II Domingo de Cuaresma, Ciclo A – P. Raniero Cantalamessa

02-Cuaresma-A

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Mateo (17,1-9)

¡Para enamorarse hay que frecuentarse!… También con Cristo

¿Por qué la fe, las prácticas religiosas están en declive y no parecen constituir, al menos para la mayoría, el punto de fuerza en la vida? ¿Por qué el tedio, el cansancio, la molestia al cumplir los propios deberes de creyentes? ¿Por qué los jóvenes no se sienten atraídos? ¿Por qué, en resumen, este abatimiento y esta falta de gozo entre los creyentes en Cristo? El episodio de la transfiguración nos ayuda a dar una respuesta a estos interrogantes.

¿Qué significó la transfiguración para los tres discípulos que la presenciaron? Hasta entonces habían conocido a Jesús en su apariencia externa, un hombre no distinto a los demás, de quien conocían la procedencia, las costumbres, el tono de voz… Ahora conocen a otro Jesús, al verdadero, que no se consigue ver con los ojos de todos los días, a la luz normal del sol, sino que es fruto de una revelación imprevista, de un cambio, de un don. Para que las cosas cambien también para nosotros, como para aquellos tres discípulos en el Tabor, es necesario que suceda en nuestra vida algo semejante a lo que ocurre a un joven o a una muchacha cuando se enamoran. En el enamoramiento el otro, que antes era uno de tantos, o tal vez un desconocido, de golpe se hace único, el único que interesa en el mundo. Todo lo demás retrocede y se sitúa en un fondo neutro. No se es capaz de pensar en otra cosa. Sucede una verdadera transfiguración. La persona amada es vista como en un halo luminoso. Todo aparece bello en ella, hasta los defectos. Si acaso, se siente indigno de ella. El amor verdadero genera humildad.

Concretamente cambia algo incluso en los hábitos de vida. He conocido chicos a los que por la mañana no lograban sacar de la cama sus padres para ir al colegio; si se les encontraba un trabajo, en poco tiempo lo abandonaban; o bien se descuidaban en los estudios sin licenciarse jamás… Después, cuando se han enamorado de alguien y se han hecho novios, por la mañana saltan de la cama, están impacientes por acabar los estudios, si tienen un trabajo lo cuidan mucho. ¿Qué ha ocurrido? Nada, sencillamente lo que antes hacían por constricción ahora lo hacen por atracción. Y la atracción es capaz e hacer cosas que ninguna constricción logra; pone alas a los pies. «Cada uno», decía el poeta Ovidio, «es atraído por el objeto del propio placer».

Algo por el estilo, decía, debería suceder una vez en la vida para ser verdaderos cristianos, convencidos, gozosos. «¡Pero la joven o el chico se ve, se toca!». También Jesús se ve y se toca, pero con otros ojos y con otras manos: los del corazón, de la fe. Él está resucitado y está vivo. Es un ser concreto, no una abstracción, para quien tiene esta experiencia y este conocimiento. Más aún, con Jesús las cosas van aún mejor. En el enamoramiento humano hay artificio, atribuyendo al amado dotes que tal vez no tiene y con el tiempo frecuentemente se está obligado a cambiar de opinión. En el caso de Jesús, cuanto más se le conoce y se está juntos, más se descubren nuevos motivos para estar orgullosos de Él y confirmados en la propia elección.

Esto no quiere decir que hay que estar tranquilos y esperar, también con Cristo, el clásico «flechazo». Si un chico, o una chica, se queda todo el tiempo encerrado en casa sin ver a nadie, nunca sucederá nada en su vida. ¡Para enamorarse hay que frecuentarse! Si uno está convencido, o sencillamente comienza a pensar que tal vez conocer a Jesús de este modo distinto, trasfigurado, es bello y vale la pena, entonces es necesario que empiece a «frecuentarlo», a leer sus escritos. Sus cartas de amor son el Evangelio: ahí Él se revela, se «transfigura». Su casa es la Iglesia: ahí se le encuentra.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del original italiano realizada por Marta Lago]
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