MARÍA Y LA RESURRECCIÓN – 3ª y última parte

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 El Señor glorifica la pobreza de los seres humanos. Glorifica nuestro cuerpo de carne en el cual se refleja toda miseria, toda debilidad y toda impotencia, hasta el punto de llegar a la muerte, cuando ya no podemos nada y nos entregan al sepulcro como a Jesús. En esa impotencia total es donde celebra Dios su poder y su triunfo sobre la muerte cuando es pobre cuerpo nuestro que acaba en la sepultura, fue durante su vida un cuerpo de misericordia, un cuerpo que celebró la eucaristía y, por eso, un cuerpo ya glorificado por la presencia viva de Dios. Lo mismo que el Padre resucitó a Jesús, así nos va a resucitar a nosotros por el poder interior  que habita en nosotros (Rm 8, 11). ¡Qué maravilla que al tiempo que celebramos la resurrección de Jesús, que que celebramos su cuerpo glorioso y también el de María, podamos celebrar, con gozo, nuestro propio cuerpo como un don de resurrección de Dios! Cuántas veces hemos leído en tantos pensadores: “este cuerpo mortal, este cuerpo que lleva a la muerte…” Ciertamente hemos de pasar por la muerte, pero el cuerpo de los cristianos es una maravilla porque en él empieza el Señor, ya en este mundo, a ejercer el poder de su resurrección.

Y se nota que el Señor va resucitando en nosotros cuando nuestro cuerpo se convierte en un cuerpo de misericordia y compasión, en un cuerpo que ama, que se ofrece, que se da como una ofrenda para los demás, que celebra la eucaristía con sus hermanos, aunque al mismo tiempo tenga una impotencia tremenda en su sufrimiento y en su dolor. Porque podemos creer que solamente cuando nos damos activamente es cuando vamos resucitando, pero no es así: en las pasividades, en los sufrimientos, en las limitaciones, en la enfermedad, en la silla de ruedas, en esa debilidad total semejante a la de Cristo en la cruz, está el poder de Dios resucitando, porque también de esa manera se puede entregar el hombre a la acción de Dios en favor de los demás. De hecho, cuando Jesús fue más eficaz fue cuando no podía nada, cuando estaba crucificado. ¡En ese cuerpo crucificado, totalmente impotente, fue donde se manifestó la salvación y la gloria de Dios!

Muchas veces, a la Virgen María la idealizamos de tal manera que en el fondo la estamos profanando. La Virgen María fue un ser real, con un cuerpo real como el nuestro al que vino a vivir Dios, como viene a nosotros, y desde el cual María realizó una historia de donación, de sufrimiento, de inmolación de vida, de salvación, lo mismo que Jesús. Por esta razón, podemos terminar parafraseando el evangelio: “Proclama nuestra alma la grandeza del Señor, se alegra nuestro espíritu en Dios, nuestro Salvador… ¡porque ha mirado lo humilde, lo roto, lo pobre, de los hombres…!” Nuestro cuerpo es pobre pero, ¡cuidado con él! Es un instrumento precioso de Dios sobre el cual se han dicho a menudo barbaridades, humillándolo y despreciándolo en gran manera. Y, sin embargo, sabemos que es el único cauce que tenemos para manifestar al mundo el amor de Dios que es, en definitiva, lo que nos resucita. Porque eso de decir que amamos a los hermanos, como una definición, como un sentimiento que no se expresa en lo concreto, en lo real, no sirve para nada: hace falta -como decía la Madre Teresa de Calcuta- arrodillarse, abajarse sobre el que está tirado en el camino, aunque duela mucho. Ese cuerpo que trabaja, que se cansa, que ora y que sufre por el pobre, está resucitando porque se ha convertido en un instrumento de amor, de salvación y de vida.

Ya en este mundo, en este mismo momento, podemos resucitar porque el amor es la resurrección y la vida. Como dice Pablo, todos los carismas desaparecerán: lo único de esta vida que no pasará es el amor (1Co 13). El amor de Dios se ha manifestado en Cristo Jesús, en su cuerpo de carne, y quiere seguir manifestado en tu cuerpo de carne y en el mío, de los cuales se fía el Señor para hacerse visible a los hombres. Nuestro cuerpo pobre tiene una dignidad preciosa que le ha concedido el Señor: hacer visible su amor.

El cuerpo de María es ya un cuerpo glorioso porque hizo visible el amor de Dios de toda forma, hasta el final. Mirad bien el don que el Señor os ha dado para hacerle presente en este mundo y no despreciéis ni los ojos, ni los pies, ni el corazón, ni las manos… porque todo lo utiliza Jesús para seguir estando con sus hermanos los hombres. No sea que nos quedemos en las teorías de las grandes evangelizaciones y dejemos, en la realidad, solos a nuestros hermanos. Porque la imagen de Cristo tiene que verse y tocarse, ha de ser visible y tangible, ya que toda la evangelización es el poder de Dios, utilizando nuestro cuerpo como instrumentos de su amor.

Jesús y María viven en el cielo con su cuerpo glorificado, resucitado. Vamos a comenzar nosotros a glorificar en nuestros cuerpos al Señor, vamos a comenzar a resucitar. El camino, ya lo sabemos. Que el Señor toque hoy nuestros corazones para que hagamos vida lo que María nos enseña: hacer de nuestro cuerpo un instrumento de la presencia misericordiosa de nuestro Dios, un camino de resurrección y de vida y un medio de encuentro y evangelización para nuestros hermanos. ¡Gloria al Señor!

Fuente: “María, Madre de la gracia. Charlas del P. Pedro Reyero, O.P.”. Mª Jesús Casares Guillem

padre Reyero

Pedro Fernández Reyero, nació en Renedo de Valdetuéjar (León) el 29 de septiembre de 1936. Hizo el Noviciado en Palencia, profesando en septiembre del año 55; estudió la Teología en San Esteban (Salamanca) y fue ordenado sacerdote el 15 de abril de 1962. Terminada su carrera eclesiástica, preparó la licenciatura civil en Filosofía y Letras, al tiempo que ejercía de profesor en la Universidad Laboral de Córdoba. Tuvo varios destinos y ganó dos cátedras: la de Historia de la Filosofía y la de Filosofía de la Educación. Apasionado por todas las ramas del saber  -las letras, las ciencias y las artes- y dotado de una poderosa inteligencia, puso sus profundos conocimientos al servicio de su ministerio sacerdotal y de la predicación de la palabra. Encontró su camino espiritual en la Renovación Carismática Católica, que conoció en el año 1982, a la que amó y se entregó con fidelidad. Dominico de vocación y de corazón, vivió su existencia ungido por los grandes carismas de su Orden: el amor al estudio, la búsqueda de la verdad, la libertad de espíritu, la contemplación y la predicación de la gracia. El 18 de julio de 1999 fue su pascua al Padre. 

María Jesús Casares nació en Madrid. Es nieta del insigne lingüista y escritor Julio Casares que fue Secretario Perpetuo de la Real Academia Española. Estudió Ciencias Políticas y es madre de tres hijos, “ser madre es mi mejor título”, -afirma-. Pertenece a la Renovación Carismática desde 1982, y en los últimos año colaboró con el P. Reyero en la predicación y en la publicación de sus cintas de espiritualidad. Fruto de esa estrecha colaboración es este libro, “María, Madre de la gracia”, y el anterior, “Los dones del Espíritu Santo en la espiritualidad de Pedro Reyero”.

 

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