Carta 18 de mayo de 2016 – Mons. Carlos Osoro

Santa María Madre de Dios

Nuestra Señora de la Almudena

 

En este mes de mayo, necesariamente tengo que hablaros de la Santísima Virgen María, a quien la Iglesia se dirige de una manera especial. Os invito a todos a invocarla. En Madrid, acercaos a nuestra catedral y rezad a santa María la Real de la Almudena. Llevadle esa flor que sois cada uno de vosotros, con vuestras vidas concretas, con alegría unas veces y otras con sufrimientos. Santa María os escucha y os hace sentir en el hogar en el que la puso el Señor, la Iglesia, para acompañarnos, alentarnos, darnos esperanza y recordarnos lo que tenemos que hacer como discípulos de su Hijo.

¡Cuántos poetas y pintores, teólogos y escritores, han cantado las grandezas de Santa María! En el Siglo de Oro español, muchos artistas supieron captar la realidad del hecho más importante de la historia: la victoria sobre el mal. En la Santísima Virgen María descubren cómo la creación entera exulta de gozo pues Ella, como dice Lope de Vega, «da muerte al que nos quita la vida». El pueblo también ha sabido captar las glorias de María e incluso antes de proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, muchos hombres y mujeres así lo reconocían y vivían. Esta realidad ha configurado su historia, sus costumbres, sus ideales más altos. Todos nosotros hemos sido partícipes de momentos y circunstancias en las que se nos ha contagiado la gloria de esa nueva imagen de humanidad que se manifiesta en Santa María. Gloria que alcanza su dimensión más grande cuando nos situamos ante Ella diciéndole: «Ruega por nosotros pecadores».

Hay una fecha muy bella que os quiero recordar: el día 8 de diciembre de 1854, cuando el Papa Pío IX proclamaba solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción, cuyo contenido estricto quedó sancionado con la bula Ineffabilis Deus. Con palabras muy precisas, entre otras cosas se dice: «declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y por consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano». Os invito a vivir la alegría que nace del cariño inmenso de Dios a los hombres y que la encontramos ya en la Virgen María. Son muy conocidas las palabras del Concilio Vaticano II: «Realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues, Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. […] Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (GS 22).

El Salvador del género humano debía recoger a todos los hombres. El nuevo Adán debía nacer de una tierra inmaculada y virgen, sin lluvia de varón, para posibilitar el inicio de la nueva creación. La Virgen María refleja la perfección del plan de Dios, vincula a Cristo con el primer capítulo del Génesis. No habrá hombre nuevo sin tierra nueva. No habrá un cielo sin suelo. ¡Qué bien viene aquí recordar aquellas palabras que fray Luis de León dirige a María: «A Dios de Dios bajáis del cielo al suelo, del hombre alzáis del suelo al cielo» (L. Mª Herrán, Mariología poética española, Madrid 1988, p. 151). Es impresionante contemplar la bendición que la Virgen María oyó por dos veces: «Bendita tú entre las mujeres». Así se lo dijeron el ángel en la Anunciación y su prima Isabel en la Visitación. La primera mujer es causa de muerte para los que vivían y la segunda, María, es causa de salud para los mortales. Cuando meditamos lo que los poetas han cantado, lo que los pintores han captado y lo que los teólogos nos han mostrado sobre María, siente uno algo muy especial: Ella es la materia santa de donde Cristo recibe la carne. El seno de María, como dicen gran parte de los Santos Padres, se convierte en testigo del abrazo y el beso entre Dios y el hombre; según el salmo: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto» (Sal 84, 12-13). El seno de Santa María se convierte en hogar de la misericordia.

Os invito a decir conmigo esta oración a la Virgen en este mes de mayo: «Santa María Madre de Dios, como discípulos de tu Hijo y miembros de la Iglesia, queremos cumplir y acoger las palabras que desde la Cruz dirigió el Señor a san Juan apóstol: “Ahí tienes a tu Madre”, y también las que dijo a su Madre: “Madre, ahí tienes a tu hijo”. En el apóstol Juan estábamos todos nosotros: niños, jóvenes, adultos, ancianos, sanos y enfermos, ricos y pobres. Hoy te decimos: Santa María, te acogemos como Madre, te queremos como hijos. En Madrid te invocamos con el título de Santa María la Real de la Almudena; apareciste en una muralla. La muralla y los muros separan a los hombres. Abriste un hueco tan grande que te hiciste presente en medio del pueblo para darnos el mensaje de tu Hijo que lo es de libertad, de unidad, de fraternidad. ¿Qué quieres de nosotros Madre de Dios y de todos los hombres? Como Jesús tu Hijo, rompamos la separación del cielo y la tierra, hagamos un puente. Nos dijiste así que somos hermanos de todos los hombres y que juntos formamos la gran familia de los hijos de Dios. Gracias, eres bien aparecida, Santa Madre de Dios, santa y santina, señora de los desamparados, eres Santa María la Real de la Almudena. Ruega por nosotros». Amén.

Aparece María como la expresión máxima de la belleza y de la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. Se nos presenta en esta historia como la criatura que vive en una dependencia total y absoluta de Dios; en la que manifiesta lo que es la libertad plena que tiene sus cimientos en el reconocimiento de la genuina dignidad que Dios le ha dado, y nos desvela nuestra propia dignidad, la que podemos alcanzar en Cristo. Ella nos muestra que ponerse en manos de Dios es encontrar el camino de la libertad verdadera, ya que, solamente volviéndose hacia Dios, el ser humano llega a ser él mismo. En manos de Dios encuentra su verdadera vocación creada a su imagen y semejanza.

Precisamente aquí está el drama del hombre hoy: cuando margina a Dios de su vida y vive desde sí mismo, no se encuentra, vive aturdido, sin sentido, en la desesperanza. Y es que solo en manos de Dios encuentra su vocación verdadera, su imagen real. Santa María es el reflejo de la Belleza que salva al mundo, nada más ni nada menos que la belleza de Dios que resplandece en el rostro de Cristo, a quien Ella ha llevado en su vientre y lo entrega en la historia para que los hombres contemplemos su Gloria y su Belleza. ¡Qué fuerza tienen estas palabras! «Llena de gracia» es el nombre más hermoso de María. Desde siempre y para siempre, Ella es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, «el amor encarnado de Dios»: Jesucristo. Ella se convierte en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo, desde el momento que dice a Dios. Es templo vivo de Dios.

Con gran afecto, os bendice,

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