II Domingo después de Navidad – P. Raniero Cantalamessa

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“Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”

El día de Navidad está tan ocupado por tantas distracciones que apenas queda tiempo y atención para reflexionar sobre el verdadero sentido de la fiesta. He aquí por qué la liturgia prolonga la fiesta de Navidad en el así llamado “tiempo navideño”, que se extiende hasta la Epifanía. Quiere dar la posibilidad de hacer una Navidad verdadera y religiosa, también para quienes por distintos motivos no la han hecho todavía. A esta finalidad responde, en particular, el Domingo de hoy. En él estamos invitados a volver a Belén y ponernos ante el pesebre sin tener ya la preocupación por los regalos, invitaciones, visitas, telefonadas que hacer. A ti por ti con el misterio. También el Evangelio es el mismo del día de Navidad. Se trata del Prólogo de Juan, que tiene su punto culminante en la frase:
“Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.

Este párrafo evangélico vuelve idéntico en el segundo Domingo después de Navidad durante todos los tres años del ciclo litúrgico. Habiéndolo comentado ya el año pasado, esta vez podemos hacer algo distinto: presentar el Evangelio de Juan en su conjunto, como he hecho en el ciclo A para con los otros tres Evangelios llamados sinópticos. También, porque será más fácil entender cada fragmento que tendremos ocasión de leer durante el curso de todo el año, una vez que hayamos tenido una visión del conjunto, al igual cómo es fácil acoger el sentido de una cuña teniendo delante el diseño de todo el mosaico.
Los otros tres Evangelios, el de Mateo, Marcos y Lucas, vienen leídos en cada ciclo uno cada año. Juan no tiene un año todo para sí, sino que viene utilizado en cada uno de los tres ciclos durante los así llamados “tiempos fuertes” (Navidad, Pascua), en los que se trata de los misterios mayores de nuestra fe.
El símbolo de este evangelista es el del águila, porque como el águila vuela por encima de todos los pájaros, así el Evangelio de Juan sobresale en profundidad y en audacia a todos. Y como el águila, aún volando altísima, tiene un ojo tan agudo capaz de darse cuenta de lo que se mueve en el fondo de los valles y en las malezas, así Juan, aún siendo tan elevado, es, de entre los evangelistas, el que nos ofrece a veces hasta los detalles de tiempo y de lugar más concretos y precisos. Por ejemplo, cuántos pórticos tenía la piscina de Betesda, cómo se llamaba en hebreo el lugar en el que fue condenado Jesús, qué hora era cuando se encontró en el pozo con la Samaritana, o cuándo murió en la cruz.
Según una tradición que alcanza hasta los orígenes, el Cuarto Evangelio fue escrito por el apóstol Juan, quien se esconde en el Evangelio con la frase “el discípulo a quien Jesús tanto amaba”. Esta atribución ha sido puesta en duda por algunos estudiosos modernos, que han avanzado distintas hipótesis alternativas. Éstas no han conseguido imponerse o suplantar en su conjunto a la opinión tradicional, que continúa siendo la más seguida. Su crítica ha servido, sin embargo, para aclarar algunos puntos oscuros presentes en la tradición, obligando a encontrar respuestas siempre más adecuadas.
La respuesta a algunas de estas críticas ha venido nada menos que de las arenas de Egipto. Un trozo del Evangelio de Juan, en efecto, ha sido encontrado no hace muchos años en un papiro de la primera mitad del siglo II, desacreditando así la opinión de quienes databan el Cuarto Evangelio mucho más tarde. Si ya en esta época algunos fragmentos del Evangelio venían transcritos y habían llegado a Egipto, su composición original debía alcanzar al menos a algún decenio antes, esto es, hacia el año 100 d.C., como precisamente así lo afirmaba la tradición.
Sin embargo, la objeción más frecuente es la que se apoya en la variedad del Evangelio de Juan respecto a los otros tres. Es un argumento que se toma en serio. No son sólo algunos detalles; es todo el contenido de este Evangelio el que es distinto. La enseñanza de Jesús no es proporcionada en parábolas y breves dichos como en los otros Evangelios, sino en largos y articulados discursos. Su divinidad es afirmada mucho más explícitamente. Algunos episodios clamorosos, como la resurrección de Lázaro, son totalmente ratificados en los otros tres Evangelios.
Pero, también para este hecho se ha encontrado una explicación plausible. Juan escribe algunos decenios más tarde y supone el conocimiento de los otros tres Evangelios. No se propone repetir lo que ya habían dicho los otros. Éstos se proponían facilitar un primer relato de la vida y doctrina de Jesús, mientras que Juan lo que quiere es transmitir la enseñanza más encumbrada, destinada a un círculo restringido y preparado de discípulos. Por ejemplo, él no aporta la institución de la Eucaristía, pero le da un largo espacio al discurso de Jesús sobre el pan de vida (Juan 6), que ayuda a entender el significado profundo de ella.
En el Evangelio de Juan estamos claramente en presencia de una reflexión y de una profundización de las palabras de Jesús por parte de la Iglesia. Pero, lo que cuenta, según la fe cristiana, es que también estos procesos ulteriores están inspirados por el Espíritu Santo y por ello no menos “auténticos” que el resto. ¿No era precisamente para esto, para conducir a los discípulos “a la verdad plena”, por lo que Jesús había prometido el Espíritu Santo? Después de haber relatado lo que tuvo lugar en el Calvario, el autor del Cuarto Evangelio escribe:
“El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Juan 19, 35).

Frente a palabras como estas es difícil dudar de que se trate de un testimonio ocular, sin poner en discusión la misma buena fe de quien escribe.
Terminadas estas breves notas críticas, pongamos nuestra atención en el mismo texto del Evangelio. La finalidad declarada del Evangelio de Juan es conducir a los lectores a la fe en Jesucristo, Hijo de Dios, de modo que ellos puedan tener la vida en su nombre (Juan 20, 31). El hilo conductor del relato es la progresiva manifestación del Verbo hecho carne como luz que camina entre las tinieblas. Podemos reconstruir las fases principales, como si fueran otros tantos actos de un drama (incluso, porque se trata, efectivamente, de un texto altamente dramático). No debiera resultar difícil seguirme desde el momento en que se trata de hechos y palabras, que hemos leído o escuchado muchas veces, aunque si bien de un modo fragmentario, y que, por ello, nos son familiares.
Hay ante todo un “prólogo en el cielo”, en el que la luz viene acogida desde su misma fuente más allá del tiempo:
“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres” (Juan 1, 1-4).

Se inicia, por lo tanto, el primer acto: capítulos del 1 al 4. La luz comienza a brillar y es recibida con alegría. Jesús es reconocido por Juan el Bautista, como el “testimonio de la luz”; sus primeros discípulos van tras él entusiasmados (“¡hemos encontrado al Mesías!”); en Caná de Galilea realiza su primer milagro; también, la Samaritana y sus paisanos creen en él. Todo parece iniciarse bajo los mejores auspicios. Sin embargo, cuando por parte de Jesús la exigencia de fe se hace más exigente, comienzan a delinearse ya dos actitudes en relación a él.
Acto segundo: capítulos 5 al 12. Se asiste a un ir creciendo el contraste y a una polarización de posturas. Hay un momento en el que Jesús, él mismo, induce a una clarificación. Frente a la contestación, seguida ante su discurso sobre el pan de vida, él se dirige a los discípulos y les dice: “¿También vosotros os queréis ir?” Pedro responde:
“Señor, ¿a dónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6, 67-68).
Desde este momento, crece la oposición de los cabecillas (escribas, fariseos y doctores de la ley), que piensan ya en cómo librarse de él, mientras que el grupo de discípulos se une cada vez más a él siempre más y más estrechamente. El contraste se manifiesta sobre todo con ocasión de algunos grandes “signos” o milagros, que realiza Jesús: la multiplicación de los panes, la curación del ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro.
En los grandes dramas, los personajes desde el inicio no son repartidos en buenos y malos, sino que lo llegan a ser haciendo camino, como consecuencia de las elecciones que hacen bajo los ojos del espectador. Así acontece aquí. Es en base al planteamiento, que se asume ante Cristo-luz, por el que se decide la suerte de cada uno. Estamos ante el drama por excelencia de la libertad humana.
Acto tercero: capítulos 13-17. Cambia completamente la escenografía. Ya no hay más a cielo abierto el templo, el lago, las plazas y los caminos, sino que estamos en una estancia, con una mesa preparada. “Escena de interiores”, se diría. Jesús, sentado en la mesa con sus más íntimos seguidores, les revela los secretos de su persona y los aspectos más profundos de su doctrina. Son los así llamados “discursos del adiós”, que se leen en la liturgia durante el tiempo pascual. Aquí él explaya libremente su corazón. Llama a los discípulos “hijitos míos” y “amigos”; les exhorta a no perderse en medio de las pruebas del mundo. Se compara a sí mismo a la vid y sus discípulos a los sarmientos. Les proporciona a ellos el mandamiento nuevo de amarse unos a otros y les recomienda permanecer unidos, como él está unido al Padre. Sobre todo, les promete el Espíritu Santo, que estará con ellos, como consolador y abogado. Es la calma antes de la tempestad, anunciada por la presencia en el cenáculo de Judas.
Llegamos así al acto final, que comprende los capítulos 18-21. El contraste estalla. Jesús es procesado, condenado y crucificado como un malhechor común. La victoria final parece ser de las tinieblas. Es lo que en el drama antiguo se llamaba la “catástrofe”. Pero, es una victoria de corta duración. Cristo resucita al tercer día, se aparece a la Magdalena y a los discípulos, enviándoles al mundo entero a anunciar la vida eterna para quien crea. Aquí termina toda la comparación. Ningún drama humano ha terminado nunca así con una victoria más allá de la muerte.
Alguna consideración como conclusión de nuestro discurso. Se permanece atónito frente a la empresa que Juan ha conseguido llevar a término con su Evangelio. Él ha comprendido los temas, los símbolos, las esperas, todo lo que estaba religiosamente vivo, bien en el mundo judío como en el heleno, haciéndolo servir todo para una única idea o, mejor, para una única persona: Jesucristo, Hijo de Dios, salvador del mundo. Ha aprendido la “lengua” de los hombres de su tiempo, para gritar en ella, con todas sus fuerzas, la Palabra que salva, el Verbo. Todo esto contiene una indicación preciosa para la Iglesia de hoy. Lo que ha hecho Juan es lo que también nosotros debiéramos hacer.
El Evangelio de Juan es también el Evangelio del diálogo. Jesús aparece en perenne diálogo: con Nicodemo, la Samaritana, Marta, los discípulos, los judíos, los paganos, diálogos diurnos y diálogos nocturnos. Esto nos recuerda que también para nosotros el instrumento preferencial para la evangelización es y ha de ser el diálogo. Con todos, creyentes y no creyentes. Un diálogo basado en la común búsqueda de la “Verdad”.
Una pregunta. ¿Dónde ha logrado Juan una tal penetración en el misterio de Jesús? Los Padres gustaban dar una explicación: en la última cena, Juan había “reposado la cabeza en el pecho de Jesús”; había descubierto la revelación desde su misma fuente. No debemos olvidar, asimismo, otro particular: cuando escribía su Evangelio Juan tenía consigo, en su casa, a la Madre de Dios, confiada a él desde la cruz.
Pero, quizás la explicación última está precisamente en el nombre bajo el que Juan se ha escondido humildemente en su Evangelio: “el discípulo a quien él tanto amaba”. Él se ha sentido amado por Jesús y lo ha vuelto a amar con todo su ardor juvenil. Ningún discípulo ha sido nunca tan entusiasta del propio maestro como Juan lo era de Cristo y son incontables las almas a las que él ha contagiado, a través de los siglos, con este su amor. Nos auspiciamos que pueda hacerlo también con nosotros.
Un consejo. Si estáis cansados de leer los acostumbrados best sellers de una semana, leed el Evangelio de Juan. ¡Es un best seller de hace dos mil años!

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