Ordenación episcopal 19 de marzo de 2016 – Papa Francisco

‘El episcopado es un servicio, no un honor’

 

Hermanos e hijos queridos,

Nos hará bien reflexionar atentamente a qué alta responsabilidad eclesial son promovidos estos hermanos nuestros. Nuestro Señor Jesucristo, enviado por el Padre para redimir a los hombres, envió, a su vez en el mundo, a los doce apóstoles, para que, llenos de la potencia del Espíritu Santo, anunciaran el Evangelio a todos los pueblos, y reuniéndolos bajo un único pastor, los santificaran y los guiaran a la salvación.

Con el fin de perpetuar de generación en generación este ministerio apostólico, los Doce eligieron colaboradores a los que, por la imposición de las manos, les transmitieron el don del Espíritu Santo que habían recibido de Cristo, confiriéndoles el sacramento del Orden. De este modo, a través de la sucesión ininterrumpida de los obispos en la tradición viva de la Iglesia se ha conservado este ministerio primario y la obra del Salvador continúa y crece hasta nuestros días. En el obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente entre vosotros el mismo Señor nuestro Jesucristo, sumo sacerdote para la eternidad.

Es Cristo, de hecho, el que en el ministerio del obispo continúa predicando el Evangelio de la salvación y la santificación de los creyentes, a través de los sacramentos de la fe. Es Cristo el que, en la paternidad del obispo, añade nuevos miembros a su cuerpo, que es la Iglesia. Es Cristo el que, en la sabiduría y la prudencia del obispo, conduce al pueblo de Dios en la peregrinación terrena hacia la felicidad eterna. Cristo que predica, Cristo que hace la Iglesia, fecunda la Iglesia, Cristo que guía. Y esto es el obispo.

Acoged, por tanto, con alegría y gratitud a estos hermanos nuestros que nosotros los obispos, con la imposición de las manos, hoy asociamos al colegio episcopal. Rendirles el honor que se debe a los ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios, que están encargados del testimonio del Evangelio y del ministerio del Espíritu para la santificación. Recordad las palabras de Jesús a los Apóstoles: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros desprecia, a mí me desprecia. Pero quien me desprecia a mí, desprecia a aquel que me ha enviado”.

Y a vosotros, queridos hermanos, elegidos por el Señor, considerad que habéis sido escogidos entre los hombres y para los hombres, para servirles en las cosas de Dios. De hecho, el “episcopado” es el nombre de un servicio, no de un honor. Porque al obispo le compete más servir que dominar, según el mandamiento del Maestro: “El que es mayor debe hacerse el más pequeño, y el que preside, debe servir humildemente”. Sed servidores de todos, de los más grandes y de los más pequeños. De todos. Pero siempre servidores, al servicio.

Proclamad la palabra de Dios a tiempo y a destiempo; exhortad con toda paciencia y deseo de edificar. En la oración y en el sacrificio eucarístico, pedid abundancia y diversidad de gracias, para que el pueblo que os ha sido encomendado participe de la plenitud de Cristo. No os olvidéis que la primera tarea del obispo es la oración. Esto lo ha dicho Pedro, el día de la elección de los siete diáconos. La segunda tarea, el anuncio de la Palabra. Luego viene lo demás. Pero lo primero es la oración. Si un obispo no reza, no podrá hacer nada.

Cuidad y orientad a la Iglesia que os ha sido confiada, y sed fieles dispensadores de los misterios de Cristo. Elegidos por el Padre para gobernar su familia, tened siempre ante vuestros ojos al Buen Pastor, que conoce a sus ovejas. Detrás de cada carta existe una persona. Detrás de cada misiva que vosotros recibáis, existe una persona. Que esta persona sea conocida por vosotros y que vosotros seáis capaces de conocerla.

Amad con amor de padre y de hermano a cuantos Dios pone bajo vuestro cuidado, especialmente a los presbíteros y diáconos. Da pena cuando escuchamos que un presbítero dice que ha pedido hablar con su obispo y la secretaria o el secretario le ha dicho que “tiene muchas cosas que hacer, y hasta dentro de tres meses no te podrá recibir”. El primer prójimo del obispo es su presbítero, su primer prójimo. Si tú no amas al primer prójimo, no serás capaz de amar a todos. Cercanos a los presbíteros, a los diáconos, a vuestros colaboradores en el ministerio; cercanos a los pobres, a los indefensos, a los que tienen necesidad de ser acogidos y ayudados. Mirad a los fieles a los ojos. Mirad el corazón. Y que aquel fiel tuyo sea presbítero, diacono o laico, pueda mirar tu corazón. Pero mirar siempre a los ojos.

Cuidad diligentemente de aquellos que aún no están incorporados al único rebaño de Cristo, porque ellos también os han sido encomendados en el Señor. No os olvidéis que formáis parte del colegio episcopal en el seno de la Iglesia católica, que es una por el vínculo del amor. Por tanto, vuestra solicitud pastoral debe extenderse a todas las Iglesias, dispuestos siempre a acudir en ayuda de las más necesitadas.

Vigilad con amor de todo el rebaño, a cuyo servicio os pone el Espíritu Santo para gobernar a la Iglesia de Dios. Y esto hacedlo en el nombre del Padre, cuya imagen representáis; en el nombre de su Hijo, Jesucristo, por el cual ejercéis de maestros, sacerdotes y pastores; y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia y con su poder fortalece nuestra debilidad. Que el Señor os acompañe, os esté cerca en este camino que hoy comenzáis.

(Texto traducido y transcrito del audio por ZENIT)

Solemnidad de San José. 19 de marzo de 2016. Homilía

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