Lectio divina: Miércoles Santo

 

Traición de Judas-monedas

Miércoles Santo 

El precio de una traición

Mateo 26, 14-25

“¿Acaso soy yo, Señor?”

El evangelio de hoy enfatiza el tema de la traición de Judas, según la versión del evangelista Mateo.

También aquí en tres escenas seguidas aparece la progresiva entrada en la Pasión:

– El pacto comercial de Judas con los sumos sacerdotes para realizar la entrega de Jesús (26,14-16).

– La preparación de la cena pascual (26,17-19).

– El comienzo de la cena, en cuyo contexto Jesús desvela la identidad del traidor (26,20-25).

(1) La entrega de Jesús es pactada por el precio de un esclavo (26,14-16)

El pacto entre Judas y los sumos sacerdotes le da impulso al macabro plan que llevará al arresto de Jesús y finalmente a su muerte.

Todo empieza con un fuerte contraste. Según Mateo, justo en el momento en que la mujer unge con amor el cuerpo de Jesús para la sepultura (26,6-13), Judas Iscariote parte donde los sumos sacerdotes con el fin contratar la traición de Jesús.

Con la anotación “uno de los Doce” (26,14), se pone en evidencia el escándalo. Mateo muestra el lado oscuro del seguimiento de Jesús, el traidor potencial en que puede transformarse todo creyente que se encuentre frente a un momento crítico.

En el diálogo de Judas con los sumos sacerdotes se denuncia que el dinero era una de las motivaciones de la traición: “¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?” (26,15ª).  Mateo da un ejemplo concreto del poder corruptor de la riqueza. Precisamente sobre este punto los discípulos habían sido instruidos en el Sermón de la Montaña (ver 6,19-21.24). Una ilustración de la importancia del tema para el discipulado fue la escena del joven rico y las palabras de Jesús que le siguieron (ver 19,23). Por lo tanto, los discípulos no deben andar preocupados por los bienes materiales, ante todo deben buscar “primero su Reino y su justicia” (6,34).

La avidez de Judas por el dinero lo lleva a abandonar el único tesoro por el cual valía la pena dar la vida. Así, guiado por sus propias motivaciones, Judas toma una decisión libre: rechaza el Evangelio y escoge el dinero; esto lo conducirá a un destino terrible (ver el v.24).

Recibe en contraparte “treinta monedas de plata” (26,15b). Se evoca así un texto de Zacarías que dice: “‘Si os parece bien, dadme mi jornal; si no, dejadlo’. Ellos pesaron mi jornal: treinta monedas de plata” (Zc 11,12). Según Éxodo 21,32, éste es el precio de un esclavo. En el texto de Zacarías se indica que se trata de una suma mezquina que se volverá a colocar en el tesoro del Templo (ver más adelante en Mt 27,9-10). Detrás de todo está la convicción fundamental de Mateo: la traición de Judas y su muerte parecen ser el triunfo del mal, mientras que misteriosamente hacen parte del gran designio de la salvación de Dios, ya que la Palabra de Dios se está realizando.

Judas sigue dando los pasos necesarios para consumar su traición: “andaba buscando una oportunidad para entregarle” (26,16b). La “oportunidad” que aquí se habla tiene que ver con la frase que Jesús va a decir más adelante: “Mi tiempo está cerca”. Casi irónicamente Jesús y Judas buscan el mismo “tiempo” (kairós): la entrega del Hijo del hombre en las manos de los pecadores. Judas lo hace para ganarse treinta monedas de plata, mientras que Jesús lo hace para dar la vida por la salvación de la humanidad.

(2) La preparación de la cena pascual (26,17-35)

Estamos ya en la vigilia de la Pascua, “el primer día de los Ázimos” (26,17ª). El jueves, durante el día todas las famitas hebreas botaban a la basura el pan con levadura, para celebrar como se debía la Pascua, con pan sin levadura (como lo manda Éxodo 12,15). La verdadera fiesta empezaba al atardecer.

El evangelio se concentra en las palabras decididas de Jesús y en la obediencia inmediata de los discípulos. Hay un fuerte sentido de autoridad en las palabras de Jesús: “En tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos” (26,18).

El énfasis recae en dos frases:

– “Mi tiempo está cerca” (26,18). En la muerte de Jesús irrumpe el nuevo tiempo de la salvación (ver 13,40). Por eso su carácter determinante: anticipa el final de la historia, cuando se decidirá el destino humano.

– “Con mis discípulos”, ya que en todo lo que está a punto de suceder estará comprometido el vínculo entre Jesús y sus discípulos.

La “pascua”, la fiesta hebrea de la liberación, da el horizonte para interpretar el significado de la muerte y resurrección de Jesús y también el nuevo horizonte de vida que de allí se desprende para los discípulos.

(3) El desvelamiento de la identidad del traidor (26,20-25)

El sol se acaba de ocultar y comienza el ritual de la cena pascual (26,20). Se trata de una fiesta de alegría, pero para Jesús y sus discípulos el momento solemne del banquete resulta inserto en un doloroso contexto de traición. El evangelista hace sonar enseguida la nota aguda de la Pasión: “Uno de de vosotros me entregará” (26,21).

En el relato, la tensión va aumentando poco a poco hasta que revienta la confrontación final entre Jesús y Judas en el versículo final (26,25):

–        Cuando los discípulos escuchan la profecía tremenda de Jesús, se llenan de miedo y comienzan a preguntar: “¿Acaso soy yo, Señor?” (26,22).  La indicación “uno por uno” invita al lector a hacerse la misma pregunta.

–        Jesús les responde dando una indicación precisa (26,23). Sus palabras ponen de relieve la tragedia de la traición: él viola el vínculo de amistad y de confianza que Jesús celebra con sus discípulos. Es el extremo pecado (“¡Ay de aquel!”; 26,24).

–        Cuando Judas hace la pregunta, el evangelista cambia la palabra “Señor” (que habían dicho los anteriores) por la palabra “Rabbí” (26,25a; término que en Mateo tiene un matiz negativo). Se pone en evidencia el contraste entre las palabras de Judas y la fe absoluta y confiada de los otros discípulos en Jesús. Llamándolo “Rabbí”, Judas se dirige a Jesús como lo hacían los enemigos, sin reconocer la verdadera identidad de su Maestro.

Así emerge el rostro del traidor.  En su pregunta hipócrita Judas aparece definitivamente como un discípulo perdido. Sus palabras revelan su voluntad de hacer eliminar a Jesús y destruir así el sentido profundo de su propia vida. La respuesta final de Jesús (ver 26,25b) no hará sino confirmar lo que proviene de su libre decisión.

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida: 

1. ¿Qué motivó la traición de Judas? ¿Cómo se sigue repitiendo hoy su gesto infame?

2. ¿He hecho los preparativos para comenzar mañana la celebración de la Pascua? ¿Qué me falta hacer?

3. ¿Cómo se relaciona Judas con Jesús? ¿Qué me invita a revisar en mi relación con Jesús?

Por: P. Fidel Oñoro, cjm | Fuente: Catholic.net
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Lectio Divina: Martes Santo

Martes Santo

En contraluz con Jesús: traición y negación

Juan 13, 21-33.36-38

“Uno de vosotros me entregará…

No cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces”

De la cena en Betania pasamos a la última cena, en la cual Jesús se despide de sus discípulos. En medio de ella Jesús le ha lavado los pies a sus discípulos (evangelio del próximo jueves). La comida se interrumpe bruscamente y se da paso a tres escenas que culminan este capítulo del evangelio de Juan:

– El anuncio de la traición de Judas (13,21-30).

– Una enseñanza de Jesús sobre el sentido profundo de su pasión (13,31-33) y cómo ésta marcará la identidad de los discípulos (13,34-35; versículos que no leemos hoy).

– El anuncio de las negaciones de Pedro (13,36-38).

En el centro de todo está la persona de Jesús, quien conduce los acontecimientos que se van narrando y dice las palabras fundamentales. Por eso, es a la luz de las palabras centrales de Jesús (segunda escena) que hay que entender la contraluz que aparece tanto en Judas (primera escena: traición) como en Pedro (tercera escena: negación).

 (1) Judas se retira de la comunidad (12,21-30)

La salida de Judas de la sala está subrayada por una observación del evangelista: “Era de noche” (12,30). La indicación es negativa y alude al ambiente espiritual negativo en que se mueve el discípulo disidente: se pone al servicio del poder de las tinieblas.

Ya desde el lavatorio de los pies, Jesús había dicho que no todos estaban limpios (ver 12,10-11) aludiendo a quien le iba a entregar. Ahora, mientras continúa la cena, resulta que no todo es familiaridad en la sala: allí está Judas listo para la traición. Jesús, entonces, pone abiertamente el delicado tema.

Jesús, quien se ha sentido profundamente conmovido frente a la muerte de Lázaro (ver 12,33), también se siente conmovido frente a la perspectiva casi inmediata de su propia muerte: “se turbó en su interior y declaró…” (13,21; ver también 12,27). Jesús sabe todo, tiene control sobre todo lo que ocurre y aún así no rehuye ante la situación dolorosa personal: el terror de la muerte que ya se intuye en lo que Judas va a hacer.

Jesús no dice el nombre del traidor, pero éste se va descubriendo poco a poco. La iniciativa la toma Pedro, quien le pide al discípulo amado que le pregunte a Jesús quién es el traidor (13,23-24). El discípulo amado hace la pregunta en privado (12,25) y Jesús le responde enseñándole una contraseña: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar” (12,26b). Y efectivamente así lo hace (12,26b), pero curiosamente el discípulo amado no se la cuenta a Pedro, es una confidencia que el evangelista le cuenta al lector.

La contraseña dada por Jesús correspondía a la cortesía habitual del anfitrión de un banquete festivo con las personas más allegadas, se subrayaba así el vínculo que éste tenía con sus comensales. Pero Jesús le ofrece un bocado al invitado indigno. He aquí un eco del Salmo 41,10 (que había sido citado un poco antes, en Jn 13,18): “Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar”. Jesús está dramatizando el Salmo.

Entonces Satán entra en acción (13,27ª). Su derrota ya había sido anunciada (12,31: “ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”). Signo del comienzo de la victoria sobre el mal es que es Jesús –y no Satán- quien determina el momento de su entrada en acción.  La Pasión de Jesús llevará hasta sus últimas consecuencias esta confrontación.

El resto de la comunidad, excepto el discípulo amado, continúan ignorantes de lo que está pasando (13,28-29) en el momento en que Judas se pasa al lado de las fuerzas de oposición a Jesús, perdiéndose en medio de la noche (13,30).

(2) La Pasión de Jesús como revelación de la Gloria del Padre (12,31-33)

Jesús comienza una nueva enseñanza apenas sale Judas. Éste ya era un cuerpo extraño en la comunidad, las enseñanzas ya no tenían valor para él. Jesús habla ahora para quienes están dispuestos a permanecer con Él y con la comunidad. Jesús hace la revelación más grande que les puede dar sobre sí mismo y sobre la comunidad.

Notemos los contrastes: Judas salió en medio de la noche (símbolo del mal), ahora Jesús habla de “Gloria” (relacionado con luz). Judas sale como una amenaza de la vida de Jesús, Jesús por su parte se refiere ahora a la victoria de la vida (“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre”, 13,31). Judas rompe la comunión con el Maestro, Jesús habla de la comunión que tratarán de mantener con él los otros discípulos (“Vosotros me buscaréis”, 13,33) y más aún de la relación profunda que sostiene con su Padre, la cual está a punto de revelarse completamente (“Dios ha sido glorificado en él… le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”, 13,31-32). Y con qué palabras llenas de ternura ahora llama a sus discípulos: ¡Hijos míos! (13,33).

La Pasión de Jesús no es una desgracia, detrás de los oscuros acontecimientos hay una revelación: la Pasión es la revelación de la “Gloria”, esto es, de la honda relación recíproca entre el Padre y el Hijo en la cual circula la plenitud de la vida. “Gloria” es manifestación, visibilización del luminoso esplendor de esta relación que, por medio del Verbo que encarna la naturaleza humana hasta la muerte, está destinada a impregnar salvíficamente la humanidad entera.

(3) La presunción de Pedro: querer salvar al Salvador (13,36-38)

Pedro de nuevo toma la iniciativa y esta vez interpela directamente a Jesús sobre la frase: “A donde yo voy vosotros no podéis venir” (13,33). La pregunta “¿A dónde vas?” (13,36ª) implica que detrás de la muerte de Jesús hay algo más. Hasta aquí Pedro ha comprendido correctamente. Es justamente lo contrario de lo que han pensado los adversarios: se va al extranjero a evangelizar griegos (7,35), se va a suicidar (8,22).

Jesús no le responde la pregunta sino que insiste en su enseñanza inicial agregando “me seguirás más tarde” (13,36b). Jesús subraya la imposibilidad de “seguirlo ahora” (el término “seguir” aquí es importante: indica la vivencia de la Pasión en condición de discípulo). El evangelista Juan está subrayando así que para que el discípulo esté en condiciones de verdaderamente “tomar la Cruz” tendrá que ser salvado “primero” por ella. En otras palabras, sólo puede amar a la manera de Jesús (ver 13,34) quien se deje amar completamente por el Crucificado (ver 13,8: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”).

Entonces aparece la presunción de Pedro: “Yo daré mi vida por ti” (13,37). Aquí Pedro utiliza los mismos términos del “Buen Pastor” (ver la repetición de “dar la vida por” en 10,11-18), pero está confundiendo los roles. Pedro no ha comprendido el sentido de la Pasión. Quiere salvar al Salvador, olvida que el discípulo debe dejar ir a Jesús primero, que intentar seguir a Jesús por sí mismo es exponerse al fracaso en su seguimiento.

Paradójicamente, y a fin de cuentas, Pedro terminará negando a Jesús para poder salvar su propia vida (13,38).  Su presunción será derrotada cuando agotado en el límite de sus fuerzas reconozca que Él necesitaba de esa Cruz. Entonces comenzará para él un nuevo día (canto del gallo).

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida: 

1. ¿Qué me dicen personalmente las frases relacionadas con Judas: “uno de vosotros”, “aquel a quien dé el bocado”, “salió… era de noche”?

2. ¿Qué me dicen personalmente las frases relacionadas con Pedro: “seguirte ahora”, “daré mi vida por ti”, “me habrás negado tres veces antes del canto del gallo”?

3. ¿Dónde está el sentido profundo de la Pasión según los términos de Jesús? ¿Qué me ofrece? ¿Qué me pide?

 Por: P. Fidel Oñoro, cjm | Fuente: Catholic.net
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Lectio Divina: Lunes Santo

betania-marta-maria-lazaro-jesus

Lunes Santo 

La unción de Betania:

Un gesto de amor que desvela la mezquindad de los otros

Juan 12, 1-11

“Ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos”

El evangelio de hoy es una excelente puerta de entrada en el misterio pascual de Jesús, a la manera de Juan. Junto a la melodía aguda del amor, se deja sentir del contrapunto del desamor que rechaza a Jesús. Hoy los amigos le ofrecen una cena a Jesús, pero luego será Él quien la ofrezca y el don mayor será Él mismo.

Llama la atención que los textos escogidos del evangelio desde hoy hasta el jueves, hagan mención todos de la “mesa”. Ésta es signo de comunión, de vínculos profundos. Frente a ella desfilarán personajes y se desvelarán actitudes que nos ayudarán a captar la luz que arroja el misterio de la Pasión de Jesús sobre las pasiones humanas y a percibir, al mismo tiempo, toda la acogida que Dios hace del hombre en el misterio de la Cruz.

La cena en Betania se ubica “seis días antes de la Pascua” (12,1ª). De esta manera el evangelista comienza la cuenta regresiva para la muerte de Jesús. Por otra parte, la mención de Betania como el lugar “donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos” (12,1b) conecta lo que acababa de suceder –la experiencia de fe en la resurrección- y con la Pasión de Jesús que está por comenzar.

Esta escena tiene un desarrollo curioso:

– La descripción con rápidos pincelazos de la cena (12,1-3).

– De repente la atención del evangelista se concentra en un solo punto de la cena: las palabras de Judas y de Jesús acerca del insólito gesto de María de Betania (12,4-8).

– El tiempo queda suspendido (y la cena pasa a un segundo plano) para dar paso al narrador que hace anotaciones sobre las funestas consecuencias que tiene para Jesús y para Lázaro, la afluencia de judíos curiosos por ver a Lázaro (12,9-11).

Pero en realidad el relato tiene dos movimientos internos fundamentales que se desatan frente a Jesús: el amor de los amigos que lo comprenden y lo honran (12,1-4) y el desamor de los adversarios que no lo comprenden y lo ven como una amenaza (12,5-11).

(1) Un banquete de agradecimiento por la vida (12,1-3)

El banquete en honor de Jesús parece estar movido por la gratitud. En torno a la mesa se reencuentra Jesús con el amigo por el cual lloró. Los tres hermanos aparecen en el entorno de Jesús, los tres hacen actos de amor:

– Marta: quien ofrece su servicio amoroso.

– Lázaro: quien acompaña a Jesús en la mesa.

– María: quien unge los pies de Jesús.

Lázaro fue llamado en el capítulo anterior “el que Jesús amaba” (11,3) o “el amigo” de Jesús (11,11). Todavía más, cuando Jesús lloró frente a su tumba la gente se sorprendió “Mirad cómo le quería” (11,36). La dinámica del amor no es la misma con cada persona: la relación de Jesús con Lázaro se caracteriza porque es Jesús quien lo hace todo por él. Esto es importante: Jesús escoge a sus amigos sin necesidad de que tengan alguna característica particular para ello. Lázaro se deja escoger (ver 15,16).

Con María sucede al contrario, es ella quien toma la iniciativa y le rinde su homenaje a Jesús con un gesto cariñoso: lo unge con perfume de la mejor calidad (nardo puro importado) y en abundante cantidad (un litro) (12,3). Su costo es de “trescientos denarios” (12,5), que es el equivalente de trescientos jornales para quien trabaja en el campo. En la precaria economía de la época ¡era mucho dinero! El de María es un amor agradecido que se desborda completamente.

(2) Un amor incomprendido (12,4-7)

Judas Iscariote reacciona negativamente frente al gesto de María de Betania (12,4-6). El evangelista traza un perfil de Judas al tiempo que reporta sus palabras:

– La crítica parte de “uno de los discípulos” (12,4b), precisamente uno que debía comprender como ningún otro el valor del gesto.

– Se trataba precisamente del pérfido discípulo, “el que lo había de entregar” (12,4c), el que haría un gesto polarmente contrario al de la mujer.

– La motivación de su crítica es que “era un ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella” (12,6).

El reproche de Judas refleja su incapacidad de ver más allá, por ello Jesús le va a dar la correcta interpretación del hecho: “Para el día de mi sepultura” (12,7). El suyo es el primer signo de fe de una persona que ha centrado todo en la persona de Jesús y ha entrado en el misterio de su Cruz (lo mismo sucederá con otros, precisamente en la sepultura de Jesús: 19,38-42).

Además, las motivaciones de Judas son ocultas e interesadas, está pensando en sus propios intereses. Se está utilizando para provecho propio el compromiso con los pobres.

La frase “porque pobres siempre tendréis con vosotros” (12,8), eco de Deuteronomio 15,11, no es una negativa para el servicio a los pobres sino precisamente lo contrario. Puesto que esta misma cita enfatiza el “abrir la mano” en su favor, se comprende que ése será el efecto de la muerte de Jesús en el corazón redimido por él: el amor por el crucificado (expresado en la unción) se expresará luego en el amor a los hermanos. La Cruz de Jesús purifica y encamina todo amor. Judas va en contravía de esta propuesta.

(3) Matar al testigo vivo de su victoria sobre la muerte (12,9-11)

Finalmente entran escena los sumos sacerdotes, quienes también reaccionan negativamente frente a Jesús, pero por un nuevo motivo: “muchos judíos se les iban y creían en Jesús” (12,11). Previamente el evangelista nos ha informado que Betania se ha convertido en foco de afluencia de un gran número de personas atraídas por lo sucedido a Lázaro (12,9).

La decisión de “dar muerte también a Lázaro” (12,10), muestra el deseo de quitar de en medio todo lo que hable de Jesús. Lázaro, de hecho se ha convertido en un testigo vivo que atrae muchas personas hacia el “creer” en Jesús. Como tal, compartirá la persecución del Maestro y Amigo.

Judas es incapaz de abrirse al amor. Los sumos sacerdotes son incapaces de creer, aún frente a la evidencia. Ven incluso en Lázaro una amenaza puesto que “muchos judíos se les iban y creían en Jesús” (12,11). El miedo a perder los privilegios se convierte entonces en envidia y esta se vuelve rechazo, intolerancia y paranoia frente a todo lo que hable de Jesús. La cerrazón es total.

Es así como en torno a Jesús surge el conflicto entre los que aman y buscan la vida y los que solamente piensan en tramar acusaciones, trampas y muerte.

Frente a la fuerza de la amistad bellamente descrita en este pasaje, se revelan también los secretos motivos ocultos de la mezquindad, la superficialidad y la maldad humana. Este es el pecado: no querer dejarse interpelar, ni llamar, ni transformar por el lenguaje del amor de Jesús.

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón: 

1.  ¿Cuál debe ser la motivación interna del amor para actuar frente a Jesús?

2. ¿Qué caracteriza a cada uno de estos personajes: Lázaro, Marta, María, Judas, los judíos que vienen a ver a Lázaro y los sumos sacerdotes? ¿En qué me interpela cada uno de ellos?

3. ¿No es verdad que a veces el discurso sobre los pobres se convierte a veces en pretexto para promoverse a sí mismos en el mundo de la política y en otros campos también? ¿Qué evitaría que esto sucediera? ¿Jesús propone dar migajas asistencialistas o más bien la transformación de cada persona y de la sociedad entera, para ser capaces de amar poniendo al servicio de todos los que somos y tenemos? Comprendiendo que se trata de lo segundo, ¿Qué camino hay que recorrer para lograrlo?

 Por: P. Fidel Oñoro, cjm | Fuente: Catholic.Net
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Ángelus 5 de abril de 2020 – Domingo de Ramos

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

Antes de concluir esta celebración, deseo saludar a todos los que han participado a través de los medios de comunicación social. En particular, mis pensamientos van a los jóvenes de todo el mundo que viven de una manera sin precedentes, a nivel diocesano, la Jornada Mundial de la juventud. Hoy se planeó pasar la Cruz de los jóvenes de Panamá a los de Lisboa.

Este gesto tan sugerente se pospone al domingo de Cristo Rey, el 22 de noviembre. En espera de ese momento, les insto a ustedes, jóvenes, a cultivar y dar testimonio de esperanza, generosidad y solidaridad que todos necesitamos en estos tiempos difíciles.

Mañana, 6 de abril, se celebra el Día Mundial del Deporte para el Desarrollo y la Paz, proclamado por las Naciones Unidas. En este período, muchos eventos están suspendidos, pero salen a la luz los mejores frutos del deporte: la resistencia, el espíritu de equipo, la hermandad, el dar lo mejor de uno mismo… Por lo tanto, relancemos el deporte para la paz y el desarrollo.

Queridos hermanos, comencemos con fe la Semana Santa, en la que Jesús sufre, muere y resucita. Las personas y las  familias que no podrán participar en las celebraciones litúrgicas están invitadas a recogerse en oración en casa, ayudados también por los medios de comunicación tecnológicos. Unámonos espiritualmente a los enfermos, a sus familias y a los que los cuidan con tal abnegación; recemos por los enfermos, a sus familias y los que los cuidan con tanta abnegación. Recemos por los difuntos en la luz de la fe Pascual. Cada uno está presente en nuestros corazones, en nuestro recuerdo, en nuestra oración.

De María aprendemos el silencio interior, la mirada del corazón, la fe amorosa para seguir Jesús en el camino de la cruz, que conduce a la gloria de la Resurrección. Ella camina con nosotros y sostiene nuestra esperanza.

Fuente: Zenit | Vatican.va

 

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CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR 2020

Basílica de San Pedro
XXXV Jornada Mundial de la Juventud
Domingo, 5 de abril de 2020


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); y mañana, Isaías profetiza sobre Él: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo» (Is 42,1). Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.

Pero, una pregunta: ¿Cómo nos sirvió el Señor? Dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio. Santa Ángela de Foligno aseguró haber escuchado de Jesús estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final.

El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono.

La traición. Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado» (Mt 27,22). Fue traicionado por la institución religiosa que lo condenó injustamente y por la institución política que se lavó las manos. Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor.

Examinémonos interiormente. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos. El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas. ¿Y qué hizo para venir a nuestro encuentro, para servirnos? Lo que había dicho por medio del profeta: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente» (Os 14,5). Nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome… Por eso, ¡sigo adelante!”.

El abandono. En el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una frase dura. Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido. Pero le quedaba el Padre. Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?”, el porqué más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?”. En realidad, son las palabras de un salmo (cf. 22,2) que nos dicen que Jesús llevó a la oración incluso la desolación extrema, pero el hecho es que en verdad la experimentó. Comprobó el abandono más grande, que los Evangelios testimonian recogiendo sus palabras originales.

¿Y todo esto para qué? Una vez más por nosotros, para servirnos. Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo. Lo hizo por mí, por ti, por todos nosotros, lo ha hecho para decirnos: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”. He aquí hasta dónde Jesús fue capaz de servirnos: descendiendo hasta el abismo de nuestros sufrimientos más atroces, hasta la traición y el abandono. Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece. El drama que estamos atravesando en este tiempo nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor. De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado —mirad, mirad al Crucificado—, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos, mirando al Crucificado, la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer.

Mirad a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva, nos salva la vida. Quisiera decirlo de modo particular a los jóvenes, en esta Jornada que desde hace 35 años está dedicada a ellos. Queridos amigos: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentíos llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Es decir, sin condiciones, sí al amor, como hizo Jesús por nosotros.


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Fuente: La Santa Sede (Vatican.va)
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Domingo de Ramos, ciclo A – P. Raniero Cantalamessa

En agonía hasta el fin del mundo

El Domingo de Ramos es la única ocasión, aparte del Viernes Santo, en que se lee el Evangelio de la Pasión de Cristo en el curso de todo el año litúrgico. Como no es posible comentar el largo relato por completo, detengámonos en dos de sus momentos: Getsemaní y el Calvario.

De Jesús en el huerto de los olivos está escrito: «Comenzó a sentir tristeza y angustia. Les dijo: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”». ¡Un Jesús irreconocible! Él, que daba órdenes a los vientos y a los mares y le obedecían, que decía a todos que no tuvieran miedo, ahora es presa de la tristeza y la angustia. ¿Cuál es la causa? Se contiene toda en una palabra, el cáliz. «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz!». El cáliz indica toda la mole de sufrimiento que está apunto de caer sobre Él. Pero no sólo. Indica sobre todo la medida de la justicia divina que los hombres han colmado con sus pecados y transgresiones. Es «el pecado del mundo» que Él tomó sobre sí y que pesa sobre su corazón como una piedra.

El filósofo Pascal dijo: «Cristo está en agonía, en el huerto de los olivos, hasta el fin del mundo. No hay que dejarle solo en todo este tiempo». Agoniza allí donde haya un ser humano que lucha con la tristeza, el pavor, la angustia, en una situación sin salida como Él aquel día. No podemos hacer nada por el Jesús agonizante de entonces, pero podemos hacer algo por el Jesús que agoniza hoy. Oímos a diario tragedias que se consuman, a veces en nuestro propio vecindario, en la puerta de enfrente, sin que nadie se percate de nada. ¡Cuántos huertos de los olivos, cuántos Getsemaní en el corazón de nuestras ciudades! No dejemos solos a los que están dentro.

Trasladémonos ahora al Calvario. «Clamó Jesús con fuerte voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Dando un fuerte grito, expiró». Estoy a punto de decir ahora casi una blasfemia, pero me explicaré enseguida. Jesús en la cruz pasó a ser ateo, el «sin Dios». Hay dos formas de ateísmo. El ateísmo activo, o voluntario, de quien rechaza a Dios, y el ateismo pasivo, o padecido, de quien es rechazado (o se siente rechazado) por Dios. En uno y en otro existen los «sin Dios». El primero es un ateísmo de culpa, el segundo un ateísmo de pena y de expiación. A esta última categoría pertenece el «ateísmo» de la Madre Teresa de Calcuta, de quien tanto se ha hablado con ocasión de la publicación de sus escritos personales.

En la cruz Jesús expió anticipadamente todo el ateísmo que existe en el mundo. No sólo el de los ateos declarados, sino también el de los ateos prácticos, aquellos que viven «como si Dios no existiera», relegándole al último lugar en la propia vida. «Nuestro» ateísmo, porque, en este sentido, todos somos -quien más, quien menos– ateos, «indiferentes» de Dios. Dios es también hoy un «marginado», marginado de la vida de la mayoría de los hombres.

Igualmente aquí hay que decir: «Jesús está en la cruz hasta el fin del mundo». Lo está en todos los inocentes que sufren. Está clavado a la cruz en los enfermos graves. Los clavos que le tienen aún cosido a la cruz son las injusticias que se cometen con los pobres. En un campo de concentración nazi se colgó a un hombre. Alguien, señalando a la víctima, preguntó iracundo a un creyente que tenía al lado: «¿Dónde está ahora tu Dios?». «¿No lo ves? -le respondió–. Está ahí, en la horca».

En todas las «deposiciones de la cruz» sobresale la figura de José de Ariamatea. Representan a cuantos también hoy desafían el régimen o la opinión pública para acercarse a los condenados, a los excluidos, a los enfermos de Sida, y se empeñan en ayudar a alguno de ellos a descender de la cruz. Para alguno de estos «crucificados» de hoy, el «José de Arimatea» designado y esperado bien podría ser yo, o podrías ser tú.

Autor: Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del original italiano realizada por Marta Lago]
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Cuarta predicación Cuaresma 2020 –  P. Raniero Cantalamessa

 

El padre Cantalamessa explicó que la maternidad espiritual de María sobre nosotros es concebirnos y darnos a luz espiritualmente, como hizo con Jesús.

“¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” María, madre de los creyentes

  1. «Todos hemos nacido allí»

Continuamos y concluimos nuestra contemplación de María en el misterio pascual. El objeto de nuestra reflexión de hoy es la palabra que Jesús dirige desde la cruz a María y al discípulo a quien él amaba: «Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” Después dice al discípulo: “¡Ahí tienes a tu madre!” Y desde aquel momento el discípulo la acogió como algo propio» (Jn 19,26-27).

En Adviento, al terminar nuestras consideraciones sobre María en el misterio de la Encarnación, hemos contemplado a María como Madre de Dios, ahora al finalizar nuestras reflexiones sobre María en el Misterio pascual, la contemplamos como Madre de los cristianos, como Madre nuestra.

Debemos precisar en seguida que no se trata de dos títulos ni de dos verdades que haya que poner en el mismo nivel. «Madre de Dios» es un título definido solemnemente; se basa en una maternidad real, no sólo espiritual; tiene una relación estrechísima, más aún, necesaria con la verdad central de nuestra fe, que Jesús es Dios y hombre en la misma persona; y es, finalmente, un título universalmente acogido en la Iglesia. «Madre de los creyentes», o «Madre nuestra» indica una maternidad espiritual: tiene una relación menos estrecha con la verdad central del credo; no se puede decir que el cristianismo lo haya mantenido «en todas partes, siempre y por todos», sino que refleja la doctrina y la piedad de algunas Iglesias, en particular de la Iglesia católica, aunque, como veremos, no sólo en ella.

San Agustín nos ayuda a captar rápidamente la semejanza y la diferencia entre las dos maternidades de María. Escribe: «María, corporalmente, es solo madre de Cristo, mientras que espiritualmente, en cuanto que hace la voluntad de Dios, es su hermana y madre. Ella no fue madre en el espíritu de la Cabeza que es el mismo Salvador, del cual más bien nació espiritualmente, pero ciertamente lo es de los miembros que somos nosotros, porque cooperó, con su caridad, al nacimiento de los fieles en la Iglesia, que son miembros de esa Cabeza»[1].

En esta meditación, nuestro objetivo quisiera ser el de ver toda la riqueza que hay detrás de este título y el don de Cristo que contiene, de modo que nos sirva, no solo para honrar a María con un título más, sino para edificarnos en la fe y crecer en la imitación de Cristo.

También la maternidad espiritual de María respecto de nosotros, análogamente a la física respecto de Jesús, se realiza a través de dos momentos y dos actos: concebir y dar a luz. María pasó a través de estos dos momentos: nos concibió y dio a luz espiritualmente. Concibió, es decir, acogió en sí misma, cuando —quizá en el momento mismo de su llamada, en la Anunciación, y ciertamente después, a medida que Jesús avanzaba en su misión— empezó a descubrir que ese hijo suyo no era un hijo como los demás, una persona privada, sino que era el Mesías esperado, en torno al cual se estaba formando una comunidad.

Este fue, pues, el tiempo de la concepción, del «sí» del corazón. Ahora, al pie de la cruz, es el momento del sufrimiento del parto. Jesús, en este momento, se dirige a la madre, llamándola «Mujer». Aun sin poderlo afirmar con certeza, conociendo la costumbre del evangelista Juan de hablar, además de directamente, también por alusiones, símbolos y referencias, esta palabra hace pensar en lo que Jesús había dicho: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le llega su hora» (Jn 16,21) y a lo que se lee en el Apocalipsis de la «Mujer encinta que gritaba de dolor en el trance del parto» (cf. Ap 12,1s.).

Aunque esta Mujer es, en primer lugar, la Iglesia, la comunidad de la nueva alianza que da a luz al hombre nuevo y al mundo nuevo, María está involucrada igualmente en primera persona, como el inicio y la representante de aquella comunidad creyente. Ese acercamiento entre María y la figura de la Mujer ha sido acogido pronto por la Iglesia. San Ireneo (discípulo de san Policarpo, ¡a su vez discípulo de Juan!), ve en María a la nueva Eva, la nueva «madre de todos los vivientes»[2].

Pero dirijámonos ahora al texto de Juan, para ver si contiene ya algo de lo que estamos diciendo. Las palabras de Jesús a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» y a Juan: «Ahí tienes a tu madre» tienen ciertamente un significado inmediato y concreto. Jesús confía María a Juan y Juan a María.

Sin embargo, esto no agota el significado de la escena. La exégesis moderna, habiendo hecho progresos enormes en el conocimiento del lenguaje y de los modos expresivos del Cuarto Evangelio, está cada vez más convencida de ello que en el tiempo de los Padres. Si se lee el pasaje de Juan únicamente en una clave minúscula, casi de últimas disposiciones testamentarias, resulta —se ha dicho— «un pez fuera del agua» y por lo tanto, una disonancia en el contexto en el cual se encuentra. Para Juan, el momento de la muerte es el momento de la glorificación de Jesús, del cumplimiento definitivo de las Escrituras y de todas las cosas. Cada versículo y cada palabra en ese contexto tienen también un significado simbólico y aluden al cumplimiento de las Escrituras.

Dado este contexto, es más un forzamiento hecho al texto el no ver allí más que un significado privado y personal, que el ver, con la exégesis tradicional, también un significado más universal y eclesial, vinculado, de alguna manera, a la figura de la «mujer» del Génesis 3,15 y del Apocalipsis 12. Este significado eclesial es que el discípulo no representa aquí solo a Juan, sino al discípulo de Jesús en cuanto tal, es decir a todos los discípulos. Ellos son dados a María como hijos suyos por parte de Jesús moribundo, del mismo modo que María es dada a ellos como madre suya.

Las palabras de Jesús, a veces, describen algo que ya está presente, es decir, revelan lo que existe; en cambio, a veces, crean y hacen existir lo que expresan. A este segundo orden pertenecen las palabras de Jesús moribundo a María y a Juan. Como al decir: «Esto es mi cuerpo»…, Jesús hacía del pan su cuerpo, así, teniendo en cuenta las debidas proporciones al decir: «Ahí tienes a tu madre», y «Ahí tienes a tu hijo», Jesús constituye a María como madre de Juan, y a Juan hijo de María. Jesús no se limitó a proclamar la nueva maternidad de María, sino que la instituyó. Por lo tanto, dicha maternidad no viene de María, sino de la Palabra de Dios; no se basa en el mérito, sino en la gracia.

Al pie de la cruz, María se nos muestra como la hija de Sión que, después del luto y de la pérdida de sus hijos, recibe de Dios una nueva descendencia, más numerosa que antes, no según la carne, sino según el Espíritu. Un salmo, que la liturgia aplica a María, dice: «Contaré a Egipto y a Babilonia entre los que me reconocen; también filisteos, tirios y etíopes han nacido allí. Y de Sión se dirá: “Esta ha nacido allí» (Sal 87,2s). Es verdad: ¡todos hemos nacido allí! Se dirá también de María, la nueva Sión: tanto uno como otro han nacido en ella. De mí, de ti, de cada uno, incluso de quienes no lo saben todavía, en el libro de Dios, está escrito: «Este ha nacido allí».

Pero, ¿no hemos «vuelto a nacer por la Palabra de Dios viva y eterna» (cf. 1 Pe 1,23)?; ¿no fuimos «engendrados por Dios» (Jn 1,13)? ¿Renacidos «del agua y del Espíritu» (Jn 3,5)? Es verdad, pero eso no quita que, en un sentido diferente, subordinado e instrumental, hemos nacido también de la fe y del sufrimiento de María. Si Pablo, que es un siervo y un apóstol de Cristo, puede decir a sus fieles: «Yo os engendré para Cristo cuando os anuncié la Buena Noticia» (1 Cor 4,15), ¡cuánto más puede decirlo María, que es la madre! ¿Quién, más que ella, puede hacer suyas las palabras del Apóstol: «Hijitos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto» (Gál 4,19)? Ella nos da a luz «de nuevo» al pie de la cruz, porque ya lo ha hecho una primera vez, no en el dolor, sino en la alegría, cuando dio al mundo justamente aquella «Palabra viva y eterna», que es Cristo, en la cual fuimos regenerados.

Por tanto, como habíamos aplicado a María al pie de la cruz el canto de lamentación de la Sión destruida, que bebió el cáliz de la ira divina, así ahora, llenos de confianza en las potencialidades y riquezas inagotables de la Palabra de Dios, que van más allá de los esquemas exegéticos, nosotros aplicamos a ella también el canto de la Sión reedificada después del exilio que, llena de estupor, mirando a sus nuevos hijos, exclama: «¿Quién me engendró a éstos? Yo que carecía de hijos y estéril, ¿quién los ha criado?» (Is 49,21).

2. La síntesis mariana del Concilio Vaticano II

La doctrina tradicional católica de María, Madre de los cristianos, recibió una nueva formulación en la constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, donde se inserta en el cuadro más amplio, respecto del lugar de María en la historia de la salvación y en el misterio de Cristo.

«La Santísima Virgen —se lee— predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, por disposición de la divina Providencia, fue en la tierra la Madre excelsa del divino Redentor, compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia»[3].

El Concilio mismo se preocupa de precisar el sentido de esta maternidad de María, diciendo: «La misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta»[4].

Junto al título de Madre de Dios y de los creyentes, la otra categoría fundamental que el Concilio usa para ilustrar el papel de María, es la de modelo o figura: «La Virgen Santísima —se lee—, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó san Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo»[5].

La novedad más grande de este tratado sobre la Virgen consiste, como se sabe, exactamente en el lugar en el cual ella se inserta, es decir, en el tratado sobre la Iglesia. Con esto, el Concilio —no sin sufrimientos y laceraciones, como es inevitable en estos casos— llevaba adelante una profunda renovación de la mariología, respecto a la de los últimos siglos. El discurso sobre María ya no está separado, como si ella ocupase una posición intermedia entre Cristo y la Iglesia, sino reconducido al ámbito de la Iglesia como estaba en la época de los Padres.

María es vista, como decía san Agustín, como el miembro más excelente de la Iglesia, pero un miembro de ella, no externo o superior a ella: «Santa es María, dichosa es María, pero más importante es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una parte de la Iglesia, un miembro santo, excelente, superior a todos los demás, pero, sin embargo, un miembro de todo el cuerpo. Si es un miembro de todo el cuerpo, sin duda, más importante que un miembro, es el cuerpo»[6].

En seguida después del Concilio, Pablo VI desarrolló ulteriormente la idea de la maternidad de María hacia los creyentes, atribuyéndole, explícita y solemnemente, el título de Madre de la Iglesia: “Para gloria de la Virgen y para nuestro consuelo, proclamamos a María Santísima «Madre de la Iglesia», es decir, de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosísima; y queremos que con dicho dulcísimo título, de ahora en adelante, la Virgen sea todavía más honrada e invocada por todo el pueblo cristiano”[7].

3. «Y desde aquel momento el discípulo la acogió como algo propio»

Sin embargo, ha llegado el momento de pasar de la contemplación de un título o momento de la vida de María a su imitación práctica; es decir, de considerar a María en su aspecto de figura y espejo de la Iglesia. La aplicación es simple: debemos imitar a Juan, tomando a María con nosotros en nuestra vida espiritual. Todo está aquí.

«Y el discípulo la acogió como algo propio» (eis tá ídia). Se piensa bastante poco en lo que contiene esta breve frase. Detrás de la misma hay una noticia de importancia enorme e históricamente segura, porque la da la misma persona interesada. María pasó, por lo tanto, los últimos años de la vida con Juan. Lo que se lee en el Cuarto Evangelio, a propósito de María en Caná de Galilea y al pie de la cruz, fue escrito por uno que vivía bajo el mismo techo con María, porque es imposible no admitir una relación cercana, si no la identidad, entre «el discípulo que Jesús amaba» y el autor del Cuarto Evangelio. La frase: «Y el Verbo se hizo carne», fue escrita por uno que vivía bajo el mismo techo con aquella en cuyo seno se había realizado este milagro, o al menos por uno que la había conocido y frecuentado.

¿Quién puede decir qué significó, para el discípulo que Jesús amaba, tener consigo, en su casa, día y noche, a María? ¿Orar con ella, compartir con ella las comidas, tenerla delante como oyente cuando hablaba a sus fieles, celebrar con ella el misterio del Señor? ¿Se puede pensar que María vivió en el círculo del discípulo que Jesús amaba, sin que haya tenido ninguna influencia en la lenta actividad de reflexión y de profundización que llevó a la redacción del Cuarto Evangelio? En la antigüedad, parece que Orígenes intuyó al menos el secreto que está bajo este hecho y al cual los estudiosos y críticos del Cuarto Evangelio y los investigadores de sus fuentes no prestan, por lo general, atención alguna. Él escribe: «Primicia de los Evangelios es el de Juan, cuyo sentido profundo no puede captar quien no haya apoyado la cabeza sobre el pecho de Jesús ni haya recibido de él a María, como su propia madre»[8].

Ahora nos preguntamos: ¿qué puede significar concretamente para nosotros acoger a María en nuestra casa? Creo que esto se inserta en el núcleo sobrio y sano de la espiritualidad montfortiana de la entrega a María. Esto consiste en «hacer todas las acciones propias por medio de María, con María, en María y por María, para poder cumplirlas de modo más perfecto por medio de Jesús, con Jesús, en Jesús y por Jesús».

 «Debemos abandonarnos al espíritu de María para ser movidos y guiados según su querer. Debemos ponernos y quedarnos en sus manos virginales como un instrumento entre las manos de un operario, como un laúd en las manos de un hábil organista. Debemos perdernos y abandonarnos en ella como una piedra que se tira al mar. Es posible hacer todo esto simplemente y en un instante, con una sola mirada interior o un delicado movimiento de la voluntad, o incluso con alguna palabra breve»[9].

Pero, ¿no se usurpa de este modo el lugar del Espíritu Santo en la vida cristiana, desde el momento en que es por el Espíritu Santo por quien nos debemos «dejar conducir» (cf. Gál 5,18), al que debemos dejar obrar y orar en nosotros (cf. Rom 8,26), para parecernos a Cristo? ¿No está escrito que el cristiano debe hacer todo «en el Espíritu Santo»? Este inconveniente —de atribuir al menos de hecho, tácitamente, a María las funciones propias del Espíritu Santo en la vida cristiana— ha sido reconocido como presente en ciertas formas de devoción mariana anteriores al Concilio[10].

Esto se debía a la falta de una conciencia clara y activa del lugar del Espíritu Santo en la Iglesia. El desarrollo de un fuerte sentido de la pneumatología no lleva, desde ningún punto de vista, a la necesidad de rechazar esta espiritualidad de la entrega en María, sino que sólo clarifica su naturaleza. María es precisamente uno de los medios privilegiados a través del cual el Espíritu Santo puede guiar a las almas y conducirlas a la semejanza con Cristo, justamente porque María forma parte de la Palabra de Dios y es ella misma una palabra de Dios en acción. En este punto Grignion de Montfort anticipa los tiempos cuando escribe: “El Espíritu Santo, que es estéril en Dios, es decir, no da origen a otra persona divina–, se hizo fecundo por María, su Esposa. Con Ella, en Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, y produce todos los días, hasta el fin del mundo, a los predestinados y miembros de esta Cabeza adorable. Por ello, cuanto más encuentra el Espíritu Santo en un alma a María, su querida e indisoluble Esposa, tanto más poderoso y dinámico se muestra el Espíritu Santo para producir a Jesucristo en esa alma y a ésta en Jesucristo”[11].

La frase «ad Jesum per Mariam», a Jesús por María, sólo es aceptable si se entiende en el sentido de que el Espíritu Santo nos guía a Jesús sirviéndose de María. La mediación creada de María, entre nosotros y Jesús, encuentra toda su validez, si se entiende como una manera de mediación increada que es el Espíritu Santo.

Para entender, recurramos a una analogía desde abajo. Pablo exhorta a sus fieles a mirar lo que hace él y a que ellos hagan también lo que ven que él hace: «Lo que aprendisteis y recibisteis, escuchasteis y visteis en mí ponedlo en práctica» (Flp 4,9). Ahora bien, es cierto que Pablo no intenta ponerse en el lugar del Espíritu Santo; simplemente piensa que imitarlo significa secundar al Espíritu, desde el momento en que piensa que también él tiene al Espíritu de Dios (cf. 1 Cor 7,40). Esto vale a fortiori para María y explica el sentido del programa de Grignion de Montfort de «hacer todo con María y como María». Ella puede decir de verdad como Pablo y más que Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1). De hecho, ella es nuestro modelo y maestra precisamente porque es perfecta discípula e imitadora de Cristo.

En un sentido espiritual, esto significa tomar a María consigo: tomarla como compañera y consejera, sabiendo que ella conoce, mejor que nosotros, cuáles son los deseos de Dios respecto de nosotros. Si se aprende a consultar y a escuchar en cada cosa a María, ella se convierte verdaderamente, para nosotros, en la maestra incomparable en los caminos de Dios, que enseña interiormente, sin un clamor de palabras. No se trata de una posibilidad abstracta, sino de una realidad de hecho, experimentada, tanto hoy como en el pasado, por innumerables almas.

«La valentía que has manifestado…»

Antes de concluir nuestra contemplación de María en el misterio pascual, junto a la cruz, querría que le dedicáramos también un pensamiento como modelo de esperanza. Llega un momento en la vida, en el cual nos es necesaria una fe y una esperanza como la de María. Esto pasa cuando parece que Dios ya no escucha nuestras oraciones, cuando se diría que se contradice a sí mismo y a sus promesas, cuando nos hace pasar de derrota en derrota y las fuerzas de las tinieblas parecen triunfar sobre todos los frentes alrededor de nosotros y se produce oscuridad dentro de nosotros, como se produjo oscuridad aquel día sobre el Calvario (cf. Mt 27,45). Cuando, como dice un salmo, él parece «haber olvidado su bondad y cerrado con ira sus entrañas» (cf. Sal 77,10). Cuando te llega esta hora, recuerda la fe de María y grita también tú, como lo hicieron otros: «¡Padre mío, ya no te entiendo, pero confío en ti!»

Quizás Dios nos está pidiendo justamente ahora que le sacrifiquemos, como Abraham, a nuestro «Isaac», es decir la persona, cosa, proyecto, fundación, o tarea, que nos es querida, que Dios mismo un día nos confió, y por el cual hemos trabajado toda la vida. Esta es la ocasión que Dios nos ofrece para mostrarle que él nos es más querido que todo lo demás, incluso que sus dones, incluso que el trabajo que hacemos por él.

Dios dijo a Abraham: «Te he constituido padre de multitud de pueblos» (Gén 17,5), y después del sacrificio de Isaac: «Por haber obrado así, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré tu descendencia… Por tu descendencia se bendecirán todas la naciones de la tierra por haber obedecido mi voz» (Gén 22,16-18). Lo mismo, y mucho más, dice ahora a María: ¡Te haré Madre de muchos pueblos, madre de mi Iglesia! En tu nombre serán benditas todas las estirpes de la tierra. ¡Todas las generaciones te llamarán bienaventurada!

Uno de los padres de la Reforma, Calvino, al comentar Génesis 12,3, dice que «Abraham no solo será ejemplo e intercesor, sino una causa de bendición»[12]. Esto podría hacer comprensible y aceptable a todos los cristianos la afirmación de san Ireneo: «Igual que Eva, al desobedecer, se convirtió en causa de la muerte para ella y para todo el género humano, así María, al obedecer, se convirtió en causa de salvación (causa salutis) para sí misma y para todo el género humano»[13]. Como Abraham, María no es solo un ejemplo, sino también causa de salvación, aunque, se entiende, de naturaleza instrumental, fruto de la gracia, no del mérito.

Está escrito que cuando Judit volvió entre los suyos, después de haber puesto en riesgo la propia vida por su pueblo, los habitantes de la ciudad corrieron a su encuentro y el sumo sacerdote la bendijo diciendo: «Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra… Jamás se olvidará en el corazón de los hombres la valentía que has manifestado» (Jdt 13,18s). Dirigimos las mismas palabras a María: ¡Bendita tú entre las mujeres! ¡La valentía que has manifestado jamás será olvidada en el corazón de los hombres y en el recuerdo de la Iglesia!

Resumimos ahora toda la participación de María en el Misterio Pascual, aplicando a ella, con las debidas diferencias, las palabras con las cuales san Pablo resumió el Misterio pascual de Cristo:

María, aun siendo la Madre de Dios

no consideró como un tesoro celoso su relación única con Dios,

sino que se despojó a sí misma de toda pretensión,

asumiendo el nombre de sierva

y apareciendo en su exterior como cualquier otra mujer.

Vivió en la humildad y en el escondimiento

obedeciendo a Dios, hasta la muerte de su Hijo,

y una muerte de cruz.

Por esto Dios la exaltó y le dio el nombre

que, después del de Jesús,

está por encima todo otro nombre,

para que al nombre de María toda cabeza se incline:

en el cielo, en la tierra y en los abismos,

y toda lengua proclame

que María es la Madre del Señor,

para gloria de Dios Padre. ¡Amén!

Autor:  P. Raniero Cantalamessa, OFMCap
Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

 

[1] San Agustín, La santa virginidad, 5-6: PL 40,399.
[2] San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22,4.
[3] Lumen gentium, 61.
[4] Lumen gentium, 60.
[5] Lumen gentium, 63.
[6] San Agustín, Discurso 72 A (=Denis 25), 7: Miscelanea Agostiniana I, 163.
[7] San Pablo VI, Discurso de clausura del tercer período del Concilio: AAS 56 (1964) 1016.
[8] Orígenes, Comentario al Evangelio de Juan I, 6, 23: SCh 120, 70-72.
[9] San Luis Mª Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nn. 257.259.
[10] Cf. H. Mühlen, Una persona mystica (Paderborn 1967) [trad. ital. (Ciudad Nueva, Roma 1968) 575ss.; trad. esp. El Espíritu Santo en la Iglesia (Secretariado Trinitario, Salamanca 1998)].
[11] Tratado, n. 20.
[12] Calvino, Le livre de la Génèse, I (Ginebra 1961) 195; cf. G. von Rad, Genesi (Paideia, Brescia 1978) 204 [trad. esp. El libro del Génesis (Sígueme, Salamanca 42008)].
[13] San Ireneo, Adversus Haereses, III, 22,4: SCh 211, 441

Fuente: Religión en libertad
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