Religiones por la Paz

Religiones por la paz

Discurso del Santo Padre

Queridos amigos:

Os doy mi cordial bienvenida y os agradezco vuestra visita. Doy las gracias al cardenal Tauran por su presentación.

La paz es también una tarea urgente en el mundo de hoy donde tantas poblaciones están laceradas por las guerras y la violencia. La paz es, al mismo tiempo, un don divino y un logro humano. Por eso, los creyentes de todas las religiones están llamados a invocarla e interceder por ella; y todos los hombres de buena voluntad, especialmente los que tienen cargos de responsabilidad, están llamados a trabajar por ella, con el corazón, con la mente y con las manos, sí, porque la paz se construye de manera “artesanal”. En este trabajo, la paz y la justicia se construyen juntas.

En la construcción de la paz, las religiones, con sus recursos espirituales y morales, tienen un papel especial e irreemplazable. No pueden tener una actitud neutral, y, todavía menos, ambiguo, con respecto a la paz.

El que comete violencia o la justifica en nombre de la religión, ofende gravemente a Dios, que es paz y fuente de la paz, y ha dejado en el ser humano un reflejo de su sabiduría, su potencia y su belleza.

Expreso mi aprecio y gratitud por la obra de ‘Religions for peace’; brindáis un servicio precioso tanto a la religión como a la paz, porque las religiones están destinadas por su naturaleza a promover la paz a través de la justicia, la fraternidad, el desarme y el cuidado de la creación.

Entre las religiones hace falta también un esfuerzo común de colaboración para promover la ecología integral. La Biblia nos ayuda en esto, remitiéndonos a los ojos del Creador, que “vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (Génesis 1:31). Las religiones cuentan con recursos para favorecer juntas el progreso de una alianza moral que promueva el respeto de la dignidad de la persona humana y el cuidado de la creación.

Gracias a Dios, tenemos muchos buenos ejemplos en diversas partes del mundo sobre la fuerza de la cooperación interreligiosa para oponerse a los conflictos violentos, para promover el desarrollo sostenible, para proteger la tierra. ¡Continuemos por este camino! Confiemos en la ayuda del Todopoderoso y en la buena voluntad de los creyentes y de muchas otras personas.

Dios os bendiga y haga fecundo vuestro esfuerzo en pro de la paz.

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Audiencia general 18 de octubre de 2017

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, me gustaría confrontar la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende cada vez más a suprimir. Así que, cuando llega la muerte de los que nos rodean o de nosotros mismos, no estamos preparados, no tenemos un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras con sentido sobre su misterio que, de todas formas, sigue estando allí. Sin embargo, los primeros signos de la civilización humana han pasado precisamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre nació con el culto de los muertos.

Otras civilizaciones, antes de la nuestra, tuvieron el coraje de mirarla a la cara. Era un evento que los viejos contaban a las nuevas generaciones, como una realidad inevitable que obligaba al hombre a vivir por algo absoluto. Dice el Salmo 90: “Enséñanos a contar nuestros días para que entre la sabiduría en nuestros corazones” (v. 12). ¡Contar nuestros días vuelve al corazón sabio! Palabras que nos llevan a un realismo saludable, ahuyentando el delirio de la omnipotencia. ¿Qué somos? Somos “casi nada”, dice otro salmo (cf. 88: 48); nuestros días huyen veloces: aunque viviéramos cien años, al final todo nos habría parecido un soplo. Muchas veces he escuchado a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como en un soplo…”.

La muerte pone así nuestra vida al desnudo. Nos muestra que nuestros actos de orgullo, de ira y odio eran vanidad: vanidad pura. Nos damos cuenta con resquemor de que no hemos amado lo suficiente y no hemos buscado lo esencial. Y, por el contrario, vemos cuánto realmente bueno hemos sembrado: los afectos por los que nos hemos sacrificado y que ahora nos sujetan la mano.

Jesús iluminó el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentir tristeza cuando una persona querida se va. Él se turbó “profundamente” ante la tumba de Lázaro, y “se echó a llorar” (Juan 11:35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, como un hermano nuestro. Lloró por su amigo Lázaro.

Entonces Jesús reza al Padre, fuente de vida, y manda a Lázaro que salga del sepulcro… Y así sucede. La esperanza cristiana se nutre de esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: aunque esté presente en la creación es, sin embargo, un corte que desfigura el diseño de amor de Dios y el Salvador quiere curarnos.

En otros lugares, los Evangelios hablan de un padre que tenía una hija muy enferma y se dirige a Jesús con fe para que la salve (cf. Mc 5,21-24.35-43). Y no hay figura más conmovedora que un padre o una madre con un hijo enfermo. E inmediatamente Jesús se encamina con ese hombre, que se llamaba Jairo. En un momento dado llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña se ha muerto y ya no hay necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: “No temas, solamente ten fe” (Mc 5:36). Jesús sabe que aquel hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación porque la niña está muerta y le pide que guarde la pequeña llama encendida en su corazón: la fe. “No temas, solamente ten fe”. “¡No tengas miedo, sigue teniendo encendida esa llama!” Y luego, llegados a casa, despertará de la muerte a la niña y la devolverá viva a sus seres queridos.

Jesús nos pone en este “risco” de fe. A Marta, que llora por la muerte de su hermano Lázaro, opone la luz de un dogma: “Yo soy la resurrección y la vida; El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto? “(Jn 11: 25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a rasgar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. Jesús dice: “Yo no soy la muerte, soy la resurrección y la vida, ¿crees esto? ¿Crees esto?” Nosotros, que estamos hoy en la plaza, ¿creemos esto?

Todos somos pequeños e indefensos frente al misterio de la muerte. Sin embargo, ¡qué gracia si en ese momento guardamos la llama de la fe en nuestros corazones! Jesús nos llevará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y nos repetirá de nuevo, “Talita kum”, “Niña, levántate!” (Mc 5,41). Nos lo dirá, a cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!” Yo ahora os invito a cerrar los ojos y a pensar en ese momento: el de nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense en su propia muerte, e imagine ese momento que vendrá cuando Jesús nos tome de la mano y diga: “Ven, ven conmigo, levántate”. Allí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Pensadlo bien: Jesús mismo vendrá donde cada uno de nosotros y nos tomará de su mano, con su ternura, su dulzura, su amor. Y que cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: “¡Levántate, ven, levántate, ven! ¡Levántate, resurge!”.

Esta es nuestra esperanza frente a la muerte. Para el que cree, es una puerta que se abre de par en par; para aquellos que dudan, es un rayo de luz que se filtra desde una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros, será una gracia cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos ilumine.

Llamamiento

Quiero expresar mi dolor por la masacre ocurrida hace unos días en Mogadiscio, Somalia, que ha causado más de 300 muertos, incluidos algunos niños. Este acto terrorista merece el deploro más firme también porque se ensaña contra una población ya duramente probada. Rezo por los muertos y por los heridos, por sus familiares y por toda la población de Somalia. Imploro la conversión de los violentos y aliento a todos los que, con enormes dificultades, trabajan por la paz en esa tierra martirizada.

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los provenientes de España y Latinoamérica. El Señor, única esperanza de la humanidad, nos conceda la gracia de mantener encendida la llama de la fe, y en el momento de nuestra muerte nos tome de la mano y nos diga: «¡Levántate!». Que Santa María, Madre de Dios, interceda por todos nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Así sea.

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EL PAPA FRANCISCO EN LA FAO – 16 de octubre de 2017

VISITA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LA SEDE DE LA FAO EN ROMA CON OCASIÓN
DEL DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN

Lunes, 16 de octubre de 2017

Señor Director General,
Distinguidas autoridades,
Señoras y Señores:

Agradezco la invitación y las palabras de bienvenida que me ha dirigido el Director General, profesor José Graziano da Silva, y saludo con afecto a las autoridades que nos acompañan, así como a los Representantes de los Estados Miembros y a cuantos tienen la posibilidad de seguirnos desde las sedes de la FAO en el mundo.

Dirijo un saludo particular a los Ministros de agricultura del G7 aquí presentes, que han finalizado su Cumbre, en la que se han discutido cuestiones que exigen una responsabilidad no sólo en relación al desarrollo y a la producción, sino también con respecto a la Comunidad internacional en su conjunto.

1. La celebración de esta Jornada Mundial de la Alimentación nos reúne en el recuerdo de aquel 16 de octubre del año 1945 cuando los gobiernos, decididos a eliminar el hambre en el mundo mediante el desarrollo del sector agrícola, instituyeron la FAO. Era aquel un período de grave inseguridad alimentaria y de grandes desplazamientos de la población, con millones de personas buscando un lugar para poder sobrevivir a las miserias y adversidades causadas por la guerra.

A la luz de esto, reflexionar sobre los efectos de la seguridad alimentaria en la movilidad humana significa volver al compromiso del que nació la FAO, para renovarlo. La realidad actual reclama una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los frutos de la tierra ―esto debería darse por descontado―, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan y en la realización de las propias aspiraciones, sin tener que separarse de sus seres queridos.

Ante un objetivo de tal envergadura lo que está en juego es la credibilidad de todo el sistema internacional. Sabemos que la cooperación está cada vez más condicionada por compromisos parciales, llegando incluso a limitar las ayudas en las emergencias. También las muertes a causa del hambre o el abandono de la propia tierra son una noticia habitual, con el peligro de provocar indiferencia. Nos urge pues, encontrar nuevos caminos para transformar las posibilidades de que disponemos en una garantía que permita a cada persona encarar el futuro con fundada confianza, y no sólo con alguna ilusión.

El escenario de las relaciones internacionales manifiesta una creciente capacidad de dar respuestas a las expectativas de la familia humana, también con la contribución de la ciencia y de la técnica, las cuales, estudiando los problemas, proponen soluciones adecuadas. Sin embargo, estos nuevos logros no consiguen eliminar la exclusión de gran parte de la población mundial: cuántas son las víctimas de la desnutrición, de las guerras, de los cambios climáticos. Cuántos carecen de trabajo o de los bienes básicos y se ven obligados a dejar su tierra, exponiéndose a muchas y terribles formas de explotación. Valorizar la tecnología al servicio del desarrollo es ciertamente un camino a recorrer, a condición de que se lleguen a concretar acciones eficaces para disminuir el número de los que pasan hambre o para controlar el fenómeno de las migraciones forzosas.

2. La relación entre el hambre y las migraciones sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema. A este respecto, los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: los conflictos y los cambios climáticos.

¿Cómo se pueden superar los conflictos? El derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente, evitando que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social. Pensemos en las poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas. Se necesita buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?

En cuanto a los cambios climáticos, vemos sus consecuencias todos los días. Gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se han de afrontar los problemas; y la comunidad internacional ha ido elaborando también los instrumentos jurídicos necesarios, como, por ejemplo, el Acuerdo de París, del que, por desgracia, algunos se están alejando. Sin embargo, reaparece la negligencia hacia los delicados equilibrios de los ecosistemas, la presunción de manipular y controlar los recursos limitados del planeta, la avidez del beneficio. Por tanto, es necesario esforzarse en favor de un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que continuarán recayendo sobre las personas más pobres e indefensas. Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir «otro lo hará».

Pienso que estos son los presupuestos de cualquier discurso serio sobre la seguridad alimentaria relacionada con el fenómeno de las migraciones. Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable. Las recientes previsiones formuladas por vuestros expertos contemplan un aumento de la producción global de cereales, hasta niveles que permiten dar mayor consistencia a las reservas mundiales. Este dato nos da esperanza y nos enseña que, si se trabaja prestando atención a las necesidades y al margen de las especulaciones, los resultados llegan. En efecto, los recursos alimentarios están frecuentemente expuestos a la especulación, que los mide solamente en función del beneficio económico de los grandes productores o en relación a las estimaciones de consumo, y no a las reales exigencias de las personas. De esta manera, se favorecen los conflictos y el despilfarro, y aumenta el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen.

3. Ante esta situación podemos y debemos cambiar el rumbo (cf. Enc. Laudato si’5361163202). Frente al aumento de la demanda de alimentos es preciso que los frutos de la tierra estén a disposición de todos. Para algunos, bastaría con disminuir el número de las bocas que alimentar y de esta manera se resolvería el problema; pero esta es una falsa solución si se tiene en cuenta el nivel de desperdicio de comida y los modelos de consumo que malgastan tantos recursos. Reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente.

Por eso, me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término «humanitario», tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales. Es menester que la diplomacia y las instituciones multilaterales alimenten y organicen esta capacidad de amar, porque es la vía maestra que garantiza, no sólo la seguridad alimentaria, sino la seguridad humana en su aspecto global. No podemos actuar sólo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad se limita a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco. Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario.

El compromiso de la diplomacia nos ha demostrado, también en recientes acontecimientos, que es posible detener el recurso a las armas de destrucción masiva. Todos somos conscientes de la capacidad de destrucción de tales instrumentos. Pero, ¿somos igualmente conscientes de los efectos de la pobreza y de la exclusión? ¿Cómo detener a personas dispuestas a arriesgarlo todo, a generaciones enteras que pueden desaparecer porque carecen del pan cotidiano, o son víctimas de la violencia o de los cambios climáticos? Se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida. No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Sólo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las Instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad. Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad.

Aquí permitidme que me una al debate sobre la vulnerabilidad, que causa división a nivel internacional cuando se habla de inmigrantes. Vulnerable es el que está en situación de inferioridad y no puede defenderse, no tiene medios, es decir sufre una exclusión. Y lo está obligado por la violencia, por las situaciones naturales o, aún peor, por la indiferencia, la intolerancia e incluso por el odio. Ante esta situación, es justo identificar las causas para actuar con la competencia necesaria. Pero no es aceptable que, para evitar el compromiso, se tienda a atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del «arte de lo posible» a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad.

Lo deseable es que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada, que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas.

4. Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: «Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados». Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión.

El yugo de la miseria generado por los desplazamientos muchas veces trágicos de los emigrantes puede ser eliminado mediante una prevención consistente en proyectos de desarrollo que creen trabajo y capacidad de respuesta a las crisis medioambientales. Es verdad, la prevención cuesta mucho menos que los efectos provocados por la degradación de las tierras o la contaminación de las aguas, flagelos que azotan las zonas neurálgicas del planeta, en donde la pobreza es la única ley, las enfermedades aumentan y la esperanza de vida disminuye.

Son muchas y dignas de alabanza las iniciativas que se están poniendo en marcha. Sin embargo, no bastan, urge la necesidad de seguir impulsando nuevas acciones y financiando programas que combatan el hambre y la miseria estructural con más eficacia y esperanzas de éxito. Pero si el objetivo es el de favorecer una agricultura diversificada y productiva, que tenga en cuenta las exigencias efectivas de un país, entonces no es lícito sustraer las tierras cultivables a la población, dejando que el land grabbing(acaparamiento de tierras) siga realizando sus intereses, a veces con la complicidad de quien debería defender los intereses del pueblo. Es necesario alejar la tentación de actuar en favor de grupos reducidos de la población, como también de utilizar las ayudas externas de modo inadecuado, favoreciendo la corrupción, o la ausencia de legalidad.

La Iglesia Católica, con sus instituciones, teniendo directo y concreto conocimiento de las situaciones que se deben afrontar o de las necesidades a satisfacer, quiere participar directamente en este esfuerzo en virtud de su misión, que la lleva a amar a todos y le obliga también a recordar, a cuantos tienen responsabilidad nacional o internacional, el gran deber de afrontar las necesidades de los más pobres.

Deseo que cada uno descubra, en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana.

Muchas gracias.

Fuente: Vatican.va

 

 

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Canonizaciones 15 de octubre de 2017 – Misa y Angelus

El papa Francisco ha celebrado la Misa de canonización de 35 beatos, este domingo 15 de octubre de 2017, en la plaza San Pedro. 35.000 fieles han participado en la celebración.

Homilía del Papa Francisco

La parábola que hemos escuchado nos habla del Reino de Dios como un banquete de bodas (cf. Mt 22,1-14). El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos nosotros, porque el Señor desea “celebrar las bodas” con cada uno de nosotros.

Las bodas inauguran la comunión de toda la vida: esto es lo que Dios desea realizar con cada uno de nosotros. Así pues, nuestra relación con Dios no puede ser solo como la de los súbditos devotos con el rey, la de los siervos fieles con el amo, o la de los estudiantes diligentes con el maestro, sino, ante todo, como la relación de esposa amada con el esposo.

En otras palabras, el Señor nos desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una verdadera comunión de vida, una relación basada en el diálogo, la confianza y el perdón.

Esta es la vida cristiana, una historia de amor con Dios, donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegia con respecto a los demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios. De este amor gratuito, tierno y privilegiado nace y renace siempre la vida cristiana. Preguntémonos si, al menos una vez al día, manifestamos al Señor nuestro amor por él; si nos acordamos de decirle cada día, entre tantas palabras: “Te amo Señor. Tú eres mi vida”.

Porque, si se pierde el amor, la vida cristiana se vuelve estéril, se convierte en un cuerpo sin alma, una moral imposible, un conjunto de principios y leyes que hay que mantener sin saber por qué. En cambio, el Dios de la vida aguarda una respuesta de vida, el Señor del amor espera una respuesta de amor. En el libro del Apocalipsis, se dirige a una Iglesia con un reproche bien preciso: “Has abandonado tu amor primero” (2, 4). Este es el peligro: una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la “normalidad”, sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria. Reavivemos en cambio la memoria del amor primero: somos los amados, los invitados a las bodas, y nuestra vida es un don, porque cada día es una magnífica oportunidad para responder a la invitación.

Pero el Evangelio nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: “Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”, dice el texto (Mt 22,5). Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente “no hicieron caso”: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor.

Así es como se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades… Se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo – de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero – se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (cf. V. 6) a quienes llevaban la invitación, solo porque los incomodaban.

Entonces el Evangelio nos pregunta de qué parte estamos: ¿de la parte del yo o de la parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la auto referencialidad. Él – nos dice el Evangelio – ante los continuos rechazos que recibe, ante la cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se resigna, sino que sigue invitando. Frente a los “no”, no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande. Nosotros, cuando nos sentimos heridos por agravios y rechazos, a menudo nutrimos disgusto y rencor. Dios, en cambio, mientras sufre por nuestros “no”, sigue animando, sigue adelante disponiendo el bien, incluso para quien hace el mal. Porque así actúa el amor; Porque solo así se vence el mal. Hoy este Dios, que no pierde nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero, a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y perezoso.

El Evangelio subraya un último aspecto: el vestido de los invitados, que es indispensable. En efecto, no basta con responder una vez a la invitación, decir “si” y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Porque no se puede decir “Señor, Señor” y no vivir y poner en práctica la voluntad de Dios (cf. Mt 7, 21). Tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios. Los santos hoy canonizados, y sobre todo los mártires, nos señalan este camino. Ellos no han dicho “si” al amor con palabras y por un poco de tiempo, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando. También nosotros hemos recibido en el Bautismo una vestidura blanca, el vestido nupcial para Dios.

Pidámosle, por intercesión de estos santos hermanos y hermanas nuestros, la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio. ¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo: este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar la fiesta del amor con él.

Angelus después de la Misa

En la introducción del rezo del Angelus del 15 de octubre de 2017, en la plaza de san Pedro, al finalizar la misa de canonización de 35 bienaventurados, el Papa también ha llamado a promover relaciones fraternales y solidarias, para el bien de la Iglesia y de la sociedad”.

Palabras del Papa en el Angelus

Queridos hermanos y hermanas,

Al término de esta celebración, os saludo cordialmente, a los que habéis venido de diversos países para rendir homenaje a los nuevos santos. Mi pensamiento respetuoso va de manera particular a las delegaciones oficiales de Brasil, Francia, Italia, Méjico, de la Orden de Malta y de España. Que el ejemplo y la intercesión de estos testigos luminosos del Evangelio nos acompañen en nuestro camino y nos ayuden a promover siempre relaciones fraternas y solidarias, para el bien de la Iglesia y de la sociedad.

Acogiendo el deseo de algunas conferencias episcopales de América Latina, lo mismo que la voz de diversos pastores y fieles de otras partes del mundo, he decidido convocar una Asamblea especial del sínodo de los obispos para la región pan amazónica, que tendrá lugar en Roma en octubre de 2019. El objetivo principal de esta convocatoria es identificar nuevas formas de evangelización de esta parte del Pueblo de Dios, especialmente a los indígenas, a menudo olvidados y sin perspectivas de un futuro pacífico, en particular debido a la crisis de la selva amazónica, un pulmón de capital importancia para nuestro planeta. Que los nuevos santos intercedan por este acontecimiento eclesial, para que, en el respeto a la belleza de la creación, todos los pueblos de la tierra alaben a Dios, el Señor del universo, e iluminados por Él recorran los caminos de justicia y de paz.

Recuerdo también que pasado mañana se celebrará la Jornada mundial del rechazo de la pobreza. La pobreza no es una fatalidad: tiene causas que deben ser reconocidas y suprimidas, para honrar la dignidad de muchos de nuestros hermanos y hermanas, siguiendo el ejemplo de los santos.

Y ahora volvámonos hacia la Virgen María.
Angelus Domini……

Fuente: Zenit
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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A – P. Raniero Cantalamessa

Evangelio-Luz del mundo

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos». (Mateo 22, 1-14)

P.Cantalamessa

 Lo importante y lo urgente

Es instructivo observar cuáles son los motivos por los que los invitados de la parábola se negaron a venir al banquete. Mateo dice que ellos “no hicieron caso” de la invitación y “se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio”. El evangelio de Lucas, en este punto, es más detallado y presenta así los motivos del rechazo: “He compardo un campo y tengo que ir a verlo… He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas… Me he casado, y por eso no puedo ir” (Lc 14, 18-20).

¿Qué tienen en común estos diversos personajes? Todos los tres tienen algo urgente que hacer, algo que no puede esperar, que reclama inmediatamente su presencia. ¿Y qué representa en cambio el banquete nupcial? Este indica los bienes mesiánicos, la participación en la salvación conseguida por Cristo, y por tanto la posibilidad de vivir eternamente. El banquete representa, por tanto, lo más importante en la vida, es más, lo único importante. Está claro entonces, en qué consiste el error cometido por los invitados; consiste en abandonar lo importante por lo urgente, ¡lo esencial por lo contingente! Ahora bien, éste es un riesgo tan difundido e insidioso, no sólo en el plano religioso, sino también en el puramente humano, que vale la pena reflexionar un poco sobre él.

Ante todo, precisamente, en el plano religioso. Abandonar lo importante por lo urgente, en el plano espiritual, significa retrasar continuamente el cumplimiento de los deberes religiosos, porque cada vez se presenta algo urgente que hacer. Es domingo y es hora de ir a misa, pero está pendiente esta visita, ese trabajillo en el jardín, la comida que preparar. La Misa puede esperar, la comida no; por tanto, se retrasa la misa y se arrima uno a los fuegos.

He dicho que el peligro de abandonar lo importante por lo urgente está presente también en el ámbito humano, en la vida de todos los días, y quisiera señalar también a esto. Para un hombre es ciertamente importantísimo dedicar tiempo a la familia, a estar con los hijos, dialogar con ellos si son grandes y jugar con ellos si son pequeños. Pero en el último momento se presentan siempre cosas urgentes que terminar en la oficina, horas extraordinarias que hacer, y se deja para otra vez, acabando por llegar a casa demasiado tarde y demasiado cansados para pensar en otra cosa.

Para un hombre o una mujer es importantísima ir de vez en cuando a visitar al anciano padre que vive solo en casa o en algún asilo. Para cualquiera es algo importantísimo visitar a un conocido enfermo para mostrarse su apoyo y hacer algún servicio práctico por él. Pero no es urgente, si lo dejas para más adelante aparentemente no se hunde el mundo, quizas nadie si dé cuenta. Y así se deja para más adelante.

Lo mismo pasa con el cuidado de la propia salud, que también está entre las cosas importantes. El médico, o simplemente en físico, advierte que hay que cuidarse, tomar un periodo de descanso, evitar el estrés… Se contesta: sí, lo haré, por supuesto, apenas termine ese trabajo, cuando haya arreglado la casa, cuando haya pagado todas las deudas… Hasta que uno se da cuenta que es demasiado tarde. Ahí está el engaño: se pasa uno la vida persiguiendo mil pequeñas cosas que arreglar y nunca se encuentra tiempo para las cosas que verdaderamente inciden en las relaciones humanas y pueden dar verdadera alegría (y, abandonadas, la verdadera tristeza) en la vida. Así vemos como el Evangelio, indirectamente, es también escuela de vida; nos enseña a establecer prioridades, a tender a lo esencial. En una palabra, a no perder lo importante por lo urgente, como sucedió a los invitados de nuestra parábola.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del italiano por Inma Álvarez]

 

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Carta del 11 de octubre de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

Tras las huellas del Buen Pastor

 

Cuanto más pienso en la situación de los hombres de nuestro tiempo y de nuestra Iglesia, más fuerza adquiere para mí la misión que tan bellamente describe Juan al hablar del Buen Pastor. Hay además dos textos del Concilio Vaticano II que nos hacen entender mejor aún esta imagen y que debemos aplicar a la Iglesia entera. Uno dice así: «Incumbe a la Iglesia por mandato divino ir por todo el mundo y anunciar el Evangelio a toda criatura». Y el otro incide en que «la Iglesia entera es misionera, la obra de la evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios». Esta constatación de que la Iglesia es enviada y tiene el mandato de evangelizar a todo el mundo, tiene que despertar en todos los creyentes una doble convicción: primero, que la misión, la evangelización, nunca es un acto aislado, es profundamente eclesial; y segundo, que si evangelizamos en nombre de la Iglesia cada uno de nosotros, lo hacemos en virtud del mandato del Señor, pero no somos dueños absolutos de la acción evangelizadora.

La imagen del pastor con la que Nuestro Señor Jesucristo explica su misión, tiene una historia muy anterior. Se utiliza esta figura del pastor en el antiguo Oriente y por supuesto en el Antiguo Testamento en el que Dios mismo se presenta como el gran Pastor de Israel. El gran discurso del Buen Pastor no comienza como podemos contemplar, con la afirmación de «Yo soy el Buen Pastor», sino con otra imagen muy diferente: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas». Y en el inicio del discurso había dicho: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido». Aquí está la pauta para todos los que formamos parte de la Iglesia: descubrir, sentir, vivir, asumir, acoger, entrar en comunión con Jesucristo, que es la puerta verdadera. Y nunca podremos anunciar el Evangelio ni realizar la misión sin vivir de esta convicción fundamental, hecha vida en cada uno de nosotros. Vivir de otra manera nos convierte en ladrones y salteadores.

Quien se ha encontrado con Jesucristo descubre que estar al lado de los hombres sin realizar la misión misma de Jesucristo es un robo, un deshacer la dignidad de quienes comparten nuestra vida, es ser salteador de la vida humana, que es lo más sagrado que existe, pues ha sido creada por Dios y constituida a su imagen y semejanza. De tal manera que destruir al hombre es, de alguna manera, destruir su imagen más preciada. Como se subraya en Redemptor hominis, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor […] revela plenamente el hombre al mismo hombre. […] En el misterio de la Redención el hombre es “confirmado” y en cierto modo es nuevamente creado. […] La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo».

En la imagen del Buen Pastor está la pauta para los pastores de su rebaño, los sacerdotes, y para todos los consagrados y laicos que formamos la Iglesia:

1. Para los pastores, para los sacerdotes, tiene una fuerza especial la página del Evangelio en la que el Señor confía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús. Pedro es designado claramente pastor de las ovejas de Jesús, pero para este empeño tiene que entrar por la puerta: «¿Me amas?». Es esta pregunta la que le hace ser una sola cosa con Jesús. Unido a Jesús en el amor, llega a los hombres por la puerta, le escuchan porque escuchan la voz del mismo Jesús. Y la escena acaba con el Señor diciéndole: «Sígueme». Estamos invitados a tomar conciencia de este deber de realizar la misión como el Buen Pastor más que cualquier otro miembro de la Iglesia, porque esto es lo que constituye la singularidad de nuestro ser y de nuestro servicio. Elegidos para proclamar con autoridad la Palabra de Dios, para reunir al Pueblo de Dios disperso, para alimentar a este Pueblo con los signos de la acción de Cristo que son los sacramentos.

2. Pero también tiene una fuerza especial y singular esta página del Evangelio para los miembros de la vida consagrada: religiosos, religiosas, miembros de institutos seculares y de sociedades de vida apostólica. Los consagrados tenéis un medio privilegiado de evangelización y de dar rostro al Buen Pastor. Sed puerta para que todos los hombres lo conozcan en su ser más íntimo y más profundo. Encarnáis la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas, sois signo de total disponibilidad para con Dios, para con la Iglesia y para con los hermanos. Por vuestra consagración tan singular os vemos en la vanguardia de la evangelización, afrontando hasta el riesgo de vuestra propia vida. El fundamento de la vida consagrada siempre hemos de buscarlo en la especial relación que Jesús estableció en su vida terrena con algunos discípulos, a quienes invitó no solamente a acoger el Reino de Dios en su vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa. Esto es posible gracias a una especial vocación y gracias a un don peculiar del Espíritu Santo.

3. Y qué fuerza tiene esta página del Evangelio en la vida de los seglares cristianos, que sois la mayoría en la Iglesia. Vuestra vocación específica os coloca en el corazón del mundo y en las más variadas tareas temporales. Ahí, en medio, realizáis la evangelización y la misión de la Iglesia, aproximáis el rostro del Buen Pastor. Vuestro trabajo primero e inmediato es poner en práctica todas las posibilidades cristianas evangélicas en las cosas del mundo: en la política, lo social, la economía, la cultura, las ciencias y las artes, la vida internacional, y los medios de comunicación social, así como en otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, o el sufrimiento. En todos estos lugares tiene que hacerse presente el rostro del Buen Pastor. ¡Qué alegría ver cada día más seglares impregnados del Evangelio, responsabilizándose de estas tareas, comprometiéndose claramente con ellas, promoviendo estos compromisos!

En la exhortación apostólica Christifidelis laici, el Papa san Juan Pablo II se hace esta pregunta: «Pero ¿cuál es el rostro actual de la tierra y del mundo en el que los cristianos han de ser sal y luz?». Y da algunas respuestas y líneas que sobresalen en nuestra cultura: a) El grave fenómeno del secularismo y la aspiración y necesidad de lo religioso; b) Las violaciones que se dan en la persona humana cuando no es reconocida y amada como imagen de Dios viviente; c) La imposibilidad de aniquilar la sacralidad de la persona humana y el sentido cada día más hondo de su dignidad personal; d) La conflictividad de la humanidad; e) La conciencia cada día más grande de los cristianos, de que la Iglesia es enviada por el Señor como «signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid

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Audiencia 11 de octubre de 2017

En su 37ª catequesis sobre la esperanza cristiana, el  Papa ha hablado del tema: “La espera vigilante”.

Después de resumir su catequesis en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes y a continuación ha invitado a rezar el Rosario por la intención de la paz en el mundo, recordando el final de las celebraciones del centenario de las apariciones de la Virgen en Fátima el 13 de octubre. Asimismo ha lanzado un llamamiento con motivo del Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales.

La audiencia general ha terminado con el canto del  Pater Noster  y la  bendición apostólica.

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy me gustaría hablar de esa dimensión de  la esperanza que es la espera vigilante. El tema de la vigilancia es uno de los hilos conductores del Nuevo Testamento. Jesús predica a sus discípulos: “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas y sed como hombres que esperan a  que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran “(Lc 12.35 a 36). En este tiempo que sigue a la resurrección de Jesús, donde se alternan constantemente los  momentos serenos con los angustiosos,   los cristianos no se apoltronan. El Evangelio recomienda que sean  como sirvientes que nunca se van a dormir hasta que su amo haya vuelto. Este mundo nos exige responsabilidad, y  nosotros la asumimos enteramente y con amor . Jesús quiere que nuestra existencia sea laboriosa, que no bajemos la guardia, para recibir con gratitud y maravilla cada nuevo día que Dios nos  da. Cada mañana es una página en blanco que el cristiano comienza a escribir con las buenas obras. Ya estamos salvados por la redención de Jesús, pero ahora esperamos la manifestación plena de su señorío: cuando finalmente Dios será todo en todos (cf. 1 Cor 15,28). Nada hay más cierto en la fe de los cristianos que esta “cita”, esta cita con el Señor, cuando venga. Y cuando llegue ese día, los cristianos quieren ser como aquellos servidores que pasaron la noche  con los lomos ceñidos  y las lámparas encendidas: hay que estar preparados  para la salvación que llega, preparados para el encuentro. ¿Habéis pensado cómo será ese encuentro con Jesús, cuándo venga?. ¡Será un abrazo, una alegría enorme, una gran alegría! Tenemos que vivir a la espera de ese encuentro.

El cristiano no está hecho para el aburrimiento; si acaso para la paciencia. Sabe que  también en la monotonía de algunos días siempre iguales se oculta  un misterio de  gracia. Hay personas que con la perseverancia de su amor se vuelven como pozos que riegan el desierto. Nada sucede en vano, y ninguna situación en la que un cristiano esté inmerso es completamente refractaria al amor. Ninguna noche es tan larga como para olvidar la alegría de la aurora. Y cuánto más oscura es la noche, más cerca está la aurora. Si permanecemos unidos a Jesús, el frío de los momentos difíciles no nos paraliza; y aunque todo el mundo predicase contra la esperanza, si dijera  que el futuro sólo traerá  nubes oscuras, el cristiano sabe que en ese mismo futuro está el retorno de Cristo.  Nadie  sabe cuándo sucederá, pero el pensamiento de que al final de nuestra historia estará Jesús misericordioso, es suficiente para tener confianza y para no maldecir la vida. Todo se salvará. Todo. Sí, habrá momentos que susciten rabia  e indignación, pero el dulce y poderoso recuerdo de Cristo  ahuyentará la tentación de pensar que esta vida es equivocada.

Después de conocer a Jesús, no podemos hacer otra cosa sino escrutar la historia con confianza y esperanza. Jesús es como una casa, y  nosotros estamos dentro, y desde las ventanas de esta casa miramos al mundo. Por eso no nos encerremos en nosotros mismos, no añoremos con melancolía un pasado  que se presume dorado: miremos siempre adelante, a un futuro  que no es sólo la obra de nuestras manos, sino que, sobre todo, es una preocupación constante de la providencia de Dios. Todo lo que  es opaco un día se convertirá en luz.

Y tengamos en cuenta que Dios no se desmiente. Nunca. Dios no defrauda nunca. Su voluntad respecto a   nosotros no es nebulosa,   sino un proyecto de salvación bien definido: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tm 2,4). Por lo tanto, no nos abandonemos  al flujo de los acontecimientos con pesimismo, como si la historia fuera un tren del que hemos perdido el control. La resignación no es una virtud cristiana. Como no es  propio de los cristianos  alzar los hombros o bajar la cabeza frente a un destino que parece ineluctable.

Los que dan esperanza al mundo nunca son  personas pasivas. Jesús nos recomienda que lo esperamos sin estar mano sobre mano: “Dichosos los siervos que el señor al venir encuentre despiertos” (Lc 12,37). No hay  constructor de  paz que, a fin de cuentas,  no haya comprometido su paz personal, asumiendo los problemas de los demás. El pasivo  no es un constructor de paz, sino un perezoso, uno que quiere estar cómodo. Mientras el cristiano es un constructor de paz cuando se arriesga, cuando tiene el valor de arriesgarse para llevar el bien, el bien que Jesús nos ha dado, que nos ha dado como un tesoro.

Todos los días de nuestras vidas, repitamos la invocación  que los primeros discípulos, en arameo, expresaban con las palabras Marana tha, y que nos encontramos en el último versículo de la Biblia: “¡Ven, Señor Jesús” (Ap 22:20). Es el estribillo de toda existencia cristiana: en nuestro mundo no necesitamos nada  más que una caricia de Cristo. ¡Qué gracia si, en la oración, en los días difíciles de esta vida, escuchamos su voz que responde  y nos tranquiliza!: “Mira, vengo pronto” (Ap 22: 7).

Llamamientos

El viernes próximo, 13 de octubre, termina  el centenario de las últimas apariciones marianas en Fátima. Con la mirada puesta  en la Madre del Señor y  Reina de las Misiones, invito a todos, especialmente este mes de octubre, a rezar el Santo Rosario por la intención de la paz en el mundo. Que la oración mueva a los ánimos más  agresivos para que ” aparten de su corazón, de sus palabras y de sus gestos la violencia, y a construir comunidades no violentas, que cuiden de la casa común. «Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz” (Mensaje de la 50 Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2017).

El mismo día, 13 de octubre, se celebra el Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Renuevo mi sincero llamamiento a la salvaguardia de la creación mediante una defensa y un  cuidado del medio ambiente cada vez más atentos. Exhorto, por lo tanto, a las instituciones y a cuantos  tienen responsabilidad pública y social a que promuevan cada vez más  una cultura cuyo objetivo sea la reducción de la exposición a los riesgos y peligros naturales. ¡Que las acciones concretas, encaminadas al estudio y a la defensa de la casa común, reduzcan progresivamente los riesgos para las poblaciones más vulnerables!.

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial a la comunidad del Pontificio Colegio Mexicano de Roma, que acompañados por los cardenales José Francisco Robles Ortega y Alberto Suárez Inda, así como por algunos obispos mexicanos, celebran el 50 aniversario de su fundación. Animo a todos a que, siguiendo el ejemplo de nuestra Madre la Virgen María, vivan con una esperanza vigilante, y sean para cuantos los rodean portadores de la luz y de la caricia del Dios de la Misericordia. Que Dios los bendiga.

Fuente: Zenit | Vatican.va

 

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