Carta semanal 6 de abril de 2016 – Mons. Carlos Osoro

Ten ‘modo pascual’: déjate querer y sorprender por Cristo

Escucha, medita, deja que penetre la Palabra de Dios en tu existencia. Comprenderás con más hondura que todos los hombres somos destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Es así como entendemos aquellas palabras que el Señor le dirige a Pedro y a cada uno de nosotros: «¿Me amas más que estos?». No es una pregunta para poner en rivalidad a los discípulos. Son palabras para conquistar nuestro corazón: «¿Me amas?», «¿me quieres?». Dejarnos querer por el Señor es nuestra salvación, felicidad y necesidad. Necesitamos del amor mismo de Dios para realizarnos como personas, para construirnos a nosotros mismos y para construir siempre a los demás. No hay otra salida para los hombres más que dejarse amar. Por eso, el Señor quiere conquistar nuestro corazón y nos pregunta si lo amamos.

Siempre me han llamado la atención las palabras del salmo 118: «Dejarnos querer por el Señor es nuestra salvación, felicidad y necesidad. Necesitamos del amor mismo de Dios para realizarnos como personas, para construirnos a nosotros mismos y para construir siempre a los demás». Los hombres necesitamos de esta antorcha y de esta luz. Y la Palabra se hizo carne, es el mismo Jesucristo. Estas palabras del salmo me impresionaron aún más, leyendo un comentario de las mismas de san Juan Pablo II, quien dice que «el orante se derrama en alabanza de la Ley de Dios, que toma como lámpara para sus pasos en el camino a menudo oscuro de la vida». Camina con Jesús, camina con su fuerza y con su gracia, hunde la vida en su amor misericordioso, que, a pesar de la indignidad en la que estemos, Dios nos ama de un modo obstinado y envuelve nuestra vida con su inmensa ternura. ¡Qué fuerza tiene en nuestra vida contemplar cómo Dios se revela en la historia, muestra su amor a los hombres y nos sorprende siempre con su amor!

Déjate sorprender por Dios. Siempre nos invita a fiarnos de Él: «Echad la red». «Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada», sin embargo se dejaron sorprender por el señor y se fiaron de Él. Y claro que encontraron; «no tenían fuerzas para sacar la red». Las palabras del Señor son siempre creadoras y alentadoras, dadoras de luz. Cumplen lo que dicen. Déjate querer y sorprender por Dios. Escúchalo y vuelve tus oídos a sus palabras y a su rostro. El Catecismo de la Iglesia católica nos dice: «Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que esta» (n.65). Escuchemos una y otra vez al Señor cuando nos dice: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y reconoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32). Cómo no escuchar al Señor y dejarnos guiar por sus palabras, que son siempre muestras de un amor inagotable y siempre dador de ese mensaje central tal y como nos dice el Papa Francisco: la misericordia es la fuerza de Dios que regala a los hombres y es el límite divino contra el mal en el mundo.

Os invito a conocer a Jesucristo, verdadero rostro de la misericordia. Quien lo acepta y le deja entrar en su existencia, queda modelado y troquelado por Él. ¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con Él, para encontrar la vida en Él y para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad, al mundo? Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la Palabra de Dios. A los padres de la Iglesia les gustaba ver en las Escrituras un paraíso espiritual, un jardín donde podemos caminar libremente con Dios, admirando su belleza y la armonía de su plan de salvación, mientras da fruto en nuestra propia vida. Y es que Dios nos habla y quiere moldear nuestra vida. Captemos la sublimidad de su amor: el hecho de que Dios hable, de que Dios responda a nuestras preguntas, el hecho de que nos hable Él en persona, aunque sea con palabras humanas y que nosotros podamos escucharlo. El hecho de que al escucharlo podamos aprender a conocerlo y a comprenderlo, entre en nuestra vida y la moldee, y así podamos salir de nuestra vida y entrar en la amplitud de su misericordia, es lo más grande que ha podido acontecernos.

Es importante comprender que la vocación de los cristianos es esta: resucitados con Cristo hemos pasado por la muerte, y nuestra vida ya está escondida con Cristo en Dios (cf. Co 3, 1-2). Para vivir esta nueva existencia en Dios es indispensable la confianza en su misericordia. En el Bautismo, el Señor nos puso un vestido de luz, de amor, de entrega, de vida, para dar a los hombres todo lo que Él nos ha dado. No dejemos esconder este traje; al contrario, es necesario que lo tengamos siempre puesto para llevar la buena nueva de Dios a todos los hombres. A esa invitación que el Papa Francisco nos hace permanentemente a llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres, a ser discípulos misioneros, hemos de responder como lo hicieran los discípulos con Pedro, cuando él dijo: «Me voy a pescar», y los demás respondieron: «Vamos también nosotros contigo». Juntos vamos contigo Papa Francisco, sabemos que así en el amanecer nos sorprenderá el Señor y nos hará vivir los mismos gozos que a los primeros discípulos, necesarios para llevar la alegría del Evangelio y ser discípulos misioneros:

1. El gozo de la confianza: Que siempre nos hace tener las puertas de nuestra vida abiertas para todos los hombres sin excepción, en una expresión de misericordia. Y que tiene su manifestación en la confianza inquebrantable en el Señor, a quien escuchamos y por quien obramos: «Echad la red a la derecha de la barca y allí encontraréis, […] la echaron y no tenían fuerzas para sacarla». Fuera del amor misericordioso no hay otra fuente de esperanza para el hombre. La misericordia da confianza al ser humano y capacidad de recuperarse siempre. En la misericordia, Dios manifiesta el verdadero poder de Él. Salgamos por los caminos del mundo con confianza.

2. El gozo de la sorpresa: «Vamos, almorzad». Dejémonos sorprender por el Señor todos los días en la Eucaristía. ¡Qué gozo poder armonizar nuestra mirada con la mirada de Cristo, armonizar nuestro corazón con el corazón de Cristo! Así, el apoyo amoroso que ofrezcamos a los que nos encontremos en el camino de la vida, se convierte en participación, en compartir sus esperanzas y sufrimientos, haciendo visible y tangible la misericordia de Dios a cada ser humano y nuestra fe en el Señor. Dejemos que siempre nos sorprenda Dios.

3. El gozo del cariño de Dios a cada uno de los hombres: ¿Sabéis lo que significa que el Señor quiera conquistar nuestro corazón para que no tengamos otra fuerza para vivir y para dar más que su amor? Las preguntas a Pedro son las que debemos hacernos siempre: «¿Me amas más que estos?», «¿me amas?», «¿me quieres?». Son preguntas que desean conquistar nuestro corazón. Amar a Dios como Él nos ama, con todo nuestro ser, hasta dar si es necesario la vida por Él, atender las necesidades de todos los hombres, muestran lo que debe ser un discípulo misionero, que se resume en aquellas palabras de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (Cor 5, 14).

Con gran afecto, os bendice,

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