MARÍA Y LA RESURRECCIÓN – 2ª parte

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Hay en el cuerpo de María una gracia que expresó infinitas veces a lo largo de su vida: tener un cuerpo para celebrar la eucaristía. Vosotros sabéis que en la eucaristía elegimos un poquito de pan, lo bendecimos y lo ofrecemos al Señor. En la eucaristía de la vida, María es el primer pan elegido para la gran eucaristía que el Verbo hecho carne quiere celebrar con los hombres hasta el fin de los tiempos. Además, como vemos el día de la presentación de Jesús en el Templo (Lc 2, 22-24), ella misma ofreció a su Hijo y se ofreció a sí misma a Dios, entregándose totalmente al Señor y a los hombres de la misma manera que se ofrece y se entrega el pan. El cuerpo de María es un pan precioso para celebrar la eucaristía en la vida real y, de la misma manera, también nuestro cuerpo humano se puede ofrecer y se puede entregar no perteneciéndonos a nosotros mismos, haciendo que todas las actitudes y acciones de nuestra vida estén dirigidas al bien de los demás. Todo nuestro ser se puede poner a disposición de las necesidades de los hermanos y así nuestro cuerpo está celebrando, aunque no nos demos cuenta, una eucaristía real y preciosísima en la cual nosotros mismos somos el pan que se entrega, la ofrenda que se hace, y que el Señor utiliza para llegar a los demás y celebrar la eucaristía con ellos.

El Señor nos da un cuerpo, como se lo dio a Jesús y a María, no triste y de muerte, no un cuerpo que se entierra y ahí acaba todo -como creen los pensadores humanos-, sino un cuerpo que no muere cuando vive y expresa la misericordia, cuando se convierte en una ofrenda de amor para los hermanos, cuando es un pan que se parte, un pan que se da, un pan a través del cual comulgan los hermanos el amor de Dios. “Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios…“, dice Pablo (Rm 12, 1). Entonces nuestro cuerpo está resucitando y venciendo a la muerte, hay un poder en nosotros que nos está sacando de las tinieblas y nos está llevando a la vida para hacernos lo que en realidad somos: “¿Es que no sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1Co 3, 16). Cada vez que con nuestro cuerpo somos el alimento, la presencia, el don de Dios para los hermanos, estamos celebrando la eucaristía de la vida, la que Dios quiso celebrar con todos sus hijos a lo largo de los tiempos. Y nuestro cuerpo, a pesar de ser cada vez más caduco, más limitado y más pobre, está en realidad, resucitando, preparándose para la transparencia total porque la misericordia y la compasión lo van haciendo cada vez más glorioso. Y es que el amor es más fuerte que la muerte (Cant 8, 6), más fuerte que la materia, y tiene poder para transformarlo todo. De este modo, el poder de la vida está venciendo sobre el poder de la muerte y está sucediendo la resurrección en nosotros, en nuestros cuerpos de carne.

En María, todo esto fue la constante de su vida: desde el principio no dejó de ofrecerse, de ser el pan que se parte y se reparte. Ella es la que está siempre amando a su Hijo Jesús, la que permanece a los pies de la cruz hasta que muere; la que también está siempre amando a los hombres; la que reúne a los discípulos en el Cenáculo a la espera de Pentecostés, después que se han dispersado vencidos por el miedo, para que puedan celebrar la alegría de la resurrección, el gozo de Cristo resucitado. El cuerpo de María se hizo misericordia y comenzó a resucitar porque celebró la Eucaristía constantemente con los hombres y con su HijoJesús. Así el cuerpo de María fue finalmente glorificado. Hay una escena preciosa escrita por un poeta que dice que María murió unos veinticinco años después de la resurrección de Jesús y que en el cielo había un trono vacío esperándola. Jesús, con su cuerpo glorioso, se preguntaba: “¿Cuándo vendrá, cuándo vendrá mi Madre?”, como si Jesús se sintiera un tanto solo porque en el cielo sólo él vivía con un cuerpo de carne glorioso y estaba esperando que su madre le acompañara. Y cuando María se durmió -o murió, da lo mismo-, todo el cielo salió a recibirla diciendo: “¿Quién es ésa que viene?, ¿quién es ésa que sube sobre la luna y el sol?, ¿quién es ésa que llega ceñida de hermosura?, ¿quién es ésa?” Es, con palabras de san Juan de la Cruz, “la Amada en el Amado transformada“; es el cuerpo de María glorificado, la pobreza de una mujer que fue misericordia y que celebró con su cuerpo de carne la eucaristía a toda hora. María nos muestra que esa pobreza nuestra, que parece que se acaba en el sepulcro, se vuelve gloriosa; que ahí donde pensamos que todo termina, es donde en realidad todo comienza.

Fuente: “María, Madre de la gracia. Charlas del P. Pedro Reyero, O.P.”. Mª Jesús Casares Guillem
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