Ángelus 12 de noviembre de 2017

 

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio (cfr., Mt 25,1-13) nos indica la condición para entrar en el Reino de los Cielos. Y lo hace con la parábola de las diez vírgenes: se trata de aquellas doncellas que estaban encargadas de acoger y acompañar al esposo a la ceremonia de bodas, y ya que en aquellos tiempos era costumbre celebrarlas de noche, las jóvenes estaban equipadas con lámparas.

La parábola dice que cinco de estas vírgenes son prudentes y cinco necias: en efecto, las prudentes llevaron consigo el aceite para las lámparas, mientras las necias no lo llevaron. El esposo tarda en llegar y todas se duermen. A medianoche es anunciada la llegada del esposo; entonces las vírgenes necias se dan cuenta que no tienen el aceite para las lámparas, y se lo piden a aquellas prudentes. Pero éstas responden que no se lo pueden dar, porque no bastaría para todas. Entonces mientras las necias van en búsqueda del aceite, llega el esposo. Las vírgenes prudentes entran con él en la sala del banquete nupcial y la puerta se cierra. Las cinco necias vuelven demasiado tarde, llaman a la puerta pero la respuesta es: “No las conozco” (v. 12), y se quedan afuera.

¿Qué  nos quiere enseñar Jesús con esta parábola? Nos recuerda que debemos estar preparados para el encuentro con Él. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús exhorta a velar, y lo hace también al final de este relato, dice así: “Estén prevenidos, porque no saben ni el día ni la hora” (v. 13). Pero con esta parábola nos dice que velar no significa solamente no dormir sino estar preparados; en efecto todas las vírgenes se duermen antes que llegue el esposo, pero al despertarse algunas están listas y otras no. Aquí está entonces el significado del ser sabios y prudentes: se trata de no esperar el último momento de nuestra vida para colaborar con la gracia de Dios, sino de hacerlo ya, ahora. Sería hermoso pensar un poco: un día será el último. Si fuera hoy, ¿cómo estoy preparado, preparada? Debo hacer esto y esto… prepararse como si fuera el último día: esto hace bien.

La lámpara es el símbolo de la fe que ilumina nuestra vida, mientras el aceite es el símbolo de la caridad que alimenta, hace fecunda y creíble la luz de la fe. La condición para estar preparados al encuentro con el Señor no es solamente la fe, sino una vida cristiana rica de amor y de caridad por el prójimo. Si nos dejamos guiar de lo que nos parece más cómodo, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de dar la vida a los otros, y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la lámpara de nuestra fe y ésta – la fe – se apagará al momento de la venida del Señor, o aun antes.

Si en cambio estamos preparados y tratamos de hacer el bien, con gestos de amor, de comunión, de servicio al prójimo en dificultad, podemos quedarnos tranquilos mientras esperamos la venida del esposo: el Señor podrá venir en cualquier momento, y también el sueño de la muerte no nos asusta, porque tenemos la reserva de aceite, acumulada con las obras buenas de cada día. La fe inspira la caridad y la caridad custodia la fe.

Que la Virgen María nos ayude a volver nuestra fe siempre más activa por medio de la caridad; para que nuestra lámpara pueda resplandecer ya aquí, en el camino terreno, y luego para siempre, en la fiesta de bodas en el paraíso.

Palabras del Papa después de la oración a la Madre de Dios

Ayer en Madrid fueron proclamados Beatos Vicente Queralt LLoret y 20 compañeros mártires y José María Fernández Sánchez y 38 compañeros mártires. Algunos de los nuevos Beatos eran miembros de la Congregación de la Misión: sacerdotes, hermanos coadjutores, novicios; otros eran laicos pertenecientes a la Asociación de la Medalla Milagrosa. Todos fueron asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa acaecida en el curso de la guerra civil española entre el 1936 y el ’37. Demos gracias a Dios por el gran don de estos testigos ejemplares de Cristo y del Evangelio.

Los saludo a todos ustedes, familias, parroquias, asociaciones y fieles que han venido de Italia y de tantas partes del mundo. En particular saludo a los peregrinos procedentes de Washington, Filadelfia, Brooklyn y Nueva York; al coro parroquial Santa María Magdalena de Nuragus (Cerdeña), a los fieles de Tuscania, Ercolano y Venecia; la Sociedad de bochas de Rosta y los confirmandos de Galzignano.

A todos les deseo un feliz domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

(Traducción de María Cecilia Mutual) | Fuente: news.va

 

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Domingo XXXII del tiempo ordinario, Ciclo A – P. Raniero Cantalamessa

Evangelio-Luz del mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!” Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora»(Mateo 25, 1-13)

¿Quién somos y adónde vamos?

Al comentar la parábola de las diez vírgenes, no queremos insistir tanto en lo que diferencia a las muchachas (cinco son prudentes y cinco necias), sino más bien en lo que les une: todas están saliendo al encuentro del esposo. Esto nos permite reflexionar sobre un aspecto fundamental de la vida cristiana, su orientación escatológica; es decir, la espera del regreso del Señor y nuestro encuentro con él. Nos ayuda a responder a la eterna e inquietante pregunta: ¿Quién somos y adónde vamos?

La Escritura dice que en esta vida somos «peregrinos forasteros», somos «párrocos», pues «paróikos» es la palabra del Nuevo Testamento que se traduce como peregrino y forastero (Cf. 1 Pedro 2,11), como «paroikía» (parroquia) es la traducción de peregrinación o exilio (Cf. 1 Pedro 1, 17). El sentido es claro: en griego «pará» es un adverbio y significa junto: «oikía» es un sustantivo y significa casa; por tanto: vivir junto, cerca, no dentro, sino a un lado. Por este motivo el término pasa a indicar después a quien vive en un puesto durante un tiempo, el hombre de paso, o el exiliado; «paroikía» indica, por tanto, una casa provisional.

La vida de los cristianos es una vida de peregrinos y forasteros, pues están «en» en el mundo, pero no son «del» mundo (Cf. Juan 17,11.16); pues su verdadera patria está en los cielos, de donde esperan que venga Jesucristo el Salvador (Cf. Filipenses 3, 20); pues aquí no tienen una morada estable, sino que están en camino hacia la futura (Cf. Hebreos 13, 14). Toda la Iglesia no es más que una gran «parroquia».

La Carta a Diogneto, del siglo II, define a los cristianos como hombres que «habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña». Se trata, sin embargo, de una manera especial de ser «extranjero». Algunos pensadores de la época también definían al hombre «extranjero en el mundo por naturaleza». Pero la diferencia es enorme: éstos consideraban el mundo como obra del mal y, por ello, no recomendaban el compromiso con él que se expresa en el matrimonio, en el trabajo, en el Estado. En el cristiano no hay nada de todo esto. Los cristianos, dice la Carta, «se casan como todos y engendran hijos», «participan en todo».

Su manera de ser «extranjero» es escatológica, no ontológica; es decir, el cristiano se siente extranjero por vocación, no por naturaleza; en cuanto que está destinado a otro mundo, y no en cuanto que procede de otro mundo. El sentimiento cristiano de reconocerse extranjero se fundamenta en la resurrección de Cristo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba» (Colosenses, 3, 1). Por eso, no rechaza la creación ni su bondad fundamental.

En los últimos tiempos, el redescubrimiento del papel y del compromiso de los cristianos en el mundo ha contribuido a atenuar el sentido escatológico, hasta el punto de que ya casi no se habla de los novísimos: muerte, juicio, infierno y paraíso. Pero cuando la espera en el regreso del Señor es genuinamente bíblica, no distrae del compromiso por los hermanos; más bien, lo purifica; enseña a «juzgar con sabiduría los bienes de la tierra, orientándonos siempre hacia los bienes del cielo». San Pablo, después de haber recordado a los cristianos que «el tiempo es breve», concluía diciendo: «Así que, mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (Gálatas 6,10).

Vivir en espera del regreso del Señor no significa ni siquiera desear morir pronto. «Buscar las cosas de arriba» significa más bien orientar la existencia de cara al encuentro con el Señor, hacer de este acontecimiento el polo de atracción, el faro de la vida. El «cuándo» es secundario y hay que dejarlo en la voluntad de Dios.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]  

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Dedicación de la Basílica de Cristo Salvador – 9 de noviembre

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Fiesta litúrgica de la dedicación de la basílica lateranense

Construida por el emperador Constantino en honor de Cristo Salvador como sede de los obispos de Roma, cuya anual celebración en toda la Iglesia latina es signo del amor y de la unidad con el Romano Pontífice.

Es la catedral del Papa que, al tomar posesión de ella, muestra el supremo poder o potestad eclesiástica de Roma y del mundo

Basílica significa: “Casa del Rey”

De varias maneras se suele denominar este templo: Basílica “Constantiniana,”Del Salvador” y “De San Juan de Letrán”. Es la catedral del Papa que, al tomar posesión de ella, muestra el supremo poder o potestad eclesiástica de Roma y del mundo; por ello a esta basílica se llama a sí misma en la escritura de su fachada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”.

El nombre de Letrán le viene del palacio que tenían los “Laterani” en el monte Celio desde el siglo I a quienes la autoridad confiscó sus bienes por atreverse a conspirar contra Nerón. Parece ser que pasó a ser propiedad de Fausta, la esposa de Constantino; aconsejada, según dicen, por Osio de Córdoba, lo donó a los Papas para su residencia habitual, como de hecho lo fue a través de bastantes siglos hasta el periodo de Aviñon.

Pero la longa historia no muy probada o la leyenda une esta basílica a la familia imperial también por otros motivos. Parece ser que el emperador que legalizó a la Iglesia contrajo el terrible e incurable mal de la lepra y fue curado milagrosamente por san Silvestre; en agradecimiento por la recuperación de la salud, entregó los terrenos necesarios para construirla y se prestó a dar la ayuda económica pertinente. Esta es la razón de llamarla también “Constantiniana”.

Se sabe que ya en el año 313 hubo en ella un sínodo porque la esposa de Constantino lo cedió al papa Milcíades; que el papa Dámaso fue ordenado en ella y que se dedicó el día 9 de Noviembre del año 324, dándole Silvestre el título de “El Salvador”, hasta que en el siglo XIII se le añadieran los de San Juan Bautista y de San Juan Evangelista.

Este augusto templo ha sido la sede de muchos concilios -más de veinticinco- desde el siglo IV al XVI y, de ellos, cinco han sido ecuménicos.

Allí se firmó, ya en tiempos más cercanos, el Tratado de Letrán, el 11 de marzo de 1929, con el que Pío XI logró la libertad del papa de todo soberano temporal y con ello el libre ejercicio de su misión evangelizadora, firmándolo con Mussolini.

Esta basílica podría contar una larga serie histórica de virtudes, pero también habla de sacrilegios, saqueos, incendios, terremotos e incluso el abandono de sus papas sobre todo el tiempo del destierro de Aviñon. Buscando un sentido a esos hechos, uno se pregunta si no serán las fuerzas del infierno que se ponen de pie, rabiosas, con la intención de acabar con el templo de piedras que es símbolo del poder espiritual supremo e indefectible en la Iglesia. También hay que decir que tanto el Renacimiento como el barroco dejaron en ella su huella artística perenne y restauradora, y que Sixto V y León XIII la hicieron realmente suntuosa, por no hablar de que hasta allí fue Francisco de Asís en 1210 a solicitar del Papa Inocencio III la aprobación de su Orden.

Cuando con su consagración se dedica a Dios y a su culto, se indica que pasa a ser propiedad y sede de la Majestad divina; con esa ceremonia se indica que pasa a ser “la morada de Dios entre los hombres”.

A los católicos, mirándola a ella, se nos hace próximo el misterio de la salvación, pareciéndonos actual aquella escena evangélica en la que Jesucristo llamó a aquel Zaqueo, agarrado a la rama de la higuera, que se siente interpelado por Dios para habitar en su casa y comer con él a pesar de ser sólo un pobre publicano despreciable y pecador.

Es como si el mismo Dios quisiera darnos a entender que, por medio de todo el culto que allí se realiza la Misa, que es el sacrificio redentor de la Cruz, con los sacramentos, con la escucha de su palabra que se hace actual por la predicación-, quisiera recordarnos su vehemente deseo a los hombres de incorporarnos a Él haciéndonos piedras vivas, bien unidas por la caridad, de su Esposa mística -la Iglesia-como las piedras físicas se unen en la construcción material de la basílica. De hecho, esta idea ya está expresada en el Apocalipsis cuando presenta a la Nueva Jerusalén.

Y ¿por qué no decirlo? La Basílica, con su grandeza y su miseria, es también un símbolo de la Iglesia de todos los tiempos donde hubo, hay y habrá persecuciones y flaquezas, intereses humanos y divinos, política, arte, espíritu, dogma y santidad.

Fuente: Archidiócesis de Madrid | Catholic.net

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Audiencia general 8 de noviembre de 2017

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Comenzamos hoy una serie nueva de catequesis, que se centrará  en el “corazón” de la Iglesia, es decir en la eucaristía.Para nosotros, cristianos, es fundamental entender bien el valor y el significado de la santa misa para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.

No podemos olvidar el gran número  de cristianos que, en todo el mundo, a lo largo de  dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte para defender la eucaristía, ni tampoco a aquellos que, incluso hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, un grupo de cristianos del norte de África fue sorprendido mientras celebraba la misa en una casa y fue arrestado. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo habían hecho, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y ellos contestaron: “Sin el domingo no podemos vivir”, que significaba: Si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.

Efectivamente,  Jesús dijo a sus discípulos: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros “. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día “(Jn 6,53 a 54).

Aquellos cristianos norteafricanos fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Nos dejaron el testimonio de  que se puede renunciar a la vida terrena por  la eucaristía, porque nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela y exige una respuesta sobre lo que significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Buscamos  ese manantial del que brota  “el agua viva ” para la vida eterna?, ¿Qué hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de acción de gracias y nos hace un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa “acción de gracias”: acción de gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.

En las próximas catequesis me gustaría responder a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para volver a descubrir, o a descubrir, cómo a través de este misterio de fe resplandece el amor de Dios.

El Concilio Vaticano II estaba fuertemente animado por el deseo de que los cristianos comprendiesen la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por ese motivo, era necesario ante todo  actuar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la liturgia ya que la Iglesia vive y se renueva continuamente gracias a ella.

Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y este es también el objetivo de este ciclo de catequesis que comenzamos hoy: crecer en el conocimiento del don que Dios nos ha dado en la eucaristía.

La eucaristía es un evento maravilloso en el que Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa “es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se presenta en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo”.(Homilía en la misa, Casa Santa  Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está  allí, con nosotros, presente. Son tantas las veces que vamos allí, miramos las cosas, charlamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía… ¡y no celebramos cerca de Él! ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el Presidente de la República o alguien muy importante en el mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, que querríamos saludarlo. Pero piensa: Cuando vas a misa ¡el Señor está allí! Y tú estás distraído. ¡Es el Señor! Tenemos que pensarlo. “Padre es que las misas son aburridas…” Pero¡ qué dices! ¿El Señor es aburrido? –“No, no, la misa no, los curas”. –“Ah, que se conviertan los curas, pero el Señor es quien está allí”- ¿Entendido? No os olvidéis. “Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor”.

Probemos ahora a formular  algunas preguntas fáciles. Por ejemplo, ¿Por qué se hace  el signo de la cruz y el acto de penitencia al comienzo de la Misa? Y aquí me gustaría hacer otro paréntesis. ¿Habéis visto cómo se persignan los niños? No sabes lo que hacen, si es el signo de la cruz o un dibujo… Hacen así (El Papa hace un gesto confuso). Hay que enseñar a los niños a persignarse bien. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Quiere decir que hemos sido redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a persignarse bien. Y esas lecturas en la misa , ¿Por qué están allí? ¿Por qué los domingos hay tres lecturas  y los demás días dos? ¿Por qué están allí? ¿Qué significado tiene la lectura de la misa? ¿Por qué se  leen y qué tienen que ver ? O, ¿Por qué en un momento dado  el sacerdote que preside la celebración dice: “Levantemos el corazón?” No dice: “¡Levantemos los móviles para sacar una foto! No, está muy mal. Y os digo que me pongo muy triste cuando celebro aquí en la Plaza o en la Basílica y veo tantos móviles levantados, no solamente por los fieles, sino también por algunos sacerdotes y también por  obispos. Pero, ¡por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por eso el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”. ¿Qué significa? Acordaos: Nada de móviles.

Es muy importante volver a los cimientos, redescubrir lo que es esencial, a través de lo que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La petición del apóstol Santo Tomás (cf. Jn 20,25), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder, de alguna manera, “tocar” a Dios para creer en El. Lo que Santo Tomás  pide al Señor es lo que todos necesitamos: verlo y tocarlo para reconocerlo. Los sacramentos salen al encuentro de  esta necesidad humana. Los sacramentos, y la celebración eucarística en particular, son los signos del amor de Dios, las formas privilegiadas de reunirse con él.

Así, a  través de estas catequesis que empezamos hoy me gustaría redescubrir junto con vosotros  la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez revelada, da pleno sentido a la vida de cada uno de nosotros. Nuestra Señora nos acompañe en este nuevo tramo del camino. Gracias.

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Saludo a la delegación sindical argentina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sintamos el deseo de conocer y amar más el misterio de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús. Que el Señor los bendiga a todos. Muchas gracias.

Fuente: Zenit | Vatican.va
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Carta del 8 de noviembre de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

María, eres causa de nuestra alegría

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Desde el comienzo de la primera evangelización hasta ahora hemos podido experimentar luces y sombras; ha habido tiempos de gran sabiduría y de enorme santidad, y tiempos mucho más difíciles con acosos y persecuciones, con debilidades e incoherencias que, en algunos casos, desdibujaron la novedad del Evangelio. Hoy, en las circunstancias en las que vivimos, las situaciones por las que están pasando hombres y mujeres, ancianos, adultos, jóvenes y niños, en diversas latitudes de la tierra, nos preocupan y ocupan a quienes creemos en Cristo y sabemos que el misterio de la Encarnación nos mete de lleno en el mundo para dar sabor y luz a la humanidad.

Con motivo de la fiesta de Santa María la Real de la Almudena, vuelvo a ver la importancia de ahondar en la persona de María, precisamente, para dar luz a este momento que vivimos y a las respuestas que se dan en la vida social. Podemos decir que, en general, son de un marcado laicismo, que nada tiene que ver con la sana laicidad; se envía lo religioso al ámbito de lo privado y se neutraliza su posible proyección en el ámbito público. Para los discípulos de Cristo esto no es asumible, pues nuestra vida, llena de la Vida de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo, pasa por vivir en y desde el misterio de la Encarnación, en una sana laicidad que nunca enclaustró lo religioso.

En las páginas del Evangelio dedicadas a la Anunciación y a la Visitación (cfr. Lc 1, 26-56), la misma Virgen María legitima nuestra presencia en medio del mundo y nos muestra los pasos necesarios para vivir como Ella y ser causa de la alegría. Son páginas que nos remiten siempre a pensar de nuevo y a relanzar con más profundidad, fidelidad y audacia la misión en las nuevas situaciones que vivimos. Y de las cuales Europa no está exenta; al contrario, no puede replegarse en confusiones, peligros, amenazas, ideologías, agresiones pasadas… Tenemos que saber renovar y revitalizar el Evangelio. María es ejemplo de discípula misionera que acerca esa alegría que viene del Evangelio, de Jesucristo. Ella desborda de gratitud, de dicha; no tiene más prioridad que ser dadora de rostro humano a Dios y hacer sentir su presencia en medio de la historia de los hombres.

Para ser causa de la alegría hay tres tareas que os invito a incorporar a vuestra vida, siendo coherentes con la misión que Jesús entregó a nuestra Madre cuando dijo desde la Cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y que, como señala el Evangelio, «desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio».

1. Acoger a Dios en nuestra vida: siempre me impresionaron las palabras de la Virgen María al ángel, cuando este entró en su presencia. Ofrecen todo un itinerario de acogida de Dios:

a) Amistad con Dios: supone una relación de amistad con Dios vivida y lograda con todas las consecuencias. Se hace presente Aquel a quien hay que acoger; así lo hace Dios a través del ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

b) Elección de Dios: supone una relación profunda vivida con intensidad, que hace consciente de que es elegida: «Has encontrado gracia ante Dios».

c) Entrar en las razones de Dios: no es fácil de entender lo que se pide, por ello se hace una pregunta –«¿Cómo será esto?»– que nace de la profundidad de la vida de María.

d) Disponibilidad para lo que pida Dios: «Para Dios nada hay imposible»; por ello, acoge todo lo que Dios pide, acoge a Dios mismo, prestando la vida para que tome rostro humano. «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» o, dicho de otro modo, «aquí me tienes Señor, hágase lo que Tú quieres».

2. Mantener viva la presencia de Dios en la historia: María, elegida y preservada de todo pecado por Dios, lo ha escogido siempre, ya que es el único que nos propone caminos que nos conducen a la vida y eliminan los de muerte. Dios creó todo, también al hombre y a la mujer, y ellos, en la libertad que Él nos da, optaron por construir un mundo sin Dios y en muchas ocasiones contra Dios, animados por ídolos sustitutivos. María es la mujer nueva que va a dar a luz a quien es Camino de vida verdadera y plena. Ella puso en este mundo a Cristo. Mantener viva la presencia de Dios entre los hombres fue su gran reto, ¡qué grande es nuestra Madre! El reto de María ha sido mostrar la capacidad que Dios da para responder, promover y formar discípulos misioneros que desborden de gratitud y de alegría porque se encontraron con Dios y le dan rostro en este mundo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava». En la escuela de María aprendemos esto, no es extraño que el discípulo Juan –en nombre de todos nosotros­– hiciese lo que hizo. Aprendamos de la Virgen María a mantener viva la presencia de Dios en la historia, contemos con Ella para hacerlo.

3. Promover acciones que muestren el rostro de Dios: sigamos el itinerario de María en la visitación a su prima Isabel. La presencia de Dios en María la hace misionera. No es fácil el camino, hay dificultades, pero «María se puso en camino de prisa». Urge dar la noticia de un Dios que no es lejano, que se quiere hacer cercano a los hombres y se hace Hombre. Y María es el prototipo de un discípulo misionero, pues muestra que es más fuerte la fuerza de Dios que las fuerzas de los hombres o de la naturaleza. El amor de Dios, acogido en nosotros, nos hace obrar, nos hace entrar en la realidad con acciones que cualifican nuestra presencia de discípulos de Cristo. Tenemos una realidad marcada por grandes cambios que afectan a la vida de las personas, nos sentimos interpelados en todos los ámbitos de la vida social, como la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también la religión. De ahí la necesidad de promover acciones significativas que hagan un humanismo verdadero, mostrando el rostro de Cristo. ¡Qué obras hace Dios cuando ocupa nuestra vida! Ved lo que acontece: «Cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre». Se siente y percibe la presencia de Dios. Porque la presencia de Dios mueve la vida, cambia la historia, las direcciones, las propuestas. Su presencia se manifiesta en la vida de quienes se encuentran con María, que valoran y constatan lo que hace Dios en un ser humano. Contemplemos lo que dice Isabel: «¡Bendita tú entre las mujeres!». «Bienaventurada tú que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá».

            Con gran afecto, os bendice,

            +Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid

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Ángelus 5 de noviembre de 2017

Angelus 05/11/2017 CTV

Palabras del Papa antes del ángelus

 ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Mt 23, 1-12) se desarrolla en los últimos días de la vida de Jesús, en Jerusalén; días cargados de expectativas y de tensiones. Por un lado Jesús dirige severas críticas a los escribas y a los fariseos, y por otro lado deja instrucciones importantes a los cristianos, también a nosotros.

Ha dicho a la gente: “Los escribas y los fariseos enseñan en el púlpito de Moisés. De manera que todo lo que ellos os pueden decir, hacedlo y observadlo”. Esto quiere decir que tienen la autoridad de enseñar lo que es conforme a la Ley de Dios. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús añade: “Pero no hagáis como ellos, porque dicen y no hacen” (v. 2-3). Hermanos y hermanas, todos aquellos que tienen una autoridad, tanto civil como eclesiástica, tienen frecuentemente el defecto de exigir cosas, incluso justas, que ellos mismos no ponen en práctica. Ellos llevan una doble vida. Jesús dice: “Atan pesadas cargas, difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”. (v. 4). Esta actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que al contrario debería sacar su primera fuerza del buen ejemplo, para ayudar a los otros a practicar lo que es justo y necesario, y sostenerles en las pruebas que encontramos en el camino del bien. La autoridad es una ayuda, pero si se ejerce mal, se vuelve abrumadora, no deja crecer a las personas y crea un clima de desconfianza y de hostilidad e incluso conduce a la corrupción.

Jesús denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y de los fariseos: “Les gustan los lugares de honor en las comidas, en los sitios de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas públicas” (vv. 6-7). Es una tentación que corresponde a la suficiencia humana  que no siempre es fácil vencer. Es la actitud de vivir siempre por la apariencia.

Después Jesús da instrucciones a sus discípulos: “Para vosotros, no os deis el título de Rabino, porque tenéis un solo maestro para enseñaros, y vosotros sois todos hermanos….[No os hagáis dar el título de maestro, porque vosotros solo tenéis un maestro Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor”(vv.8-11)

Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o de supremacía. Os digo que personalmente, sufro viendo personas que psicológicamente van corriendo detrás de la vanidad de los títulos de honor. Nosotros  discípulos de Jesús, no debemos hacerlo porque entre nosotros tiene que haber una actitud simple y fraterna. Todos somos hermanos y hermanas  y no debemos de ninguna manera aplastar a los otros. No debemos mirarlos [en alto] no, todos somos hermanos. Si hemos recibido cualidades del Padre celestial, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no sacar provecho para nuestra satisfacción y nuestro interés personal. No nos debemos considerar superiores a los otros; la modestia es esencial para una existencia que quiere estar conforme con la enseñanza de Jesús, que es dulce y humilde de corazón y que ha venido no para ser servido, sino para servir.

Que la Virgen María, “humilde y superior a todas las criaturas” (Dante, Paradis, XXXIII, 2), nos ayude, por su intercesión materna, a horrorizarnos del orgullo y de la vanidad, y a ser dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su gozo que también será el nuestro.

Tras rezar la oración mariana del Ángelus el Santo Padre saludó a los fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, a quienes dirigió unas palabras en memoria de la nueva beata de la Iglesia.

“Ayer, en Indore, India, fue proclamada Beata Regina Mary Vattalil, religiosa de la Congregación de las Hermanas Franciscanas Clarisas, asesinada por su fe cristiana en 1995”,  dijo el Santo Padre. “La hermana Vattalil dio testimonio de Cristo en el amor y la mansedumbre, y se une a la larga fila de mártires de nuestro tiempo. Su sacrificio es una semilla de fe y paz, especialmente en tierra india. ¡Era tan buena! La llamaban la hermana de la sonrisa”.

Asimismo el Pontífice saludó a varios grupos de peregrinos, en particular los provenientes de Gomel, Bielorussia, los miembros del  “Centro Académico Romano Fundación” de Madrid, los fieles de Valencia, Murcia y Torrente en España, así como a las religiosas Hermanas de la Divina Providencia que celebran los 175 años de la fundación de su Instituto.

“Saludo al coro juvenil  italiano Los polifónicos de Trento, ¡luego canten un poco eh!.., la coral de las ciudades italianas de Candiana, Maser y Bagnoli di Sopra; y a los participantes del Festival de música y arte sacra, llegados de varios países, los fieles de Altamura, de Guidonia, de Lodi y de la parroquia de San Lucas en Roma”, concluyó el Obispo de Roma deseando a todos un buen domingo y recordando su petición de rezar por él: “¡Buen almuerzo y hasta pronto!”.

Fuente: Zenit | News.va

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Domingo XXXI del tiempo ordinario, Ciclo A –  P. Raniero Cantalamessa

El-Santo-Evangelio

En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbi”. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbi”, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». (Mateo 23,1-1)

Uno solo es el Maestro

En el Evangelio los títulos de Cristo son como caras de un prisma, cada una de las cuales refleja un particular «color», esto es, un aspecto de su realidad íntima. Este domingo nos encontramos con el importante título de Maestro: «Uno solo es vuestro Maestro, el Cristo». Entre los artistas y ciertas categorías de profesionales el nombre del maestro en cuya escuela uno se haya formado es una de las cosas de las que se está más orgulloso y se pone en la cumbre de las propias referencias. Pero la relación maestro-discípulo era aún más importante en tiempos de Jesús, cuando no había libros y toda la sabiduría se transmitía por vía oral.

En un punto Jesús se distancia sin embargo de lo que ocurría en su tiempo entre el maestro y los discípulos. Éstos se pagaban, por así decirlo, los estudios sirviendo al maestro, haciendo por él pequeños encargos y prestándole los servicios que un joven puede hacer a un anciano, entre los que estaba lavarle los pies. Con Jesús sucede al revés: es él quien sirve a los discípulos y les lava los pies. Jesús no es verdaderamente de la categoría de los maestros que «dicen y no hacen». Él no dijo a sus discípulos que hicieran nada que no hubiera hecho él mismo. Es lo contrario a los maestros amonestados en el pasaje del Evangelio del día, quienes «atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». No es una de esas señales viarias que indican la dirección en la que andar, sin moverse un centímetro. Por ello Jesús puede decir con toda verdad: «Aprended de mí».

¿Pero qué quiere decir que Jesús es el único maestro? No quiere decir que este título no deba utilizarse de ahora en adelante por ningún otro, que nadie tiene derecho de hacerse llamar maestro. Quiere decir que ninguno tiene derecho de hacerse llamar Maestro con mayúsculas, como si fuera el propietario último de la verdad y enseñara en nombre propio la verdad sobre Dios. Jesús es la suprema y definitiva revelación de Dios a los hombres que contiene en sí todas las revelaciones parciales que se han tenido antes o después de él. No se ha limitado a revelarnos quién es Dios, también nos ha dicho qué quiere Dios, cuál es su voluntad en nosotros. Esto hay que recordarlo al hombre de hoy tentado de relativismo ético. Juan Pablo II lo hizo con la encíclica El esplendor de la verdad [«Veritatis splendor», 6 de agosto de 1993. Ndr] y su sucesor Benedicto XVI no se cansa de insistir en ello. No se trata de excluir un sano pluralismo de perspectivas sobre las cuestiones aún abiertas o sobre los problemas nuevos que se presentan a la humanidad, sino de combatir esa forma de relativismo absoluto que niega la posibilidad de verdades ciertas y definitivas.

Contra este relativismo el magisterio de la Iglesia reafirma que existe una verdad absoluta porque existe Dios que es el medidor de la verdad. Esta verdad esencial, ciertamente a identificar siempre con mayor esmero, está impresa en la conciencia. Pero ya que la conciencia se ha empañado por el pecado, por las costumbres y los ejemplos contrarios, he aquí el papel de Cristo, que ha venido a revelar de forma clara esta verdad de Dios; he aquí el papel de la Iglesia y de su magisterio, que explica tal verdad de Cristo y la aplica a las cambiantes situaciones de la vida.

Un fruto personal de la reflexión de hoy sobre el Evangelio sería redescubrir qué honor, qué privilegio inaudito, qué «título de recomendación» es, ante Dios, ser discípulos de Jesús de Nazaret. Poner también nosotros eso en la cumbre de todas nuestras «referencias». Que viéndonos u oyéndonos cualquiera pueda decir de nosotros lo que la mujer dijo a Pedro en el atrio del Sanedrín: «También tú eres uno de sus discípulos. Tu misma habla [mejor si se puede añadir: tu actuación] te descubre» [Cf. Mt 26,73. Ndr].

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit]  

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