Audiencia general 8 de febrero de 2017

El Papa Francisco explicó en la Audiencia General del segundo miércoles de febrero, el significado de la dimensión comunitaria y eclesial de la esperanza cristiana. Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza cristiana”, el Obispo de Roma meditó sobre la importancia de esta virtud en el Nuevo Testamento, sobre todo en la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses.

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

El miércoles pasado hemos visto que san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, exhorta a mantenerse radicados en la esperanza de la Resurrección.

Con esa hermosa palabra ‘estaremos siempre con el Señor’. En el mismo contexto el Apóstol muesta que la esperanza cristiana no tiene solamente una dimensión personal, individual, pero comunitaria y eclesial. Todos nosotros esperamos, todos nosotros tenemos esperanza también comunitariamente.

Por esto la mirada es rápidamente ampliada por Pablo a todas las comunidades cristianas a las que pide que recen mutuamente unas por otras y de apoyarse entre sí.

Ayudarse mutuamente. Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza.Y no es una casualidad que empiece refiriéndose a aquellos a quienes se ha confiado la responsabilidad y la guía pastoral.

Ellos son los primeros a ser llamados y a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los otros, sino en virtud de un ministerio divino que va mucho más allá de sus fuerzas. Por eso necesitan también el respeto, la comprensión y el apoyo benévolo de todos.

La atención después es puesta en los hermanos que corren más peligro de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Nosotros tenemos siempre noticias de gente que cae en la desesperación y hacen malas cosas…La desesperación los lleva a tantas cosas malas”.

La referencia es a quien ha perdido el ánimo, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de sus pecados y no logra más levantarse.

En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben ser aún más intensos y amorosos tomando la forma particular de la compasión, que no es sentir lástima: la compasión es padecer con el otro, acercarse al que sufre; una palabra, una caricia pero que salgan del corazón: esto es compasión.

Para quien necesita conforto de la consolación. Esto es de suma importancia: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta. El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, dice con el corazón en la mano: “‘sotros, los que somos fuertes –que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades– tenemos el deber de llevar las flaquezas de los débiles sin complacernos a nosotros mismos’.

Llevar, llevar las debilidades de los demás. Este testimonio no permanece encerrado en los confines de la comunidad cristiana: resuena en toda su fuerza también fuera de ella, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón. El cristiano nunca puede decir: ¡me la pagarás!, nunca; la ofensa se vence con el perdón, para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y así obra la esperanza cristiana, cuando asume los rasgos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor.

El amor es fuerte y tierno”. Es bello. Se entiende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse tiene necesidad de un “cuerpo” en el que todos los miembros se sostienen y se animan mutuamente. Esto entonces significa que si tenemos esperanza es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado la esperanza y han mantenido viva nuestra esperanza.

Y entre estos están los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados. Sí, porque no conoce la esperanza quien se encierra en su propio bienestar: espera solo en su bienestar y eso no es esperanza, es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien siente siempre que está bien… Tienen esperanza en cambio uienes experimentan todos los días las pruebas, la precariedad y sus propios límites.

Son estos hermanos nuestros los que nos dan el testimonio más hermoso, más fuerte, porque se mantienen firmes confiando en el Señor, sabiendo que más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz.

Quien espera, espera escuchar un día estas palabras: “Ven, ven a mi, hermano; ven, hermana, para toda la eternidad”. Queridos amigos, si como hemos dicho la demora habitual de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el aliento vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu Santo no es posible tener esperanza. Por eso el apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos es esperar.

Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él a hacernos entender que no hay que temer, que el Señor está cerca y nos cuida; y es Él quien modela nuestras comunidades, en un perenne Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias”.

(Texto traducido por ZENIT)
Fuente: Zenit | Vatican.va

audiencia-8-febrero-19

En sus palabras de aliento y bendición a los peregrinos de tantas partes del mundo, el Papa Francisco recordó la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas.

El Santo Padre reiteró su apremiante llamamiento en particular a las autoridades civiles a debelar semejante crimen, en su audiencia general, que coincidió con el día – 8 de febrero, memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita – en que se reza y reflexiona para luchar contra el tráfico de seres humanos. Y cuyo lema en el 2017 es «Son niños y no esclavos»:

«Hoy se celebra la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas, que este año está dedicada en particular a los niños y adolescentes. Aliento a todos aquellos que, de distintas formas, ayudan a los menores esclavizados y abusados a liberarse de semejante opresión. Deseo que cuantos tienen responsabilidades de gobierno combatan con firmeza esta plaga, dando voz a nuestros hermanos más pequeños, humillados en su dignidad. Es necesario cumplir todo esfuerzo para debelar este crimen vergonzoso e intolerable».

Y pocos días antes de la memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes, el Obispo de Roma, recordó que en ese Santuario mariano tendrá lugar la celebración principal de la Jornada Mundial del Enfermo, que presidirá el Cardenal Secretario de Estado y a la que él se unirá en oración:

«Invito a rezar por intercesión de nuestra Santa Madre, por todos los enfermos, en especial por los más graves y solos, y también por todos aquellos que los cuidan.

Me uniré en comunión de oración con los peregrinos, que el sábado, celebrarán a Nuestra Señora de Lourdes, en particular con los enfermos. Que la Virgen Inmaculada les done el coraje de la esperanza y los custodie en la paz».

Celebración que el Papa Francisco destacó en sus palabras a los peregrinos polacos, recordando a su amado predecesor:

«El Sábado, memoria de la Virgen María de Lourdes, celebraremos la XXV Jornada Mundial del Enfermo. Instituyendo esta Jornada San Juan Pablo II escribió que la misma ‘sea un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo’ (Carta con ocasión de la institución de la Jornada Mundial del Enfermo, 13 de mayo de 1992, n. 3). Que esta Jornada suscite en nosotros la sensibilidad y el anhelo de  brindar apoyo material y espiritual a los enfermos que viven entre nosotros.»

En sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, el Papa recordó a la santa religiosa sudanesa que siendo pequeña vivió la dramática experiencia de ser víctima de la trata:

«La memoria de Santa Josefina Bakhita, que de niña fue víctima de la trata, acreciente en ustedes, queridos jóvenes, su atención hacia vuestros coetáneos más desfavorecidos y en dificultad. Que los ayude a ustedes, queridos enfermos a ofrecer vuestros sufrimientos por la educación cristiana de las nuevas generaciones. Y que los aliente a ustedes, queridos recién casados a confiar en la ayuda de la Providencia y no sólo en vuestras capacidades. El Matrimonio sin la ayuda de Dios no va adelante, debemos pedirla todos los días. Y ustedes, queridos enfermos, el próximos sábado es el día de oración por ustedes a la Virgen de Lourdes, lo haremos todos juntos».

Al día siguiente de la beatificación, en Osaka, Japón, el Papa recordó a Justo Takayama Ukon, fiel laico japonés que murió mártir en Manila, en 1615:

«Antes que bajar a compromisos, renunció a honores y bienestares aceptando la humillación y el destierro. Permaneció fiel a Cristo y al Evangelio, por ello, representa un admirable ejemplo de fortaleza en la fe y de dedicación en la caridad».

 

Fuente: news.va
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