Carta Pastoral 11 de febrero de 2015 – Mons. Carlos Osoro

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Pintar siempre con dos colores: Amor y Esperanza

“¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”

En la carta primera a los Corintios, el apóstol San Pablo nos dice algo que es esencial en nuestra vida: “Por qué, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles” (cf. 1 Cor 9, 16-19.22-23). Son unas palabras que siempre me han impresionado. Y que tienen una fuerza especial en estos momentos que estamos viviendo: ¿Somos libres o esclavos? La libertad nos la entrega Jesucristo. Por eso, el Apóstol Pablo, una vez que ha conocido a Jesucristo, experimenta que no tiene más remedio que darlo a conocer, que hablar de Él. Ha sido Jesucristo quien le ha devuelto la libertad y él desea que ésta, que ha experimentado en su vida, llegue a todos los hombres. De ahí sus palabras: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. Con esa misma libertad que le ha sido otorgada por Cristo, el Apóstol Pablo se hace esclavo de Él para ganar a los hombres y darles la libertad, y para curar a quienes se encuentran sometidos a las esclavitudes diversas con que los hombres intentamos encadenar en muchas ocasiones a los demás. Libres para ganar a los hombres, siendo esclavos de Cristo que es la vida, y que nos hace dar vida, salvación y curación a los demás.

Anunciar el Evangelio es dar vida, curar y salvar. El Papa Francisco, a través de los Pontificios Consejos para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes y de Justicia y Paz,  con las Uniones Internacionales de los Superiores Generales, ha convocado la Jornada Internacional de oración y reflexión contra la trata, celebrada este domingo, 8 de febrero, festividad de Santa Josefina Bakhita, la esclava sudanesa canonizada en el año 2000. La Iglesia sigue teniendo la misma ocupación que su Maestro. El Papa Francisco nos recordaba recientemente que “el tráfico de seres humanos es una llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una llaga de la carne de Cristo. Es un delito contra la humanidad”. Se entiende por trata de personas “la captación, el transporte, traslado, acogida o recepción de personas; recurriendo a la amenaza, al uso de la fuerza u otras formas de coacción; al rapto, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad, o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación”.

Tengamos el atrevimiento de hacer una gran obra de arte. Pintemos el cuadro de la vida, de la historia y de la trayectoria que tienen que hacer los hombres en este mundo, con dos colores: el color del amor y el de la esperanza. ¿Dónde está la tarea de la Iglesia hoy? Es la de siempre: dar a conocer a Jesús y hacer santos con la vida misma de Cristo. Al igual que Jesucristo, el papel de la Iglesia es presentar el rostro del Señor y entregar su liberación, el diálogo con todos los hombres, y construir la comunión. Por eso el diálogo y la cultura del encuentro tienen que ser el canal que utilice la Iglesia, al igual que hizo Nuestro Señor Jesucristo; han de ser la herramienta básica para construir la paz y promover la conversión, creando fraternidad. Este cuadro que los discípulos de Cristo tenemos que presentar y ofrecer a todos los hombres no es ni más ni menos que globalizar el amor mismo de Dios manifestado en Cristo para todos los hombres. No se trata de una globalización que se reduzca a las finanzas internacionales, a la economía, a lograr acuerdos bilaterales… todo esto se escapa del control. Se trata de llevar la libertad a todos los seres humanos, de regalar curación. En definitiva, de hacer una globalización en la que todos se sientan integrados con su singularidad y enriquecidos con unas relaciones nuevas, fruto del amor que sigue regalando Jesucristo. A todos nos gusta que se nos hable en la lengua que aprendimos desde el inicio mismo de la vida, eso también vale para la fe: nos gusta y es necesario que se nos hable en claves en las que percibamos el amor mismo de Dios. El cuadro pintado con esos colores del amor y de la esperanza nos abre paso a la apertura de un mundo diferente, en el que todos estamos más a gusto, en el que nos agrada vivir y entregarnos los unos a los otros.

El verano pasado intervine en un curso hablando del profesor y filósofo Julián Marías. En él, decía cómo Marías nos proponía una definición cristiana del hombre, que para mí tiene una actualidad especial: el hombre es “criatura amorosa”. Y lo es en verdad. ¿Desde dónde decía Julián Marías esto? Ponía en conexión dos textos bíblicos que son capitales: el relato de la Creación y la Primera Carta de San Juan. Para todo lo creado Dios dice “hágase”. Sin embargo, cuando crea al hombre dice: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Por otra parte, San Juan nos dice que “Dios es amor”. ¿En qué consiste ese ser imagen y semejanza de Dios? En que el Amor es lo que da consistencia al hombre, es su consistencia. Lo que es relevante es precisamente el Amor. Por eso el hombre aparece y es “criatura amorosa”. Para el cristiano, es primario el Amor, y esto tiene consecuencias extraordinarias, pues nuestro “yo” tiene una referencia esencial a la “convivencia”, al “nosotros”. La infidelidad radical del ser humano es no verse ni entenderse ni vivirse como “criatura amorosa”. Y es que no verse así es vivir no regalando libertad. Regalamos libertad cuando nos sabemos partícipes, viviendo con, en y desde el amor mismo de Dios, que nos impulsa a vivir para los demás. Urge anunciar a Jesucristo. Hagamos nuestras las palabras del Apóstol San Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”.

El Papa Francisco nos ha dicho: “siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: ¿dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para la mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado?” (EG 211). Demos vida a esta tierra, a la historia que vivimos los hombres. Para ello conviene descubrir la realidad íntima de Dios como amor. Y la realidad nuestra como criaturas suyas. Un Dios que se vacía de sí mismo y se autocomunica, que se revela de manera definitiva en la encarnación, en la cruz y en la resurrección. Dios, movido por su misericordia, no sólo nos permite asomarnos a su corazón, sino que en el Espíritu Santo nos hace sitio junto a su corazón. “En Jesucristo Dios se ha unido de algún modo con todos y cada uno de los seres humanos” (GS 22). Movido por su amor se vacía de sí y se da a sí mismo como don, nos obsequia con la mayor proximidad. La luz de Dios y su cercanía al ser humano llega hasta tal punto que el hombre es cegado por ella, vive la felicidad y la paz que solamente Dios puede entregar junto con una experiencia de la misericordia divina total, y la entrega a los hombres. Lo hace dando dos colores a la vida: amor y esperanza. Y ello supone estar junto a todo hombre, sabiendo que refleja la imagen del creador, y que no podemos disponer a nuestro parecer de las personas. La Iglesia, en nombre de Cristo, se hace pregonera de los derechos fundamentales de la persona. Los derechos humanos no son negociables, preceden a todas las instituciones y son el fundamento de las mismas. Están expresados en el Evangelio: “lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos” (Lc 6, 31). Pintemos el cuadro que nos toca hacer en la vida con dos colores: amor y esperanza.

Con gran afecto, os bendice

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