Regina Coeli 14 de mayo de 2017

Palabras del Papa antes del Regina Coeli

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Ayer por la tarde volví de mi peregrinación a Fátima: ¡saludemos a la Virgen de Fátima! Y nuestra oración mariana de hoy toma un significado particular, cargado de memoria y de profecía para quienes miran la historia con los ojos de la fe.

En Fátima me he sumergido en la oración del santo Pueblo fiel, oración que fluye desde hace cien años como un rio, para implorar la protección materna de María sobre el mundo entero. Demos gracias al Señor que me ha concedido ir a los pies de la Virgen Madre como peregrino de esperanza y de paz. Y doy gracias de todo corazón a los obispos, al obispo de Leiria-Fátima, a las autoridades del Estado, al presidente de la República y a todos aquellos que han ofrecido su colaboración.

Desde el principio, cuando en la capilla de las apariciones permanecí en silencio largo tiempo, acompañado por el silencio orante de todos los peregrinos, se creó un clima de recogimiento y contemplativo, durante el cual se desarrollaron los diversos momentos de oración. Y en el centro de todo estuvo el Señor Resucitado, presente en medio de su Pueblo en la Palabra y en la Eucaristía. Presente en medio de numerosos enfermos, que son protagonistas de la vida litúrgica y pastoral de Fátima, como de todos los santuarios marianos.

En Fátima la Virgen ha escogido el corazón inocente y la simplicidad de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucia, los depositarios de su mensaje. Estos niños lo han acogido dignamente, y son reconocidos como testigos fiables de las apariciones, convirtiéndose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, he querido proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y de testimonio evangélico.

También he querido proponer a toda la Iglesia de tomar como cargo el cuidado de los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones, sino de la fidelidad y del ardor con los cuales han respondido al privilegio de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “Bella Dama”, ellos la llamaban así, rezaban frecuentemente el Rosario, haciendo penitencia y ofreciendo sacrificios para obtener el fin de la guerra y por las almas que más necesidad tenían de su misericordia.

En nuestros días también, hay tanta necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el fin de tantas guerras por todo el mundo, que se extienden cada vez más, lo mismo que el fin de tantos conflictos absurdos, grandes y familiares, pequeños, que desfiguran el rostro de la humanidad.

Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestro consuelo y el camino que nos conduce a Cristo.

Palabras del Papa después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas,

Yo confío a María Reina de la paz, la suerte de los pueblos afligidos por las guerras y conflictos, en particular en el Oriente Medio. Muchas personas inocentes son duramente probadas, lo mismo cristianos que musulmanes o los pertenecientes a minorías como los yazidis, que sufren violencias y discriminaciones dramáticas. Mi solidaridad se acompaña del apoyo en la oración, lo mismo que doy gracias a aquellos que se comprometen a apoyar en las necesidades humanitarias.

Animo a las diversas comunidades a recorrer el camino del diálogo y de la reconciliación para construir un futuro de respeto, de seguridad y de paz, alejado de toda clase de guerra.

Ayer, en Dublín, el padre jesuita John Sullivan ha sido proclamado bienaventurado. Habiendo vivido en Irlanda entre los siglos XIX y XX, dedica su vida a la enseñanza y a la formación espiritual de jóvenes, y él fue amado y buscado como un padre de los pobres y de los que sufren. Damos gracias a Dios por su testimonio.

Os saludo a todos, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de los diversos países, en particular los fieles de Ivrea, Salermo, Valmontone y Rimini: a los obispos de Potenza y de Mozzo (Bergamo).

Saludo a los participantes de la iniciativa llamada “Passeggini vuoti” (cochecitos vacios) y al grupo de mamás de Bordighera: el futuro de nuestras sociedades exige por parte de todos, especialmente de las instituciones, una atención concreta a la vida y a la maternidad. Esta llamada es particularmente significativa hoy que celebramos en muchos países la fiesta de las madres: acordémonos con gratitud y afección de todas las madres y también nuestras madres en el cielo, confiándoselas a María, la mamá de Jesús. En este momento os hago una proposición: permanezcamos en silencio unos instantes, orando cada uno por su mamá.

A todos os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Buen apetito, y adiós.

©Traduccn de ZENIT, Raquel Anillo
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V Domingo de Pascua, Ciclo A – P. Raniero Cantalamessa

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mi. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre». (Juan 14, 1-12)

La respuesta cristiana a la pregunta humana más inquietante

En el libro del Génesis se lee que después del pecado Dios dijo al Hombre: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás» (Gn 3, 19). Cada año, el miércoles de Ceniza, la liturgia nos repite esta severa advertencia: «Recuerda que polvo eres y en polvo te has de convertir». Si dependiera de mí, haría desaparecer de inmediato esta fórmula de la liturgia. Justamente ahora la Iglesia permite sustituirla con la otra: «Convertios y creed en el Evangelio». Tomada a la letra, sin las debidas explicaciones, aquellas palabras son de hecho la expresión perfecta del ateísmo científico moderno: el hombre no es más que una polvareda de átomos que se resolverá, al final, en otra polvareda de átomos.

El Qohélet [Eclesiastés. ndt], un libro de la Biblia escrito en una época de crisis de las certezas religiosas en Israel, parece confirmar esta interpretación atea cuando escribe: «Todos caminan hacia una misma meta; todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo. ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?» (Qo 3, 20-21). Al final del libro, esta última terrible duda (quién sabe si hay diferencia entre la suerte final del hombre y la del animal) parece resuelta positivamente, porque el autor dice que «vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio» (Qo 12, 7). En los últimos escritos del Antiguo Testamento empieza, es verdad, a abrirse camino la idea de una recompensa de los justos después de la muerte, y hasta la de una resurrección de los cuerpos, pero es una creencia aún bastante vaga en el contenido y no compartida por todos, por ejemplo, por los saduceos.

En este contexto podemos valorar la novedad de las palabras con las que empieza el Evangelio del domingo: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros». Contienen la respuesta cristiana a la más inquietante de las preguntas humanas. Morir no es –como estaba en los inicios de la Biblia y en el mundo pagano– bajar al Seól o al Hades para llevar allí una vida de larvas o de sombras; no es –como para ciertos biólogos ateos- restituir a la naturaleza el propio material orgánico para un ulterior uso por parte de otros seres vivos; tampoco es –como en ciertas formas de religiosidad actuales que se inspiran en doctrinas orientales (con frecuencia mal entendidas)– disolverse como persona en el gran mar de la conciencia universal, en el Todo o, según los casos, en la Nada… Es en cambio ir a estar con Cristo en el seno del Padre, ser donde Él es.

El velo del misterio no se ha levantado porque no puede suprimirse. Igual que no se puede describir qué es el color a un ciego de nacimiento o el sonido a un sordo, tampoco se puede explicar qué es una vida fuera del tiempo y del espacio a quien aún está en el tiempo y en el espacio. No es Dios quien ha querido mantenernos en la oscuridad… Nos ha dicho, sin embargo, lo esencial: la vida eterna será una comunión plena, alma y cuerpo, con Cristo resucitado, compartir su gloria y su gozo.

El Papa Benedicto XVI, en su reciente encíclica sobre la esperanza (Spe salvi), reflexiona sobre la naturaleza de la vida eterna desde un punto de vista también existencial. Comienza observando que hay personas que no desean en absoluto una vida eterna, que incluso tienen miedo. ¿Para qué sirve –se preguntan– prolongar una existencia que se ha revelado llena de problemas y de sufrimientos?

La razón de este temor, explica el Papa, es que no se logra pensar en la vida más que en los modos que conocemos aquí abajo; mientras que se trata, sí, de vida, pero sin todas las limitaciones que experimentamos en el presente. La vida eterna –dice la Encíclica–, será sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya no existe. No será un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad.

Con estas palabras el Papa alude tal vez, tácitamente, a la obra de un famoso compatriota suyo. El ideal del Fausto de Goethe es de hecho precisamente alcanzar tal plenitud de vida y tal satisfacción que le haga exclamar: «Detente, instante: ¡eres tan bello!». Creo que ésta es la idea menos inadecuada que podemos hacernos de la vida eterna: un instante que desearíamos que no acabara nunca y que –a diferencia de todos los instantes de felicidad de aquí abajo– ¡no terminará jamás! Me vienen a la memoria las palabras de uno de los cantos más amados por los cristianos de lengua inglesa: «Amazing grace». Dice: «Y cuando allí hayamos estado diez mil años, / brillando como el sol, / el tiempo que nos queda de alabar a Dios / no será inferior que cuando todo comenzó»  (When we’ve been there  ten thousand years, / Bright shining as the sun, / We’ve no less days  to sing God’s praise / Than when we’ve first begun.)

Por: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
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Papa Francisco en Fátima – Bendición a los enfermos

SALUDO DEL SANTO PADRE A LOS ENFERMOS
AL FINAL DE LA MISA

 

Queridos hermanos y hermanas enfermos.

Como dije en la homilía, el Señor nos precede siempre: cuando atravesamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. En su Pasión, cargó con nuestros sufrimientos. Jesús sabe lo que significa el sufrimiento, nos comprende, nos consuela y nos da fuerza, como hizo con san Francisco Marto y santa Jacinta, y con los santos de todas las épocas y lugares. Pienso en el apóstol Pedro, en cómo la Iglesia entera rezaba por él mientras estaba encadenado en la prisión de Jerusalén. Y el Señor lo consoló. Este es el misterio de la Iglesia: la Iglesia pide al Señor que consuele a los afligidos y él os consuela, incluso de manera oculta; os consuela en la intimidad del corazón y os consuela dándoos fortaleza.

Queridos peregrinos, ante nuestros ojos tenemos a Jesús invisible pero presente en la Eucaristía, así como tenemos a Jesús oculto pero presente en las llagas de nuestros hermanos y hermanas enfermos y atribulados. En el altar, adoramos la carne de Jesús; en ellos, descubrimos las llagas de Jesús. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Hoy, la Virgen María nos repite a todos nosotros la pregunta que hizo, hace cien años, a los pastorcillos: «¿Queréis ofreceros a Dios?». La respuesta: «¡Sí, queremos!», nos ofrece la oportunidad de entender e imitar su vida. Ellos la vivieron con todo lo que conlleva de alegría y sufrimiento, en una actitud de ofrecimiento al Señor.

Queridos enfermos, vivid vuestra vida como una gracia y decidle a Nuestra Señora, como los pastorcillos, que queréis ofreceros a Dios con todo el corazón. No os consideréis solamente como unos destinatarios de la solidaridad caritativa, sino sentíos partícipes a pleno título de la vida y misión de la Iglesia. Vuestra presencia silenciosa, pero más elocuente que muchas palabras, vuestra oración, el ofrecimiento diario de vuestros sufrimientos, en unión con los de Jesús crucificado por la salvación del mundo, la aceptación paciente y hasta alegre de vuestra condición son un recurso espiritual, un patrimonio para toda comunidad cristiana. No tengáis vergüenza de ser un tesoro valioso de la Iglesia.

Jesús va a pasar cerca de vosotros en el Santísimo Sacramento para manifestaros su cercanía y su amor. Confiadle vuestro dolor, vuestros sufrimientos, vuestro cansancio. Contad con la oración de la Iglesia que, por vosotros y con vosotros, se eleva al cielo desde todas partes. Dios es Padre y nunca os olvida.

Fuente: Vatican.va
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Papa Francisco en Fátima – Misa y Canonización

SANTA MISA CON EL RITO DE CANONIZACIÓN
DE LOS BEATOS FRANCISCO MARTO Y JACINTA MARTO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Atrio del Santuario de Fátima
Sábado 13 de mayo de 2017

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto.

Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida ―a menudo propuesta e impuesta― sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».

Queridos Peregrinos, tenemos una Madre, tenemos una Madre! Aferrándonos a ella como hijos, vivamos de la esperanza que se apoya en Jesús, porque, como hemos escuchado en la segunda lectura, «los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad ―nuestra humanidad― que había asumido en el seno de la Virgen Madre, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (cf. Ef 2,6). Que esta esperanza sea el impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro.

Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra. Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?». Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.

Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.

Fuente: Vatican.va

 

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PAPA FRANCISCO EN FÁTIMA – Bendición de las Velas

PEREGRINACIÓN DEL PAPA FRANCISCO
AL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA
con ocasión del centenario de las apariciones de la Virgen María en la Cova da Iria
(12-13 de mayo de 2017)

BENDICIÓN DE LAS VELAS

SALUDO DEL SANTO PADRE

Capilla de las Apariciones, Fátima
Viernes 12 de mayo de 2017


 

Queridos peregrinos de María y con María.

Gracias por recibirme entre vosotros y uniros a mí en esta peregrinación vivida en la esperanza y en la paz. Desde ahora, deseo asegurar a los que os habéis unidos a mí, aquí o en cualquier otro lugar, que os llevo en mi corazón. Siento que Jesús os ha confiado a mí (cf. Jn 21,15-17), y a todos os abrazo y os confío a Jesús, «especialmente a los más necesitados» —como la Virgen nos enseñó a pedir (Aparición, julio de 1917)—. Que ella, madre tierna y solícita con todos los necesitados, les obtenga la bendición del Señor. Que, sobre cada uno de los desheredados e infelices, a los que se les ha robado el presente, de los excluidos y abandonados a los que se les niega el futuro, de los huérfanos y las víctimas de la injusticia a los que no se les permite tener un pasado, descienda la bendición de Dios encarnada en Jesucristo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26).

Esta bendición se cumplió plenamente en la Virgen María, puesto que ninguna otra criatura ha visto brillar sobre sí el rostro de Dios como ella, que dio un rostro humano al Hijo del Padre eterno; a quien podemos ahora contemplar en los sucesivos momentos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su vida, como recordamos en el rezo del Rosario. Con Cristo y María, permanezcamos en Dios. En efecto, «si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos, es decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que une a la Virgen con Jesús, y que nos abre el camino que nos lleva a él» (Pablo VI, Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, Cagliari, 24 abril 1970). De este modo, cada vez que recitamos el Rosario, en este lugar bendito o en cualquier otro lugar, el Evangelio prosigue su camino en la vida de cada uno, de las familias, de los pueblos y del mundo.

Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos ejemplo, o más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable? ¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y en todo momento en la palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una «santita», a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?

Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18). «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. […] Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 288). Que seamos, con María, signo y sacramento de la misericordia de Dios que siempre perdona, perdona todo.

Llevados de la mano de la Virgen Madre y ante su mirada, podemos cantar con alegría las misericordias del Señor. Podemos decir: Mi alma te canta, oh Señor. La misericordia que tuviste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel la tuviste también conmigo. Oh Señor, por culpa del orgullo de mi corazón, he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero sin conseguir ocupar ningún trono. La única manera de ser exaltado es que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto y me ponga junto a tu corazón. Que así sea.

Fuente: Vatican.va
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Carta del 10 de mayo de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

Fátima, «escuela de María» para ser testigos del Señor

Papa en Fátima 2017

El Papa Francisco va como peregrino al santuario mariano de Fátima. Y allí canonizará a Jacinta y Francisco, dos de los tres pastorcillos que atestiguaron haber visto a la Virgen María en 1917. Me vienen a la memoria las palabras que san Juan Pablo II pronunció en el encuentro con los jóvenes en Cuatro Vientos en Madrid: «Queridos jóvenes, os invito a formar parte de la escuela de la Virgen María. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora». Para los jóvenes de todos los lugares del mundo, ¡qué bien sonaban estas palabras y qué bien eran acogidas en su corazón! Todos fijábamos nuestra mente en algún lugar de nuestras geografías donde tenemos un santuario y una imagen que es entrañable para nosotros. En nuestra tierra, con sus distintas advocaciones, María puso su escuela.

¿Sabes lo que significa que tengamos una escuela de María que podemos ofrecer a todos los hombres? El Papa Francisco nos acerca la que nuestra Madre María plantó en Fátima y, a través de tres niños, Lucía, Jacinta y Francisco, ofreció a toda la humanidad. En este mes de mayo y ante este acontecimiento, os propongo vivir desde esa escuela la propuesta que el Santo Padre no ha hecho tantas veces durante su pontificado: la de salir a todos los caminos por donde van los hombres llevando la alegría del Evangelio. Alegría que descubrimos con más hondura al lado de la Virgen María. Con Ella escuchamos con mucha más fuerza la profundidad de la misión que el Señor nos ha entregado: «Seréis mis testigos». María fue el ser humano que más compromiso asumió para ser testigo del Señor. Prestando su vida a Dios, con su absoluto a Él, hizo la obra más grande y la tarea más bella por la humanidad: dar rostro a Dios y convertirse así en el ser humano único, irrepetible y excepcional, al que siempre estará vinculado el rostro del testigo.

Esta carta semanal os llega cuando estoy acompañando al Papa Francisco en Fátima [NdR. el cardenal Osoro acompañará al Papa en el viaje desde el viernes]. Deseo que se asiente en vuestro corazón esa experiencia excepcional de aquellos niños con María, pues el encuentro con Ella siempre es la lección de una Maestra de la santidad. Algunos quizá en el propio santuario, muchos a través de los medios de comunicación, descubriréis cómo aquellos niños contemplaron la santidad de María y acogieron su propuesta a ser santos, comunicando a los hombres que este regalo de Dios es el más necesario para construir nuestra vida. Bendito sea ese encuentro y el que cada uno de nosotros puede tener con nuestra Madre. Que aumenta el deseo y muestra la necesidad de ser testigos del Señor siempre, pero más que nunca en este momento histórico.

¡Cómo no decir con el apóstol san Pablo las mismas palabras que dirigía a Tito! «Cuando se manifestó la Bondad de Dios nuestro Salvador y su Amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna» (Tit 3, 4-7). En María y por María hemos recibido también nosotros todo. ¿Os dais cuenta de que, por su a Dios, fue posible que «la Bondad de Dios nuestro Salvador y su Amor» tuvieran rostro humano en Jesucristo? Con su incondicional, con su deseo de ser testigo de Dios en este mundo y por la fuerza del Espíritu Santo, la Virgen permitió que todos los hombres conociésemos a Dios mismo. Hemos visto el Amor, hemos podido comprobar de qué es capaz ese Amor. En Jesucristo, el Hijo de María, los hombres y mujeres hemos podido conocer y experimentar los frutos de ese Amor.

Entra por un momento en Fátima, escuela de la Virgen María, y aprende de Ella a ser testigo del Señor:

1. La Virgen María es testigo cuando dice a la propuesta de ser Madre de Dios. La primera condición de un testigo es querer vivir en la verdad para que así los demás puedan conocer y vivir en la verdad. A María se le propone ser Madre de quien es el Camino, la Verdad y la Vida. ¿Cómo dudar para hacer presente en este mundo al Hijo de Dios? Se le pide ser Madre de la Bondad y del Amor, lo más necesario para el crecimiento del ser humano. ¿Cómo poner condiciones para ello? Se la compromete a ser testigo de la misericordia de quien nos salva. ¿Cómo no hacer presente a quien tiene capacidad para extraer el bien en toda situación? Ella responde con prontitud. No duda un instante en dejar toda su vida para ese menester. El Señor, al regalarnos su vida en el Bautismo, nos pide también que seamos sus testigos, que le digamos . ¿Cómo lo hago y lo vivo?

2. La Virgen María es testigo cuando se pone en camino para ver a su prima Isabel. Y en aquel encuentro Isabel reconoce que quien la visita es la Madre de Dios: «Bendita tú entre las mujeres», «dichosa tú que has creído que lo que ha dicho el Señor se cumplirá»… En el camino de nuestra vida, en todo lo que hacemos y, sobre todo, en los encuentros que tenemos con los demás, el Señor nos pide que seamos sus testigos. ¿Cómo y desde dónde lo soy? ¿Se nota en mi vida algo singular en el modo de hacer, de tratar a los demás?

3. La Virgen María es testigo cuando en Belén da a luz al Hijo de Dios y calla y adora al Salvador. ¡Qué alegría da contemplar a María viendo cómo Dios mismo toma rostro en un lugar concreto de la tierra! ¡Qué profundidad adquiere la vida cuando se la ve escuchando a todos los que se acercan al portal de Belén hablando de las maravillas del recién nacido y Ella, en silencio, de adoración! Recordemos a los pastores, a los magos… Todos dicen maravillas del recién nacido. Y todos ven a María en silencio de adoración. ¿Soy testigo que, en el silencio y en la adoración, contemplo al Señor?

4. La Virgen María es testigo cuando, en las bodas de Caná, dice a la gente «Haced lo que Él os diga». Ella sabe que quien puede arreglar todas las situaciones por las que pasa el ser humano es Jesucristo. Solo Dios salva. Precisamente por ello, insiste en que recurramos a Él. No duda en ser testigo de esta realidad. Quiere que los hombres, en todos los momentos de la vida, también cuando estamos en apuros, recurramos a Él. ¿Siento la necesidad de ser testigo recurriendo a Él siempre y teniendo la seguridad de que la fuerza y el poder son del Señor?

5. La Virgen María es testigo del Señor cuando su Hijo dice delante de Ella: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». En aquel grupo al que hablaba Jesús, alguien percibe la presencia de la Virgen María y se lo comunican a Jesús. ¡Qué palabra de aliento y de verdad dice de su Madre el Señor! Pues Ella escuchó la Palabra con todas las consecuencias y la Palabra se hizo carne. ¿Soy de los que escucho y dirijo la vida según la Palabra de Dios?

6. La Virgen María es testigo del Señor al pie de la Cruz. En los momentos límite es donde se ofrece lo que uno vale. La Virgen, en el dolor desgarrador de ver morir a su Hijo, acepta la tarea que este le propone: ser Madre de todos los hombres. («Mujer ahí tienes a tu hijo […] hijo, ahí tienes a tu Madre»). Y todo ello, para que María sea siempre la que acompañe a todo discípulo en el camino de la vida y hagamos ese camino como Ella lo hizo con su Hijo. ¿Cómo he incorporado a María en mi vida?

7. La Virgen María es testigo del Señor en la espera de Pentecostés. Allí, en aquella estancia, esperando la venida de Jesucristo, estaba María. Y lo hacía animando a los discípulos a esperar en la promesa que había realizado su Hijo. Es Madre de la esperanza. Está diciendo a los discípulos que su Hijo nunca falla y siempre cumple. Mantener la esperanza pasa por situarnos con María como los primeros discípulos en la estancia de Pentecostés. ¿Mantengo viva la esperanza junto a María?

Con gran afecto, te bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

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Audiencia general 10 de mayo de 2017

María, Madre de la esperanza

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama.

No era simplemente responder con un “si” a la invitación del ángel: sin embargo, ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante, no sabía nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Aquel “si” es el primer paso de una larga lista de obediencias –¡larga lista de obediencias!– que acompañaran su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil.

Es en cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia, así como esa se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo.

Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25).

Ella estaba. No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”.

No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.

Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr. Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo.

En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias.

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la fiesta de san Juan de Ávila, patrono del clero español y maestro de vida espiritual. Pidamos hermanos por todos los sacerdotes, para que sean siempre una imagen transparente de Jesús, Buen Pastor, y la Virgen María los sostenga a lo largo de su vida sacerdotal. También quisiera enviar un saludo desde aquí a los fieles de mi patria, que hace dos días celebraron la Solemnidad de la Patrona de Argentina, Nuestra Señora de Luján. Mi corazón estuvo en Luján estos días. Que el Señor os bendiga. Muchas gracias.

“El próximo viernes y sábado –Dios mediante– iré como peregrino a Fátima para confiarle a Nuestra Señora el futuro temporal y eterno de la humanidad, y suplicarle que obtenga las bendiciones del Cielo en su camino”.

Lo dijo el papa Francisco este miércoles durante la audiencia general realizada en la plaza de San Pedro, dirigiéndose en italiano a los peregrinos y fieles de idioma portugués, palabras que fueron traducidas a continuación en dicho idioma.

“Les pido a todos –prosiguió el Pontífice– que me acompañen, como peregrinos de esperanza y de paz: que vuestras manos en oración sigan apoyando a las mias”. Y concluyó deseando “que la mejor de las madres vele por cada uno de ustedes, a lo largo de todos los días hasta la eternidad”.

 

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