Contemplar a Jesús, José y María: carta pastoral de monseñor Osoro

Natividad-de-Jesus

“Dios se hace hombre y regala su belleza”

En Navidad celebramos que Dios se abaja, entra en la historia, se acerca a los hombres para regalarnos su Belleza, la que hace al hombre más humano, con el humanismo que Dios mismo nos revela para hacernos entender que somos imagen y semejanza de Dios. Él se hace pequeño para hacernos llegar la Belleza de Dios en el hombre y así construir el mundo tal y como Dios lo desea: un mundo más humano, más justo y más fraterno. La contemplación del Belén toca el corazón a todos los hombres, incluso a aquellos que dicen no creer, pues las realidades que evoca son un deseo en lo profundo del corazón de todas las personas de buena voluntad: paz, fraternidad, amistad, intimidad, que no es intimismo, salida a la búsqueda de los otros. En estos días, os invito a contemplar el Nacimiento de Belén: estoy seguro de que, si lo hacéis, los espacios de nuestra vida – descartar personas, tener acentos de insolidaridad, arrogancias que nos desunen, intolerancias que nos hacen no vivir el amor de quien toleró, siendo Dios, hacerse esclavo para salvar a todos- ciertamente desaparecerán. El Amor que se nos revela en el Niño de Belén anula todas las demás fuerzas que intentan sostener la vida del ser humano.

El Salmo 113 siempre me ha recordado la Navidad. ¿Por qué? Porque nos hace una pregunta evocadora: “¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra?”. Y es que el salmista, por una parte, canta la grandeza de Dios y, por otra, la inmensa cercanía que tiene con los hombres. Residiendo en lo alto, se inclina hacia abajo. Desciende para elevarnos a su altura. Algo indescriptible sucede en Navidad que los hombres no podemos explicar sólo con palabras, pero sí podemos vivir una experiencia que alcanza todas las dimensiones de nuestra vida. Encendemos luces, ponemos adornos, contemplamos el Belén, pero aún así no decimos todo lo que quisiéramos expresar con ello; es algo que nos sobrepasa, y siempre es sorprendente. Cada año, al llegar estas fiestas, a pesar de las circunstancias, o quizá por ellas mismas, crean en nuestra existencia recuerdos, preguntas, ansias, nostalgias, desvelos y deseos de iluminar el camino de los demás con la bondad, la paciencia, la alegría y la generosidad que se nos muestra en Belén.

Aunque sea por unos instantes, piensa y constata estas realidades: 1) La primera experiencia del hombre, sea creyente o no, es lo inmensamente grande e inconmensurable que es Dios, de tal manera que su distancia parece infinita. De ahí, quizá, ese parecer de unos y de otros tan diferente: ¿existe? ¿no existe? 2) Pero aparece al mismo tiempo la experiencia sorprendente. Un Dios que se hace hombre, que mira hacia abajo, desciende, se hace presente entre nosotros. Viene a la historia de los hombres. Y se hace niño. Aquél de quien procede todo lo creado, y que lo es todo, se inclina con tal profundidad y magnanimidad ante los hombres que llega a nacer en la miseria de un establo, símbolo de toda necesidad y de todo abandono de los hombres. ¡Qué importante es entrar en este observatorio! Él nos ve, y me ve. Y, más que mirar, que lo hace, su mirada se convierte en una obra excepcional, que nos transforma la vida y transforma el mundo. Él me toma de la mano y me ayuda a subir. Nada puede ser más sublime y más grande que el amor que se inclina de este modo, y que desciende y se hace dependiente. ¿No os habéis dado cuenta de que la gloria de Dios y la del hombre se hacen visibles cuando se abren los ojos del corazón en el Belén?  ¡No tengáis miedo! Os invito a todos a ver cómo amor y verdad, justicia y paz, reconciliación y perdón se dan cita en Belén de Judá.

La Navidad es la escuela para aprender a llevar la alegría del Evangelio, y para crear la cultura del encuentro. En esta escuela, el hombre aprende a construirse en la Belleza que Dios le dio, y a construir la historia con la Belleza de Dios. Hagamos tres contemplaciones ante el Belén y descubramos el mensaje de la Navidad: 1) Contemplar a Jesús para conocer a Dios y al hombre; 2) Contemplar a José para vivir en su fe; 3) Contemplar a María para unirnos a su “sí” a Dios y a su alegría.

1) Contemplar a Jesús para conocer a Dios y al hombre: quien era inaccesible se hace cercano, quien era invisible se muestra, el infinito se deja contener en el seno de la Virgen María, quien tiene todo poder se deja tomar por los brazos de una mujer y un varón. Nos muestra quién es Dios y quién es el hombre. En tiempo de desilusiones y desesperanzas, de quejas fundadas y desilusiones (y de injusticias) manifiestas, nos habla de nuestra vocación de eternidad, es decir, de nuestro parecido a Dios, de alcanzar la mirada de lo único que importa, que es saber quién soy y quién es Dios, es decir, tener el carnet de identidad auténtico que me hace pasear por este mundo teniendo y dando libertad, con hambre del amor de Dios.

2) Contemplar a José para vivir en su fe: Verlo con aquellos ojos clarividentes de fe, de tal modo que lo que está oculto a las ciegas miradas del mundo lo acepta simplemente, creyendo con todas las consecuencias en Dios: “no temas, el niño que va a nacer es el Hijo de Dios”. Hombres y mujeres de fe son imprescindibles para poder contemplar, como José, al indefenso y a todos los indefensos, para que así cesen todas las formas de violencia que tantos sufrimientos causan, y se apaguen todos los focos de tensión, buscando soluciones pacíficas y respetuosas. Como José, hombres y mujeres de fe, que siempre alienten iniciativas de diálogo y de reconciliación, que apoyen esfuerzos por la paz, que apuesten por crear un presente y un futuro sereno, que nos haga vivir como hermanos.

3) Contemplar a María para unirnos a su “sí” a Dios y a su alegría: La “llena de gracia”, la que solamente contiene en su vida a Dios, la que dio a Dios un “sí” absoluto ante la petición de que prestase la vida para dar rostro humano a Dios. Bendita entre las mujeres. Dichosa la que ha creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá. Tú, María, dijiste con valentía: “hágase en mí según tu palabra”. Y te dejaste hacer por su Palabra. Contigo, y como tú, queremos adorar al Señor y que sea Él quien colme nuestras expectativas y las ansias que tiene nuestro corazón. Ella, que lleva en su corazón el secreto de la Navidad, nos la haga conocer.

Con gran afecto, os bendice: +Carlos, Arzobispo de Madrid

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