El Papa en Santa Marta – 22 de octubre

Papa en Santa Marta

Para comprender es necesario ponerse de rodillas, orar y contemplar

22 de octubre de 2013.- Dios no nos ha salvado por decreto o por ley; nos ha salvado con su vida. Este es un misterio para cuya comprensión la inteligencia sola no basta; es más, intentar explicarlo sólo con el uso de la inteligencia significa arriesgarse a la locura. Para entenderlo –explicó el Santo Padre Francisco en la homilía de la Misa celebrada el martes 22 de octubre, por la mañana, en Santa Marta– se necesita otra cosa.

Naturalmente se trata de algo que no es fácil aferrar ni explicar. “El pasaje de la carta a los Romanos que hemos oído en la primera lectura –dijo el Pontífice citando algunos versículos del capítulo 5 de la epístola (12.15.17-19.20-21)– no sé si es uno de los más difíciles. Se ve que al pobre Pablo le cuesta proclamar esto, hacerlo entender”. Con todo, él nos ayuda a acercarnos a la verdad. Y al respecto, el Santo Padre indicó tres palabras que pueden facilitar nuestra comprensión: contemplación, cercanía y abundancia.

Ante todo la contemplación. Indudablemente –observó el Papa– se trata de un misterio extraordinario, tanto que “la Iglesia, cuando quiere decirnos algo sobre este misterio, usa sólo una palabra: admirablemente. Dice: Oh Dios, tú que admirablemente has creado el mundo y más admirablemente lo has recreado…”. Pablo quiere hacernos entender precisamente esto: para comprender es necesario ponerse de rodillas, orar y contemplar. “La contemplación es inteligencia, corazón, rodilla, oración”; y poner todo esto junto –precisó el Obispo de Roma– significa entrar en el misterio. Por lo tanto, lo que san Pablo dice a propósito de la salvación y de la redención obrada por Jesús “se entiende sólo de rodillas, en la contemplación; no únicamente con la inteligencia”, porque “cuando la inteligencia quiere explicar un misterio enloquece siempre. Así ha sucedido en la historia de la Iglesia”.

La segunda palabra a la que aludió el Papa es “cercanía”. Un concepto –notó– que en el pasaje se repite a menudo: “Un hombre ha cometido el pecado, otro hombre nos ha salvado. Es el Dios cercano. Este misterio nos muestra a Dios cercano a nosotros, a nuestra historia; desde el primer momento, cuando eligió a nuestro padre Abrahán, ha caminado con su pueblo, y ha enviado a su hijo a hacer esta obra”.

Una obra que Jesús realiza como un artesano, como un obrero. “A mí –confió el Pontífice– la imagen que me viene a la mente es la del enfermero o la enfermera, que en un hospital cura las heridas una a una, pero con sus manos. Dios se mezcla en nuestras miserias, se acerca a nuestras heridas y las cura con sus manos; y para tener manos se hizo hombre. Es un trabajo de Jesús, personal: un hombre cometió el pecado, un hombre viene a curarle”. Porque “Dios no nos salva sólo mediante un decreto, con una ley; nos salva con ternura, nos salva con caricias, nos salva con su vida por nosotros”.

La tercera palabra es “abundancia”. En la carta de Pablo se repite varias veces: “Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Que el pecado abunde en el mundo y dentro del corazón de cada uno, es evidente: “Cada uno de nosotros sabe sus miserias, las conoce bien. Y abundan. Pero el desafío de Dios es vencer el pecado, curar las heridas como hizo con Jesús”. Más aún: “Hacer el regalo sobreabundante de su amor y de su gracia”.

Así se entiende también la “preferencia de Jesús por los pecadores. Le acusaban de ir siempre con los publicanos, con los pecadores. Ir a comer con los publicanos era un escándalo, porque en el corazón de esta gente abundaba el pecado. Pero Él iba donde ellos con aquella sobreabundancia de gracia y de amor”. Y la gracia de Dios –explicó el Papa– “vence siempre porque es Él mismo quien se dona, quien se acerca, quien nos acaricia, quien nos cura”.

Cierto –subrayó el Pontífice–, hay a quien no le gusta oír decir que los pecadores son más cercanos al corazón de Jesús, que “Él va a buscarles, llama a todos: venid, venid… Y cuando le piden una explicación, Él dice: pero los que tienen buena salud no necesitan del médico; yo he venido para curar, para salvar en abundancia”.

Algunos santos –recordó el Santo Padre en conclusión– “dicen que uno de los pecados más feos es la desconfianza, desconfiar de Dios. ¿Pero cómo podemos desconfiar de un Dios tan cercano, tan bueno, que prefiere nuestro corazón pecador? Y así es este misterio: no es fácil entenderlo, no se comprende bien, no se puede entender sólo con la inteligencia. Tal vez nos ayudarán estas tres palabras: contemplación, contemplar este misterio; cercanía, este misterio escondido en los siglos del Dios cercano, que se acerca a nosotros; y abundancia, un Dios que siempre vence con la sobreabundancia de su gracia, con su ternura, o –como hemos leído en la oración colecta– con su riqueza de misericordia”.

(L’Osservatore Romano)

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