Carta Pastoral 29 de enero de 2015 – Mons. Carlos Osoro

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Otro mundo es posible

El mundo, la historia que hacemos los hombres, necesita de Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿Qué Dios necesitamos? El que sana  el corazón del hombre. Y este Dios se ha revelado en Jesucristo. El mundo en el que vivimos sigue presentando las contradicciones que pusieron de relieve los padres del Concilio Vaticano II, muy especialmente en la constitución Gaudium et Spes, 4-10. En la misma, vemos una humanidad que quiere ser autosuficiente, donde no pocos hombres creen que pueden prescindir de Dios para vivir bien. Pero ¡cuántas situaciones dramáticas estamos viendo en estos momentos de vacío existencial! ¡Cuánta violencia hay sobre la tierra! ¡Cuántas soledades que soporta el corazón del ser humano precisamente en la era de las comunicaciones! ¿Quién es el que puede librar al hombre de esta oscuridad y de este yugo? Solamente Jesucristo, el que derrotó para siempre el poder del mal con el amor divino. Nos viene bien escuchar aquellas palabras del apóstol San Pablo a los cristianos de Éfeso: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos  vivificó juntamente con Cristo” (Ef 2, 4).

Es cierto que muchos hombres admiran las realizaciones técnicas del mundo occidental y todos los descubrimientos que en estos últimos tiempos ha hecho la ciencia, pero también hay otros muchos que se asustan ante un tipo de razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre. Y, sin embargo, me atrevo a deciros que la realidad del mundo es imposible sostenerla sin Dios. Quizá lo primero que tengo que deciros es responder a esta pregunta: ¿Qué es esta realidad? ¿Qué es lo real? ¿Solamente son realidad los bienes materiales, los problemas sociales, los problemas económicos, las situaciones políticas? Aquí, en estas preguntas, se encuentra el gran error de este siglo pasado, que falsificó la realidad fundante y decisiva, que es Dios. Cuando se excluye a Dios del horizonte, se falsifica el concepto de realidad. Y esto lleva al hombre, en muchas ocasiones, a dar recetas para resolver problemas, que no aportan soluciones y, que, además, destruyen la realidad misma.

Otro mundo es posible. Dios lo quiere transformar con nuestra conversión. Está muy claro en el Evangelio: “convertíos y creed en el Evangelio”. “Convertíos”, en griego metanoia, significa cambiar de forma de pensar, de forma de vivir, de forma de mirar las cosas. Se trata de lograr una visión nueva, en hebreo, cambiar de dirección. Otro mundo es posible. Convertirnos es dejarnos transformar en profundidad, es ir contracorriente cuando la corriente es un estilo de vida superficial, incoherente, que nos domina y nos hace prisioneros de la mediocridad. La llamada que nos hace nuestro señor Jesucristo nos invita a centrar nuestra vida en Dios, reconociendo que Él es quien puede darnos la orientación y los caminos para construir nuestra vida y la historia, de tal modo que esa historia que hagamos los hombres sea de salvación. Precisamente, por ello, necesitamos abrir nuestro corazón a Cristo, que es quien en verdad conoce lo que llevamos dentro. Solamente Él tiene palabras que nos hacen vivir y nos dan fuerza para hacer vivir a los demás. La realidad se conoce cuando Dios está en el centro. Él es quien da consistencia a todo lo que existe y al quehacer del ser humano.

Pero el ser humano, para hacer posible que sea otro el mundo que podemos construir, necesita tener la humildad de decirle a Dios como el salmista (Sal 24): “Señor, enséñame tus caminos”. La humildad consiste en pedirle a Dios que nos instruya en sus sendas, que seamos capaces de caminar en lealtad, que acojamos su ternura y su misericordia, que descubramos que solamente Él nos enseña lo bueno y lo recto, porque Él es bueno y recto. Hemos de hacer posible que este mundo y los hombres se reconcilien. La Iglesia está llamada a anunciar y promover en el mundo la reconciliación. Ello nos está pidiendo, a los discípulos de Cristo, unirnos en el empeño de convertirnos continuamente al Señor y decidir como hombres nuevos. Con la misma capacidad que el Señor quiere que tengamos cuando nos dice “creed en el Evangelio”. Estas palabras son una invitación a poner nuestra confianza en Jesucristo, que es la Buena Noticia, el Evangelio de Dios para el mundo, que nos habla de liberación de nuestras propias cadenas, de curación de las cegueras que nos impiden ver la belleza del mundo y de los hombres puesta ahí por Dios. La huella de Dios está en todo lo creado. Esta Buena Noticia promete la alegría auténtica, sorprende siempre, anuncia una liberación que entusiasma. Precisamente por ello, quien la conoce, llama a otros a que la contemplen, se hace misionero de la alegría del Evangelio.

Para hacer posible ese sueño de Dios en medio de esta historia, sabiendo que Él siempre nos ayuda y está de nuestra parte, son necesarios discípulos que comiencen a vivir desde tres convencimientos:

1. Salida misionera: Haciendo una comunidad misionera que sale adonde están y viven los hombres. Comunidad que, al estilo de Jonás, escucha a Dios que le dice: “levántate y vete a Nínive… predícale el mensaje que te digo… Se levantó Jonás y fue a Nínive”. Para nosotros los discípulos del Señor, Nínive es nuestro mundo, nuestra historia, la realidad que están viviendo los hombres. Esto es precisamente lo que Jesús vivió y nos enseñó: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio”. Un momento de la historia a comenzar de nuevo, una época que hace posible el reino de Dios. En Jesús, en sus palabras, en sus gestos, en su bondad, en su compasión, en su rostro de amor y de ternura, ya está presente el reino de Dios. Jesús es ya el reino de Dios que está cerca de nosotros.

2. Convencidos de que otro mundo es posible: Predicando con obras y palabras aquello que nos dice el apóstol San Pablo: “la representación de este mundo se termina”, y es que ha comenzado otra nueva con Jesucristo. Por eso, regalar en este mundo la misericordia, el amor, la reconciliación, la paz, la verdad, la curación que Dios en Jesucristo da a los hombres, es lo que hace posible otro mundo nuevo. La comunidad cristiana, la Iglesia, está llamada a pacificar los ánimos, a moderar las tensiones, a superar las divisiones, a sanar las heridas que se abren entre los hombres, a no agudizar las opciones en el campo de lo opinable, a buscar lo que es esencial para la fe y para la vida cristiana, que nunca está en contra de lo que es mejor para todos los hombres. Sin imposición alguna, produciendo con todas sus fuerzas lo que en el apóstol Pablo tantas veces se halla repetido: “reconciliaos con Dios” (2 Cor 5, 20). Con el convencimiento y la seguridad de que la reconciliación viene de Dios.

3. Anunciando a Jesucristo y llamando a seguirle: Por tanto, una comunidad cristiana de testigos que, con sus palabras y obras, acerca visiblemente el reino de Dios y convoca a los hombres con su vida, diciendo en nombre de Cristo: “venid conmigo”. Con la seguridad de que esto es lo que convoca. Así lo hacían los primeros cristianos. Quienes veían lo que hacían y cómo vivían, los llamaban para pedirles ser incorporados a la comunidad.

Con gran afecto, os bendice:

firma_osoro

 

 

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