Dios en el centro para que esté en el centro el hombre – Mons. Carlos Osoro

Discípulos

Cuando hace unos días meditaba las palabras de Jesús en las que nos dice que «vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma» (Mc, 6, 34) me impresionaron de una manera especial. Me llevaron a pensar en lo que hacemos con el hombre cuando lo separamos de Dios. Y entendí mejor algunas expresiones del Papa Francisco, como cuando nos dice: «no a un dinero que gobierna en lugar de servir», «no a una economía de exclusión» pues esta «economía mata», «no a la idolatría del dinero». Son expresiones que nos hablan de la primacía de lo humano. Hemos sido muy inteligentes para ir viendo a través de la Historia que los seres humanos éramos diferentes y superiores, pero esa diferencia y superioridad la hemos utilizado mal, pues con ella nos hemos convertido en conquistadores y excluyentes, en buscadores de lo que era mejor para mí mismo y no de lo que es bueno para todos. Cuando no se tiene claro quién es el hombre, nos volvemos encandiladores pero excluyentes; diferentes pero mediocres, superiores pero conquistadores. Y es que, cuando la vida se vive en la adhesión sincera a Dios y en su presencia, no encandila sino que proyecta luz, alumbra, guía, respeta la conciencia y cada historia personal y, ciertamente, provoca y ayuda a la convivencia. Las ideologías encandilan pero no alumbran, sino que enfrentan.

¡Ved la fuerza que tienen las palabras y los gestos de Jesús! «Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado» (Mc 6, 30). Cabe suponer que le contaron la vida, aspiraciones, respuestas que habían tenido por parte de los hombres y qué les habían enseñado. Delante de ellos, el Señor dijo que tenía lástima de los hombres, pues estaban sin pastor. Él se presentó como el verdadero y el buen pastor. Tiene tal fuerza esta llamada para todos los cristianos y, por supuesto, para quienes el Señor ha querido regalarnos su misión, que se convierte en una invitación a toda la Iglesia para salir al mundo y anunciar a todos a Jesucristo. Es algo apasionante en este momento de la Historia, a pesar de las dificultades que podamos tener, hombres y mujeres, jóvenes o adultos, niños o ancianos, asumiendo la tarea de abrir al ser humano a la gran fiesta del Evangelio, que es la fiesta de la verdadera alegría. Mostrar a Jesucristo con obras y palabras tiene consecuencias personales y sociales impresionantes, y hace posible que esa luz sea donde la persona experimenta la misericordia y el amor, la ternura y la cercanía de Dios, y el modo más certero de enseñar a vivir para los demás.

Es una tarea a la que os invito. Entremos en diálogo abierto con todo ser humano. Propongamos la acogida del Evangelio, haciéndolo de tal manera y con tal estilo evangélico que quienes nos escuchen experimenten que Jesucristo ilumina a cada persona, que le hace ver el valor que tiene ella y quienes la rodean, que su vida comienza a tener una fuerza tal que queda invadida por la novedad y frescura de quien nos valora, custodia, pone en el centro de todo al hombre y nos lanza a construir un mundo en el que descubrimos que para mantener todo al servicio del ser humano tenemos necesidad de la presencia de Dios. ¿Por qué tiene lástima de nosotros? Porque desconocer a Dios es desconocer la verdad del hombre.

Tenemos signos evidentes de la necesidad que los hombres tienen de Dios, pero a menudo nos cerramos en nuestros intereses y preferimos hacer de nosotros un dios, que en el fondo es hacernos dueños y señores de los demás. De tal manera que construimos la historia haciendo de los otros posesión y no don. La pregunta de los escribas y fariseos a Jesús sigue siendo la misma: «maestro, queremos ver un signo tuyo». Pero la respuesta también es la misma: «aquí hay uno que es más que Salomón» (cfr. Mc 12, 38-42). Ciertamente, Jesucristo nos muestra y nos dice con sus obras y palabras que el prójimo es un don inmenso que Dios nos regala, que es alguien irrepetible, imagen de Dios mismo. Precisamente, por ello nos enseña a eliminar muros de separación que en tantas circunstancias hacemos los hombres, donde la exclusión es evidente y el descarte una realidad. Dejemos que el Señor entre en nuestra vida y en nuestra historia personal y colectiva. Si permitimos que la vida del Señor ocupe nuestra vida, la caridad fraterna –expresión viva del mandamiento nuevo de Jesús– se expresará en programas, obras e instituciones que busquen siempre la promoción integral de la persona y el cuidado y la protección de los más vulnerables.

Cuando no hacemos de nuestra vida y de la del otro un don, aparecen unas constantes destructivas. ¿Qué significan estas palabras: diferencia, superioridad, conquista, exclusión? Muestran la Gracia que ha sido para la humanidad la entrada de Dios en esta historia, haciéndose Hombre como nosotros. Expresan cuatro etapas de la humanidad en las que la ausencia de Dios en la vida del hombre plasma situaciones de descarte. 1) La primera etapa del ser humano en esta historia: alguien miembro de una especie que se distinguía de otras por ciertas propiedades que poseía en exclusiva. Muchos mitos en las diversas culturas tratan de explicar en qué se distingue el hombre de los animales. Estaba abierto a dioses que se iba creando a su medida. 2) La segunda etapa es de superioridad: el ser humano aparece como mejor que las otras especies que viven con él, y le aproximan más a lo divino. En esta etapa aparece una novedad muy grande: tanto el judaísmo como el cristianismo nos hablan de esa superioridad del hombre como resultado de una elección por parte de Dios mismo, es una elección graciosa. De tal modo que la preeminencia del hombre no se apoya en propiedades de su naturaleza, sino en la encarnación de Dios. Dios se hace Hombre. Esto es lo que confiere la dignidad al hombre. 3) La tercera etapa es de conquista: el ser humano debe dominar a otros seres y plegarse a sus fines, de tal modo que realiza su superioridad convirtiéndose en dueño de la naturaleza, que le lleva a caer en la tentación y a veces en la realidad de adueñarse también del otro. 4) La cuarta etapa es la de la exclusión, es decir, el hombre es el ser más alto, nadie puede estar por encima de él. De tal manera que intenta eliminar a Dios. Es precisamente en ella en la que se forja la palabra humanismo. Pero, ¿hay verdadero humanismo cuando se excluye a Dios? Hay que superar esta etapa y comenzar la quinta: Dios es necesario.

El proyecto de eliminar a Dios ha fracasado, el hombre se está dando cuenta de que prescindir de Dios es una amenaza a la existencia humana. La eliminación y el olvido de Dios crea un «abismo» en el interior del hombre. Produce una «ruptura» en su existencia que le hace no sentirse dichoso. El ser humano no resiste ese «abismo» y esa «ruptura», percibe de modos diferentes que esto provoca su enfermedad, la de no saber quién soy. Cuando se retira a Dios, se retorna a otros dioses, y esto no es bueno para el hombre. Tengamos la osadía y la lucidez de hacer una ecología integral, una verdadera ecología humana y social en la que Dios es necesario, pues el ambiente natural, social, político y económico está en estrecha relación. Hay que buscar siempre el progreso integral, pero para ello hay que salir a anunciar a quien hace posible que nunca olvidemos a nadie: Jesucristo.

Con gran afecto, os bendice

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Una respuesta a Dios en el centro para que esté en el centro el hombre – Mons. Carlos Osoro

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