NO HAGAS DESCARTES, SIRVE LA MISERICORDIA DE CRISTO – Mons. Carlos Osoro

Abrazo de Jesús

¡Qué fuerza y qué impacto tiene contemplar a Jesucristo en la perspectiva de la misericordia, frente al descarte! Os invito a hacerlo así. “Dios rico en misericordia” (Ef 2, 4). Esta expresión del Apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios tiene una fuerza especial hoy y una actualidad para nuestra misión en este mundo y en las situaciones que están viviendo los hombres. Este Dios, que Jesucristo nos ha revelado como Padre, nos lo ha revelado a través de su vida, en las relaciones que tuvo con los hombres y mujeres que se encontró. Al Dios rico en misericordia lo hemos conocido, se nos ha visibilizado en Jesucristo. Él, con su vida, con sus palabras y sus obras, nos manifiesta y nos revela que para no descartar a nadie hay que hacer mostrar a todo ser humano con quien nos encontremos que el amor es el que regenera y nos salva, ese amor que nos hace entender y vivir desde la novedad que trae Jesucristo a este mundo. En alguna de las próximas cartas os hablaré de la Encíclica “Laudato sí” del Papa Francisco. Pero me parece muy importante haceros ver que nos situamos en el mundo y en medio de los hombres si somos capaces de entender nuestra vida así: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo” (Ef 2, 4s).

La verdad que se nos revela en Jesucristo, y que nos habla de un Dios rico en misericordia, nos está permitiendo ver a Dios muy cerca, al lado del hombre. Especialmente lo vemos al lado de los que sufren, de los que están amenazados en el núcleo de su dignidad. Este Dios, que se nos muestra en Jesucristo, que tanto se acerca al hombre, lo sentimos muy cerca de las grandes preocupaciones que tenemos en estos momentos de la historia. El hombre y nuestro mundo tienen necesidad de la misericordia. ¡Cómo no atrevernos a hacer lo que hizo Jesús! Con su estilo de vida, con sus acciones, en la cercanía a todos los hombres, nos hizo ver que en el mundo en que vivimos está presente el Amor, un Amor que dirige los pasos del hombre, que abraza a todo ser humano y que se hace notar especialmente en aquellos que sufren, que viven en la injusticia, la pobreza, la limitación, la fragilidad del tipo que fuere. Cristo hizo presente al Padre en cuanto amor y misericordia. Y cuando Cristo nos revela el amor-misericordia a los hombres, nos pide al mismo tiempo que nos dejemos guiar en nuestras vidas por el amor y la misericordia.

San Juan Pablo II escribía así: “hay un límite impuesto al mal por el bien divino, y ese es la misericordia”. ¿Por qué no atrevernos a poner este límite en estos momentos que vivimos? Ciertamente, los hombres somos destinatarios de la misericordia de Dios. Dios nos ama obstinadamente. Dios nos envuelve en su amor. Dios no descarta a nadie, quiere contar con todos. Con su amor, cura las heridas que pueda tener el corazón del hombre y que le impiden una relación fraterna, de hermanos y de hijos de Dios. ¡Cómo se ilumina el misterio de todo ser humano con la misericordia de Dios! ¡Qué respuestas más alentadoras da todo ser humano cuando percibe el amor misericordioso de Dios! Precisamente, contemplando la Cruz descubrimos al Dios rico en misericordia. Él se inclina totalmente al hombre. ¿No os dais cuenta de tal inclinación? ¿No descubrís lo que significa y nos regala a nosotros? En la Cruz, en esa inclinación que Dios hace al hombre, se experimenta la curación de las heridas dolorosas de la existencia humana. Todos sabemos que cuando aceptamos que el amor de Dios entre en nuestra vida, quedamos modelados por Él. De esta manera descubrimos que tener la experiencia del amor misericordioso se convierte en una llamada a la que necesariamente tenemos que responder con el mismo amor. Es bueno contemplar a Cristo en la cruz, es bueno ver el costado traspasado. En esa contemplación experimentaremos la grandeza de un Dios que da su vida para que nosotros la tengamos y para que regalemos a todos los hombres, en todas las situaciones en las que nos encontremos, esa vida que se nos da como gracia.

Estamos viviendo un momento importante de la historia para marcar direcciones. ¡Atrévete a marcar dirección con el amor misericordioso! La Iglesia quiere compartir el deseo de una vida justa bajo todos los aspectos. Pero nos damos cuenta de que muchos programas que parten de la idea de justicia y que deben de servir para ponerla al servicio de los hombres, de los grupos, en la cercanía a los que sufren, a la hora de la verdad tienen muchas deformaciones. La experiencia cotidiana nos hace ver que otras fuerzas negativas, como son el rencor, el odio, la crueldad, se han puesto en primer lugar y antes que la justicia. Y se da un ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad. Ahora bien, la justicia por sí sola no es suficiente. Hay que permitir esa justicia que es más profunda, como es el amor de Dios, un amor misericordioso, un  amor incondicional. Ese amor que hemos recibido de Dios nos da una proyección y unas perspectivas de relaciones con nosotros mismos, con la naturaleza y con Dios, totalmente nuevas.

La Iglesia tiene que dar testimonio de la misericordia de Dios en todas las situaciones. Aquí está su gran reto: mostrar al mundo, como lo hizo Jesucristo, el rostro misericordioso de Dios. Esta es la gran misión y pasión de la Iglesia, tuya y mía, en todo su quehacer, siguiendo siempre las huellas de Cristo. Su gran tarea es dar testimonio de la misericordia de Dios: profesándola, introduciéndola y encarnándola  en la vida y en la historia de todos los hombres. Estamos llamados a la conversión. La Iglesia siempre proclama la conversión, pero la conversión a Dios consiste en descubrir su misericordia, su amor. Los discípulos de Cristo hemos de ser conscientes de que únicamente sobre la base de la misericordia pueden hacerse realidad los cometidos que el concilio Vaticano II nos señalaba. ¡Qué belleza tiene lo que Jesucristo nos ha enseñado! Sólo desde la base de la misericordia podemos hacer verdad la convivencia: lo diverso que nos una, lo diferente que nos complemente. El ser humano alcanza el amor misericordioso de Dios cuando él mismo, en su interioridad, tiene un encuentro con tal radicalidad que le transforma y convierte toda su vida en el espíritu de amor hacia el prójimo. De tal manera la misericordia cristiana tiene fuerza en la convivencia y en la transformación de esta historia.

El amor misericordioso nos invita a amar a los enemigos. Así nos lo pide Jesucristo: un amor que excede las capacidades humanas. La propuesta de Cristo tiene una significación especial para nosotros en estos momentos de la historia. En nuestro mundo hay violencia, hay injusticia, hay desorden. Esto solamente se puede superar contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Pero esto tiene que venir de Dios. Jesús es la misericordia que se ha hecho carne, y esta misericordia es la única que puede desequilibrar el mundo del mal hacia el bien, de la división a la unidad, de la búsqueda del propio bien personal a buscar siempre el del otro. La misericordia es el núcleo central del mensaje del Evangelio. Es el nombre mismo de Dios, es su rostro, es Jesucristo La misericordia se nos ha manifestado en Jesucristo como la fuerza que cambia la realidades que son inhumanas y nos convierte en personas con el ardor de Cristo. La misericordia de Dios pacifica el corazón de los hombres y hace brotar vida allí donde se muestra.

Con gran afecto, os bendice:

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