Carta del 20 de abril de 2016 – Mons. Carlos Osoro

Muy grande es el campo, ¿dispuestos a trabajar en él?

Danos santos sacerdotes

Acabamos de celebrar, en el IV Domingo de Pascua, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, con el lema La Iglesia, casa de la misericordia. En todas las comunidades cristianas habéis orado con intensidad. La Delegación de Pastoral Vocacional preparó una cadena de oración de 48 horas por las vocaciones de especial consagración. El Santo Padre en su mensaje nos decía que «la llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. […] El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo». Recordemos que ya el Papa san Juan Pablo II, en la carta apostólica Novo millenio ineunte, nos invitaba a poner «la programación pastoral bajo el signo de la santidad», para expresar así una convicción que tiene que llenar nuestra vida y definirla radicalmente: el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios que marca la ruta de nuestra vida. La vida de todos los cristianos tiene que ir en esta dirección que no es otra que establecer esa comunión en la cual la indiferencia se vence con y por el amor, que siempre nos hace salir de nosotros mismos y nos llama a poner la vida para mostrar el rostro misericordioso de Dios. En la Iglesia surgen y se realizan las llamadas y, por tanto, las vocaciones se forman y perseveran.

La Iglesia es «casa de santidad». Es en la Iglesia donde se expresan las vocaciones que el Señor va suscitando. Y todas ellas están al servicio de la santidad. En esta Jornada Mundial se nos hace una invitación a «navegar mar adentro», a descubrir las palabras de Jesús –«la mies es mucha»–, a entrar en la profundidad de esa relación del ser humano con Dios, donde se puede fraguar una respuesta sincera y cada día más honda a Jesucristo, según la vocación a la que seamos llamados. ¿Estás dispuesto a responder? ¿Te fías del Señor, de su gracia y de su fuerza? ¿Crees que la fuerza se realiza en la debilidad? En la Iglesia, la caridad de Cristo es difundida por el Espíritu Santo y hace posible que la Iglesia sea «casa de santidad», que es lo mismo que decir que «la Iglesia es casa de misericordia». ¡Qué rostro más hermoso se hace presente en medio del mundo cuando, precisamente por la caridad de Cristo, todos los cristianos nos ayudamos a descubrir y realizar esa vocación a la santidad, escuchando la Palabra de Dios, permaneciendo en la oración sincera y asidua, participando en los sacramentos y en esa búsqueda constante del rostro de Jesucristo en cada hermano!

Orad de modo especial por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada religiosa y laical. Si es cierto que toda vocación en la Iglesia está al servicio de la santidad, también lo es que algunas tienen una especial implicación, como son el ministerio sacerdotal y la vida consagrada. Deseo invitar a todos los cristianos a que oréis por estas vocaciones de especial consagración. Necesitamos sacerdotes santos para acometer la nueva evangelización. Hombres de Dios que entran en una intimidad especial con Él, ya que nos hizo partícipes por la Ordenación de su misterio y su ministerio, y este ejercicio requiere una fidelidad más alta y más acorde con el ministerio al que el Señor nos ha llamado. Hombres que imitamos a Cristo pobre, casto y humilde, y que vamos fraguando la vida en un amor sin reserva a todos y con un amor sincero a la Iglesia que nos quiere santos. Orad también por la vida consagrada. Hoy es necesaria la presencia histórica de hombres y mujeres que historifican la vida de Cristo siguiendo su camino en pobreza, castidad y obediencia. Que se verifique con la vida de los consagrados la primacía de Dios sobre todas las cosas y el servicio a la humanidad en el estilo que tuvo el Redentor.

No es cuestión secundaria que oremos por las vocaciones de especial consagración. El ministerio sacerdotal y la vida consagrada son esenciales para la vida y santidad de todo el Pueblo de Dios. Por eso hago una llamada a todos los cristianos para que, en vuestra oración, estén siempre presentes estas vocaciones. Los sacerdotes decid sin miedo a los jóvenes como Jesús: «Ven y sígueme». Hago una llamada muy particular a los sacerdotes en este día de oración: sabéis muy bien la misión que Jesucristo nos ha confiado; sabéis de la trascendencia que tiene para la Iglesia y para el mundo el ministerio sacerdotal. Haced sin vergüenza de ningún tipo lo que por misión tenéis, que también es decir a los jóvenes: «Ven y sígueme». La dimensión de llamar a otros para el ministerio es connatural al propio ministerio y a la misión recibida por el Señor.

Los consagrados, como religiosos o laicos, intensificad la oración por las vocaciones. Os pido a todos los consagrados, que gratuitamente habéis sido llamados y a los que el Señor eligió y bendijo con toda clase de bienes espirituales, que deis gratis lo que habéis recibido gratuitamente. Toda vocación viene de Dios, es un don de Dios, pero nunca lo concede independiente o fuera de la Iglesia. Orad por las vocaciones. Dejadme tener un recuerdo muy especial para las comunidades contemplativas; os pido que intensifiquéis la oración por las vocaciones de especial consagración ya que sois fuerza con capacidad, por misión, de generar escucha de la llamada de Dios.

A todas las familias cristianas os manifiesto que tengo el convencimiento de que tenéis un papel decisivo en las vocaciones de especial consagración. Vuestra familia puede engendrar vocaciones si crecéis cada día más en la santidad de vuestro amor de esposos, en la armonía de la vida familiar, en el espíritu de fe con el que afrontáis los problemas diarios. Esto exige una conversión misionera de la familia: no os quedéis en un anuncio teórico desvinculado de los problemas reales de los hombres y de las necesidades fundamentales que tienen, entre las que se encuentra el que respondamos a las expectativas más profundas de la persona humana: a su dignidad y a la realización plena. Cuando esto se descubre en la familia, seguro que hay miembros de la misma que deciden entrar en la lógica de la entrega total de la vida para dar a conocer a quien es el Camino, la Verdad y la Vida.

A los jóvenes os invito a que establezcáis un diálogo abierto con el Señor, el mismo que estableció la Virgen María. Estoy seguro de que en ese diálogo sentiréis muchos de vosotros la necesidad de decir al Señor las mismas palabras que nuestra Madre: «Aquí estoy, hágase en mí según tu Palabra». Sed valientes. Tened pasión por entregar y hacer visible el Reino. Transformad este mundo, poniendo la misericordia en la base de todos los cambios que necesitamos los hombres, es decir, el amor entrañable de Dios. Dadlo con vuestra vida. Os invito a que os dejéis dar la mano por la Santísima Virgen María, en la advocación con la que en Madrid la llamamos, Santa María la Real de la Almudena. Estableced con Ella un itinerario personal que os lleve a vivir como nos dijo Ella: «Haced lo que Él nos diga».

Con gran afecto, os bendice,

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