Domingo de Pascua 2017

Homilía del Papa Francisco

Hoy, la iglesia repite, canta y grita: “Jesús ha resucitado”. Cómo ha sido eso? Pedro, Juan, las mujeres han ido a la tumba, pero estaba vacía, Él no estaba.

Se fueron con el corazón lleno de tristeza, la tristeza de una derrota: el Maestro, su Maestro, aquel a quienes ellos amaban tanto ha sido ejecutado, y muerto. Y de la muerte, no se vuelve. He aquí la derrota, he aquí el camino de la derrota, el camino hacia la tumba.

Pero el ángel les dice: “No está aquí, ha resucitado.” Es el primer anuncio: “Ha resucitado.” Y después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones.

Los discípulos permanecen encerrados todo el día en el Cenáculo, porque tenían miedo de que les pasara lo mismo que a Jesús.

Y la Iglesia no cesa de decir a nuestras derrotas, a nuestros corazones cerrados y llenos de miedo: “Detente, el Señor ha resucitado!”

Pero si el Señor ha resucitado, cómo pueden suceder estas cosas:? Cómo puede haber tanta maldad, tantas enfermedades, tráfico de personas, de guerras, de destrucción, de mutilaciones, de venganzas, de odio? Dónde está el Señor?

Ayer telefoneé a un joven con una grave enfermedad, un joven culto, un ingeniero. Y hablando para darle un signo de fe, le dije:” No hay explicación para lo que te pasa. Mira a Jesús en la cruz: Dios ha hecho lo mismo con su Hijo, no hay otra explicación.” Y él me ha respondido: “Si, pero él le ha pedido a su Hijo, y el Hijo ha dicho sí. A mí, no me ha pedido si yo quería esto.” Esto nos trastorna, a ninguno de nosotros nos pide: “Pero tú estás contento de lo que pasa en el mundo? Estás preparado para llevar esta cruz?  ”Y la cruz continua y la fe en Jesús se desploma.

Hoy, la Iglesia continúa diciendo: “Detente, Jesús ha resucitado!” Y no es la imaginación, la resurrección de Cristo no es una fiesta llena de flores. Está bien, pero no es eso, es algo más.

Es el misterio de la piedra rechazada que termina por ser el fundamento de nuestra existencia. Cristo ha resucitado, esto es lo que significa. En esta cultura de rechazo, donde lo que no es útil es rechazado, esta piedra -Jesús- es rechazada y es fuente de vida. Nosotros también pequeñas piedras del suelo, sobre esta tierra de dolor, de tragedias, con la fe en Cristo resucitado, tenemos un sentido, en medio de tantas calamidades. El sentido de ver más allá, el sentido de decir. “Mirad, no hay muro, no hay horizonte, hay vida, hay alegría, está la cruz con esta ambivalencia. Mira hacia delante, no te cierres! Tú pequeña piedra, tú tienes un sentido en la vida, porque eres una piedra pequeña al lado de esta gran roca, esta piedra que ha sido rechazada por la maldad del pecado”.

Qué dice la Iglesia ante tantas tragedias? Simplemente esto: la piedra rechazada no ha sido descartada. Las pequeñas piedras que creen y que se agarran a esta piedra no son rechazadas, tienen un sentido, y con este sentimiento, la Iglesia repite desde el fondo de su corazón: “Cristo ha resucitado!”.

Pensemos un poco, que cada uno de nosotros piense, en los problemas cotidianos, en las enfermedades que hemos vivido o que tengan alguno de nuestros padres. Pensemos en las guerras, en las tragedias humanas, y simplemente con voz humilde, sin flores, solos, delante de Dios, delante de nosotros mismos, digamos: “No sé cómo se puede hacer esto, pero estoy seguro que Cristo ha resucitado y apuesto por este”.

Hermanos y hermanas, esto es lo que os quería decir. Volved a vuestros lugares hoy, repitiendo en vuestro corazón: “Cristo ha resucitado”!”.

(c) Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

 

Mensaje Urbi et Orbi

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Queridos hermanos y hermanas, Feliz Pascua.

Hoy, en todo el mundo, la Iglesia renueva el anuncio lleno de asombro de los primeros discípulos: Jesús ha resucitado Era verdad, ha resucitado el Señor, como había dicho (cf. Lc 24,34; Mt 28,5-6).

La antigua fiesta de Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud del pueblo hebreo, alcanza aquí su cumplimiento: con la resurrección, Jesucristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos ha abierto el camino a la vida eterna.

Todos nosotros, cuando nos dejamos dominar por el pecado, perdemos el buen camino y vamos errantes como ovejas perdidas. Pero Dios mismo, nuestro Pastor, ha venido a buscarnos, y para salvarnos se ha abajado hasta la humillación de la cruz. Y hoy podemos proclamar: «Ha resucitado el Buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya» (Misal Romano, IV Dom. de Pascua, Ant. de la Comunión).

En toda época de la historia, el Pastor Resucitado no se cansa de buscarnos a nosotros, sus hermanos perdidos en los desiertos del mundo. Y con los signos de la Pasión —las heridas de su amor misericordioso— nos atrae hacia su camino, el camino de la vida. También hoy, él toma sobre sus hombros a tantos hermanos nuestros oprimidos por tantas clases de mal.

El Pastor Resucitado va a buscar a quien está perdido en los laberintos de la soledad y de la marginación; va a su encuentro mediante hermanos y hermanas que saben acercarse a esas personas con respeto y ternura y les hacer sentir su voz, una voz que no se olvida, que los convoca de nuevo a la amistad con Dios.

Se hace cargo de cuantos son víctimas de antiguas y nuevas esclavitudes: trabajos inhumanos, tráficos ilícitos, explotación y discriminación, graves dependencias. Se hace cargo de los niños y de los adolescentes que son privados de su serenidad para ser explotados, y de quien tiene el corazón herido por las violencias que padece dentro de los muros de su propia casa.

El Pastor Resucitado se hace compañero de camino de quienes se ven obligados a dejar la propia tierra a causa de los conflictos armados, de los ataques terroristas, de las carestías, de los regímenes opresivos. A estos emigrantes forzosos, les ayuda a que encuentren en todas partes hermanos, que compartan con ellos el pan y la esperanza en el camino común.

Que en los momentos más complejos y dramáticos de los pueblos, el Señor Resucitado guíe los pasos de quien busca la justicia y la paz; y done a los representantes de las Naciones el valor de evitar que se propaguen los conflictos y de acabar con el tráfico de las armas.

Que en estos tiempos el Señor sostenga en modo particular los esfuerzos de cuantos trabajan activamente para llevar alivio y consuelo a la población civil de Siria, víctima de una guerra que no cesa de sembrar horror y muerte. Que conceda la paz a todo el Oriente Medio, especialmente a Tierra Santa, como también a Irak y a Yemen.

Que los pueblos de Sudán del Sur, de Somalia y de la República Democrática del Congo, que padecen conflictos sin fin, agravados por la terrible carestía que está castigando algunas regiones de África, sientan siempre la cercanía del Buen Pastor.

Que Jesús Resucitado sostenga los esfuerzos de quienes, especialmente en América Latina, se comprometen en favor del bien común de las sociedades, tantas veces marcadas por tensiones políticas y sociales, que en algunos casos son sofocadas con la violencia. Que se construyan puentes de diálogo, perseverando en la lucha contra la plaga de la corrupción y en la búsqueda de válidas soluciones pacíficas ante las controversias, para el progreso y la consolidación de las instituciones democráticas, en el pleno respeto del estado de derecho.

Que el Buen Pastor ayude a Ucrania, todavía afligida por un sangriento conflicto, para que vuelva a encontrar la concordia y acompañe las iniciativas promovidas para aliviar los dramas de quienes sufren las consecuencias.

Que el Señor Resucitado, que no cesa de bendecir al continente europeo, dé esperanza a cuantos atraviesan momentos de dificultad, especialmente a causa de la gran falta de trabajo sobre todo para los jóvenes.

Queridos hermanos y hermanas, este año los cristianos de todas las confesiones celebramos juntos la Pascua. Resuena así a una sola voz en toda la tierra el anuncio más hermoso: «Era verdad, ha resucitado el Señor». Él, que ha vencido las tinieblas del pecado y de la muerte, dé paz a nuestros días. Feliz Pascua.

(c) Libreria Editrice Vaticana
Fuene: Zenit | Vatican.va

 

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