Carta del 4 de mayo de 2016 – Mons. Carlos Osoro

Ofrezcamos al prójimo algo más que técnica y economía

Manos caridad

¡En cuántas circunstancias y ocasiones la Iglesia levanta su voz en nombre de Jesucristo para decir que, si lo hace, es para defender y promover la dignidad de la persona! Cuando solamente ofrecemos técnica y economía para la convivencia de los hombres y para edificar la familia humana, no estamos dando todo lo que construye a la persona. Precisamente por ello, cuando la Iglesia se acerca a todos los hombres, sin imponer nada, pero ofreciendo gratuitamente el tesoro que posee y que le es propio, nos recuerda principios que no se pueden negociar, que están inscritos en la misma naturaleza humana y que son comunes a toda la humanidad: la protección de la vida en todas sus etapas, desde su concepción hasta la muerte natural; el reconocimiento y la promoción de la estructura natural de la familia basada en el matrimonio, que tan maravillosamente nos describe Dios mismo en su Palabra, entre un hombre y una mujer; la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos. Son principios que, por estar inscritos en la naturaleza humana, se dirigen a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Ofrezcamos a quienes nos encontremos por el camino el abrazo de Dios, que es mucho más que técnica y economía.

La humanidad, y por supuesto nuestro país, vive un momento histórico en el que es necesario asumir responsabilidades concretas que nos afectan a todos. Hemos de tener la valentía necesaria para abrir nuestra vida y ver qué elementos deben acompañar a cualquier proyecto que quiera hacer personas y poner en el centro a la persona. ¿Bastan solamente técnicas? ¿Basta solamente la economía? Ofrezcamos el abrazo de Dios, que contiene también elementos morales, espirituales, sociales y culturales, además de técnica y economía. La Iglesia como tal no hace política, respeta la aconfesionalidad, pero tiene la obligación de ofrecer las condiciones en las que puede madurar una sana política que ayuda a la solución de los problemas sociales. ¿Cómo? Formando las conciencias, siendo abogada de la justicia y de la verdad, educando en las virtudes individuales y políticas. Jesús abrió camino a un mundo más humano y más libre, sabiendo la autonomía de lo que es de Dios y de lo que es del César.

Dejemos que Dios nos abrace, dejemos que nos toque el corazón con su misericordia y seamos cauces por los que esta llegue a los hombres. Es un abrazo incondicional, que vence porque a la larga convence, cambiando el corazón y el modo de vivir entre los hombres. El amor de Dios es tan grande y tan profundo que nunca decae, se aferra siempre a nosotros y nos sostiene, nos levanta y nos guía.

Siempre me impresiona el momento en que el apóstol Tomás no se fía de lo que le dicen los demás apóstoles: «Hemos visto al Señor». Ni le basta la promesa de Jesús, que les había dicho que al tercer día resucitaría. Quiere algo más, quiere meter su mano en el hueco de los clavos y del costado. La reacción de Jesús es la paciencia. No abandona a Tomás a sus propias fuerzas e intereses; su terquedad no es motivo de abandono por parte de Jesús, no le cierra las puertas, lo espera. Es así como vence y convence a Tomás. Por eso, cuando este llega a reconocer su pobreza, su falta de fe y de confianza en el Señor y en sus testigos, se vuelve a Él para decirle: «Señor mío y Dios mío».

Exactamente igual le pasa a Pedro, que por miedo y vergüenza niega a Jesús. Pero más tarde, ante sus preguntas–«¿Me amas?»–, reconoce su falta de fe y compromiso, y llora, dándole el Señor toda su confianza y poniéndolo al frente de la Iglesia. De igual manera, como os recordé en la carta pastoral de inicio de curso, a los discípulos de Emaús, que iban caminando errantes, tristes y desesperanzados, les explica las Escrituras, se sienta con ellos a compartir la comida y, a pesar de su desconfianza y falta de fe, les devuelve la esperanza, la alegría que elimina la desconfianza. Este abrazo es el que Dios quiere dar a todos los hombres en el camino de sus vidas y en el lugar en el que se encuentren. Lo quiere dar Él, acercándose a los hombres, y también a través de nosotros; quiere que, con la misma paciencia, cercanía y amor, ofrezcamos esos principios inscritos en la naturaleza que nosotros vemos y otros que van a nuestro lado no ven. A ellos nos acercamos para darles ese abrazo de Dios, que lo es de alegría, de confianza y de esperanza. Hay que ser muy valientes para confiarnos a la misericordia del Señor, a su paciencia.

Ofrezcamos al prójimo el cultivo del conocimiento, de la acogida y adoración de Dios. Hagamos descubrir a nuestros contemporáneos que la fe no es un estorbo para la convivencia de los hombres; es todo lo contrario cuando es una fe en la persona viva del Señor y no se convierte en una idea más de las muchas que hay, que se vuelven armas arrojadizas para hacer muros y destruir puentes. Ni el hombre ni Dios pueden ser nunca medios para nada, sino todo lo contario, son fin a lo que se ordena todo lo demás. «la religión no es un estorbo en la vida social, al contrario, sana, nutre, inspira y es crítica con los proyectos que hieren a los hombres»:

1. La fe nutre la vida humana y las relaciones entre los hombres y los pueblos. Cuando el ser humano se abre a Dios, lo hace a los estratos más profundos de su ser y da cauce a los anhelos más hondos de su verdadera naturaleza humana. Abiertos a Dios, la fe no es percibida como unas ideas, sino como vida que hace vivir, que da luz y alumbra. No tengan miedo los que no creen, ni los que creen. Unos, a descubrir con honradez la función nutricia de la fe en la convivencia y en la construcción del presente y del futuro de la sociedad. Los creyentes, a serlo con todas las consecuencias, mostrando a un Dios vivo y verdadero que nutre, acompaña y sostiene.

2. Pero la fe tiene también una función inspiradora en la sociedad para las acciones históricas nobles: proyectos de vida, búsqueda de salidas para los más pobres, creaciones culturales que han transformado la realidad y suscitado justicia, libertad y solidaridad en el mundo. ¡Cuántas obras en favor de los hombres, extendidas hoy por el mundo, se han inspirado en Jesucristo y han sido promovidas por la Iglesia!

3. La fe tiene además una función crítica con todos aquellos proyectos sociales, políticos o económicos que no ponen en sus bases la dignidad sagrada del hombre como imagen de Dios que es.

Coloquemos en el mundo al ser humano como imagen de Dios. Esta comprensión del hombre es tan decisiva y totalizante que hace del ser humano un ser moralizado. Por esta semejanza divina, el ser humano es el centro y la culminación de todo cuanto existe y ha sido constituido por Dios. Es señor de todas las criaturas terrenas. Y esta semejanza divina es el fundamento de la igualdad fundamental de todas las personas y, por tanto, a todo ser humano. Ha habido muchos revolucionarios. La verdadera revolución la hizo Jesucristo con su Resurrección, que cambia el corazón por la gracia.

Con gran afecto, os bendice,

firma_osoro

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