperanza. Como un equipo de fútbol. ¿Cómo comprometerse con el país? Así como lo estáis haciendo, permaneciendo unidos más allá de lo que os puede diferenciar, buscando siempre la ocasión para realizar los sueños por un país mejor, pero juntos. Juntos. ¡Qué importante es no olvidar que la enemistad social destruye! Juntos: [todos: ¡la enemistad social destruye!] «Y una familia se destruye por la enemistad. Un país se destruye por la enemistad. Juntos: [todos: ¡la enemistad social destruye!] El mundo se destruye por la enemistad. Y la enemistad más grande es la guerra. Porque son incapaces de sentarnos y hablar […]. Sean capaces de crear la amistad social [cf. ibíd., 169].

Recuerdo ese proverbio que dice: «Si quieres llegar rápido camina solo, si quieres llegar lejos, ve acompañado». Lo repetimos. [todos: si quieres llegar rápido camina solo, si quieres llegar lejos, ve acompañado]. Se trata siempre de soñar juntos, como lo estáis haciendo hoy. Soñad con otros, nunca contra otros; soñad como habéis soñado y preparado este encuentro: todos unidos y sin barreras. Eso es parte de la “nueva página de la historia” de Mozambique.

Fútbol, equipos, jugar juntos. Jugar juntos nos enseña que no sólo la resignación es enemiga de los sueños y del compromiso, también lo es la ansiedad. Resignación y ansiedad. La ansiedad: «Puede ser una gran enemiga cuando nos lleva a bajar los brazos porque descubrimos que los resultados no son instantáneos. Los sueños más bellos se conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas. Al mismo tiempo, no hay que detenerse por inseguridad, no hay que tener miedo de apostar y de cometer errores» (ibíd., 142), es normal. Las cosas más hermosas se gestan con el tiempo y, si algo no te salió la primera vez, no tengas miedo de volver a intentar, una y otra vez, y otra. No tengas miedo a equivocarte, nos vamos a equivocar mil veces, pero no caigamos en el error de detenernos porque hay cosas que no nos salieron bien la primera vez. El peor error sería abandonar, por causa de la ansiedad, abandonarlos sueños y las ganas de un país mejor por la ansiedad.

Por ejemplo, tenéis ese hermoso testimonio de María Mutola, que aprendió a perseverar, a seguir intentando a pesar de no cumplir su anhelo de la medalla de oro en los tres primeros juegos olímpicos que compitió; después, al cuarto intento, esta atleta de los 800 metros alcanzó su medalla de oro en las olimpíadas de Sidney. Intentar, intentar. La ansiedad no la hizo ensimismarse; sus nueve títulos mundiales no le hicieron olvidar a su pueblo, sus raíces, y sigue cerca de los niños necesitados de Mozambique. ¡Cuánto nos enseña el deporte a perseverar en nuestros sueños!

Me gustaría sumar otro elemento importante: no dejéis afuera a vuestros mayores. No al ansia, no a la resignación y ahora otro elemento importante: no excluir a vuestros ancianos.

También vuestros mayores os pueden ayudar a que vuestros sueños y aspiraciones no se sequen, no los tire el primer viento de la dificultad o la impotencia; los mayores son nuestras raíces. ¿Lo decimos juntos? [todos: los mayores son nuestras raíces]. Las generaciones anteriores tienen mucho para deciros, para proponeros. Es cierto que a veces nosotros, los mayores, lo hacemos de modo impositivo, como advertencia, metiendo miedo. Es verdad, a veces damos miedo; o pretendemos que hagáis, digáis y viváis exactamente igual que nosotros. Es un error. Vosotros tendréis que hacer vuestra propia síntesis, pero escuchando, valorando a los que os han precedido. Y esto, ¿no es lo que habéis hecho con vuestra música? Al ritmo tradicional de Mozambique, la “marrabenta”, le habéis incorporado otros modernos y nació el “pandza”. Lo que escuchabais, lo que veíais cantar y bailar a vuestros padres y abuelos, lo habéis hecho vuestro. Ese es el camino que os propongo, un camino «hecho de libertad, de entusiasmo, de creatividad, de horizontes nuevos, pero cultivando al mismo tiempo esas raíces que alimentan y sostienen» (ibíd., 184). Los mayores son nuestras raíces. [todos: Los mayores son nuestras raíces].

Todos estos son pequeños elementos que pueden daros el apoyo necesario para no achicarse en los momentos de dificultad, sino para abrir una brecha de esperanza; brecha que os ayudará a poner en juego vuestra creatividad y a encontrar nuevos caminos y espacios para responder a los problemas con el gusto de la solidaridad.

Muchos de vosotros nacisteis bajo el signo de la paz, una paz trabajosa que pasó por momentos más luminosos y otros de prueba. La paz es un proceso que también vosotros estáis llamados a recorrer, tendiendo siempre vuestras manos especialmente a aquellos que están pasando en un momento de dificultad. ¡Grande es el poder de la mano tendida y de la amistad que se juega en lo concreto! Pienso en el sufrimiento de aquellos jóvenes que llegaron llenos de ilusiones en búsqueda de trabajo a la ciudad y hoy están sin techo, sin familia y que no encuentran una mano amiga. Qué importante es que aprendamos a ser manos amigas y tendidas. El gesto de la mano extendida. Todos juntos: el gesto de la mano extendida. [Todos: el gesto de la mano extendida]. Gracias. Buscad crecer en la amistad también con los que piensan distinto, para que la solidaridad crezca entre vosotros y se transforme en la mejor arma para transformar la historia. La solidaridad es la mejor arma para transformar la historia.

Mano tendida que también nos recuerda la necesidad de comprometernos por el cuidado de nuestra casa común. Vosotros, sin lugar a dudas, fuisteis bendecidos con una gran belleza natural, estupenda: bosques y ríos, valles y montañas y esas lindas playas.

Pero tristemente, hace pocos meses habéis sufrido el embate de dos ciclones, habéis visto las consecuencias del descalabro ecológico en el que vivimos. Muchos ya habéis aceptado el desafío imperioso de proteger nuestra casa común, y entre estos hay muchos jóvenes. Tenemos un desafío: proteger nuestra casa común.

Y permitidme deciros una última reflexión: Dios os ama, y en esa afirmación estamos de acuerdo todas las tradiciones religiosas. «Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en silencio dejándote amar por Él. Intenta acallar todas las voces y gritos interiores y quédate un instante en sus brazos de amor» (ibíd., 115). Lo hacemos ahora juntos [permanecen un momento en silencio].

Es el amor del Señor que sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado» (ibíd., 116).

Sé que vosotros creéis en ese amor que hace posible la reconciliación.

Muchas gracias y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

Que Dios os bendiga.

 

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente: Vatican.va
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Ángelus 1 de septiembre de 2019

Palabras del Papa Francisco

En primer lugar, tengo que disculparme por el retraso, pero hubo un incidente: ¡me quedé atrapado
en el ascensor durante 25 minutos! Hubo un corte de electricidad y el ascensor se paró. Gracias a Dios
los bomberos han venido -¡se lo agradezco mucho! – y después de 25 minutos de trabajo se las arreglaron para hacerlo andar. ¡Un aplauso para los bomberos!

El Evangelio de este domingo nos muestra a Jesús, participando en un banquete en casa de un jefe de los fariseos. Jesús miraba y observaba como los invitados corren para conseguir los primeros lugares, una actitud bastante difundida en nuestros días, y no solo cuando se nos invita a una comida. Habitualmente se busca el primer lugar para afirmar una supuesta superioridad sobre los demás.  En realidad, esta carrera hacia los primeros puestos perjudica a la comunidad, tanto civil como eclesial, porque arruina la fraternidad. Todos conocemos a estas personas que siempre quieren trepar para ir cada vez más arriba y dañan la fraternidad. Ante esta escena, Jesús cuenta dos breves parábolas.

La primera parábola se dirige al que es invitado a un banquete y lo exhorta a no ponerse en el primero puesto, porque, dice, “no haya otro invitado más digno que tú y el que te invito a ti y a él venga a decirte: ‘Cédele tu lugar’. Entonces deberás ocupar con vergüenza el último puesto”. Jesús, en cambio, enseña a tener una actitud opuesta: “Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te ha invitado te diga: ‘Amigo, ven más adelante’” (v. 10). Por lo tanto, no debemos buscar por nuestra propia iniciativa la atención y la consideración de los demás, sino, más bien, dejar que sean los otros las que nos las presten. Jesús, nos muestra siempre el camino de la humildad, porque es el más auténtico, el camino de la humildad, que también nos permite tener relaciones auténticas. El camino de la humildad, no la humildad ficticia, la verdadera humildad.

En la segunda parábola, Jesús se dirige al que invita y, refiriéndose al modo de seleccionar a los invitados a la fiesta, le dice: “Cuando ofrezcas un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos y serás bienaventurado porque no tienen nada para devolverte. También aquí, Jesús va completamente a contracorriente, manifestando como siempre la lógica de Dios Padre. Y añade también la clave para interpretar su razonamiento, y ¿cuál es la clave?: si tú haces esto “recibirás en efecto tu recompensa en la resurrección de los justos” (v. 14). Esto significa que el que se comporta de esta manera, tendrá la recompensa divina, mucho más alta que el intercambio humano que uno se espera: yo te hago un favor esperando que tú me hagas otro, no, la generosidad humilde. El intercambio humano, de hecho, suele distorsionar las relaciones, introduciendo el interés personal en una relación que debería ser generosa y gratuita. En cambio, Jesús, nos invita a la generosidad desinteresada para abrirnos el camino hacia una alegría mucho mayor: la alegría de ser partícipes del amor mismo de Dios, que nos espera a todos nosotros en el banquete celestial.

Que la Virgen María “humilde y elevada más que una criatura” (Dante, Paradiso, XXXIII, 2), nos ayude a reconocernos como somos, es decir, pequeños, y a alegrarnos en el dar sin reciprocidad.

Palabras del Papa Francisco después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 1 de septiembre, se celebra la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación. Una oración ecuménica que anima a la toma de conciencia y al compromiso de proteger nuestra casa común, partiendo de un estilo de vida personal y familiar más sostenible. Desde hoy hasta el 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís, es tiempo propicio para la alabanza de Dios por todas sus criaturas y para la asunción de responsabilidades ante el grito de la tierra.

Saludo a todos ustedes procedentes de Italia y de varias partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos ucranianos, que han venido de diferentes países con ocasión del Sínodo de obispos de la Iglesia greco-católica ucraniana, que tendrá lugar en Roma en los próximos días. Saludo a las Hermanas y jóvenes en formación del Instituto de san José Benedicto Cottolengo. ¡Gracias! ¡Gracias por su testimonio! Gracias por lo que hacen y por lo que nos enseñan; adelante,vamos! A los ciclistas de Cunardo y a los fieles de Cerro di Bottanuco; al grupo de la Acción Católica de Lecce y a los jóvenes de San Matteo della Decima, Gallo Ferrarese y Capriate San Gervasio.

El próximo miércoles, si Dios quiere, partiré hacia un viaje apostólico a África, para visitar las poblaciones de Mozambique, Madagascar y Mauricio. Os pido que me acompañéis con la oración, para que esta visita pastoral dé los frutos deseados.

El 5 de octubre celebraré un Consistorio para el nombramiento de diez nuevos Cardenales. Su origen expresa la vocación misionera de la Iglesia, que continúa anunciando el amor misericordioso de Dios a todas las personas de la Tierra. Aquí están los nombres de los nuevos cardenales:

Mons. Miguel Ángel Ayuso Guixot, Presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso;

Mons. José Tolentino Calaça de Mendonça, Archivero y Bibliotecario de la Santa Iglesia Romana;

Arzobispo Ignacio Suharyo Hardjoatmodjo, Arzobispo de Yakarta;

Mons. Juan de la Caridad García Rodríguez, Arzobispo de San Cristóbal de la Habana;

Arzobispo Fridolin Ambongo Besungu, Arzobispo de Kinshasa;

Arzobispo Jean-Claude Hollerich de Luxemburgo;

Obispo Álvaro Leonel Ramazzini Imeri, obispo de Huehuetenango;

Mons. Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia;

Mons. Cristóbal López Romero, Arzobispo de Rabat;

Padre Michael Czerny, SJ, subsecretario de la Sección de Migrantes del Departamento del Servicio Integral de Desarrollo Humano.

Junto con ellos, combinaré con los miembros del Colegio de Cardenales dos arzobispos y un obispo que se han distinguido por su servicio a la Iglesia:

Mons. Michael Louis Fitzgerald, Arzobispo emérito de Nepte;

Mons. Sigitas Tamkevičius, Arzobispo Emérito de Kaunas;

Obispo Eugenio Dal Corso, Obispo emérito de Benguela.

Oremos por los nuevos cardenales para que, confirmando su adhesión a Cristo, puedan ayudarme en mi ministerio como obispo de Roma por el bien de todos los santos fieles de Dios.

Y les deseo a todos un buen domingo. Por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y adiós!

Fuente: Zenit

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario