Ángelus 18 de febrero de 2018

“Solo Dios puede darnos la verdadera felicidad”

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

En este primer  domingo de Cuaresma, el Evangelio recuerda los temas de la tentación, la conversión y la Buena nueva, tres temas.

El evangelista Marcos escribe, “el Espíritu empujó a Jesús al desierto y permaneció en el desierto durante 40 días, tentado por Satanás” (Mc 1,12-13). Jesús va al desierto a prepararse para su misión en el mundo. Él no necesita conversión, pero, como hombre, debe pasar por esta prueba, tanto para él mismo, obedecer la voluntad del Padre, como para nosotros, para darnos la gracia de vencer la tentación.

Esta preparación consiste en luchar contra el Espíritu del mal, contra el diablo. También para nosotros, la Cuaresma es un tiempo de “agonía” espiritual, estamos llamados a enfrentar al mal a través de la oración para poder ser capaces con la ayuda de Dios vencerla en nuestra vida cotidiana. Desafortunadamente el mal obra en nuestra existencia y en nuestro entorno, donde se manifiesta la violencia, el rechazo del otro, el encierro de uno mismo, las guerras, las injusticias.

Inmediatamente después de las tentaciones en el desierto, Jesús comienza a predicar el Evangelio, es decir, la Buena Nueva,– segunda palabra-. La primera era “tentación” la segunda “Buena nueva”. Y esta Buena nueva exige del hombre conversión-tercera palabray fe. Él anuncia, “el tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca”; luego él dirige esta exhortación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (v. 15). Es decir, creed esta Buena nueva Creer en esta Buena Nueva que el reino de Dios está cerca.

Nosotros también tenemos necesidad de conversión en nuestra vida diaria-¡todos los días!-,y la Iglesia nos hace orar por esto De hecho, nunca estamos suficientemente orientados hacia Dios y debemos dirigir constantemente nuestra mente y nuestro corazón hacia Él.

Para ello, debemos tener el coraje de rechazar todo lo que nos aleja del camino: los falsos valores que nos engañan y atrae nuestro egoísmo de manera solapada.

Al contrario, debemos tener confianza en el Señor, en su bondad, y en su proyecto de amor para cada uno de nosotros.

La Cuaresma es un tiempo de penitencia, sí, pero no es un tiempo ¡triste!. Es un tiempo de penitencia, pero no un tiempo triste, de duelo. Es un compromiso gozoso y serio para despojarnos de nuestro egoísmo, de nuestro hombre viejo, y para renovarnos según la gracia de nuestro bautismo.

Solo Dios nos puede dar la verdadera felicidad: es inútil perder nuestro tiempo en buscarla fuera: en las riquezas, en los placeres, en el poder, en la carrera…El Reino de Dios, es la realización de todas nuestras aspiraciones, porque es, al mismo tiempo, salvación del hombre y gloria de Dios.

En este primer domingo de Cuaresma, estamos llamados a escuchar con atención y a acoger esta llamada de Jesús a convertirnos y a creer en el Evangelio. Se nos exhorta a comenzar con compromiso el camino hacia la Pascua, para acoger cada vez más la gracia de Dios que quiere transformar el mundo en un Reino de justicia, de paz, y de fraternidad.

Que la Virgen María nos ayude a vivir esta Cuaresma en la fidelidad a la Palabra de Dios, y con oración continua, como lo hizo Jesús en el desierto.

¡No es imposible! Se trata de vivir los días con el deseo de recibir el amor que proviene de Dios y que quiere transformar nuestra vida y el mundo entero.

Después del Angelus

Queridos hermanos y hermanas:

Dentro de un mes, del 19 al 24 de marzo, cerca de 300 jóvenes de todo el mundo vendrán a Roma para una reunión preparatoria del Sínodo de octubre. Sin embargo, deseo encarecidamente que todos los jóvenes puedan ser protagonistas de esta preparación. Por lo tanto, podrán intervenir en línea a través de grupos lingüísticos moderados por otros jóvenes. La contribución de los “grupos de redes” se agregará a la de la reunión de Roma. Queridos jóvenes, pueden encontrar información en el sitio web de la Secretaría del Sínodo de los Obispos. ¡Gracias por tu contribución para caminar juntos!

Los saludo a ustedes, a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones y a todos los peregrinos que vinieron de Italia y de diferentes países. Saludo a los fieles de Murcia, Vannes, Varsovia y Wroclaw; así como los de Erba, Vignole, Fontaneto d’Agogna, Silvi y Troina. Saludo a los muchachos del decanato de Baggio (Milán) y los de Melito Porto Salvo.

Al comienzo de la Cuaresma, que – como dije – es un camino de conversión y de la lucha contra el mal, quiero dirigir un saludo especial a las personas detenidas: queridos hermanos y hermanas que están en prisión, animo a cada uno de ustedes a vivir el período de Cuaresma como una oportunidad para la reconciliación y la renovación de la propia vida bajo la mirada misericordiosa del Señor. Él nunca se cansa de perdonar.

Les pido a todos que se acuerden en oración de mí y de los colaboradores de la Curia Romana, que esta noche comenzaremos la semana de Ejercicios Espirituales.

Les deseo feliz domingo. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Zenit | Vatican.va
© Traducción ZENIT, Raquel Anillo

 

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I Domingo de Cuaresma, Ciclo B – P. Raniero Cantalamessa

primerdomingodecuaresma

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían. Después de que Juan, fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». (Marcos 1, 12-15)

Con Jesús en el desierto

Concentrémonos en la frase inicial del Evangelio: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto». Contiene un llamamiento importante en el inicio de la Cuaresma. Jesús acababa de recibir, en el Jordán, la investidura mesiánica para llevar la buena nueva a los pobres, sanar los corazones afligidos, predicar el reino. Pero no se apresura a hacer ninguna de estas cosas. Al contrario, obedeciendo a un impulso del Espíritu Santo, se retira al desierto donde permanece cuarenta días, ayunando, orando, meditando, luchando. Todo esto en profunda soledad y silencio.

Ha habido en la historia legiones de hombres y mujeres que han elegido imitar a este Jesús que se retira al desierto. En Oriente, empezando por san Antonio Abad, se retiraban a los desiertos de Egipto o de Palestina; en Occidente, donde no había desierto de arena, se retiraban a lugares solitarios, montes y valles remotos.

Pero la invitación a seguir a Jesús en el desierto se dirige a todos. Los monjes y los ermitaños eligieron un espacio de desierto; nosotros debemos elegir al menos un tiempo de desierto. Pasar un tiempo de desierto significa hacer un poco de vacío y de silencio en torno a nosotros, reencontrar el camino de nuestro corazón, sustraerse al alboroto y a los apremios exteriores para entrar en contacto con las fuentes más profundas de nuestro ser.

Bien vivida, la Cuaresma es una especie de cura de desintoxicación del alma. De hecho no existe sólo la contaminación de óxido de carbono; existe también la contaminación acústica y luminosa. Todos estamos un poco ebrios de jaleo y de exterioridad. El hombre envía sus sondas hasta la periferia del sistema solar, pero ignora, la mayoría de las veces, lo que existe en su propio corazón. Evadirse, distraerse, divertirse: son palabras que indican salir de sí mismo, sustraerse a la realidad. Hay espectáculos «de evasión» (la TV los propina en avalancha), literatura «de evasión». Son llamados, significativamente, fiction, ficción. Preferimos vivir en la ficción que en la realidad. Hoy se habla mucho de «alienígenas», pero alienígenas, o alienados, lo estamos ya por nuestra cuenta en nuestro propio planeta, sin necesidad de que vengan otros de fuera.

Los jóvenes son los más expuestos a esta embriaguez de estruendo. «Que se aumente el trabajo de estos hombres –decía de los hebreos el faraón a sus ministros– para que estén ocupados en él, de forma que no presten oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito pero no menos perentorio: «Que se aumente el alboroto sobre estos jóvenes, que les aturda, para que no piensen, no decidan por su cuenta, sino que sigan la moda, compren lo que queremos nosotros, consuman los productos que decimos nosotros».

¿Qué hacer? Al no podernos ir a desierto hay que hacer un poco de desierto dentro de nosotros. San Francisco de Asís nos da, al respecto, una sugerencia práctica. «Tenemos –decía– una ermita siempre con nosotros; allí donde vayamos y cada vez que lo queramos podemos encerrarnos en ella como ermitaños. ¡El eremitorio es nuestro cuerpo y el alma es la ermita que habita dentro!». En este eremitorio «portátil» podemos entrar, sin saltar a la vista de nadie, hasta mientras viajamos en un autobús concurridísimo. Todo consiste en saber «volver a entrar en uno mismo» cada tanto.

¡Que el Espíritu que «empujó a Jesús al desierto» nos lleve también a nosotros, nos asista en la lucha contra el mal y nos prepare a celebrar la Pascua renovados en el espíritu!

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

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Carta del 14 de febrero de 2018 – Card. Carlos Osoro

Hemos iniciado la Cuaresma, un tiempo que siempre se presenta ante nosotros como un periodo para enfrentarnos a la volatilidad, fragmentación y polarización con unas armas que Jesucristo Nuestro Señor nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. Con ellas, Jesucristo quiere entrar en nuestras vidas no a la fuerza, sino mirándonos a nosotros mismos, a nuestro interior, pero sin dejar de mirar a los demás; de lo que se trata es de que cada día descubramos más lo que Jesús nos dice que es esencial: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos».

¡Qué gran pedagogo es Dios! ¡Cómo sabe conducir nuestra vida para que encontremos la verdadera belleza de la misma! Desde el mismo inicio de la creación se acerca al ser humano para tomarnos de la mano siempre y hacernos caer en la cuenta de aquello que nos conduce al encuentro con Él, que es lo único que nos capacita para encontrarnos con nosotros y con todos los hombres como hermanos. El Señor quiere que su Iglesia tenga esta misma pedagogía. Recordemos que en los primeros siglos, los que llegaban a conocer a Jesucristo iniciaban un camino en el que se les iba acercando al Señor para progresar cada día más en la fe y en la conversión y así preparaban el sacramento del Bautismo. Gracias, Señor, por darnos este tiempo de Cuaresma para profundizar o volver a ese camino de renovación en el que nos encontramos contigo con más fuerza y se reactivan en nuestra vida pasos seguros hacia ese dejarnos envolver por el amor mismo de Dios.

¡Qué gracia más grande para vivir estos 40 días en los que podemos volver a descubrir, vivir y desarrollar lo más original del ser cristiano, del discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia! Hagamos este camino cuaresmal con la convicción absoluta de que nuestra conversión mejora el mundo. Y lo hace mejor porque asumimos el compromiso de volver a seguir las huellas del Señor, a dejarnos preguntar por Él: «¿Qué quieres que haga por ti?», y vivir y relacionarnos con los hombres con el amor mismo de Dios. Dejemos que sea el Señor el que entre en nuestra vida. Es verdad que esto es difícil; por eso, en este tiempo de Cuaresma os animo a hacer tres cambios de moneda:

1. Cambiad la moneda de la volatilidad por la de la oración, por un diálogo abierto y sincero con Dios. La moneda que parece que está en circulación –y digo con intención parece–, esa con la que pareciera querer vivir nuestra cultura, es la de la volatilidad; nada hay estable y fijo, es decir, podemos hablar del relativismo. ¿Qué significa esto en la vida de los hombres? Que hay unas líneas de fondo que, para eliminar a Dios y dejar sin fundamento al ser humano, tienden a hacerse presentes en nuestro mundo. Hemos oído hablar de ellas, pero quizá no caemos en la cuenta de lo que afectan en lo más profundo de la vida al ser humano.

Me detengo en ellas un momento: A) Una cara de la moneda es la secularización, que es el intento de hacer desaparecer a Dios de la conciencia personal y pública; oscureciendo en el caso de nuestro entorno –pero esto afecta a todas las religiones– el carácter único de la persona de Cristo de múltiples modos, de tal manera que los grandes valores, fraguados en la tradición de la Iglesia, pierden cada vez más su eficacia en los proyectos de vida y en la forma de vivir de los hombres. Todo es cambiable, nada es seguro, todo es virtual. B) La otra cara de la moneda es el agnosticismo, con el intento de reducir la inteligencia humana a simple razón calculadora y funcional. Se quiere ahogar el sentimiento religioso que está inscrito en lo más profundo e íntimo de la naturaleza humana.

Ambas caras de la moneda destruyen los vínculos y los afectos más dignos del hombre, convirtiéndonos en personas frágiles, precarias, dependientes e inestables, con unas relaciones virtuales que no llegan a descubrir lo que significa y supone el misterio de la encarnación como es la llegada de Dios haciéndose hombre y encontrándose con él, haciéndonos descubrir las medidas reales y el misterio de la existencia y de las relaciones entre nosotros. De alguna manera están unidas y se impulsan mutuamente en una dirección contraria al anuncio del cristianismo e influyen en el ser humano, sobre todo en quienes están madurando sus orientaciones y sus opciones.

¿Qué otra moneda se nos ofrece en este tiempo de Cuaresma? La oración, el diálogo con Dios que nos encamina al diálogo con todos los hombres. Y no a un diálogo virtual, sino de tú a tú, como Dios mismo lo hace con los hombres. La oración, frente a la moneda del relativismo, nos ofrece los más sublimes objetivos de la vida y nos guía a la sublime satisfacción de buscar la libertad en relación con la verdad. Descubramos con más fuerza la oración que salió de labios de Jesús: el padrenuestro. Dios se nos manifiesta como un padre que nos quiere y quiere a todos los hombres, que desea que salgamos de la autorreferencialidad para vivir saliendo de nosotros mismos y encontrándonos con Dios en Jesucristo que nos ha mostrado el verdadero rostro de Dios y del hombre. Frente a la moneda de la volatilidad, la de la oración; estableciendo un diálogo con Dios, que se hizo hombre y nos hace ver con el corazón y la razón que es este Dios el que espera y necesita el corazón humano. Cuaresma es tiempo para aumentar en nuestra vida esta moneda y descubrir todos los intereses que nos ofrece: ayuda a mejorar nuestra existencia, a mejorar la vida social y a no perder la conciencia de la verdad.

2. Cambiad la moneda de la fragmentación por la del ayuno. En medio de tantos conflictos que asolan la historia de la humanidad, en medio de tantas divisiones que nos enfrentan, en medio de fragmentaciones, rupturas y falsas solidaridades, con tantas personas asoladas por la guerra, con hambre o buscando otros lugares donde vivir, ¿cómo olvidar aquellas palabras del beato Pablo VI en el Concilio Vaticano II? «Cristo nuestro principio; Cristo, nuestro camino y nuestro guía; Cristo nuestra esperanza y nuestro término. […] Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, nuestro único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime sino es el deseo de serle absolutamente fieles» (29-IX-1963).

Y ¿por qué la moneda del ayuno? Porque esta moneda ayuda a la misión que se nos ha dado. Jesús orando y ayunando se preparó a su misión. El ayuno es el alma de la oración y la misericordia es la vida del ayuno, de ahí que podemos decir así: quien ora que ayune; quien ayuna que se compadezca; que preste oído a quien le está suplicando y desea se le oiga. Qué bien viene escuchar a Jesús aquellas palabras, tanto en el encuentro con el ciego de nacimiento como con el leproso: «¿Qué quieres que haga por ti?»; «Si quieres, puedes limpiarme», «Quiero, queda limpio». El ayuno es necesario para vivir la caridad y la misericordia, y nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano que se inclina y ayuda al hermano que sufre. Los padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de hacernos morir al viejo Adán y de abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. San Juan Pablo II decía del ayuno que, bien mirado, tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros a hacer don total de uno mismo a Dios (Veritatis splendor, 21). En Cuaresma el ayuno nos dispone a entrar en una manera de vivir que supone una opción: intensifiquemos todo lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo.

3. Cambiad la moneda de la polarización por la de la limosna. ¡Qué hondura tiene pensar que la sociedad perdura si se plantea como una vocación a satisfacer las necesidades humanas en común! En definitiva, ser un ciudadano es ser y sentirse citado, convocado a un bien, a un fin con sentido. Y también es obligado acudir a la cita que se nos hace. Pero hemos de preguntarnos: ¿somos convocados o polarizados según conveniencias?, ¿somos convocados a buscar el bien común en todas las necesidades que tiene el ser humano? Apostemos por una humanidad en la que todos estemos sentados en la misma mesa, apostemos por un mundo en el que el tejido social que hacemos no destruye a nadie, no hace brechas, no divide, no rompe las relaciones, exige el sacrificio de todos y no de unos pocos. La moneda de la polarización es la que no sienta a todos en la misma mesa y provoca que los conflictos cada vez se extiendan más. Porque no sirven las casas de moneda donde los trabajadores que las hacen sean intelectuales sin talento, buscadores de dar belleza al mundo sin bondad. Necesitamos hombres y mujeres que apelen a lo hondo de la dignidad del ser humano –hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios–, que apelen a la sabiduría que hace la verdadera revolución de la memoria –somos hermanos– y que vivan que la búsqueda de la justicia verdadera exige encontrarnos y recordar los grandes valores: abrir manos, abrir el corazón, hacer fiesta, trabajar juntos, amasar solidaridad, crear puentes y no derribarlos, buscar encuentro y no conflicto y división.

Frente a esta moneda de la polarización que busca lo mío o lo de los míos, la Cuaresma nos ofrece la moneda de la limosna para vencer la tentación de idolatrar las riquezas y que busca asumir con decisión aquellas palabras de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16, 13). La limosna vence esta tentación y nos educa para socorrer al prójimo en sus necesidades y compartir con los demás lo que poseemos. La purificación interior tiene gestos exteriores a favor de las necesidades de los hombres. ¡Qué bueno es tener la valentía de hacer gestos y acciones que den esperanza! Y esto no es simplemente para dar una belleza externa a la vida o por pura racionalidad; se trata de hacer gestos que manifiesten la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos este mundo donde todos participen del bien dado por Dios para los hombres. La limosna nos hace compartir bienes, intereses, justicia, paz social, acercamiento de los hombres. La moneda de la limosna también es creadora de la cultura del encuentro y de la esperanza que fomenta nuevos vínculos. La moneda de la limosna gesta una revolución interior en quien comparte, pues le hace consciente de las necesidades de todos los hombres y nos capacita para negociar siempre con los valores propios de la dignidad del hombre. Frente a la polarización que crea discontinuidad, desarraigo, caída de certezas y no lugares –es decir, espacios vacíos sometidos solo y exclusivamente a lógicas instrumentales–, ofertemos la moneda de la limosna que se traduce en proyectos que aportan encuentro entre todos los hombres.

El tiempo de Cuaresma nos permite vivir una vez más la conversión desde el seguimiento radical a Jesucristo. Seamos audaces y valientes para construir nuestra vida y la historia de los hombres con estas tres monedas: la oración, el ayuno y la limosna.

                  Con gran afecto os bendice,

                  +Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid

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Miércoles de Ceniza 2018

Homilía del Papa Francisco

El tiempo de Cuaresma es tiempo propicio para afinar los acordes disonantes de nuestra vida cristiana y recibir la siempre nueva, alegre y esperanzadora noticia de la Pascua del Señor. La Iglesia en su maternal sabiduría nos propone prestarle especial atención a todo aquello que pueda enfriar y oxidar nuestro corazón creyente.

Las tentaciones a las que estamos expuestos son múltiples. Cada uno de nosotros conoce las dificultades que tiene que enfrentar. Y es triste constatar cómo, frente a las vicisitudes cotidianas, se alzan voces que, aprovechándose del dolor y la incertidumbre, lo único que saben es sembrar desconfianza. Y si el fruto de la fe es la caridad —como le gustaba repetir a la Madre Teresa de Calcuta—, el fruto de la desconfianza es la apatía y la resignación. Desconfianza, apatía y resignación: esos demonios que cauterizan y paralizan el alma del pueblo creyente.

La Cuaresma es tiempo rico para desenmascarar éstas y otras tentaciones y dejar que nuestro corazón vuelva a latir al palpitar del Corazón de Jesús. Toda esta liturgia está impregnada con ese sentir y podríamos decir que se hace eco en tres palabras que se nos ofrecen para volver a «recalentar el corazón creyente»: Detente, mira y vuelve.

Detente un poco de esa agitación, y de correr sin sentido, que llena el alma con la amargura de sentir que nunca se llega a ningún lado. Detente de ese mandamiento de vivir acelerado que dispersa, divide y termina destruyendo el tiempo de la familia, el tiempo de la amistad, el tiempo de los hijos, el tiempo de los abuelos, el tiempo de la gratuidad… el tiempo de Dios.

Detente un poco delante de la necesidad de aparecer y ser visto por todos, de estar continuamente en «cartelera», que hace olvidar el valor de la intimidad y el recogimiento.

Detente un poco ante la mirada altanera, el comentario fugaz y despreciante que nace del olvido de la ternura, de la piedad y la reverencia para encontrar a los otros, especialmente a quienes son vulnerables, heridos e incluso inmersos en el pecado y el error.

Detente un poco ante la compulsión de querer controlar todo, saberlo todo, devastar todo; que nace del olvido de la gratitud frente al don de la vida y a tanto bien recibido.

Detente un poco ante el ruido ensordecedor que atrofia y aturde nuestros oídos y nos hace olvidar del poder fecundo y creador del silencio.

Detente un poco ante la actitud de fomentar sentimientos estériles, infecundos, que brotan del encierro y la auto-compasión y llevan al olvido de ir al encuentro de los otros para compartir las cargas y sufrimientos.

Detente ante la vacuidad de lo instantáneo, momentáneo y fugaz que nos priva de las raíces, de los lazos, del valor de los procesos y de sabernos siempre en camino.

¡Detente para mirar y contemplar!

Mira los signos que impiden apagar la caridad, que mantienen viva la llama de la fe y la esperanza. Rostros vivos de la ternura y la bondad operante de Dios en medio nuestro.

Mira el rostro de nuestras familias que siguen apostando día a día, con mucho esfuerzo para sacar la vida adelante y, entre tantas premuras y penurias, no dejan todos los intentos de hacer de sus hogares una escuela de amor.

Mira el rostro interpelante de nuestros niños y jóvenes cargados de futuro y esperanza, cargados de mañana y posibilidad, que exigen dedicación y protección. Brotes vivientes del amor y de la vida que siempre se abren paso en medio de nuestros cálculos mezquinos y egoístas.

Mira el rostro surcado por el paso del tiempo de nuestros ancianos; rostros portadores de la memoria viva de nuestros pueblos. Rostros de la sabiduría operante de Dios.

Mira el rostro de nuestros enfermos y de tantos que se hacen cargo de ellos; rostros que en su vulnerabilidad y en el servicio nos recuerdan que el valor de cada persona no puede ser jamás reducido a una cuestión de cálculo o de utilidad.

Mira el rostro arrepentido de tantos que intentan revertir sus errores y equivocaciones y, desde sus miserias y dolores, luchan por transformar las situaciones y salir adelante.

Mira y contempla el rostro del Amor crucificado, que hoy desde la cruz sigue siendo portador de esperanza; mano tendida para aquellos que se sienten crucificados, que experimentan en su vida el peso de sus fracasos, desengaños y desilusión.

Mira y contempla el rostro concreto de Cristo crucificado por amor a todos y sin exclusión.

¿A todos? Sí, a todos. Mirar su rostro es la invitación esperanzadora de este tiempo de Cuaresma para vencer los demonios de la desconfianza, la apatía y la resignación. Rostro que nos invita a exclamar: ¡El Reino de Dios es posible!

Detente, mira y vuelve. Vuelve a la casa de tu Padre.

¡Vuelve!, sin miedo, a los brazos anhelantes y expectantes de tu Padre rico en misericordia (cf. Ef 2,4) que te espera.

¡Vuelve!, sin miedo, este es el tiempo oportuno para volver a casa; a la casa del Padre mío y Padre vuestro (cf. Jn 20,17). Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón… Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto y nuestro corazón bien lo sabe. Dios no se cansa ni se cansará de tender la mano (cf. Bula Misericordiae vultus, 19).

¡Vuelve!, sin miedo, a participar de la fiesta de los perdonados.

¡Vuelve!, sin miedo, a experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios. Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: «Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26).

¡Detente, mira y vuelve!

© Librería Editorial Vaticano

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Audiencia general 14 de febrero de 2018

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Buenos días, aunque el día no sea muy bueno. Pero si el alma está contenta el día es siempre bueno. Así que ¡buenos días! Hoy la audiencia se hará en dos sitios: un pequeño grupo de enfermos está en el Aula, a causa del mal tiempo y nosotros estamos aquí. Pero ellos nos ven y nosotros los vemos en la pantalla gigante. Los saludamos con un aplauso.

Continuamos con la catequesis sobre la misa. La escucha de las lecturas bíblicas, que se prolonga en la homilía, ¿a qué responde? Responde a un derecho: el derecho espiritual del pueblo de Dios a recibir abundantemente el tesoro de la Palabra de Dios (véase la Introducción al Leccionario, 45). Cada uno de nosotros cuando va a misa tiene el derecho de recibir con abundancia la Palabra de Dios, bien leída, bien dicha y luego, bien explicada en la homilía. ¡Es un derecho! Y cuando la Palabra de Dios no se lee bien, no se predica con fervor por el diácono, por el sacerdote o por el obispo se falta a un derecho de los fieles. Nosotros tenemos el derecho de escuchar la Palabra de Dios. El Señor habla para todos, pastores y fieles. Llama al corazón de los que participan en la misa, cada uno en su condición de vida, edad, situación. El Señor consuela, llama, despierta brotes de vida nueva y reconciliada. Y esto, por medio de su Palabra. Su Palabra llama al corazón y cambia los corazones.

Por lo tanto, después de la homilía, un tiempo de silencio permite que la semilla recibida se sedimente en el alma, para que nazcan propósitos de adhesión a lo que el Espíritu ha sugerido a cada uno. El silencio después de la homilía. Hay que guardar un hermoso silencio y cada uno tiene que pensar en lo que ha escuchado.

Después de este silencio, ¿cómo continúa la misa? La respuesta personal de fe se injerta en la profesión de fe de la Iglesia, expresada en el “Credo”. Todos nosotros rezamos el Credo en la misaRezado por toda la asamblea, el Símbolo manifiesta la respuesta común a lo que se ha escuchado en la Palabra de Dios (véase Catecismo de la Iglesia Católica, 185-197). Hay un nexo vital entre la escucha y la fe. Están unidos. Esta, -la fe-  efectivamente, no nace de las fantasías de mentes humanas sino que, como recuerda San Pablo, “viene de la predicación y la predicación por la Palabra de Cristo” (Rom. 10:17). La fe se alimenta, por lo tanto, de  la escucha  y conduce al Sacramento . Por lo tanto, el rezo del “Credo “ hace que la asamblea litúrgica “recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía. ” (Instrucción General del Misal Romano, 67). El Símbolo de fe  vincula la Eucaristía al Bautismo recibido “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, y nos recuerda que los sacramentos son comprensibles a la luz de la fe de la Iglesia.

La respuesta a la Palabra de Dios recibida con  fe se expresa a continuación, en la súplica común, llamada Oración universal,porque abraza las necesidades de la Iglesia y del mundo (ver IGMR, 69-71; Introducción al Leccionario, 30-31). También se llama Oración de los Fieles.

Los Padres del Vaticano II quisieron restaurar esta oración después del Evangelio y de la homilía, especialmente  los domingos y días festivos, para que ” con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero. “(Const. Sacrosanctum Concilium,53, ver 1 Tim 2: 1-2). Por lo tanto, bajo la dirección del sacerdote que  introduce y concluye, ” el pueblo ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. ” (IGMR, 69). Y después de las intenciones individuales, propuestas por el diácono o por un lector, la asamblea une su voz invocando: “Escúchanos, Señor”.

Recordemos, en efecto, lo que el Señor Jesús nos dijo: “Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn. 15, 7). “Pero nosotros no creemos en esto porque tenemos poca fe”. Pero si tuviéramos una fe –dice Jesús- como un grano de mostaza, habríamos recibido todo. “Pedid lo que queráis y se os dará”. Y, este momento de la oración universal, después del Credo, es el momento de pedir al Señor las cosas más importantes en la misa, las cosas que necesitamos, lo que queremos. “Se os dará”; de una forma o de otra, pero “se os dará”. “Todo es posible para el que cree”, ha dicho el Señor. ¿Qué respondió el hombre  al que el Señor se dirigió para decir esta frase: “Todo es posible para el que cree”? Dijo : “Creo, Señor. Ayuda a mi poca fe”. Y la oración hay que hacerla con este espíritu de fe. “Creo, Señor, ayuda a mi poca fe”. Las pretensiones de la lógica mundana, en cambio, no despegan hacia el Cielo, así como permanecen sin respuesta las peticiones autorreferenciales (véase St. 4,2-3). Las intenciones por las cuales los fieles son invitados a rezar deben dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo, evitando el uso de fórmulas convencionales y miopes. La oración “universal”, que concluye la liturgia de la Palabra, nos exhorta a hacer nuestra la mirada de Dios, que cuida de todos sus hijos.

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española  provenientes de España y América Latina, y de modo particular saludo al grupo de peregrinos de Caravaca de la Cruz, con su Obispo Mons. José Manuel Lorca. Hoy, miércoles de Ceniza, al comenzar el tiempo de cuaresma, tiempo de gracia y de misericordia, le pedimos a la Virgen María que nos ayude a prepararnos para celebrar la pascua de Cristo con un corazón purificado. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticano
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Ángelus 11 de febrero de 2018

Plaza de San Pedro
Domingo, 11 de febrero de 2018

Palabras del Papa Francisco antes del rezo del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, el Evangelio, según San Marcos, nos muestra a Jesús sanando todo tipo de enfermos. En este contexto, se sitúa la Jornada Mundial del enfermo, que se celebra hoy 11 de febrero, memoria de la Santa Virgen María de Lourdes. Por lo tanto, con el corazón vuelto a la gruta de Massabielle, contemplamos a Jesús como verdadero médico del cuerpo y del alma, que Dios Padre ha enviado al mundo para curar a la humanidad, marcada por el pecado y sus consecuencias.

El pasaje del Evangelio de hoy (cf. Mc 1,40-45) nos presenta la curación de un hombre enfermo de lepra, patología que en el Antiguo Testamento era considerada como una grave impureza y comportaba la separación del leproso de la comunidad: vivían solos. Su condición era verdaderamente penosa, porque la mentalidad de la época los hacía sentirse impuro no solo delante de los hombres sino también ante Dios, por eso el leproso del Evangelio suplica a Jesús con estas palabras: “Si quieres, puedes purificarme” (v. 40).

Al oír esto Jesús siente compasión (v. 41). Es muy importante fijar la atención sobre esta resonancia interior de Jesús, como hemos hecho a lo largo del Jubileo de la Misericordia. No se entiende la obra de Jesús, no se entiende a Cristo mismo, sino se entra en su corazón lleno de compasión y de misericordia. Esto es lo que le impulsa a extender la mano hacía aquel hombre enfermo de lepra, a tocarlo y decirle: “¡Quiero, queda purificado!” (v. 40). El hecho más sorprendente, es que Jesús toca al leproso, porque esto estaba absolutamente prohibido por la ley de Moisés. Tocar a un leproso significaba ser contagiado también dentro, en el espíritu, es decir, hacerse impuro. Pero en este caso el influjo no va del leproso a Jesús para transmitir el contagio, sino de Jesús al leproso para darle la purificación.

En esta curación, nosotros admiramos más allá de la compasión y de la misericordia, también la audacia de Jesús, que no se preocupa ni del contagio ni de las prescripciones, sino que está motivado por la voluntad de liberar a este hombre de la maldición que lo oprime.

Ninguna enfermedad es causa de impureza; la enfermedad ciertamente involucra a toda la persona, pero en ningún modo impide o prohíbe su relación con Dios. Al contrario, una persona enferma puede estar más unida a Dios. En cambio el pecado, esto sí nos hace impuros, el egoísmo, la soberbia, el entrar en el mundo de la corrupción, estas son enfermedades del corazón del cual se necesita ser purificado, dirigiéndonos a Jesús como el leproso: “¡Si quieres, puedes purificarme!”.

Y ahora, hagamos un momento de silencio y cada uno de nosotros –  vosotros, todos, yo –  podemos pensar y ver en su corazón, ver dentro de sí y ver las propias impurezas, los propios pecados, cada uno de nosotros, en silencio,  con la voz del corazón, decir a Jesús: “¡Si quieres, puedes purificarme!”. Hagámoslo todos en silencio.

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

“¡Si quieres, puedes purificarme!”

Y cada vez que nos dirigimos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor nos repite también a nosotros: “¡Quiero, queda purificado!”. Así la lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dios y somos admitidos plenamente en la comunidad.

Por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre Inmaculada, pidamos al Señor, que ha traído a los enfermos la salud, sanar también nuestras heridas interiores con su infinita misericordia, para darnos así la esperanza y la paz del corazón.

Después del Angelus

Queridos hermanos y hermanas :

Hoy se están abriendo las inscripciones para la Jornada Mundial de la Juventud , que tendrá lugar en Panamá en enero de 2019. Yo también, ahora, con dos jóvenes, me inscribo en Internet. Ya está, me inscribí como peregrino a la Jornada Mundial de la Juventud. ¡Tenemos que prepararnos! Invito a todos los jóvenes del mundo a vivir con fe y entusiasmo este evento de gracia y fraternidad, sea yendo a Panamá o participando en  sus comunidades.

El 15 de febrero, en el Lejano Oriente y en varias partes del mundo, millones de hombres y mujeres celebrarán el Año Nuevo Lunar. Dirijo un cordial saludo a todas sus familias, con la esperanza de que vivan cada vez más la solidaridad, la fraternidad y el deseo de bien, ayudando a crear una sociedad en la que cada persona sea bienvenida, protegida, promovida e integrada. Invito a orar por el don de la paz, tesoro precioso que debe buscarse con compasión, previsión y coraje. Acompaño y bendigo a todos.

Saludo a familias, parroquias, asociaciones y todos aquellos que vinieron de Italia y de muchas partes del mundo; en particular, los peregrinos de Murcia (España) y los niños de Guimarães (Portugal).

Saludo a la comunidad congoleña de Roma y me uno a su oración por la paz en la República Democrática del Congo. Recuerdo que esta intención estará particularmente presente en el Día de Oración y Ayuno que convoqué para el 23 de febrero.

Hoy están presentes muchas parroquias italianas y jóvenes después de la confirmación, de la profesión de fe y del catecismo. No puedo nombrar a cada grupo, pero les agradezco a todos por su presencia y los animo a caminar con alegría, con generosidad, testimoniando en todas partes la bondad y la misericordia del Señor.

Dirijo un pensamiento particular a los enfermos que, en todas partes del mundo, además de la falta de salud, a menudo sufren soledad y marginación. La Santísima Virgen, Salus Infirmorum , ayude a cada uno a encontrar consuelo en cuerpo y espíritu, gracias a la atención médica adecuada y la caridad fraterna que sabe cómo prestar una atención concreta y de apoyo.

Les deseo a todos un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Vatican.va|Zenit
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo
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VI Domingo del Tiempo ordinario Ciclo B – P. Raniero Cantalamessa

Evangelio de hoy 4

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio», Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes(Marcos 1, 40-45)

Se acercó a Jesús un leproso

En las lecturas del día resuena varias veces la palabra que, sólo con oírla pronunciar, suscitó por milenios angustia y pavor: ¡lepra! Dos factores ajenos contribuyeron a acrecentar el terror frente a esta enfermedad, hasta hacer de ella el símbolo de la máxima desventura que le puede tocar a una criatura humana y aislar a los pobres desgraciados de las formas más inhumanas. El primero era la convicción de que esta enfermedad era tan contagiosa que infectaba a cualquiera que hubiera estado en contacto con el enfermo; el segundo, igualmente carente de todo fundamento, era que la lepra era un castigo por el pecado.

Quien contribuyó más que nadie para que cambiara la actitud y la legislación respecto a los leprosos fue Raoul Follereau [escritor, periodista y poeta francés, Follereau (1903-1977) dedicó toda su vida a combatir la enfermedad de Hansen. Ndr]. Instituyó en 1954 la Jornada Mundial de la Lepra, promovió congresos científicos y finalmente, en 1975, logró que se revocara la legislación sobre la segregación de los leprosos.

Acerca del fenómeno de la lepra las lecturas de este domingo nos permiten conocer la actitud primero de la Ley mosaica y después del Evangelio de Cristo. En la primera lectura, del Levítico, se dice que la persona de la que se sospeche que padece lepra debe ser llevada al sacerdote, el cual, verificándolo, la «declarará impura». El pobre leproso, expulsado del consorcio humano, debe él mismo, para colmo, mantener alejadas a las personas advirtiéndoles de lejos del peligro. La única preocupación de la sociedad es protegerse a sí misma.

Veamos ahora cómo se comporta Jesús en el Evangelio: «Se le acercó un leproso suplicándole: “Si quieres puedes limpiarme”. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”. Y al instante le desapareció la lepra y quedó limpio».

Jesús no tiene miedo del contagio; permite al leproso que llegue hasta Él y se le arroje delante de rodillas. Más aún: en una época en la que se consideraba que la mera proximidad de un leproso contagiaba, Él «extendió su mano y le tocó». No debemos pensar que todo esto fuera espontáneo y no le costara nada a Jesús. Como hombre Él compartía, en esto como en tantos otros puntos, las convicciones de su tiempo y de la sociedad en la que vivía. Pero la compasión por el leproso es más fuerte en Él que el miedo a la lepra.

Jesús pronuncia en esta circunstancia una frase sencilla y sublime: «Quiero; queda limpio». «Si quieres, puedes», había dicho el leproso, manifestando así su fe en el poder de Cristo. Jesús demuestra poder hacerlo, haciéndolo.

Esta comparación entre la Ley mosaica y el Evangelio en el caso de la lepra nos obliga a plantearnos la pregunta: ¿en cuál de las dos actitudes me inspiro? Es verdad que la lepra ya no es la enfermedad que produce más temor (si bien todavía hay millones de leprosos en el mundo), que es posible, si se llega a tiempo, curarse completamente de ella y en la mayoría de los países ya ha sido vencida del todo; pero otras enfermedades han ocupado su lugar. Se habla desde hace tiempo de «nuevas lepras» y «nuevos leprosos». Con estos términos no se entienden tanto las enfermedades incurables de hoy como las enfermedades (Sida y drogodependencia) de las que la sociedad se defiende, como hacía con la lepra, aislando al enfermo y rechazándolo al margen de ella misma.

Lo que Raoul Follereau sugirió hacer hacia los leprosos tradicionales, y que tanto contribuyó a aliviar su aislamiento y sufrimiento, se debería hacer (y gracias a Dios muchos lo hacen) con los nuevos leprosos. Con frecuencia un gesto así, especialmente si se realiza teniendo que vencerse a uno mismo, marca el inicio de una verdadera conversión para el que lo hace. El caso más célebre es el de Francisco de Asís, quien remonta al encuentro con un leproso el comienzo de su nueva vida.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

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