El eco de Su voz: El Lunes del Ángel

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Hoy lunes de Pascua, la Iglesia celebra el llamado “Lunes del Ángel”, llamado así porque fue precisamente un ángel en el sepulcro, el que anunció a las mujeres que el Señor Jesús había resucitado.

Radio Vaticano recuerda la explicación que dio el Papa Juan Pablo II en 1994.

“¿Por qué se le llama así?”, se le preguntó al Pontífice, poniendo en evidencia la necesidad de destacar la figura de aquel ángel, que dijo desde lo más profundo del sepulcro: “Ha resucitado”.

Estas palabras “eran muy difíciles de pronunciar, de expresar, para una persona. También, las mujeres que fueron al sepulcro lo encontraron vacío, pero no pudieron decir “ha resucitado”; solo afirmaron que el sepulcro estaba vacío. El ángel dice más: “no está aquí, ha resucitado”.

Así lo narra el Evangelio según San Mateo: “El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: ‘Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho'”. (Mt 28, 5-7)

Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Como criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. Superan en perfección a todas las criaturas visibles.

El resplandor de su gloria da testimonio de ello: Cristo es el centro del mundo de los ángeles y estos le pertenecen, más aún, porque los hizo mensajeros de su designio de salvación.

Desde hoy, hasta el final de la Pascua en Pentecostés, se recita la oración del Regina Coeli en vez del Ángelus.

En 2009, el Papa Emérito Benedicto XVI señaló que el  “alégrate” María pronunciado por el ángel resuena en una invitación a la alegría: “Gaude et laetare, Virgo Maria, alleluia, quia surrexit Dominus vere, alleluia”, es decir “Alégrate y regocíjate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente el Señor ha resucitado, aleluya”.

Fuente: aciprensa
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Mensaje y Bendición de Pascua 2019

Balcón central de la Basílica Vaticana
Domingo, 21 de abril de 2019

MENSAJE URBI ET ORBI
DEL SANTO PADRE FRANCISCO


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!

Hoy la Iglesia renueva el anuncio de los primeros discípulos: «Jesús ha resucitado». Y de boca en boca, de corazón a corazón resuena la llamada a la alabanza: «¡Aleluya!… ¡Aleluya!». En esta mañana de Pascua, juventud perenne de la Iglesia y de toda la humanidad, quisiera dirigirme a cada uno de vosotros con las palabras iniciales de la reciente Exhortación apostólica dedicada especialmente a los jóvenes:

«Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (Christus vivit, 1-2).

Queridos hermanos y hermanas, este mensaje se dirige al mismo tiempo a cada persona y al mundo. La resurrección de Cristo es el comienzo de una nueva vida para todos los hombres y mujeres, porque la verdadera renovación comienza siempre desde el corazón, desde la conciencia. Pero la Pascua es también el comienzo de un mundo nuevo, liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte: el mundo al fin se abrió al Reino de Dios, Reino de amor, de paz y de fraternidad.

Cristo vive y se queda con nosotros. Muestra la luz de su rostro de Resucitado y no abandona a los que se encuentran en el momento de la prueba, en el dolor y en el luto. Que Él, el Viviente, sea esperanza para el amado pueblo sirio, víctima de un conflicto que continúa y amenaza con hacernos caer en la resignación e incluso en la indiferencia. En cambio, es hora de renovar el compromiso a favor de una solución política que responda a las justas aspiraciones de libertad, de paz y de justicia, aborde la crisis humanitaria y favorezca el regreso seguro de las personas desplazadas, así como de los que se han refugiado en países vecinos, especialmente en el Líbano y en Jordania.

La Pascua nos lleva a dirigir la mirada a Oriente Medio, desgarrado por continuas divisiones y tensiones. Que los cristianos de la región no dejen de dar testimonio con paciente perseverancia del Señor resucitado y de la victoria de la vida sobre la muerte. Una mención especial reservo para la gente de Yemen, sobre todo para los niños, exhaustos por el hambre y la guerra. Que la luz de la Pascua ilumine a todos los gobernantes y a los pueblos de Oriente Medio, empezando por los israelíes y palestinos, y los aliente a aliviar tanto sufrimiento y a buscar un futuro de paz y estabilidad.

Que las armas dejen de ensangrentar a Libia, donde en las últimas semanas personas indefensas vuelven a morir y muchas familias se ven obligadas a abandonar sus hogares. Insto a las partes implicadas a que elijan el diálogo en lugar de la opresión, evitando que se abran de nuevo las heridas provocadas por una década de conflicto e inestabilidad política.

Que Cristo vivo dé su paz a todo el amado continente africano, lleno todavía de tensiones sociales, conflictos y, a veces, extremismos violentos que dejan inseguridad, destrucción y muerte, especialmente en Burkina Faso, Mali, Níger, Nigeria y Camerún. Pienso también en Sudán, que está atravesando un momento de incertidumbre política y en donde espero que todas las reclamaciones sean escuchadas y todos se esfuercen en hacer que el país consiga la libertad, el desarrollo y el bienestar al que aspira desde hace mucho tiempo.

Que el Señor resucitado sostenga los esfuerzos realizados por las autoridades civiles y religiosas de Sudán del Sur, apoyados por los frutos del retiro espiritual realizado hace unos días aquí, en el Vaticano. Que se abra una nueva página en la historia del país, en la que todos los actores políticos, sociales y religiosos se comprometan activamente por el bien común y la reconciliación de la nación.

Que los habitantes de las regiones orientales de Ucrania, que siguen sufriendo el conflicto todavía en curso, encuentren consuelo en esta Pascua. Que el Señor aliente las iniciativas humanitarias y las que buscan conseguir una paz duradera.

Que la alegría de la Resurrección llene los corazones de todos los que en el continente americano sufren las consecuencias de situaciones políticas y económicas difíciles. Pienso en particular en el pueblo venezolano: en tantas personas carentes de las condiciones mínimas para llevar una vida digna y segura, debido a una crisis que continúa y se agrava. Que el Señor conceda a quienes tienen responsabilidades políticas trabajar para poner fin a las injusticias sociales, a los abusos y a la violencia, y para tomar medidas concretas que permitan sanar las divisiones y dar a la población la ayuda que necesita.

Que el Señor resucitado ilumine los esfuerzos que se están realizando en Nicaragua para encontrar lo antes posible una solución pacífica y negociada en beneficio de todos los nicaragüenses.

Que, ante los numerosos sufrimientos de nuestro tiempo, el Señor de la vida no nos encuentre fríos e indiferentes. Que haga de nosotros constructores de puentes, no de muros. Que Él, que nos da su paz, haga cesar el fragor de las armas, tanto en las zonas de guerra como en nuestras ciudades, e impulse a los líderes de las naciones a que trabajen para poner fin a la carrera de armamentos y a la propagación preocupante de las armas, especialmente en los países más avanzados económicamente. Que el Resucitado, que ha abierto de par en par las puertas del sepulcro, abra nuestros corazones a las necesidades de los menesterosos, los indefensos, los pobres, los desempleados, los marginados, los que llaman a nuestra puerta en busca de pan, de un refugio o del reconocimiento de su dignidad.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo vive! Él es la esperanza y la juventud para cada uno de nosotros y para el mundo entero. Dejémonos renovar por Él. ¡Feliz Pascua!

 

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente: Vatican.va

 

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Lectio divina: Domingo de Resurrección

Resucitado

Domingo de la Resurrección del Señor

En el glorioso día de la Resurrección:

Los gestos contagiosos de un amor gozoso y perenne

Juan 20, 1-9

“Vio y creyó”

Saludemos con júbilo este nuevo día

En este Domingo de Pascua gritamos con todas nuestras fuerzas y desde lo más profundo de nuestro corazón: “¡Cristo ha resucitado de entre los muertos dándonos a todos la vida!”.

Este es el Domingo que le da sentido a todos los domingos en el que, con la ayuda del Espíritu Santo, queremos hacer una proclamación de júbilo y de victoria que sea capaz asumir nuestros dolores y los transforme en esperanza, que nos convenza de una vez por todas que la muerte no es la última palabra en nuestra existencia.

A la luz de esta certeza hoy brota lo mejor de nosotros mismos e irradia con todo su esplendor nuestra fe como discípulos de Jesús. Efectivamente, somos cristianos porque creemos que Jesús ha resucitado de la muerte, está vivo, está en medio de nosotros, está presente en nuestro caminar histórico, es manantial de vida nueva y primicia de nuestra participación en la naturaleza divina, de nuestro fundirnos como una pequeña gota de agua en el inmenso mar del corazón de Dios.

Y nos levantamos con una nueva mirada sobre el mundo porque la resurrección de Jesús tiene un significado y una fuerza que vale para toda la humanidad, para el cosmos entero y, de manera particular, para los dolorosos acontecimientos que afligen a la humanidad.

La Buena Nueva de la Resurrección de Jesús es palabra poderosa que impulsa nuestra vida.

Por eso en este Tiempo Pascua que estamos comenzando tenemos que abrirle un surco en nuestro corazón a la Palabra, para que la fuerza de vida que ella contiene sea savia que corra por todas la dimensiones de nuestra existencia y se transforme en frutos de vida nueva.

Es así como la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado cala hondo: se entreteje con nuestras dudas, con nuestro ensimismamiento en la tristeza, delatando nuestra pobre visión de la vida y mostrándonos el gran horizonte de Dios desde donde podemos comprender el sentido y el valor de todas las cosas. Cristo resucitado se hunde en nuestro corazón y desata una gran batalla interior entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación, entre la resignación y la consolación.

San Gregorio Nacianceno, predicando en un día como hoy decía: “Ha aparecido otra generación, otra vida, otra manera de vivir, un cambio en nuestra misma naturaleza”. ¡Esa es hoy nuestra seguridad!

Buscadores de los signos del Resucitado

La experiencia pascual desata una dinámica de vida hecha de búsquedas y encuentros, de conversión y de fe, que se delinea con gran riqueza en los relatos pascuales de los evangelios.

En Juan 20,1-10, leemos hoy el pasaje que describe el sensacional descubrimiento de la tumba vacía por parte de María Magdalena y de los dos más autorizados discípulos de Jesús, desatándose así una serie de reacciones. El relato contiene elementos muy valiosos que nos ayudan a dinamizar nuestro propio camino pascual.

Esta vez vamos a hacer anotaciones breves sobre las frases más importantes del relato, como una invitación para saborear el texto entero.

(1) María Magdalena descubre que la tumba está vacía (20,1-2)

Notemos los movimientos de María Magdalena:

·       María madruga: “Va de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro” (20,1).

Esta acción es signo evidente de que su corazón latía fuertemente por Jesús. El amor no da espera. Pero también es cierto que la hora de la mañana y los nuevos acontecimientos tienen correspondencia: de madrugada muchos detalles anuncian un gran y radical cambio, la noche se aleja, el horizonte se aclara y bajo la luz todas las cosas van dando poco a poco su forma.  Así sucederá con la fe en el Resucitado: habrá signos que anuncian algo grande, pero sólo en el encuentro personal y comunitario con el Resucitado todo será claro, el nuevo sol se habrá levantado e irradiará la gloria de su vida inmortal.

·       María “corre” enseguida y va a informarle a los discípulos más autorizados, apenas se percata que el sepulcro del Maestro está vacío (20,2a).

Esta carrera insinúa el amor de María por el Señor. Lo seguirá demostrando en su llanto junto a la tumba vacía (20,11ss). Así María se presenta ante Pedro y el Discípulo Amado como símbolo y modelo del auténtico discípulo del Señor Jesús, que debe ser siempre movido por un amor vivo por el Hijo de Dios.

·       María confiesa a Jesús como “Señor”: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (20,2b).

A pesar de no haberlo descubierto vivo, para ella Jesús es el “Señor” (Ky´rios), el Dios de la gloria y por lo tanto inmortal (lo seguirá diciendo: 20,13.10). Ella está animada por una fe vivísima en el Señor Jesús y personifica así a todos los discípulos de Cristo, que reconocen en el Crucificado al Hijo de Dios y viven para Él.

He aquí un ejemplo para emular en las diversas circunstancias y expresiones de la existencia, sobre todo en los momentos de dificultad y aún en las tragedias de la vida. Para la fe y el corazón de esta mujer la muerte en Cruz de Jesús y su sepultura, con todo su amor por el Señor se ha revelado “más fuerte que la muerte” (Cantar 8,6).

(2) Los dos discípulos corren a la tumba (20,3-10)

A diferencia del relato que leíamos ayer en Lucas, según Juan los dos seguidores más cercanos a Jesús se impresionan con la noticia e inmediatamente se ponen en movimiento, ellos no permanecen indiferentes ni inertes sino que toman en serio un anuncio (que tiene sujeto comunitario: “no sabemos”, v.2).

Notemos cómo las acciones de los dos discípulos se entrecruzan entre sí y superan cada vez más las primeras observaciones de María Magdalena.

·       “Se encaminaron al sepulcro” (20,3)

La mención de los dos discípulos no es causal, ambos gozan de amplio prestigio en la comunidad y la representan. Se distingue en primer lugar a Pedro, a quien Jesús llamó “Kefas” (Roca; 1,42), quien confiesa la fe en nombre de todos (Jn 6,68-69), dialoga con Jesús en la cena (13,6-10.36-38) y al final del evangelio recibe el encargo de pastorear a sus hermanos (Jn 21,15-17).  Por su parte el Discípulo Amado es el modelo del “amado” por el Señor, pero también del que “ama” al Señor (13,23; 19,26; 21,7.20).

·       “El otro discípulo llegó primero al sepulcro” (20,4)

El Discípulo Amado corre más rápido que Pedro (v.4). Esto parece aludir a su juventud, pero también a un amor mayor. ¿No es verdad que correr es propio de quien ama?

·       “Se inclinó, vio las vendas en el suelo, pero no entró” (20,5)

El discípulo amado llega primero a la tumba, pero no entra, respeta el rol de Pedro. Se limita a inclinarse y ver las vendas tiradas en la tierra. Él ve un poco más que María, quien sólo vio la piedra quitada del sepulcro.

·       “Simón Pedro entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte” (20,6-7).

Al principio Pedro ve lo mismo que vio el Discipulado Amado, pero luego ve un poco más: ve que también el sudario que estaba sobre la cabeza de Jesús, estaba doblado aparte en un solo lugar (v.7).

Este detalle quiere indicar que el cadáver del Maestro no ha sido robado, ya que lo más probable es que los ladrones no se hubieran tomado tanto trabajo. Por lo tanto Jesús se ha liberado a sí mismo de los lienzos y del sudario que lo envolvían, a diferencia de Lázaro, que debió ser desenvuelto por otros (ver 11,44). Las ataduras de la muerte han sido rotas por Jesús.

La tumba y las vendas vacías no son una prueba, son simplemente un signo de que Jesús ha vencido la muerte. Sin embargo Pedro no comprende el signo.

·       “Entonces entró también el otro discípulo… vio y creyó” (20,8) “…que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,9)

El Discípulo Amado ahora entra en la tumba, ve todo lo que vio Pedro y da el nuevo paso que éste no dio: cree en la resurrección de Jesús.

La constatación de simples detalles despierta la fe del Discípulo Amado en la resurrección de Jesús, para él el orden que reinaba dentro de la tumba fue suficiente. No necesitó más para creer, como sí necesitó Tomás. A él se le aplica el dicho de Jesús: “dichosos los que no han visto y han creído” (v.29).

Pero ¡atención! El Discípulo Amado “vio” y “creyó” en la Escritura que anunciaba la resurrección de Jesús (v.9). Esto ya se había anunciado en Juan 2,22.  Aquí el evangelista no cita ningún pasaje particular del Antiguo Testamento, tampoco ningún anuncio por parte de Jesús. Pero queda claro que la ignorancia de la Escritura por parte de los discípulos implica una cierta dosis de incredulidad (ver también 1,26; 7,28; 8,14).

La asociación entre el “ver” y el “creer” (v.8) formará en adelante uno de los temas centrales del resto del capítulo, donde se describen las apariciones del resucitado a los discípulos, para terminar diciendo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (v.29). Nosotros los lectores, hacemos el camino del Discípulo Amado mediante a partir de los “signos” testimoniados por él en el Evangelio (20,30-31).

(3) En la pascua, Jesús se convierte en el centro de la vida y de todos los intereses del discípulo.

En la mañana del Domingo la única preocupación de los tres discípulos del Señor –María, Pedro y el Discípulo Amado- es buscar al Señor, a Jesús muerto sobre la Cruz por amor pero resultado de entre los muertos para la salvación de toda la humanidad. El amor los mueve a buscar al Resucitado en ese estupor que sabe entrever en los signos el cumplimiento de las promesas de Dios y de las expectativas humanas. Entre todos, cada uno con su aporte, van delineando un camino de fe pascual.

La búsqueda amorosa del Señor se convierte luego en impulso misionero. Como lo muestra el relato, se trata de una experiencia contagiosa la que los envuelve a todos, uno tras otro.

Es así como este pasaje nos enseña que el evento histórico de la resurrección de Jesús no se conoce solamente con áridas especulaciones sino con gestos contagiosos de amor gozoso y apasionado. El acto de fe brota de uno que se siente amado y que ama, como dice San Agustín: “Puede conocer perfectamente solamente aquél que se siente perfectamente amado”.

¡Así todos nosotros, discípulos de Jesús, debiéramos amar intensamente a Jesús y buscar los signos de su presencia resucitada en esta nueva Pascua!

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón:

1. ¿Qué proceso de fe pascual se va delineando en las sucesivas intervenciones de María, Pedro y el Discípulos Amado en el texto de hoy?

2. ¿Por qué el Discípulo Amado espera a Pedro? ¿Qué me dice este comportamiento para la vivencia eclesial de la Pascua?

3. ¿Qué primeros frutos puedo recoger hoy del camino preparatorio de la Cuaresma, de esta Semana Santa y del Triduo Pascual que hoy culmina?

4. ¿De que manera de invita a vivir el Evangelio la alegría Pascual y cómo voy a “cultivar” la vida nueva en la cincuentena celebrativa que hoy comienza?

5. ¿Con qué signos externos concretos voy a celebrar la Resurrección de Jesús en mi casa y en mi comunidad?

“Día de la Resurrección.

Resplandezcamos de gozo en esta fiesta.

Abracémonos, hermanos, mutuamente.

Llamemos hermanos nuestros incluso a los que nos odian.

Perdonemos todo por la Resurrección

y cantemos así nuestra alegría:

Cristo ha resucitado de entre los muertos

con su muerte ha vencido la muerte

y a los que estaban en los sepulcros

les ha dado la vida”

(Del Tropario).

 Por: P. Fidel Oñoro, cjm | Fuente: Catholic.net
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Lectio divina: Sábado Santo

Sábado Santo (noche)

LA NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL

¡Ha resucitado Jesús el crucificado!

Después de haber acompañado a Jesús el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte –explicada anticipadamente en la Eucaristía del Jueves-, y después de habernos detenido en una meditación silenciosa en la aridez del Sábado Santo, celebramos la Vigilia Pascual, la vigilia de las vigilias, “la madre de todas las vigilias”, como la llamó San Agustín.

Esta noche es diferente a todas las demás noches del año. San Gregorio de Nisa, en el Siglo IV dC, describió la emoción que se vive en una noche como ésta:

“¿Qué hemos visto? El esplendor de las antorchas que eran llevadas en la noche como en una nube de fuego. Toda la noche hemos oído resonar himnos y cánticos espirituales. Era como un río de gozo que descendía de los oídos a nuestras almas, llenándonos de buena esperanza… Esta noche brillante de luz que unía el esplendor de las antorchas a los primeros rayos del sol ha hecho con ellos un solo día sin dejar intervalos a las tinieblas”.

Y es que la riqueza de los símbolos que van apareciendo gradualmente nos ayudan a percibir la grandeza del mensaje pascual:

·       El FUEGO nuevo que brilla en el cirio pascual nos recuerda la columna de fuego que acompañó el caminar nocturno del pueblo de Dios en su éxodo, es el símbolo de Jesús “luz del mundo” y del fuego encendido por le Resucitado en los corazones.

·       El GLORIA, antiguo himno celebrativo de Cristo, cuya alusión a las palabras del ángel en la noche de la navidad evoca en esta otra noche el sentido pascual de la encarnación y nacimiento del Mesías.

·       El ALELUYA pascual, el himno de los redimidos, cantar de los peregrinos que han emprendido la ruta hacia la patria definitiva.

·       El AGUA regeneradora, signo de la vida nueva en Jesús “fuente de vida”. Renovando nuestra profesión de fe bautismal, declaramos que adherimos a su vida nueva, entrando en comunión con Él.

·       El BANQUETE pascual que celebramos en la liturgia eucarística, comida del y con el Resucitado. De hecho, la Resurrección de Jesús alcanza su sentido pleno en nosotros cuando lo comulgamos en la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia, poniéndole fin al ayuno cuaresmal.

Y en medio de esta espera vigilante, la Palabra de Dios –Palabra creadora y salvífica- va diseñando un itinerario digno de ser vivido paso a paso.

Una vez que hemos cantado el PREGÓN pascual, nos sentamos para escuchar nueve lecturas, siete del Antiguo y dos del Nuevo Testamento. El Templo sigue parcialmente a oscuras –con el Cirio Pascual en lugar destacado- porque hacemos la escucha de la Palabra simbólicamente a la luz de Cristo Resucitado, centro del cosmos y de la historia. Ahora la luz es la Palabra, signo concreto de la presencia del Resucitado.

De esta forma recorremos emocionados el camino pascual de la Palabra, la cual traza un arco entre la primera creación y la nueva y definitiva creación en la Resurrección de Jesús, pasando entretanto por los principales acontecimientos de la historia de la salvación. En este marco histórico comprendemos también el alcance y el significado de las antiguas palabras proféticas.

En fin, cada acontecimiento y cada palabra de Dios en la historia humana, quiere expresar el amor misericordioso de Dios por nosotros, su deseo de hacernos participar en la vida de su Hijo, haciéndonos pasar de la noche y de la oscuridad de la muerte a la luz de la vida.

Es así como contemplamos, paso a paso, todo lo que Dios ha caminado con su pueblo para realizar su plan de hacernos a todos una sola realidad en Jesús Resucitado, en quien, como dice un Padre de la Iglesia: “Las cosas divididas se reunieron y las discordantes se aplacaron… la misericordia divina reunió desde todos los lugares, los fragmentos y los fundió en el fuego de su amor, restituyéndoles su unidad primera”.

Primera lectura: Génesis 1,26-31

“Dios vio que todo lo había hecho era bueno”

El autor de este hermoso poema de la creación parece escribir para un pueblo que está en el exilio y se encuentra afligido por la tragedia de la deportación. En esta situación, el pueblo corre el riesgo de perder la esperanza en la bondad de Dios y en su acción creadora. Es por eso que se presenta la creación como una especie de liberación. Esto lo notamos en la insistencia en el número “siete”, que hace del “descanso-sábado” de Dios el culmen de la creación (ver Génesis 2,3).

A lo largo del poema, como si se tratara de un estribillo, se insiste en el hecho de que toda obra creada es buena (ver Génesis 1,10.12.18.25), para terminar proclamando que Dios se complace en la mayor de todas sus obras: el hombre (“Y vio que todo estaba muy bien”, 1,31). Es así como se refirma que la esperanza de la vida tiene su fundamento en la misma creación de Dios.

Esta acción creadora tiene su fuente en la “Palabra de Dios”, palabra soberana que libera del caos y separa de todo elemento negativo. Es la misma Palabra que Israel ha conocido en su historia profética. Y esto crea un puente entre la creación y la historia de la salvación.

Es desde esta perspectiva como comprendemos el primado de Cristo tanto en el orden de la primera creación como el de la nueva creación, ya que Él es plenamente la “imagen de Dios” (ver Colosenses 1,18; Romanos 8,29; Jn 1,2-3), el que conduce a la humanidad hacia el sábado eterno de Dios (ver Hebreos 4,11).

Segunda lectura: Génesis 22,1-18

“Y Abraham obedeció al Señor”

En la tradición rabínica se habla de cuatro noches fundamentales en la historia de la salvación: (1) la de la creación, (2) la del sacrificio de Abraham, (3) la de la salida de Egipto y la última (4) será la de la venida del Mesías (“Poema de las Cuatro Noches”, inserto en el Tárgum palestino de Ex 12,42).

En este momento leemos el relato de la noche de la fe de Abraham: Dios le pide el sacrificio de su hijo. Abraham se presenta como modelo de creyente: su fe es obediencia, camino en la noche, subida al monte, encuentro con Dios que abre un nuevo futuro.

Esto es lo ejemplar de Abraham: se requiere la fe y un amor que ponga a Dios por encima de todos los amores, aún los más entrañables.

Desde esta segunda lectura vislumbramos la experiencia de la fe como inicio de la nueva historia que se realiza en Jesús muerto y resucitado.  De hecho, el misterio pascual sólo puede ser acogido en una libertad obediente como la de Abraham. Este desafío será vivido en esta misma noche, en la liturgia bautismal, cuando seamos interrogados por nuestra fe; pero no cualquier fe sino aquella que por el amor a Dios es capaz de cualquier renuncia.

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1

“El Pueblo pasó a pie descalzo en medio del mar”

El del paso del Mar Rojo es relato emocionante que retiene toda nuestra atención. Éste merece un estudio profundo (pero este no es el espacio).

La Iglesia lee en la riqueza del simbolismo del paso del mar una tipología del bautismo cristiano, así como lo hizo Pablo: “Todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar…Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (1ª Corintios 10,2.11).

Los Padres de la Iglesia vieron en este texto un relato de “nacimiento”, tipo del nuevo nacimiento “en Cristo”.  Este nacimiento es una liberación de todas las fuerzas del mal, concretado en el pecado.

En esta celebración este texto es revivido en el lucernario: la procesión de la luz –con el cirio pascual que representa la nube-, enseguida el himno del “Pregón” pascual, con todas sus referencias poéticas al relato del paso del mar (releído tipológicamente), y más finalmente su inmersión en el agua que es bendecida para el bautismo.

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14

“Tu redentor es el Señor”

Después de los relatos fundamentales de la Creación, la fe del patriarca Abraham y el paso del Mar Rojo, comienza el ciclo de las Profecías.

De nuevo el pueblo de Dios se encuentra en una situación difícil. El profeta Isaías dirige a él para “consolarlo” con palabras de amor como “Mi amor de tu lado no se apartará” (54,10a).  Se despliega así una serie de imágenes cargadas expresiones afectivas para infundir en el corazón de todos que Dios se ocupa de verdad de los suyos y que tiene la fuerza para sacarlos de las situaciones dolorosas en que se encuentran. El Señor es un Dios que “quiere” y “puede” redimir a su pueblo.

La redención conduce al “matrimonio” con el Amado Dios: “Mi alianza de paz no se moverá” (54,10b). La Alianza es una relación íntima, amorosa y esponsal con el Dios que nos ha librado y que espera que lo escojamos desde nuestra nueva situación de hombres libres. Nótese en la lectura la fuerza de la imagen en la que Dios “salva” a la viuda Israel, llevándola al matrimonio (ver 54,11-14).

La liturgia de esta noche nos llevará a la renovación de la Alianza con Dios que sellamos en el Bautismo.

Quinta lectura: Isaías 55,1-11

“Así será la palabra que salga de mi boca”

Esta lectura habla del misterio y de la eficacia de la Palabra de Dios. Así se explica cómo se vive internamente la circularidad de amor y de voluntad en la Alianza con Dios.

El énfasis de la profecía está en el anuncio de todas las palabras que él ha pronunciado –en cuanto Palabras de Dios- serán eficaces y verdaderas, ya que fue Dios mismo quien se comprometió a cumplirlas.

Es Dios quien proyecta y dirige la historia. Él sabe sacar bien de dentro del mal que padecemos por nuestras malas opciones. Así lo hizo en el exilio. Es como la lluvia que se esconde en la tierra y allí fecunda el suelo, permitiendo la germinación de nuevos frutos. Así es el obrar de Dios.

El profeta nos hace entender que Dios es “cercano” y al mismo tiempo “lejano”. Es “cercano” porque nos da su Palabra, nos perdona y nos ofrece tiempos especiales para el encuentro con Él.  Es “lejano” porque su modo de conducir los proyectos siempre nos sorprende, no se deja aprisionar en la lógica y el cálculo humano.

En el misterio pascual de Cristo, la lógica de Dios que “descuadra” todos los raciocinios humanos, es el paradigma definitivo del actuar divino.

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32-4,4

“Todos los que la retienen alcanzarán la vida”

Llegamos ahora a una meditación sapiencial contenida en Baruc. Se dice que el pueblo fue al exilio porque abandonó el camino de la sabiduría: “¡Es que abandonaste la fuente de la sabiduría!… Si hubieras andado por el camino de Dios…” (3,12). El camino de retorno deberá ser un volver a la sabiduría: “Vuelve, Jacob, y abrázala, camina hacia el esplendor bajo su luz” (4,2).

Pero, ¡atención!, no se trata de una sabiduría esotérica ni de nada parecido, se trata de la sintonía con Dios a la hora de actuar, es decir, una comunión de voluntades. En otras palabras, vivir sabiamente es vivir a la manera de Dios.

El profeta anuncia con mucho vigor que ha aparecido sobre la tierra esta sabiduría, como un don, y que ella ha vivido en medio de los hombres.

La patrística ha visto en esta sabiduría una alusión a Jesús y una invitación a la conversión. La “vida nueva” en Cristo resucitado es el logro de esta sabiduría.

Séptima lectura: Ezequiel 36,16-28

“Os rociaré con agua pura… os daré un corazón nuevo”

En este pasaje la revelación del Antiguo Testamento alcanza uno de sus vértices: la promesa de la “nueva alianza” (ver también Jeremías 31,31-34).

La nueva Alianza es una obra de Dios con su pueblo pecador.  Es así como vemos que Dios no interviene en la historia para humillar al hombre sino para purificarlo de sus pecados.

Como en la lectura anterior, la situación negativa que vive el pueblo ha sido la consecuencia de su mal obrar. Y esta situación de desgracia ha deshonrado el “Nombre” de Dios. Los paganos se burlan de Yahveh: ¿Quién es ese Dios que tiene a sus hijos dispersos y sufriendo en tierra extranjera? Esta burla es una profanación del “Nombre” de Dios: “Y en las naciones donde llegaron profanaron mi santo nombre haciendo que se dijera a propósito de ellos: ‘Son el pueblo de Yahveh, y han tenido que salir de su tierra’” (36,20).

Pero de repente, Dios mismo realiza un acto inesperado, para que se vea la santidad del “nombre del nombre del Señor”, Dios repite los prodigios del éxodo trayendo a sus hijos a casa (“Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo”, 36,24) y sellando con ellos una nueva Alianza (“Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”, 36,28).

La “nueva Alianza” tiene como característica distintiva el hecho que transforma al pueblo “desde dentro”, desde lo profundo del corazón, para superar así el pecado de manera radical: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados… Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo…”, 36,25.26).  Se trata de una pascua que culmina en una Alianza definitiva.

Octava lectura: Romanos 6,3-11

“Sepultados en su muerte para vivir con Él”

En esta catequesis Bautismal, Pablo nos remite al rito de la inmersión en el agua para poner de relieve que el Bautismo nos une totalmente a la Cruz de Jesús hasta tal punto que podemos decir que hemos sido crucificados y sepultados con Él.

Esta participación se extiende, no sólo a la muerte de Cristo, sino también su resurrección: “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (6,4).

Por eso Pablo exhorta para que el bautismo no se vuelva un símbolo que se agota en sí mismo, como si fuera algo pasajero que no va más allá del rito del agua.

El bautismo, señala Pablo, compromete la libertad del creyente que hace bautizar: debe llegar a ser lo que verdaderamente es, es decir, vivir adherido a Cristo y hacer todos los aspectos de su vida una expresión visible de esta condición existencial de muerte al pecado: “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (6,11).

El Bautismo sella la Alianza definitiva con Dios haciéndonos una sola realidad con Jesús: “Si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (6,5). En esta tremenda e indisoluble unidad se rompen las cadenas del pecado (ver 6,6) y se comienza a “vivir para Dios” (6,10).

Evangelio: Lucas 24, 1-12

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”

El camino de la Palabra llega a su punto culminante. Celebramos la vivificante resurrección de Cristo proclamando con fuerza el Mensaje Pascual:¡JESÚS ESTÁ VIVO!

Es así como en esta última lectura se anuncia que la creación nueva y definitiva ha sido inaugurada en la gloriosa resurrección de Jesús, la “obra maestra” de Dios Padre.

Acompañemos el despliegue del mensaje en esta gran “Buena Noticia”:

(1) El comienzo de un nuevo día: El “día Señorial”

El primer día de la semana…” (24,1).  El evangelista Lucas tiene una manera particular de presentar en mensaje pascual. Lo hace articulando cuatro acontecimientos en un solo día: el día de la revelación pascual.

Para ello pone en primer plano la fidelidad de las mujeres a la ley hebrea del reposo sabático (“Y el sábado descansaron según el precepto”, 23,56).  Pero éste será el último sábado que cumplen según la antigua Ley, porque ahora comienza un nuevo día que permanecerá en adelante como el “día del Señor” (o “día Señorial”): el día de la Resurrección de Jesús y de su manifestación en el caminar histórico de sus discípulos, obra salvífica internamente eficaz en todo quehacer libre del creyente.

Los cuatro acontecimientos del día pascual son: (1) Las mujeres ante la tumba vacía y el mensaje celestial (Lc 24,1-12); (2) los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús, recibiendo la formación de un testigo pascual (24,13-35); (3) en una cena los apóstoles ven a Jesús vivo y reciben el encargo misionero (24,36-49); (4) la ascensión de Jesús (24,50-53). El hilo conductor de los tres primeros episodios es la instrucción pascual en la que se expone el designio salvífico revelado en la Escritura, realizado y proclamado por Jesús (ver 24,6-7.26-27.44-47).

(2) Antes y después del sábado: el hilo conductor del afecto y la fidelidad de las mujeres

Lucas destaca la presencia de las mujeres en tres momentos clave:

(a) En el Calvario: “Estaban viendo estas cosas… las mujeres que lo habían seguido desde Galilea” (23,49). Ellas siguen siendo fieles a Jesús. Pero, con todo, Lucas señala un elemento de debilidad: “Estaban a distancia”.  Lo que importa, por lo pronto, es que “ven” y esta primera observación de los acontecimientos de la muerte de Jesús dará su fruto de fe después de la resurrección.

(b) En la sepultura: Lucas presenta a las mujeres como las últimas en salir del escenario de los fatídicos eventos, anota que “vieron” la tumba y la reverencia con que fue depositado allí el cadáver de Jesús (“cómo era colocado su cuerpo”, 23,55). Enseguida se van, pero solamente para preparar el regreso. El poco tiempo que les queda del viernes es para preparar los óleos perfumados, como conviene a la sepultura real de Jesús, quien fue crucificado como “rey de los judíos”.

(c) En la mañana de la resurrección: las mujeres “fueron llevando las aromas que habían preparado” (24,1). Puesto que tenían todo preparado, pueden madrugar apenas ha pasado el reposo sabático.

Notemos la constante de la fidelidad en el amor. En el llevar aromas se revela toda la ternura de estas discípulas de Jesús que permanecen fieles al Maestro hasta la cruz; esta fidelidad se prolonga tras la noche oscura del sábado santo, cuando van a ungir su cuerpo que todavía creen allí, prisionero de la muerte. Vienen para conservar lo único que queda de Aquel por quien lo dejaron todo desde Galilea. Esto que pretenden hacer era, en el contexto de esa época, un gesto propio de los familiares. Las mujeres se comportan como las personas más cercanas, como legítimos familiares de Jesús (ver 8,20-21).

(3) La tumba vacía y el mensaje pascual

Según los vv.2-3, en lugar de un sepulcro cerrado las mujeres descubren que la piedra de la entrada ha sido rodada y que la cámara funeraria está vacía. Lucas le da el título de “Señor” a Jesús: “no hallaron el cuerpo del Señor Jesús”; un título con sabor pascual.

Se describe enseguida la “inseguridad” de las mujeres (v.4ª). La aparición de “dos hombres con vestidos resplandecientes”, levanta un nuevo telón para que se pueda comprender el sentido del acontecimiento (v.4b). El hecho de ser “dos” indica que se trata del anuncio realizado por testigos válidos (ver 10,1; también Deuteronomio 19,15: para que un testimonio sea válido debe haber por lo menos dos testigos oculares). Su vestido resplandeciente nos remite al estado glorioso (ver el relato de la transfiguración, 9,29; ver una aparición similar en Hechos 1,10 y 10,30).

Las mujeres se preparan para escuchar el mensaje con una postración profunda (ver Daniel 10,2-12). No dice que “cayeron” sino que “inclinaron el rostro a tierra”, lo cual indica el clima de adoración con que reciben las palabras de los ángeles (ver 24,5ª).

Entonces los dos mensajeros hacen el anuncio fundamental de que ¡JESÚS ESTÁ VIVO! (ver en 24,23: los ángeles “decían que él vivía”).  Dicho anuncio tiene tres partes:

(a) Una pregunta que indica que están buscando a Jesús por el camino equivocado: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”(24,5b). Literalmente: “al viviente”.

(b) Una novedad: “No está aquí, ha resucitado” (24,6ª).

(c) Una exhortación introducida por un imperativo: “Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea…” (24,6c). Y se agrega el mensaje que hay que recordar (v.7).

Veamos cómo nace la fe pascual en este relato. Los mensajeros no le dan una palabra de conforto a las mujeres (“No temáis”, Mc 16,6), sino que por medio de una pregunta las invitan a buscar al Resucitado en el lugar correcto. Si bien las mujeres están haciendo lo que creen que es correcto, hay un error fundamental de perspectiva: buscan a un difunto y no al viviente que es Jesús, puesto que todavía no han creído la palabra de Jesús acerca de la resurrección.

Entonces, ¿Dónde hay que buscar al Viviente? La respuesta de los mensajeros es “¡Recordad!”:

(a) Jesús ya había dicho que la Pasión estaría seguida de la resurrección (ver 9,22) y que esto obedecía al plan de Dios Padre (sentido de la frase “es necesario”) quien por el camino de la Cruz conduce a la Gloria. Por lo tanto, se trata de reconocer a través de la fe los dolorosos acontecimientos del sufrimiento y muerte de Jesús, y que él está vivo.

(b) No hay que buscar a Jesús en el “memorial” que es la tumba sino en la memoria viva y actualizante de las enseñanzas (palabras y acciones) recibidas en el proceso de discipulado. En el camino de discipulado se ha pasado de la muerte a la vida (ver 9,60). El mensaje pascual invita a repasar y asumir la historia completa del evangelio: Jesús, quien había proclamado la salvación de Dios desde Galilea hasta Jerusalén y quien sufrió la prueba de la pasión y ha triunfado de la muerte.

Y ellas recordaron sus palabras” (24,8).  Esta una forma concreta de decir que las mujeres creyeron en la Palabra.

(4) Las mujeres son constituidas testigos con pleno derecho

No se habla de una aparición de Jesús a las mujeres, su fe fue suficiente. Por iniciativa propia van a buscar a los discípulos para anunciar el acontecimiento: los hechos y el mensaje. Gracias a las mujeres el testimonio pascual comienza a difundirse: “anunciaron todas estas cosas” a la Comunidad.

Estas discípulas fieles, que no abandonaron a Jesús y que regresaron para terminar lo que quedó faltando en el funeral, se convierten en las primeras testigos de la resurrección. Las mujeres tienen una mayor responsabilidad. Son constituidas en testigos con pleno derecho, así los discípulos pongan resistencia para aceptarlo.

De hecho, como se anota casi enseguida, la fe tenaz de las mujeres está en brusco contraste con la débil reacción por parte de los otros discípulos, quienes toman el anuncio como “disparate” o “tontería” de las mujeres; de hecho “no creen” (v.11).

(5) La visita de Pedro al sepulcro (24,12)

Se agrega finalmente que Pedro “se levantó y corrió al sepulcro” (24,12). El episodio nos recuerda lo narrado en Juan 20,3-10, con la diferencia notable de que Pedro va solo.

El “ve” y se queda “estupefacto” por lo que ve. Su “ver” no es todavía la comprensión penetrante de la revelación que había transformado al centurión romano (“Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: ‘Ciertamente este hombre era justo’”, 23,47) o a las mujeres mismas al amanecer. Hasta que el Resucitado no haya traspasado la mente obtusa de Pedro y de los otros apóstoles, estos no serán capaces de creer plenamente en estupenda realidad de la resurrección.

Nuevos signos del Resucitado están por venir. Por lo pronto, la presencia de Pedro, el primero de los apóstoles, es significativa en este momento. Quizás sea este el preludio del “ver” completo de Pedro que será motivo de proclamación más adelante en Jerusalén: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (24,34).

¡Jesús, tú que eres el Viviente, ilumina nuestras vidas con el gozo de tu Palabra que le da sentido a todas las cosas y llénanos de la gloria que tú y sólo tú, nuestra esperanza, puedes darnos venciendo cada una de nuestras amarguras y enjugando nuestros llantos! Amén.

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón:

1. ¿Cómo se coordinan las nueve lecturas de la Vigilia Pascual? ¿Qué proceso estoy invitado a vivir?

2. ¿Qué se le pide a las mujeres que iban con aromas en ungir a Jesús? ¿No habrá que buscarlo “viviente” y ungirlo con amor en los hermanos (así como el buen samaritano con su enemigo)?

3. ¿Qué pasos hay que dar para llegar a la fe pascual?

4. Proclamamos la Resurrección de Jesús, pero a veces nos comportamos como si no lo hubiera hecho. ¿Cuáles son las formas inapropiadas de buscar a Jesús resucitado que tenemos hoy? ¿En qué circunstancias trato a Jesús como a un difunto y no como al “Señor Viviente”?

5. ¿Qué nos dice este evangelio sobre el misterio y la misión de la mujer en la Iglesia?

“¿Por qué lloráis al Incorruptible

como si hubiese caído en la corrupción?

Id y anunciad a sus discípulos:

Cristo ha resucitado entre los muertos.

Mujeres evangelistas, levantaos,

dejad la visión e id a anunciar a Sión:

Recibe el anuncio de la alegría:

Cristo ha resucitado.

Alégrate, danza, exulta Jerusalén

y contempla a Cristo tu Rey que sale

del sepulcro como un Esposo

(De los Estikirás, canto de Pascua de la Iglesia Oriental).

 Por: P. Fidel Oñoro, cjm | Catholic.net
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VIA CRUCIS 2019 – Oración del Papa Francisco

Oración del Papa

Señor Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo:

la cruz de las personas hambrientas de pan y de amor;

la cruz de personas solitarias abandonadas incluso por sus propios hijos y parientes;

la cruz de los pueblos sedientos de justicia y paz;

la cruz de las personas que no tienen el consuelo de la fe;

la cruz de los ancianos que se arrastran bajo el peso de los años y la soledad;

la cruz de los migrantes que encuentran las puertas cerradas por miedo y corazones blindados por cálculos políticos;

la cruz de los pequeños, heridos en su inocencia y en su pureza;

la cruz de la humanidad que vaga en la oscuridad de la incertidumbre y en la oscuridad de la cultura momentánea;

la cruz de familias rotas por la traición, por las seducciones del maligno o por la ligereza y el egoísmo asesinos;

la cruz de los consagrados que buscan incansablemente traer tu luz al mundo y se sienten rechazados, burlados y humillados;

la cruz de personas consagradas que, en el camino, han olvidado su primer amor;

la cruz de nuestras debilidades, de nuestras hipocresías, de nuestras traiciones, de nuestros pecados y
de nuestras muchas promesas rotas;

la cruz de tu iglesia que, fiel a tu evangelio, lucha por llevar tu amor incluso entre los se bautizaron ellos mismos;

la cruz de la Iglesia, tu novia, que se siente continuamente atacada desde adentro y desde afuera;

la cruz de nuestra casa común que seriamente se marchita bajo nuestros ojos egoístas y cegado por la codicia y el poder.

Señor Jesús, revive en nosotros la esperanza de la resurrección y tu victoria definitiva contra todo mal y cada muerte. ¡Amén!

Fuente: Zenit | Vatican.va

 

 

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Viernes Santo 2019 – Homilía del Padre Cantalamessa

Predicación del Viernes Santo 2019 en la Basílica de San Pedro

«DESPRECIADO Y RECHAZADO POR LOS HOMBRES» 

«Despreciado y evitado de los hombres,
como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultan los rostros,
despreciado y desestimado» (Is 53,3). 

Son las palabras proféticas de Isaías con las que se ha iniciado la liturgia la palabra de hoy. El relato de la pasión que ha seguido ha dado un nombre y un rostro a este misterioso hombre de dolores, despreciado y rechazado por los hombres: el nombre y el rostro de Jesús de Nazaret. Hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en esta apariencia: como el prototipo y el representante de todos los rechazados, los desheredados y los «descartados» de la tierra, aquellos ante los cuales se gira el rostro hacia otra parte para no ver. 

Jesús no ha empezado ahora, en la pasión, a serlo. En toda su vida, él formó parte de ellos. Nació en un establo porque para los suyos «no había puesto en la posada» (Lc 2,7). Al presentarlo en el templo, los padres ofrecieron «un par de tórtolas o dos pichones», la ofrenda prescrita por la ley para los pobres que no podían permitirse el lujo de ofrecer un cordero (cf. Lev 12,8). Un auténtico certificado de pobreza en el Israel de entonces. Durante su vida pública, no tiene «dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20): un sintecho. 

Y llegamos a la pasión. En el relato de ella hay un momento en el que no nos detenemos a menudo, pero que es muy significativo: Jesús en el pretorio de Pilato (cf. Mc 15,16-20). Los soldados han observado, en la explanada adyacente, un arbusto de espinos; han cogido un haz y se lo han presionado sobre la cabeza; sobre la espalda todavía sangrante por la flagelación, le han colocado un manto como burla; tiene las manos atadas con una tosca cuerda; en una le han puesto un haz de varas y en la otra una caña, símbolos jocosos de su realeza. Es el prototipo de las personas maniatadas, solas, en manos de soldados y bandidos que desfogan sobre los pobres desgraciados la rabia y la crueldad que han acumulado en la vida. ¡Torturado! 

«¡Ecce homo!», ¡He aquí el hombre!, exclama Pilato, al presentarlo poco después al pueblo (Jn 19,5). Palabra que, después de Cristo, puede ser dicha del grupo sin fin de hombres y mujeres humillados, reducidos a objetos, privados de toda dignidad humana. «Si esto es un hombre»: el escritor Primo Levi tituló así el relato de su vida en el campo de exterminio de Auschwitz. En la cruz, Jesús de Nazaret se convierte en el emblema de toda esta humanidad «humillada y ofendida». Vendrían ganas de exclamar: «Despreciados, rechazados, parias de toda la tierra: ¡el hombre más grande de toda la historia ha sido uno de vosotros! A cualquier pueblo, raza o religión que pertenezcáis, tenéis el derecho de reclamarlo como vuestro. 

* * * 

El escritor y teólogo afro-americano, Howard Thurman —aquel al que Martin Luther King consideraba su maestro y el inspirador de la lucha no violenta por los derechos civiles— escribió un libro titulado «Jesus and the Disinherited»[1], Jesús y los desheredados. En él, hace ver lo que representó la figura de Jesús para los esclavos del Sur, de los que él mismo era un descendiente directo. En la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del Evangelio que repetía el ministro de culto negro, en la única reunión que se les consentía, daban nuevamente a los esclavos el sentido de su dignidad de hijos de Dios. 

En este clima nacieron la mayoría de los cantos espirituales negros que todavía hoy conmueven al mundo[2]. En el momento de la subasta pública habían vivido el desgarro de ver a las esposas separadas de los maridos y a los padres respecto de los hijos, vendidos a dueños diferentes. Es fácil intuir con qué espíritu cantaban bajo el sol o en el interior de sus cabañas: «Nobody knows the trouble I have seen. Nobody knows, but Jesus»: Nadie sabe el dolor que he experimentado; nadie, excepto Jesús». 

* * * 

Este no es el único significado de la pasión y muerte de Cristo y ni siquiera el más importante. El significado más profundo no es el social, sino el espiritual y místico. Aquella muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido en su huida de él, es decir, en la muerte. No es, decía, el sentido más importante de la cruz, pero es el que todos, creyentes y no creyentes, pueden reconocer y acoger. 

Todos, repito, no sólo los creyentes. Si por el hecho de su encarnación el Hijo de Dios se hizo hombre y se unió a toda la humanidad, por el modo en que se produjo su encarnación se ha hecho uno de los pobres y rechazados, ha abrazado su causa. Él mismo se ha encargado de asegurárnoslo cuando solemnemente afirmó que lo que hicimos por el hambriento, el desnudo, el preso, el exilado, se lo hicimos a él y lo que omitimos hacérselo a ellos no se lo hicimos a Él (cf. Mt 25, 31-46). 

Pero no podemos detenernos aquí. Si Jesús solo tuviera esto que decir a los desheredados del mundo, no sería más que uno entre ellos, un ejemplo de dignidad en la desventura y nada más. Más aún, sería una prueba ulterior a cargo de Dios que permite todo esto. Es conocida la reacción indignada de Iván, el hermano rebelde de los hermanos Karamazov, de Dostoievski, cuando el hermano menor, Aliosha, le menciona a Jesús: «¡Ah, se trata del Único sin pecado y de su sangre! No, no me había olvidado de él: y más aún, me maravillaba, mientras se discutía, cómo era posible que tardaras tanto en sacarlo contigo, ya que comúnmente, en los debates, todos los de vuestra parte le ponen a Él ante que cualquier otra cosa»[3]. 

Efectivamente, el Evangelio no se detiene aquí; dice también otra cosa, ¡dice que el Crucificado ha resucitado! En él se produjo un vuelco total de las partes: el vencido se ha convertido en vencedor, el juzgado se ha convertido en el juez, «la piedra descartada por los arquitectos se ha convertido en piedra angular» (cf. Hch 4,11). La última palabra no ha sido y no será nunca la de la injusticia y la opresión. Jesús no ha devuelto sólo una dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza! 

En los tres primeros siglos de la Iglesia la celebración de la Pascua no estaba distribuida como ahora, en varios días: Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua. Todo estaba concentrado en un solo día. En la Vigilia pascual se conmemoraba tanto la muerte como la resurrección. Más concretamente, ni la muerte ni la resurrección se conmemoraban como hechos distintos y separados; se conmemoraba, más bien, el tránsito de Cristo de una a otra, de la muerte a la vida. La palabra «Pascua» (pasech) significa tránsito: paso del pueblo hebreo de la esclavitud a la libertad, tránsito de Cristo de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1) y tránsito, del pecado a la gracia, de los creyentes en él. 

Es la fiesta del vuelco obrado por Dios y realizado en Cristo; es el comienzo y la promesa del único cambio pleno totalmente justo e irreversible en la suerte de la humanidad. ¡Pobres, excluidos, pertenecientes a distintas formas de esclavitud todavía en curso en nuestra sociedad: la Pascua es vuestra fiesta! 

* * * 

La cruz contiene también un mensaje para aquellos que están en la otra orilla: para los poderosos, los fuertes, los que se sienten tranquilos en su papel de «vencedores». Y es un mensaje, como siempre, de amor y de salvación, no de odio o venganza. Les recuerda que al final están vinculados al mismo destino de todos; que débiles y poderosos, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos. La muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, colgada de un hilo. Pone en guardia contra el peor mal para el hombre que es la ilusión de la omnipotencia. No hay que ir demasiado para atrás en el tiempo, basta repensar la historia reciente para darnos cuenta de lo frecuente que es este peligro y a cuántas personas y pueblos lleva a la catástrofe. 

La Escritura tiene palabras de sabiduría eterna dirigidas a los dominadores de la escena de este mundo: 

«Aprended, gobernantes de toda la tierra…
los poderosos serán examinados con rigor» (Sab 6,1.6).
«En la prosperidad el hombre no comprende,
es parecido a las bestias que mueren» (Sal 49,21).
«¿Para qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego pierde su alma o se destruye a sí mismo?» (Lc 9,25) 

La Iglesia ha recibido el mandato de su fundador de ponerse de la parte de los pobres y los débiles, de ser la voz de quien no tiene voz y, gracias a Dios, es lo que hace, sobre todo en su pastor supremo. 

La segunda tarea histórica que las religiones deben, juntas, asumir hoy, además de promover la paz, es no permanecer en silencio ante el espectáculo que está ante la mirada de todos. Pocos privilegiados poseen bienes que no podrían consumir, aunque viviesen incluso siglos enteros y masas aniquiladas de pobres que no tienen un trozo de pan y un sorbo de agua por dar a sus hijos. Ninguna religión puede permanecer indiferente, porque el Dios de todas las religiones no es indiferente ante todo esto. 

Volvamos a la profecía de Isaías de la que hemos partido. Comienza con la descripción de la humillación del Siervo de Dios, pero se concluye con la descripción de su exaltación final. Es Dios que habla: 

«Por los trabajos de su alma verá la luz […]
Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores». 

Dentro de dos días, con el anuncio de la resurrección de Cristo, la liturgia dará un nombre y un rostro también en este triunfador. Velemos y meditamos en espera. 

________________________ 

[1] Howard Thurman, Jesus and the Disinherited (Beacon Press, Boston: MA 1949; reimp. 2012). [2] Howard Thurman, Deep River and the Negro Spiritual Speaks of Life and Death(Richmond, Indiana 1975). [3] F. Dostoievski, Los hermanos Karamazov, Libro V, cap. 4 (Alianza Editorial, Madrid 2019). 

© Librería Editorial Vaticana
Fuente: Zenit

 

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Viernes Santo – P. Raniero Cantalamessa

«Había también algunas mujeres»

Cruz_mujeres

«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena» (Jn 19, 25). Por una vez, pongamos aparte a María, su Madre. Su presencia en el Calvario no requiere de explicaciones. Era «su madre» y esto lo dice todo; las madres no abandonan a un hijo, aunque esté condenado a muerte. ¿Pero por qué estaban allí las otras mujeres? ¿Quiénes y cuántas eran?

Los evangelios refieren el nombre de algunas de ellas: María de Magdala, María -la madre de Santiago el menor y de Joset-, Salomé -madre de los hijos de Zebedeo-, una cierta Juana y una tal Susana (Lc 8, 3). Llegadas con Jesús de Galilea, estas mujeres le habían seguido, llorando, en el camino al Calvario (Lc 23, 27-28), ahora en el Gólgota observaban «de lejos» (o sea, desde la distancia mínima que se les permitía) y en poco tiempo le acompañan, con tristeza, al sepulcro con José de Arimatea (Lc 23, 55).

Este hecho está demasiado comprobado y es demasiado extraordinario como para pasar por encima de él apresuradamente. Las llamamos, con una cierta condescendencia masculina, «las piadosas mujeres», pero son mucho más que «piadosas mujeres», ¡son igualmente «Madres Coraje!» Desafiaron el peligro que existía en mostrarse tan abiertamente a favor de un condenado a muerte. Jesús había dicho: «¡Dichoso aquél que no halle escándalo en mí!» (Lc 7, 23). Estas mujeres son las únicas que no se escandalizaron de Él.

Se discute vivamente desde hace algún tiempo quién fue quien quiso la muerte de Jesús: los jefes judíos o Pilato, o los unos y el otro. Una cosa es cierta en cualquier caso: fueron los hombres, no las mujeres. Ninguna mujer está involucrada, tampoco indirectamente, en su condena. Hasta la única mujer pagana que se menciona en los relatos, la esposa de Pilato, se disoció de su condena (Mt 27, 19). Es cierto que Jesús murió también por los pecados de las mujeres, pero históricamente sólo ellas pueden decir: «¡Somos inocentes de la sangre de éste!» (Mt 27, 24).

Éste es uno de los signos más ciertos de la honestidad y de la fidelidad histórica de los evangelios: el papel mezquino que hacen en ellos los autores y los inspiradores de los evangelios y el maravilloso papel que muestran de las mujeres. ¿Quién habría permitido que se conservara, con memoria imperecedera, la ignominiosa historia del propio miedo, huída, negación, agravada además por la comparación con la conducta tan distinta de algunas pobres mujeres; quién, repito, lo habría permitido, si no hubiera estado obligado por la fidelidad a una historia que ya se mostraba como infinitamente mayor que la propia miseria?

* * *

Siempre ha surgido la cuestión de cómo es que las «piadosas mujeres» son las primeras en ver al Resucitado y a ellas se les dé la misión de anunciarlo a los apóstoles. Éste era el modo más seguro de hacer la resurrección poco creíble. El testimonio de una mujer no tenía peso alguno. Tal vez por este motivo ninguna mujer aparece en el largo elenco de quienes han visto al Resucitado, según el relato de Pablo (1 Co 15, 5-8). Los propios apóstoles, respecto a las primeras, tomaron las palabras de las mujeres como «un desatino» completamente femenino y no las creyeron (Lc 24, 11).

Los autores antiguos creyeron conocer la respuesta a este interrogante. Las mujeres, dice en un himno Romano el Melode, son las primeras en ver al Resucitado porque una mujer, Eva, ¡fue la primera en pecar! [1]. Pero la respuesta auténtica es otra: las mujeres fueron las primeras en verle resucitado porque habían sido las últimas en abandonarle muerto e incluso después de la muerte acudían a llevar aromas a su sepulcro (Mc 16,1).

Debemos preguntarnos por el motivo de este hecho: ¿por qué las mujeres resistieron al escándalo de la cruz? ¿Por qué se le quedaron cerca cuando todo parecía acabado e incluso sus discípulos más íntimos le habían abandonado y estaban organizando el regreso a casa?

La respuesta la dio anticipadamente Jesús, cuando contestando a Simón, dijo acerca de la pecadora que le había lavado y besado los pies: «¡Ha amado mucho!» (Lc 7, 47). Las mujeres habían seguido a Jesús por Él mismo, por gratitud del bien de Él recibido, no por la esperanza de hacer carrera después. A ellas no se les habían prometido «doce tronos», ni ellas habían pedido sentarse a su derecha y a su izquierda en su reino. Le seguían, está escrito, «para servirle» (Lc 8, 3; Mt 27, 55); eran las únicas, después de María, su Madre, en haber asimilado el espíritu del Evangelio. Habían seguido las razones del corazón y éstas no les habían engañado.

* * *

En sí, su presencia junto al Crucificado y el Resucitado contiene una enseñanza vital para nosotros hoy. Nuestra civilización, dominada por la técnica, tiene necesidad de un corazón para que el hombre pueda sobrevivir en ella, sin deshumanizarse del todo. Debemos dar más espacio a las «razones del corazón» si queremos evitar que la humanidad vuelva a caer en una era glacial.

En esto, a diferencia de muchos otros campos, la técnica es de bien poca ayuda. Se trabaja desde hace tiempo en un tipo de ordenador que «piensa» y muchos están convencidos de que se logrará. Pero nadie hasta ahora ha proyectado la posibilidad de un ordenador que «ame», que se conmueva, que salga al encuentro del hombre en el plano afectivo, facilitándole amar, como le facilita calcular las distancias entre las estrellas, el movimiento de los átomos y memorizar datos…

A la potenciación de la inteligencia y de las posibilidades cognoscitivas del hombre no le sigue con el mismo ritmo, lamentablemente, la potenciación de su capacidad de amor. Esta última, más bien, parece que no cuenta nada, aunque sabemos muy bien que la felicidad o la infelicidad en la tierra no dependen tanto de conocer o no conocer, sino de amar o no amar, de ser amado o no ser amado. No es difícil entender por qué estamos tan ansiosos de incrementar nuestros conocimientos y tan poco de aumentar nuestra capacidad de amar: el conocimiento se traduce automáticamente en poder, el amor en servicio.

Una de las idolatrías modernas es la del «IQ», el «coeficiente intelectual». Existen varios métodos para medirlo. ¿Pero quién se preocupa de tener en cuenta también el «coeficientes del corazón»? Sin embargo sólo el amor redime y salva, mientras que la ciencia y la sed de conocimiento, solas, pueden llevar a la condenación. Es la conclusión del Fausto de Goethe y es también el grito que lanza el cineasta que hace clavar simbólicamente al suelo los preciosos volúmenes de una biblioteca y hace exclamar al protagonista que «todos los libros del mundo no valen lo que una caricia» [2]. Antes que ellos, San Pablo había escrito: «La ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1).

Después de tantas eras que han tomado nombre del hombre – homo erectus, homo faber, hasta el homo sapiens-sapiens , o sea, el sapientísimo de hoy-, es deseable que se abra por fin, para la humanidad, una era de la mujer: una era del corazón, de la compasión, y que esta tierra deje ya de ser «la pequeña tierra que nos hace tan feroces» [3].

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De todo lugar brota la exigencia de dar más espacio a la mujer. Nosotros no creemos que «el eterno femenino nos salvará» [4]. La experiencia diaria demuestra que la mujer puede «elevarnos», pero que también puede hacernos caer. También ella tiene necesidad de ser salvada por Cristo. Pero es cierto que, una vez redimida por Él y «liberada», en el plano humano, de antiguas discriminaciones, ella puede contribuir a salvar nuestra sociedad de algunos males arraigados que se ciernen amenazantes: violencia, voluntad de poder, aridez espiritual, desprecio de la vida…

Sólo hay que evitar repetir el antiguo error gnóstico según el cual la mujer, para salvarse, debe dejar de ser mujer y transformarse en hombre [5]. El prejuicio está tan enraizado en la cultura que las propias mujeres han acabado, a veces, por sucumbir a él. Para afirmar su dignidad, han creído necesario asumir actitudes masculinas, o bien minimizar la diferencia de sexos, reduciéndola a un producto de la cultura. «Mujer no se nace, sino que se hace», dijo una de sus ilustres representantes [6].

¡Qué agradecidos tenemos que estar a las «piadosas mujeres»! A lo largo del camino al Calvario, sus sollozos fueron el único sonido amigo que llegó a oídos del Salvador; sobre la cruz, sus «miradas» fueron las únicas que se posaron con amor y compasión en Él.

La liturgia bizantina ha honrado a las piadosas mujeres dedicándoles un domingo del año litúrgico, el segundo después de Pascua, que toma el nombre de «domingo de las Miróforas», esto es, de las portadoras de aromas. Jesús está contento de que se honren en la Iglesia a las mujeres que le amaron y creyeron en Él en vida. Sobre una de ellas –la mujer que vertió en su cabeza un frasco de ungüento perfumado- hizo esta extraordinaria profecía, puntualmente cumplida en los siglos: «Dondequiera que se proclame este Evangelio, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mt 26,13).

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Las piadosas mujeres, no están sólo, en cambio, para admirar y honrar, sino también para imitar. San León Magno dice que «la pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos» [7] y Pascal ha escrito que «Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo» [8]. La Pasión se prolonga en los miembros del cuerpo de Cristo. Son herederas de las «piadosas mujeres» las muchas mujeres, religiosas y laicas, que permanecen hoy al lado de los pobres, de los enfermos de Sida, de los encarcelados, de los rechazados de cualquier tipo por parte de la sociedad. A ellas –creyentes o no creyentes- Cristo repite: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

No sólo por el papel desempeñado en la pasión, sino también por el de la resurrección, las piadosas mujeres son ejemplo para las mujeres cristianas de hoy. En la Biblia se encuentran, de un extremo a otro, los «¡ve!» o los «¡id!», esto es, los envíos por parte de Dios. Es la palabra dirigida a Abrahán, a Moisés («Ve, Moisés, a la tierra de Egipto»), a los profetas, a los apóstoles: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura».

Todos son «¡id!» dirigidos a los hombres. Existe un solo «¡id!» dirigido a las mujeres, el que se dijo a las miróforas la mañana de Pascua: «Entonces les dijo Jesús: “Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”» (Mt 28, 10). Con estas palabras las constituía en primeros testigos de la resurrección, «maestras de maestros», como las llama un antiguo autor [9].

Es una pena que, a causa de la equivocada identificación con la mujer pecadora que lava los pies de Jesús (Lc 7, 37), María Magdalena haya acabado por alimentar infinitas leyendas antiguas y modernas y haya entrado en el culto y en el arte casi sólo en calidad de «penitente», más que como primer testigo de la resurrección, «apóstol de los apóstoles», como la define Santo Tomás de Aquino [10].

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«Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos» (Mt 28, 8). Mujeres cristianas, seguid llevando a los sucesores de los apóstoles y a nosotros, sacerdotes y colaboradores suyos, el gozoso anuncio: «¡El Maestro está vivo! ¡Ha resucitado! Os precede en Galilea, o sea, ¡dondequiera que vayáis!». Continuad el antiguo cántico que la liturgia pone en boca de María Magdalena: Mors et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus regnat vivus : «Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo: el Señor de la vida estaba muerto, pero ahora está vivo y reina». La vida ha triunfado, en Cristo, sobre la muerte, y así sucederá un día también en nosotros. Junto a todas las mujeres de buena voluntad, vosotras sois la esperanza de un mundo más humano.

A la primera de las «piadosas mujeres» e incomparable modelo de éstas, la Madre de Jesús, repetimos una antigua oración de la Iglesia: «Santa María, socorre a los pobres, sostén a los frágiles, conforta a los débiles: ruega por el pueblo, intervén por el clero, intercede por el devoto sexo femenino»: Ora pro populo, interveni pro clero, intercede pro devoto femineo sexu [11].

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[1] Romano il Melode, Inni , 45, 6 (ed. a cura di G. Gharib, Edizioni Paoline 1981, p. 406)
[2] En la pelicula “Cento chiodi” de Ermanno Olmi.
[3] Dante Alighieri, Paradiso , 22, v.151.
[4] W. Goethe, Faust , final parte II: “Das Ewig-Weibliche zieht uns hinan”.
[5] Cf. Vangelo copto di Tommaso , 114; Estratti di Teodoto , 21, 3.
[6] Simone de Beauvoir, Le Deuxième Sexe (1949).
[7] S. Leone Magno, Sermo 70, 5 (PL 54, 383).
[8] B. Pascal, Pensieri , n. 553 Br.
[9] Gregorio Antiocheno, Omelia sulle donne mirofore , 11 (PG 88, 1864 B).
[10] S. Tommaso d’Aquino, Commento al vangelo di Giovanni , XX, 2519.
[11] Antifona al Magnificat, Comune delle feste della Vergine.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
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