El eco de Su voz: Dolores de María

Dolores de María: pensamiento de Josemaría Escrivá de Balaguer

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San Josemaría Escrivá de Balaguer nos comunicó sus emociones a propósito de los sufrimientos de María en el momento de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, y frente a la Cruz. Para él, María se “incorporó” en el amor redentor de su Hijo. Ofreció para el género humano “su dolor inmenso, que traspasaba su Corazón como una espada” tal como se lo había anunciado el anciano Simeón, profeta del misterio pascual (Luc 2, 34-35).

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Los pecados de la humanidad, piensa nuestro bienaventurado nos valieron el “don inestimable” acompañando y condicionando el de Jesús: el don de Su Madre. ¡Feliz culpa! Obtuvimos por su causa a la Virgen: María es la Omnipotencia suplicante, a la que Cristo nada rehúsa.

“María había parecido casi ausente de la vida publica de Cristo. No sin una disposición de la divina providencia, se hizo presente en el momento en el que Él encontró la muerte colgado de la Cruz. Ella sufrió con Él. Ella casi murió con su hijo moribundo. Para la salvación de los hombres, abdicó a sus derechos maternales sobre su Hijo. Se puede decir, entonces, que en unión con su Hijo, ella rescató al género humano: “Cum Christo humanum genus redimisse”

Escrivá quedó muy impresionado por el pensamiento del Papa Benedicto XV. Éste escribía inmediatamente después de la guerra (1918):“María había parecido casi ausente de la vida publica de Cristo. No sin una disposición de la divina providencia, se hizo presente en el momento en el que Él encontró la muerte colgado de la Cruz. Ella sufrió con Él. Ella casi murió con su hijo moribundo. Para la salvación de los hombres, abdicó a sus derechos maternales sobre su Hijo. Se puede decir, entonces, que en unión con su Hijo, ella rescató al género humano: “Cum Christo humanum genus redimisse”

Para Benedicto XV, María es nuestra Corredentora [Nota del Director: Este término debe ser entendido como cooperadora en la Redención]. Su ofrenda al pie de la Cruz es, de alguna manera sacerdotal; ella no recibió el sacramento del Orden, pero ella es más que una simple fiel: siendo Madre de Dios, pertenece a la unión hipostática y personal entre el Hijo de Dios y la humanidad, y sobrepasa el sacerdocio común y universal de los bautizados. Por su maternidad divina, excede inmensamente el orden de la gracia santificante de los fieles bautizados, siendo, como ellos, creada y salvada por los méritos de su Hijo.

Eso es lo que uno de los más fervientes y activos evangelizadores de los tiempos modernos leía y retenía bajo la pluma de Benedicto XV. Catorce siglos antes, Ambrosio de Milán, rechazando siempre la idea de una asociación de María sobre un pie de igualdad independiente del Sacrificio de Cristo, Ambrosio percibía con María obscuramente, y contemplaba en las heridas de su hijo la salvación del mundo. Ella hubiese querido, pensaba Ambrosio, asociar su propia muerte a la de su Hijo; para Ambrosio, desde la Anunciación, María concibió espiritualmente y corporalmente la Redención de todos y obró (en dependencia de Cristo) la salvación del mundo. Madre, sabiendo que su hijo iba a morir y que ella sería traspasada por una espada de dolor, ¿cómo no habría querido morir con Él para la salvación eterna de todos los que amaba? León Magno, escribía poco después: “Por su consentimiento al Misterio de la Encarnación Redentora, María aceptaba proporcionar la materia del Sacrificio (de la Cruz)” – DS 294.

Pío XII prolongó estos pensamientos de san Ambrosio y de Benedicto XV. Enseñaba en 1943, en “Mystici Corporis”, “María ofreció sobre el Gólgota al Padre eterno, con su Hijo, sus derechos maternales y su amor por los hijos de Adán. Se convirtió en la Madre espiritual de sus miembros por un nuevo título de sufrimiento y de gloria”, es decir, no solamente como Madre del Salvador, sino como asociada a su sacrificio .

Es lo que el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 53 y 56) debía confirmar citando a san Agustín y a san Ireneo: “La muerte por Eva, la vida por María” . Después del Concilio Vaticano II, Pablo VI escribía (Signum Magnum, 1967): María fue nuestra Madre espiritual participando del Sacrificio de la Cruz. Esta participación fue parte integrante del misterio de nuestra salvación. Esta verdad ha de ser tenida como de fe”. Leemos en este texto la substancia de la doctrina según la cual María es corredentora,

Un teólogo italiano, especialista del mundo protestante y autor de un libro reciente sobre “María corredentora”, Monseñor Brunero Gherardini precisa “ “Es en el sentido largo que ella cumplió en el Calvario una acción sacrificial ofreciéndose a la voluntad divina y uniendo su compasión maternal con la ofrenda del sacrificio de su Hijo, sufriendo intensamente con Él, siguiendo lo dicho por Vaticano II. María, inmolando su corazón y su libertad, está lejos de una inmolación sacrificial propiamente dicha, pero participa en ella por su consentimiento” .

Lo que el bienaventurado José María comprendió en profundidad es que no se puede anunciar a Jesús crucificado como salvador del mundo sin hablar de los sufrimientos de María al pie de la Cruz. No se puede anunciar el Evangelio de la Sangre de Jesús Salvador, la Buena Nueva de la Redención sin hacer alusión a las lágrimas de María, llena de gracia, de la gracia concedida por Jesús.

Así lo vislumbraron los interlocutores protestantes de del grupo de Dombes subrayando que “María “jugó un rol único principalmente en el momento del nacimiento y de la muerte de Cristo” : no solamente en el momento de su nacimiento -sin María no tendríamos la humanidad del Verbo ni, por consecuencia, el sacrificio de Cristo- sino también en el momento de su muerte, que ella ofreció en unión con Él. A los ojos de María, Jesús nació para morir en favor nuestro.

Es una manera de decir que no se puede anunciar el Evangelio de Cristo sin anunciar a María. Nuestros hermanos protestantes anunciaban ya (con Lutero) a María como la siempre Virgen, Madre de Dios: el “diálogo de Dombes” los invita indirectamente a reflexionar, como muchos entre ellos, sobre el rol de María al pie de la Cruz.

María representa en el momento de la Encarnación (y en consecuencia al pie de la Cruz) a la humanidad entera; Santo Tomás de Aquino lo había dicho muy bien. Por su ofrenda sublime, nos invita a todos a asociarnos al Sacrificio del Hijo de Dios. Nosotros también hemos nacido para morir con Cristo, en Cristo y por Cristo:

“La inmensa caridad de María al pie de la Cruz, respecto de la humanidad entera, hace que se cumpla también en ella la afirmación de Cristo: “No hay amor más grande que el dar la vida por aquellos que se ama” (Jn 15,13).” Tales son las propias palabras del bienaventurado.

Católico ejemplar, revivió del pensamiento de los Padres antiguos y de los Papas modernos, testigos en conjunto de lo que Melitón de Sardes llamaba ya (a principios del siglo II): “La bella cordera de Dios” . Fue sensible al extraordinario servicio mariano de los Papas al punto de escribir” Los Soberanos Pontífices han tenido razón en llamar a María corredentora”. Es en efecto un elemento impresionante de la historia moderna de la Iglesia. Desde Pío VII, a principios del siglo XIX, los Papas sucesivos han exaltado y profundizado el esplendor de los dolores de María. ¡Recordemos solamente a Pío IX y a Pío XII definiendo dogmáticamente la Inmaculada Concepción y la Asunción; a León XIII dándonos quince encíclicas sobre el misterio del Rosario, a san Pío X subrayando la asociación indisoluble de María con Cristo, y a Juan Pablo II pronunciando 71 catequesis sobre la Virgen María desde 1995 hasta 1997 ! Como para hacer reflexionar no solamente a los protestantes sino a todo hombre.

Sí, subrayando este extraordinario testimonio mariano de los papas modernos, nuestro bienaventurado lo prolonga y participa en su eficacia: brinda a la Iglesia formadores y apóstoles.

Bertrand de Margerie S.J.

Traducido del francés por José Gálvez Krüger
Fuente: aciprensa
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