Ángelus – 15 de diciembre de 2013

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“¡La Iglesia no es un refugio para personas tristes, la Iglesia es la casa de la alegría!”.

El Papa Francisco renovó este domingo la entrañable cita para la bendición de las imágenes del Niño Dios – los Bambinelli – que fue inaugurada por Pablo VI en diciembre de 1969, y que desde entonces los pequeños y pequeñas del Centro de Oratorios Romanos, llevan a la Plaza de San Pedro, para que el Obispo de Roma las bendiga y luego colocarlas en los pesebres de sus hogares. El Santo Padre les dedicó su primer saludo, les pidió que recen por él, así como él reza por los niños:

Hoy el primer saludo está dedicado a los niños de Roma, llegados para la tradicional bendición de los “Bambinelli” – “Niño Dios” – organizada por el Centro Oratorios Romanos. ¡Queridos niños, cuando recen ante su pesebre, acuérdense también de mí, así como yo me acuerdo de ustedes. Les agradezco y Feliz Navidad!

Estas fueron las palabras del papa al introducir la oración mariana:
Queridos hermanos y hermanas,

¡Buenos días! Hoy es el tercer domingo de Adviento, llamado también domingo Gaudete, domingo de la alegría. En la liturgia resuena más veces la invitación a estar contento, a alegrarse. ¿Por qué? Por que el Señor está cerca. La Navidad está cerca. El mensaje cristiano se llama Evangelio, es decir, Buena Noticia. Un anuncio de alegría para todo el pueblo. La Iglesia no es un refugio para gente triste. La Iglesia es la casa de la alegría. Y aquellos que están tristes encuentran en eso la alegría, encuentra en ella la verdadera alegría. Pero esa del Evangelio no es una alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados por Dios, como nos recuerda el profeta Isaías. Dios es el que viene a salvarnos, y presta ayuda especialmente a los perdidos de corazón. Su llegada en medio de nosotros nos fortalece, da fuerza, da valor, hace regocijarse y florece el desierto y la estepa, es decir nuestra vida cuando se hace árida. ¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor. Por más grandes que sean nuestros límites y nuestras pérdidas, no se nos permite estar débiles y vacilantes frente a las dificultades y a nuestras mismas debilidades. Por el contrario, se nos invita a fortalecer las manos, hacer firmes las rodillas, para tener coraje y no temer, porque nuestro Dios nos muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante. Él es un Dios que nos quiere mucho. Nos ama. Y por esto está con nosotros para ayudarnos, para fortalecernos e ir adelante. ¡Ánimo! Siempre adelante. Gracias a su ayuda nosotros podemos recomenzar siempre de nuevo. ¿Cómo recomenzar de nuevo? Alguno puede decirme: ‘no padre, soy un gran pecador, una gran pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo’. Te equivocas, tú puedes recomenzar de nuevo. ¿Por qué? Porque Él te espera, Él está cerca de ti, Él te ama. Él es misericordioso. Él te perdona. Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo. A todos. Seamos capaces de reabrir los ojos, superar tristezas y llanto y entonar un canto nuevo. Y esta alegría verdadera permanece también en la prueba, también en el sufrimiento, porque no es superficial, pero baja a la profundo de la persona que se fía de Dios y confía en Él.

La alegría cristiana, como la esperanza, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, en la certeza de que Él mantiene siempre sus promesas. El profeta Elías exhorta a aquellos que han perdido el camino y se encuentran en la desesperación a confiar en la fidelidad del Señor, porque su salvación no tardará en irrumpir en su vida. Cuantos han encontrado a Jesús a lo largo del camino, experimentan en el corazón una serenidad y una alegría de la que nada ni nadie podrá privarlos. Nuestra alegría es Jesucristo, ¡su amor es fiel e inagotable! Por eso, cuando un cristiano se convierte en triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. ¡Pero entonces no podemos dejarle solo! Es necesario rezar por él y hacerle sentir el calor de la comunidad.

La Virgen María nos ayuda a acelerar el paso hacia Belén, para encontrarnos con el Niño que ha nacido por nosotros, por la salvación y la alegría de todos los hombres. A ella el Ángel le dijo: “Alégrate llena de gracia: el Señor está contigo”. Ella nos ayuda a vivir la alegría del Evangelio en la familia, el trabajo, la parroquia y en cualquier ambiente. Una alegría íntima, hecha de maravilla y de ternura. Esa que siente una madre cuando mira  a su hijo recién nacido, y siente que es un regalo de Dios, ‘¡un milagro por el que dar gracias!”

Al finalizar estas palabras, el santo padre ha rezado la oración del Ángelus. Y al concluir, continuó:

Queridos hermanos y hermanas, siento que estéis bajo la lluvia, pero yo estoy con vosotros desde aquí. Sois valientes ¿eh? ¡Gracias!

Hoy el primer saludo está reservado a los niños de Roma. ¿Dónde están? ¡Buenos! Venidos por la tradicional bendición de las figuras del Niño Jesús, organizada por los Centros de Oratorios Romanos. Queridos niños, cuando recéis delante de vuestro Belén, acordaros también de mí, como yo me acuerdo de vosotros. Os doy las gracias y ¡feliz Navidad!

Saludo a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, y a los peregrinos procedentes de Roma, de Italia y de tantas partes del mundo, en particular de España y de Estado Unidos de América. Con afecto saludo a los chicos de Zambia y les deseo que se conviertan en “piedras vivas” para construir una sociedad más humana. Extiendo este deseo a todos lo jóvenes aquí presentes, especialmente a los de Piscopio y Gallipoli y a los universitarios lucanos de Acción Católica.

Saludo a los Coros de Vicenza, el Aquila y Mercado San Severino; los fieles de Silvi Marina y San Lorenzello; como también a los socios del CRAL Telecom con sus familiares.

A todos vosotros os deseo feliz domingo y buena comida ¡Hasta pronto!

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