EL ECO DE SU VOZ: Zaqueo

La historia de Zaqueo

 

Me gustaría entresacar tres puntos de esta historia de Zaqueo, subrayando uno de ellos en particular. Zaqueo está desesperadamente anhelante por ver a Cristo. Este anhelo por parte del publicano es un testimonio de que, a pesar de una vida indigna de la ley de Dios e indigna de él en cuanto hombre, había conservado en el fondo de su corazón un sentimiento de lo verdadero y hermoso, de la medida humana de las cosas, y que ello es capaz de encontrarse con la medida divina de las cosas. Y en este apasionado deseo suyo de ver a Cristo cara a cara se encuentra con dos dificultades: es un hombre de poca estatura, por cuya razón tiene que buscar el medio de atraer la mirada del Señor; pero este medio va a convertirle en objeto de irrisión. Es un hombre pequeño; tendrá que trepar a un árbol.

¿No somos todos nosotros hombres muy pequeños? ¿Eclipsados en medio de la multitud e impedidos de ver? ¿No tenemos todos, una vez u otra, que subirnos a una altura que no es la nuestra; que está por encima de nosotros mismos, cuando seguimos siendo tan pequeños y tan pobres como si estuviéramos al comienzo; y en ocasiones, cuando intentamos ser más altos de lo que somos para encontrarnos cara a cara con Dios, ¿no corremos el riesgo de provocar la sorpresa y la burla? Irrisión, burla es lo que generalmente nos frena más categóricamente que cualquier otra cosa en nuestra búsqueda de Dios. Ser duramente criticado, ser atacado abiertamente, ser desaprobado, esquivado y rechazado…, nuestro orgullo, nuestra obstinación y nuestro deseo de afirmarnos se opondrá a todo eso. Pero es mucho más difícil tolerar la burla y las risas. Éste es el principal problema que desearía considerar.

Pero antes permítaseme indicar el tercer punto de la historia de Zaqueo. Cuando Cristo entra en casa de Zaqueo, es recibido con reverencia y alegría; esta consideración a Dios, esta alegría en presencia de Dios se ponen de manifiesto en la vida de Zaqueo en su verdadera conversión, en un acto de arrepentimiento, de metanoia, que significa una dirección completamente nueva en su vida. Porque se ha encontrado con Dios, porque este encuentro ha despertado en él la vida y alegría, porque su alma lisiada se ha dilatado hasta el punto de ser verdaderamente humana, con toda la profundidad de un alma humana en paz con Dios, Zaqueo despeña su pasado. Está dispuesto a corregir lo torcido, anhela comenzar una vida nueva, libre del pasado, en un acto de confianza en Dios, en un acto de fe. Todo esto es lo que reconoce Cristo, cuando dice: «También éste es hijo de Abraham»: pertenece a la raza de los que podían creer, no con un acto de credulidad, sino con un acto de entrega total. Por eso «fue día de salvación para aquella casa».

Pero toda la situación depende de algo que podría haber desalentado a Zaqueo: las risas de la multitud. Los padres de la Iglesia insisten mucho en este hecho; nos dicen que frecuentemente no es el aliciente del mal al que estamos acostumbrados o la oposición que encontramos lo que nos impide comenzar una vida nueva; es el miedo al ridículo. Deseo desarrollar este punto. Soy capellán de prisiones. Recuerdo a un hombre que me decía: «No sabe cuán feliz se es, cuando deseas cambiar de vida, ser cogido y verte expuesto a la vergüenza. Yo intenté varias veces renunciar a robar, y siempre me lo impidieron mis compañeros con sus burlas. «¿Quieres establecerte por ti mismo? ¿Quieres perder tu libertad de hombre que ha escogido estar solo frente a una sociedad corrompida?”» El día en que fue atrapado y metido en prisión, el día en que sus amigos no tuvieron ya dominio sobre él y la sociedad le descubrió como era, sintió que podía comenzar de nuevo. Antes, cada vez que hacía un esfuerzo para cambiar, los hombres honrados que no sabían que era un ladrón se preguntaban: «¿Qué le ocurre? Está cambiando; pero si está cambiando, ¿qué había de malo en él?»

Asustado de verse descubierto y horrorizado ante la idea de que lo malo que había en él se iba a revelar precisamente cuando apuntaba lo bueno; sin embargo, se sentía feliz de quedar desenmascarado, pues esto suponía una liberación, un camino abierto a mudar de vida, un no tener que ocultar nada y poder convertirse ahora en un hombre nuevo.

Este miedo al juicio, a las opiniones de los demás hombres es lo que frecuentemente nos impide cambiar, incluso cuando somos capaces de mudar, de dar un paso, porque ese paso traiciona nuestro pasado. Tememos mucho más ser causa de risa que de dura censura.

Imaginemos la escena. Tenemos aquí un hombre rico, de la misma condición social que un director de banco de una ciudad pequeña, que desea ver a Cristo. Se introduce entre la multitud; resulta un tipo bastante curioso por ser muy bajo. Trepa a un árbol. ¿Podéis imaginaros al director de un banco local trepando a un árbol en la plaza principal, precisamente para ver a un profeta errante? Por supuesto, era objeto de silbidos, rechifla, burlas y risas. Ese fue probablemente el testimonio más arriesgado de su fe. Hacerse discípulo de Cristo, ser abandonado por los propios amigos y por la familia, por esa razón es un acto noble; pero trepar a un árbol como un golfo de la calle cuando se es una notabilidad local, es algo completamente diferente mucho más osado. Eso es lo que con tanta frecuencia nos impide seguir a Cristo; ese primer paso que va a convertirnos en el hazmerreír de la gente. «¿Tú, un pensador libre, vas a convertirte en esclavo de un pensamiento pasado de moda? ¿Tú, que creías tener derecho para hacer lo que te placía, vas a proferir insultos en presencia de Dios? ¿Tú, que jamás tuviste miedo de lo que los hombres pudieran decir, vas a volverte ahora tímido y a obedecer sumisamente a la ley?» ¿No oímos a nuestros propios amigos comentar nuestra conversión?

VANIDAD/ORGULLO:  Solamente hay dos maneras de superar esta vanidad, esta deferencia para con la opinión pública: orgullo o humildad. No existe una tercera solución. Fue la vanidad lo que hizo de Zaqueo un hombre pequeño, y lo que también a nosotros nos hace pequeños delante de Dios y del hombre. La vanidad tiene dos características particulares; por un lado, la persona que es vana está enteramente subordinada a la estimación de los otros. Su propia conciencia calla ante la voz de la multitud. El juicio de Dios es desechado. Está muy lejos, invisible, discreto, mientras que la muchedumbre es vocinglera y arrogante, exige sumisión y conformidad. Esta sujeción a la opinión pública reducen la conciencia y el juicio de Dios a cero. Por otro lado, lo más humillante respecto a ella es que las gentes de cuyas opiniones dependemos no son precisamente las que respetamos. La turba cuyo aplauso mendigamos, la que tememos y cuyo juicio nos da miedo, no es la asamblea de los santos de Dios. Ni siquiera está constituida por gente capaz de emitir un juicio equitativo, de establecer valores verdaderos. Son gente cuyas opiniones, cuando las oímos de otros, nosotros mismos frecuentemente despreciamos; y, sin embargo, tememos su veredicto. Pensamos en todas las cosas que hacemos en la vida con un ojo en la galería y pendientes de si se pensará bien o mal de nosotros. Si nos detuviéramos un momento, veríamos que la misma gente cuya opinión favorable o en contra nuestra espiamos, es gente que consideramos dotada de poco discernimiento. Y sin embargo nos acobardamos ante su decisión. Cortejamos su aprobación en un plano tan superficial, de una manera tan mezquina. En todos los caminos de la vida nos vemos a nosotros mismos y a otros dando vueltas con las manos extendidas, esperando una moneda miserable, una sonrisa o una mirada de aprobación. Acabo de describir la gente a la que nos dirigimos pidiendo limosna; pero, ¿cuáles son las limosnas y cómo las compramos? Aceptando vivir en un mundo grotesco de artificio, que transforma la realidad en ilusión.

La vanidad no solamente vacía de su verdadero contenido lo que poseemos; nos roba también lo que de hecho tenemos. Hay una historia en las vidas de los padres del desierto de un cierto monje que vivía en un gran monasterio, y, como dice su biógrafo, «habiendo luchado valientemente y recibido la ayuda de Dios, se convirtió en dueño de nueve virtudes». En su esfuerzo por obtener una perfección aún mayor, deseaba sin embargo adquirir una décima virtud; pero a pesar de todos sus esfuerzos no podía conseguirlo. En lugar de examinar las razones por las cuales había de aspirar a más y de preguntarse a sí mismo si había en él algún defecto que le impidiera hacer más progresos, decidió dejar aquel monasterio, que le parecía impropio para alentar su tendencia. Cuando salía de su celda para no volver a ella, la poca humildad que había adquirido le dejó y la vanidad se difundió por su alma. Visitó sucesivamente nueve monasterios, pero los dejó todos, uno detrás de otro, como ineptos para ayudarles a convertirse en un santo de Dios; pero cada vez que dejaba uno, era más pobre que cuando había entrado en él. Perdió toda la paciencia que tenía en el primero, la fortaleza en el segundo, la disciplina en el tercero, la obediencia en el cuarto, la indulgencia en el quinto, la amabilidad en el sexto, y así sucesivamente; pero la vanidad se fue haciendo cada vez más fuerte, el orgullo creció más y más y trajo consigo irritabilidad y cólera, indolencia, obstinación, arrogancia y dureza de corazón; y cuando hubo visitado nueve monasterios, no quedaba en él nada de las nueve virtudes originales, que habían sido primero adulteradas por la vanidad y el orgullo y luego desplazadas por sus contrarios.

Hay en la vanidad otro poder de destrucción; la vanidad se adhiere a la evidencia que decepciona y a las apariencias engañosas. El juicio de Cristo escudriña los corazones de los hombres, excluyendo a veces la evidencia material más convincente y explorando siempre más allá de las apariencias. Dos ejemplos pueden ayudarnos a comprender esto. Cuando Cristo se encontró con Pedro a la orilla de Tiberíades después de la resurrección, no le pidió cuentas de su traición, no exigió de él una plena confesión. Le hizo una pregunta penetrante: «¿Me amas más que éstos?» Si Pedro hubiera estado atento a lo que decía, se hubiera fijado en las tres últimas palabras: «más que éstos»; hubiera podido recordar que Cristo había dicho: «Cierto acreedor tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a entrambos la deuda. ¿Cuál de ellos le amará más?», y él mismo hubiera respondido: «Hago juicio que aquel a quien se perdonó más». Si hubiera reflexionado, hubiera podido como el hijo pródigo entrar en razón; pero siendo como era impulsivo, precipitado y sincero, que obraba antes de tomarse tiempo para pensar, responde desde el fondo de su corazón: «Tú sabes que te amo.» «¿Me amas de veras?», le dice Cristo de nuevo. «Sí, te amo.» «¿De verdad?» Y entonces Pedro, de repente, comprende. Ya antes ha oído esta triple pregunta la noche en que Cristo era entregado, en el patio del palco del sumo sacerdote; por tres veces fue puesto en tela de juicio y por tres veces renegó de Cristo. En aquel momento las palabras de Cristo «más que éstos» suenan siniestramente -¡quién va a creer que le ama!-; formulan condenación, no esperanza. Y, desesperado, consciente de que toda la evidencia está en contra suya, esperando contra toda esperanza, dice: «Tú lo sabes todo; tú conoces que yo te amo.» Y Cristo -Dios que conoce realmente el corazón del hombre- sabe que Pedro le ama ciertamente. Deja a un lado toda la evidencia y habla al «secreto del corazón del hombre»: «Sígueme.»

MUJER-ADULTERA /Jn/08/01-11: De manera similar, Cristo confía en la mujer cogida en adulterio; no infringe la ley, sino que va más allá de la evidencia; ve a la mujer. La adúltera que había sido merecía ser apedreada, la mujer en que se había convertido puede entrar en la vida eterna. Ya no es la criminal sorprendida en el acto; sabe ahora lo que nunca había sabido o comprendido: que el pecado es lo mismo que la muerte. Si se le concediera vivir, jamás olvidaría esta terrible verdad: que el pecado mata. La mujer que había cometido adulterio había muerto en ella; la que espera con horror ser apedreada es otra. A ésta, Cristo la deja ir libre, resucitada, a una nueva vida. Él ha visto su corazón, ha hablado a lo más profundo de ella; la misma evidencia es trascendida por una verdad más grande, no por compasión. Como lo he dicho antes, solamente hay dos caminos para perder nuestro sentimiento de dependencia o de sumisión a la opinión de los otros: orgullo o humildad. Existe la forma de humildad que consiste en no aceptar la censura de los hombres ni sus alabanzas, sino permanecer simplemente ante el juicio de Dios y el de la propia conciencia, como en la historia del hermano que deseaba saber cómo habría de responder a las alabanzas y a las críticas. «Vete al cementerio», le dijo su padre espiritual, «e injuria a los muertos». Lo hizo así, y cuando volvió, su padre le preguntó qué habían hecho los muertos. «Nada», dijo el joven monje; «permanecieron en silencio». «Vuelve y alabarles», dijo el anciano. Y cuando el discípulo hubo referido que los muertos permanecía tan silenciosos como antes, le dijo: «Haz lo mismo que los muertos; el juicio humano no les afecta ya porque están siempre ante los ojos de Dios.»

Existe también la forma de humildad que es el fruto del trabajo perdido al servicio de la vanidad. Se ilustra en la conclusión del cuento del monje de las nueve virtudes. Habiendo perdido todo lo que poseía, llegó a un cierto monasterio, abatido de ánimo y llorando a causa de lo que le había acontecido. Dictaminó sobre su alma y resolvió colocar su confianza solamente en el Señor. Habiendo hecho total confesión a Dios, escribió todos los pecados de vanidad y orgullo que le habían llevado tan bajo y colocó el trozo de papel en su cíngulo. Fue a vivir a un monasterio, y cuando le acometía la tentación sacaba el papel, y al leerlo se sentía fortalecido contra el mal. Los hermanos estaban sorprendidos de su tranquilidad; ni las contiendas entre ellos, ni la exhortación o las perturbaciones alteraban su serenidad. Descubrieron entonces que siempre que se sentía asaltado por tentaciones externas o internas, sacaba de su cíngulo un papel, e inmediatamente la paz y la fortaleza volvían a él. «Es un brujo», dijeron; «y su brujería está en su cíngulo». Se quejaron al abad para que lo expulsara del monasterio, pero el abad estimó que debía descubrir lo que contenía aquel papel. Y así, en la oscuridad de la noche cogió el papel mientras el monje estaba durmiendo y lo leyó. Por la mañana dijo a los hermanos: «Os leeré este papel.» Mas el monje, temiendo que los hermanos vieran una virtud en el conocimiento de sus pecados, suplicó al abad que guardara silencio. Mas el abad sabía que los hermanos aprenderían mucho de él, y ordenó leer el papel. Y cuando oyeron lo que había escrito, los hermanos se postraron diciendo: «Perdónanos, hermano, porque hemos pecado contra ti.»

Si escuchamos la voz de los que nos rodean, hemos de hacerlo a fin de escuchar la voz de Dios. La humildad es una de las virtudes más poderosas del Evangelio, pero hemos conseguido convertirla en la débil virtud de un esclavo. Hay muy pocas personas a las que les guste ser humildes, porque la humildad les parece una negación de la dignidad humana. Lo mismo ocurre con la obediencia; alabamos a un niño como obediente cuando es sumiso, cuando no tiene voluntad propia; muy rara vez inquirimos lo que ocurre en su corazón y fácilmente equivocamos la oveja que bala con la oveja del rebaño de Cristo. Ser llamado humilde, obediente, manso, es casi un insulto. No vemos ya la grandeza y la fuerza de semejante actitud.

HUMILDAD/QUÉ-ES: La caricatura de la humildad que conocemos por experiencia o de la que damos ejemplo nosotros mismos consiste en decir hipócritamente, cuando somos ensalzados, que realmente no es cierto; y cuando somos ignorados, llamamos la atención sobre nosotros mismos insistiendo en que carecemos de importancia. La verdadera humildad nace de la visión que tenemos de la santidad de Dios, pero con mucha frecuencia todos nos esforzamos por sentir más humildemente haciéndonos a nosotros mismos artificialmente pequeños. Recuerdo un icono de una iglesia de Moscú, con el Señor en su trono, de tamaño natural, y postrados a sus pies dos pequeñas figuras humanas del tamaño de un ratón. Si hubierais tenido una educación cristiana «piadosa», hubierais visto la diferencia solamente en la proporción entre Dios y el hombre; pero si no hubierais aprendido ese lenguaje, si provinierais de fuera y vierais simplemente el icono, diríais: «No, no necesito nada de eso; yo soy un hombre, no un ratón. No tengo intención de arrastrarme a los pies de este Dios instalado en una butaca. Deseo estar derecho delante de él; no me siento pequeño, me siento libre.» Si habéis leído las Escrituras, sabéis que tenéis razón, porque precisamente Cristo, Dios, es quien le dio al hombre la visión de su grandeza y quien reivindica su dignidad siendo el Hijo del hombre.

Cuando deseamos saber lo que es el hombre, hemos de mirar a Cristo, el Cristo de los Evangelios, el Cristo del monte de los Olivos, el Cristo de la cruz, el Cristo resucitado y el hijo del hombre sentado a la diestra de la gloria del Padre. No tenemos necesidad de intentar hacer a Dios más grande haciéndonos a nosotros más pequeños y despreciables. Dios nos prohíbe hacerlo. Y si lo hacemos, no es la humildad lo que conseguimos, sino un rebajamiento que nos impide vivir de manera digna del reino de Dios y de nuestra vocación humana. ¿Cómo podemos al mismo tiempo arrastrarnos a los pies de Dios y ser partícipes de la naturaleza divina? ¿Cómo podemos rebajarnos ante la imagen de Dios y decir: «Soy un miembro vivo de este cuerpo, del cual Dios mismo es la cabeza en Cristo?» ¿Cómo podemos arrastrarnos a los pies de Dios y saber que somos templo del Espíritu Santo, el lugar de su presencia? ¿Podemos mirarnos a nosotros mismos como mezquinos y sin importancia delante de Dios, y decir sin embargo, con San Ireneo, que en el Unigénito de Dios, por el Espíritu Santo, estamos llamados a ser el unigénito de Dios, el totus Christus, y que la gloria de Dios es el hombre plenamente realizado? Por tanto, la humildad no consiste en intentar siempre rebajarnos a nosotros mismos y en renunciar a la dignidad que Dios nos confiere y exige de nosotros, porque somos sus hijos y no sus esclavos. La humildad como la vemos en los santos no nace solamente de su conciencia del pecado, porque incluso un pecador puede ofrecerle a Dios un corazón arrepentido y contrito, y una palabra de perdón es suficiente para borrar todo el mal del pasado y del presente. La humildad de los santos nace de la visión de la gloria, la majestad y la belleza de Dios. No es precisamente el sentimiento de contraste lo que origina su humildad, sino la conciencia de que Dios es tan santo, tal revelación de perfecta belleza, de amor tan sorprendente, que lo único que ellos pueden hacer en su presencia es postrarse delante de el en un acto de adoración, alegría y admiración. Cuando la gran experiencia del amor abrumador que Dios nos tiene se apoderó de santa Teresa, cayó de rodillas llorando de alegría y admiración; al levantarse era una persona nueva, una persona en la cual la verificación del amor de Dios dejó en ella «el sentimiento de una deuda imposible de pagar». Esto es humildad, no humillación. ¿No experimentamos un profundo sentimiento de humildad cuando alguien nos ama, como siempre, de una manera completamente inmerecida? Sabemos que el amor de ningún modo se puede merecer, comprar, forzar, obtener; lo recibimos como un don, a la manera de un milagro; ahí está el comienzo de la humildad. «Dios nos ama por nada», dice san Tikhon de Zadonsky.

Humildad es una situación en la cual uno está delante del rostro de Dios que ve y del hombre que es ignorante de ello; busca con toda naturalidad el lugar más bajo, como el agua corre espontáneamente al nivel más íntimo. Es estar enteramente abierto a Dios, abandonado, pronto a recibir de él -o de su mano o por mediación de otros hombres-, no proclamando nunca el humilde estado de uno mismo, porque no es rebajamiento sino simple permanecer delante de Dios con admiración, alegría y gratitud.

Este es el único medio que tenemos para librarnos del miedo a la pública opinión, de la subordinación que nos impide encontrar el coraje y la oportunidad para reformar nuestras vidas, puesto que hemos escogido los valores humanos como criterio nuestro. Tan pronto como nos hemos liberado de eso, nos quedamos a solas con nuestra conciencia, dentro de la cual suena libremente la voz de Dios, proclamando el juicio de Dios y capacitándonos para comenzar una vida plena y en libertad. Sabemos que podemos hacerlo, porque hay momentos en los que todos nos liberamos de la opinión pública; momentos de profunda experiencia que nos hacen seres humanos plenos, de verdadera talla humana, y nuestra pequeñez se desprende y cae. Cuando nos sentimos dominados por una gran alegría, cuando el dolor lacera nuestro corazón, cuando nos vemos completamente embargados por alguna experiencia interior, nos olvidamos, aunque no sea más que un instante, de lo que piensan los demás de nosotros. Cuando nos enteramos de la muerte de alguien que nos es más querido que los demás, nos sumimos en el dolor; no nos preguntamos a nosotros mismos si los otros nos miran favorablemente o no. Cuando nos encontramos con alguien a quien queremos, después de una larga ausencia, no vacilamos en arrojarnos en brazos de nuestro amigo, sin preguntarnos si la gente piensa que estamos haciendo el ridículo.

Todo esto resultó posible para Zaqueo porque, dejando a un lado todas las consideraciones humanas, se resolvió a ver y su resolución le hizo capaz de ir derecho a Dios, de experimentar el descubrimiento del Dios vivo. Es el Dios vivo, el Dios de Zaqueo, el que toda alma humana anda buscando, un Dios tan diferente de las imágenes estáticas ofrecidas por múltiples y sucesivas religiones.

D/IMAGENES-FALSAS: San Gregorio de Nacianzo, en el siglo IV, decía que cuando hemos recogido en las Escrituras, en la tradición y en la experiencia de la Iglesia todo lo que el hombre ha sido capaz de saber de Dios y hemos construido una imagen coherente con ello, no hemos construido otra cosa que un ídolo. Porque tan pronto hacemos una imagen de Dios y decimos: «Mira, esto es Dios», transformamos el Dios dinámico, vivo, insondable e infinitamente profundo que es nuestro Dios en algo limitado, de dimensiones humanas; puesto que todo conocimiento revelado ha de ser de dimensiones humanas, no hay nada en una revelación que no lo sea, pues si fuera de otra manera, se nos escaparía o lo infinitamente grande o lo infinitamente pequeño. Todo lo que sabemos de Dios es ayer; no es hoy ni mañana. Quiero decir con esto que todo el conocimiento que tenemos de Dios en este preciso momento no puedo ponerlo ante mis ojos para adorar; es el pasado, es la frontera entre lo que era y lo que será. El Dios ante el cual me pongo a mí mismo en adoración y en oración es el único, aquel cuyo conocimiento me ha llevado al punto en que puedo encontrarle más allá de las imágenes humanas y de los conceptos racionales. Estoy ante el Dios desconocido, cuyo misterio se despliega eternamente ante nosotros, pero que permanece perpetuamente indescifrable.

No es inventando nuevos modelos de Dios como seremos capaces de hacer que la gente le vea. Cuando insistimos en decir: «Hace siglos que se ha descubierto lo que es Dios y yo voy a decíroslo», la gente no está equivocada al replicar: «Si usted lo conociera, sería obvio.» Ahora bien, ¡no lo es! Si uno de nosotros fuera realmente una revelación de Cristo, podríamos decir: «He visto el rostro de Cristo». Recordad el pasaje de la primera carta a los Corintios, donde san Pablo dice: «Hemos visto el esplendor de la gloria de Dios en el rostro de Cristo». Hay un pasaje similar en uno de nuestros padres ortodoxos: «Nadie puede renunciar al mundo a menos que haya visto la luz de la eternidad, al menos en el rostro de un hombre.» Si fuéramos una revelación de este género, no tendríamos necesidad de describir a Dios de mil modos. En las historias de los padres del desierto hay un encuentro entre uno de los grandes maestros del yermo y tres monjes. Dos de ellos le hacen interminables preguntas; el otro permanece en silencio. Por último, el padre se vuelve hacia él y le dice: «¿No va usted a preguntarme nada?» «No», replica él, «me basta con verle». Hay otra historia de un obispo de Alejandría, el cual había ido a visitar un monasterio. Los monjes invitaron a uno de los hermanos a decir unas palabras de bienvenida, pero él rehusó. «¿Para qué», preguntó. «Si no comprende mi silencio, no comprenderá nada de lo que vaya a decirle.»

Así es como Zaqueo descubrió a Cristo y como el Señor le habló, como había hablado en silencio a Pedro la noche de su proceso: «Y, volviéndose el Señor, dirigió una mirada a Pedro… Y. saliendo fuera, lloró amargamente.» El Dios cuya mirada escudriña lo profundo «no juzgará por lo que vean sus ojos» (Isaías 11,3), el Señor «que escruta el corazón y sondea las entrañas» (Jeremías 17,10), el que nos abre los ojos, nos libera de nuestro fariseísmo y de nuestras ilusiones y nos redime de nuestra esclavitud del miedo a los otros.

ANTHONY BLOOM
MEDITACIONES SOBRE UN TEMA
Peregrinación espiritual a través del Evangelio
HERDER.BARCELONA-1977.Págs. 75-92
Fuente: mercaba.org
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