Carta Pastoral 13 de enero de 2016 – Mons. Carlos Osoro

Dad un «sí» al desafío de vivir verdaderamente la vida

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Estaba dando vueltas sobre lo que os iba a escribir esta semana y me pareció conveniente hablaros y animaros a todos: a los que creéis, a vivir con radicalidad el Bautismo, la Vida de Dios en vosotros; y a quienes no creéis, a que os abráis a la plenitud de la Vida sin miedos, a dar un «sí» al desafío más grande que tiene el ser humano, como es vivir verdaderamente la vida. Me comprometo a acompañaros. Hay que decir con fuerza un «no» a la muerte y un «sí» a la Vida; decir «no» al ataque de la muerte que muy a menudo se presenta con aires y máscaras de vida. ¡Cuántos descartes, guerras, enemistades, enfrentamientos se muestran con aires de defender la vida! ¡Cuántos proyectos se presentan en todos los órdenes para dar vida y sin embargo lo son de muerte para todos, tanto para los que mueren como para los que matan! Os invito a dar un «sí» al único proyecto que se ha presentado al hombre que da Vida. Y que no es una teoría, es una Persona: Jesucristo. Él nos la dona por el Bautismo y sigue alimentándola en la Eucaristía. Y se la da a todos, si quieren.

Sé que puede suponer un escándalo para algunos pretender decir que la vida nos la regala Dios en el Bautismo. Este escándalo se produjo ya desde el principio. Es verdad que, desde su inicio mismo en el vientre de una madre, la vida humana es un don. Dios se vale de dos laderas para que vengamos a la existencia: padre y madre. Sin ellos no es posible la vida humana. Pero también es verdad que Jesucristo ha venido a este mundo para darnos y hacernos descubrir que la Vida verdadera y en su plenitud nos la da Dios mismo, y nos invita a abrirnos a Él.

Acercándonos al Bautismo de Cristo tal y como nos lo describe el Evangelio (cfr. Lc 3, 21) contemplamos cómo Jesús habla con su Padre. En esta cercanía al Bautismo de Cristo, descubramos nuestro Bautismo. Hemos de estar seguros de que, cuando Jesús habló con el Padre, no habló para sí ni de sí mismo. Habló también de y por nosotros, habló de ti y de mí, habló de la Vida que venía a dar a los hombres y que habíamos perdido encerrándonos en nosotros mismos. Y el evangelista nos dice que sobre el Señor, en oración, se abrió el cielo. Jesús entra en contacto con el Padre y el cielo se abre sobre Él. En Jesús y por Jesús se abrió el cielo para todos los hombres. Y lo mismo que pasó con Jesús, pasa con nosotros. Se oye esa voz que dice: «Tú eres mi hijo predilecto». Descubramos y vivamos que las mismas palabras que oyó Jesús se nos dicen a cada uno de los que somos bautizados: «Tú eres mi hijo». Recibimos el título más grande que un ser humano puede tener: «hijo de Dios». Pero descubramos las consecuencias que tiene vivir con ese título: «ser hermanos de todos los hombres».

Es un don inmenso de Dios acoger este regalo de su Vida, que Él nos da sin imponerlo. Por eso entiendo también la alegría de unos padres que, habiendo dado la vida humana a sus hijos, desean y quieren que la Vida de Dios esté en ellos y que se la ofrezcan sin miedos a coartar su libertad, desde la alegría de hacer el regalo más grande: que Dios ocupe su vida y le haga «hijo de Dios y por ello hermano de todos los hombres». ¿Hay libertad más grande y mejor para un ser humano que saberse con fundamentos y cimientos y con proyecto de encuentro con todos los hombres? «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». En y por el Bautismo somos incorporados a la familia de Dios, a la comunión con Dios y con todos los hombres. No es una fórmula. Marca un nuevo nacimiento pues, de hijos de padres humanos, nos convertimos en hijos de Dios, en el Hijo de Dios. «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Recordemos lo que los padres decís cuando presentáis a vuestros hijos para el Bautismo. Cuando el sacerdote pregunta «¿Qué queréis para vuestro hijo?», respondéis: el Bautismo, es decir, la Vida de Cristo. Deseamos que vivan y entreguen en este mundo esa Vida, que hagan la historia de este mundo con este proyecto, el de Cristo, su santidad.

Me gustaría exponeros siete argumentos para dar un «sí» al desafío de vivir verdaderamente la vida, dar a esta historia Vida, acogiendo el Bautismo:

1. La vida del ser humano queda regenerada completamente: ¡Qué bien nos lo explica san Pablo! «Él nos salvó según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo» (Tt 3, 5). El Bautismo no es solo una palabra o algo espiritual, implica también la materia. Toda la realidad del hombre queda involucrada, afectada en su totalidad. Nos hacemos nuevos.

2. Nos hace hijos de Dios y hermanos de todos los hombres: El agua es fuente de fecundidad. Sin agua no hay vida. El Bautismo nos hace partícipes de la vida de Dios. Nos sumergimos en Cristo, nos unimos íntimamente a Él, que es Dios y Luz de Luz. Revestidos de Luz, nos hacemos presentes en este mundo de una manera absolutamente nueva, somos hijos y tenemos hermanos. Los bautizados no somos extraños los unos de los otros. Pueden separarnos continentes, culturas, estructuras sociales o distancias, pero nos encontramos y nos conocemos en el mismo Señor, en la misma fe, esperanza y amor. El fundamento de nuestra vida es el mismo: la vida de Cristo en nosotros. Por el bautismo nos hacemos hijos de la Iglesia que es Madre. En el Bautismo, Jesucristo nos asume y nos hace hijos de Dios en Él.

3. Nos da la vida eterna: Recordemos también la pregunta a los padres cuando van a bautizar a sus hijos:«¿Qué te da la fe?». Y los padres responden: «La vida eterna». De tal manera que el Bautismo no es solamente un acto de socialización, la fe les da la Vida de Dios que es la Vida eterna. Ya en este mundo somos partícipes de la Vida eterna, tenemos la Vida eterna, la cuidamos y se la regalamos a los hombres.

4. Nos regala un don inmenso, la comunión con Dios: Por el Bautismo accedemos al misterio de comunión con Dios. No es un rito social; es una iniciativa de Dios. Entramos a formar parte de la Iglesia universal y nos insertamos en el dinamismo de la vida de fe. Por el Bautismo se nos dona el misterio de la Vida de Dios.

5. Nos hace permanecer en la alegría de Dios: Por el Bautismo, ese pequeño ser humano que somos cada uno de nosotros recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que nos capacita para entrar en relación con quien hizo todo lo creado, Dios, y esta relación es para siempre, para toda la eternidad. La mano de Dios está con nosotros.

6. Nos conduce por esta historia: Él nos atrae hacia sí. Nos atrae a la vida verdadera y nos conduce por ella en el mar de esta historia, que a menudo tiene oscuridades, confusiones y peligros; nos hundimos si vivimos solo de nuestras fuerzas. Nunca nos soltemos de la Vida, de su mano, de la senda que nos indica.

7. Nos transforma en la raíz de la existencia, nos lleva a la santidad: San Pablo nos habla del viraje que da su vida en el encuentro con Cristo resucitado. Estaba muerto y ahora estoy vivo. Ser cristiano y tener a Cristo en la vida es mucho más que una operación cosmética que añadiría algo de belleza. Es volver a nacer, es pasar de la muerte a la resurrección. Es decir y vivir: «Para mí la vida es Cristo» (Fil 1, 21ss.).

Recibir el Bautismo es responder afirmativamente aquella pregunta que se hacía antes de recibir el Sacramento: «¿Quieres recibir el Bautismo?». O mejor, ¿quieres ser santo? Y responder a la gracia que se nos da, siendo y viviendo la santidad que Cristo nos regala.

Con gran afecto, os bendice,

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