El eco de Su voz: La Anunciación

 

 

HISTORIA DEL CULTO DE LA ANUNCIACIÓN

“Hoy ha llegado la alegría de todos, que absuelve de la primitiva condena. Hoy ha llegado Aquel que está en todas partes, para llenar de júbilo todas las cosas”. “Este es el día de una buena nueva de alegría, es la fiesta de la Virgen; el mundo de aquí abajo se toca con el de ahí arriba; Adán se renueva y Eva se libra de la primitiva aflicción; el tabernáculo de nuestra naturaleza humana se convierte en templo de Dios gracias a la divinización de nuestra condición por El asumida. Oh misterio. El modo del advenimiento de Dios nos es desconocido, el modo de la concepción queda inexpresable. El Angel se hace ministro del milagro; el seno de la Virgen recibe un Hijo; el Espíritu Santo es enviado; desde lo alto el Padre expresa su beneplácito, la unión se realiza por voluntad común; en Él y por medio de Él, henos aquí salvos; unimos nuestro canto al de Gabriel y cantamos a la Virgen: Ave llena de gracia, a través de ti llega la salvación, el Cristo nuestro Dios; la ha tomado nuestra naturaleza y nos ha elevado hasta él. Ruégale por la salvación de nuestras almas.” (Doxasticon)

“Hoy se inicia nuestra salvación y la manifestación del eterno misterio: el Hijo de Dios se hace Hijo de la Virgen y Gabriel anuncia la gracia. Con él decimos a la Madre de Dios: Salve llena de gracia, el Señor es contigo. A ti capitana que por nosotros combates, nosotros, tus siervos, salvados de los peligros, dedicamos el himno de victoria, como canto de agradecimiento, oh Madre de Dios. Pero tú que posees una fuerza invencible, líbranos de todos los peligros, para que podamos cantarte: Alégrate, oh esposa inviolada” (Apolytikion y Kontakion).

En la Anunciación es donde “se ha realizado el misterio que sobrepasa todos los limites de la razón humana, la Encarnación de Dios” (Monje Gregorio). Esta fiesta es “el canto proemial de una alegría indecible” (Andrés de Creta. Homilía)

FIESTA LITÚRGICA 

Esta solemnidad litúrgica aparece en la época del emperador Justiniano, en el siglo VI, asociada a la Navidad. Se formó un pequeño ciclo navideño y la Anunciación cobró más autonomía respecto al núcleo primitivo hasta constituirse en fiesta mariana autónoma. El papa Sergio I, introdujo esta fiesta en la Iglesia Romana. Se celebraba una solemne procesión a Santa María la Mayor, basílica con mosaicos referidos a la divina maternidad de María, establecida por el Concilio de Efeso. La fiesta se estableció el 25 de marzo, porque Jesús se había encarnado coincidiendo con el equinoccio de primavera, tiempo en el que según los antiguos, fue creado el mundo y el primer hombre, como lo comenta Anastasio Antioqueño en su Homilía sobre la Anunciación.

Máximo el Confesor, en la Vida de María, hace precisiones teológicas. La concepción de Cristo, segundo Adán, y la recreación del mundo por parte de Dios en la Encarnación con vistas a la Resurrección, es la plenitud de todo lo creado. Lo que más impresiona de esta fiesta es el sentido de alegría profunda de los himnos, oraciones y homilías, en conflicto con la austeridad de la Cuaresma. En la iglesia bizantina se celebra esta solemnidad anticipada al 24 de marzo, con un oficio, himnos y el Canon de Maitines de Teófanes Graptos, defensor de los iconos en la época iconoclasta.

LA RAIZ DE LA FIESTA

Esta fiesta hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo. Convergen en esta fiesta dos líneas: 1ª. – La derivada de homilías para combatir la tendencia antimariana, donde querían demostrar en Cristo la subsistencia de la humanidad Y de la divinidad. María Madre de Dios, no solo Madre de Jesús. 2ª. – El influjo de la literatura aramea que había desarrollado el concepto de María como segunda Eva. La virginidad y concepción virginal de María, en su papel tan importante para constituir un único asunto de la doctrina cristiana, como lo testimonian: Orígenes en “Contra Celsum”. Arístides en su “Apología” dirigida al emperador Adriano (117-138) subrayando que Jesús “de una virgen judía tomó y se revistió de carne, y habitó en la hija del hombre”. Una cuestión tan importante que creía, según Ignacio de Antioquía en su Carta a los Efesios 19, 1 que: “Al príncipe de este mundo permaneció oculta la virginidad de María, su parto y la muerte del Señor. Son estos los tres misterios, que se cumplieron en el silencio de Dios”

En el Símbolo de la Fe se formula “descendió de los cielos y se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen” según el Concilio Niceno-Constantinopolitano que se ha convertido en el carnet de identidad y de ortodoxia para todas las iglesias orientales y occidentales. Si bien para llegar a esta formulación costó, pues cada iglesia tenia un formulario o Símbolo donde se expresaba brevemente, las principales verdades de la fe, pero todos hacían explícita fe en la Encarnación y la mayoría nombraban a María en su concepción virginal, algunos no nombraban al Espíritu Santo o primero se nombraba a María y después al Espíritu Santo hasta que cuajó en el actual Símbolo “por obra del Espíritu Santo en María la Virgen”. Estos testimonios reflejan la complejidad de las controversias dogmáticas de los primeros siglos.

El Verbo se encarnó y habitó entre nosotros. ¡Gloria a Ti, Señor!

Por: JESUS MARTI BALLESTER  | Fuente: Catholic.net
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Una respuesta a El eco de Su voz: La Anunciación

  1. Pingback: ¿No se encuentra quizás en la Anunciación de Nazaret el comienzo de aquella respuesta definitiva, mediante la cual Dios mismo sale al encuentro de las inquietudes del corazón del hombre? [*] – AleMaraGomezCejas

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