Solemnidad de la Inmaculada Concepción – (ciclo A) Padre Raniero Cantalamessa

inmaculada-concepcion-2019-655x368.jpg

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. (Lucas 1, 26-38)

Sin pecado

Con el dogma de la Inmaculada Concepción la Iglesia católica afirma que María, por singular privilegio de Dios y en vista de los méritos de la muerte de Cristo, fue preservada de contraer la mancha del pecado original y vino a la existencia ya del todo santa. Cuatro años después de la definición del dogma por el Papa Pío IX, esta verdad fue confirmada por la Virgen misma en Lourdes en una de las apariciones a Bernadette con las palabras: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

La fiesta de la Inmaculada recuerda a la humanidad que existe una sola cosa que contamina verdaderamente al hombre, y es el pecado. Un mensaje cuánto más urgente que proponer. El mundo ha perdido el sentido del pecado. Se bromea como si fuera lo más inocente del mundo. Aliña con la idea de pecado sus productos y sus espectáculos para hacerlos más atractivos. Se refiere al pecado, incluso a los más graves, con diminutivos: pecadillo, viciosillo. La expresión «pecado original» se utiliza en el lenguaje publicitario para indicar algo bien distinto de la Biblia: ¡un pecado que da un toque de originalidad a quien lo comete!

El mundo tiene miedo de todo menos del pecado. Teme la contaminación atmosférica, las penosas enfermedades del cuerpo, la guerra atómica, actualmente el terrorismo, pero no le da miedo la guerra a Dios, que es el Eterno, el Omnipotente, el Amor, mientras Jesús dice que no se tema a quienes matan el cuerpo, sino sólo a quien, después haber matado, tiene el poder de arrojar a la gehenna (v. Lc 12, 4-5).

Esta situación «ambiental» ejerce una tremenda influencia hasta en los creyentes, que sin embargo quieren vivir según el Evangelio. Produce en ellos un adormecimiento de la conciencia, una especie de anestesia espiritual. Existe una narcosis por pecado. El pueblo cristiano ya no reconoce a su verdadero enemigo, el señor que le mantiene esclavizado, sólo porque se trata de una dorada esclavitud. Muchos que hablan de pecado tienen de él una idea completamente inadecuada. El pecado se despersonaliza y se proyecta únicamente sobre las estructuras; se acaba por identificar el pecado con la postura de los propios adversarios políticos o ideológicos. Una investigación sobre qué piensa la gente que es el pecado arrojaría resultados que probablemente nos aterrorizarían.

En lugar de librarse del pecado, todo el empeño se concentra hoy en librarse del remordimiento del pecado; en vez de luchar contra el pecado se lucha contra la idea de pecado, sustituyéndola con aquella –bastante distinta– del «sentimiento de culpa». Se hace lo que en cualquier otro campo se considera lo peor de todo, o sea, negar el problema en lugar de resolverlo, volver a echar y sepultar el mal en el inconsciente en vez de extraerlo. Como quien cree que elimina la muerte suprimiendo el pensamiento sobre la muerte, o como el que se preocupa de bajar la fiebre sin curar la enfermedad, de la que aquella es sólo un providencial síntoma. San Juan decía que si afirmamos estar sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y hacemos de Dios un mentiroso (v. 1 Jn 1, 8-10); Dios, de hecho, dice lo contrario: que hemos pecado. La Escritura dice que Cristo «murió por nuestros pecados» (1 Co 15, 3). Suprime el pecado y has hecho vana la propia redención de Cristo, has destruido el significado de su muerte. Cristo habría luchado contra simples molinos de viento, habría derramado su sangre por nada.

Pero el dogma de la Inmaculada nos dice también algo sumamente positivo: que Dios es más fuerte que el pecado y que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia (v. Rm 5, 20). María es la señal y la garantía de esto. La Iglesia entera, detrás de Ella, está llamada a ser «resplandeciente, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 27). Un texto del Concilio Vaticano II dice: «Mientras que la Iglesia en la Santísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga, los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado; y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos, como modelo de virtudes» [ Lumen gentium, n. 65].

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Traducción del original italiano realizada por Marta Lago]

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Primera predicación de Adviento 2019 – P. Raniero Cantalamessa

Resultado de imagen de PRIMERA PREDICACIÓN DE ADVIENTO 2019

¡DICHOSA TÚ QUE CREÍSTE! MARÍA EN LA ANUNCIACIÓN

Cada año la liturgia nos prepara a Navidad con tres guías: Isaías, Juan Bautista y María: el profeta, el precursor y la madre. El primero lo anunció desde lejos, el segundo lo señaló presente en el mundo, la madre lo llevó en su seno. Por esto Adviento 2019 he pensado de confiarnos enteramente a la Madre de Dios. Nadie mejor que ella puede predisponernos a celebrar con fruto el nacimiento de Jesús. Ella no ha celebrado el Adviento, sino que lo ha vivido en su carne. Como cada mujer embarazada, ella sabe qué significa estar “en la espera” y puede ayudarnos a esperar, en sentido fuerte y existencial, la venida del Redentor. Contemplaremos la Madre de Dios en los tres momentos en los cuales la misma Escritura la presenta en el centro de los acontecimientos: la Anunciación, la Visitación y Navidad.

1. “Heme aquí, yo soy la esclava del Señor…”
Empiézanos contemplando Maria en la Anunciación. Cuando María llega a la casa de Isabel, ésta la acoge con gran alegría y, “llena del Espíritu Santo”, exclamó: ¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció. (Lc 1, 45). El evangelista Lucas se sirve del episodio de la Visitación como medio para mostrar lo que se había cumplido en el secreto de Nazaret y que sólo en el diálogo con una interlocutora podía manifestarse y asumir un carácter objetivo y público.
Lo grandioso que había ocurrido en Nazaret, después del saludo del ángel, es que María “ha creído” y así se convirtió en “Madre del Señor”. No hay dudas de que este haber creído se refería a la respuesta de María al ángel: Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra (Lc 1, 38). Con estas simples y pocas palabras se consumó el acto de fe más grande y decisivo en la historia del mundo. Esta palabra de María representa “el vértice de todo comportamiento religioso delante de Dios, porque ella expresa, de la manera más elevada, la disponibilidad pasiva unida a la prontitud activa, el vacío más profundo que se acompaña con la más plenitud más grande” . Con esta respuesta –escribe Orígenes- es como si María dijera a Dios: “Heme aquí, soy una tablilla para escribir: que el Escritor escriba lo que desea, que el Señor haga en mí lo que él quiera” . Él compara a María con una tablilla encerada que se usaba, en su tiempo, para escribir. Hoy diríamos que María se ofrece a Dios como una página en blanco, sobre la cual él puede escribir lo que quiera.
“En un instante que no se desvanece nunca más y que permanece válido para toda la eternidad, la palabra de María fue la palabra de la humanidad y su “sí”, el amén de toda la creación al “sí” de Dios” (K. Rahner). En él es como si Dios interpelara de nuevo la libertad creada, ofreciéndole una posibilidad de redención. Es este el sentido profundo del paralelismo: Eva-María, querido a los Padres y a toda la tradición. “Lo que Eva unió con su incredulidad, María lo deshizo con su fe” .
De las palabras de Isabel: “Dichosa tú que creíste”, se ve cómo ya en el Evangelio, la maternidad divina de María no es entendida sólo como maternidad física, sino mucho más como maternidad espiritual, fundada en la fe. En eso se basa san Agustín cuando escribe: “La Virgen María dio a luz creyendo, lo que había concebido creyendo… Después de que el ángel hubiera hablado, ella, llena de fe (fide plena), concibiendo a Cristo primero en el corazón que en el seno, respondió: Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mí tu palabra” . A la plenitud de la gracia por parte de Dios, corresponde la plenitud de la fe de parte de María; al “gracia plena”, la “fe plena”.

2.Sola con Dios
A primera vista, lo de María fue un acto de fe fácil e incluso descontado. Convertirse en madre de un rey que reinaría eternamente sobre la casa de Jacob, ¡madre del Mesías! ¿No era lo que toda jovencita hebrea soñaba ser? Sin embargo, esto es un modo de razonar humano y carnal. La verdadera fe no es un privilegio o un honor, sino que es siempre un morir un poco, y así fue sobre todo la fe de María en este momento. Primero que nada, Dios no engaña nunca, no tironea nunca a las creaturas a un consenso solapadamente, escondiéndole las consecuencias, lo que van a encontrar.
Lo vemos en todas los grandes llamados de Dios. A Jeremías preanuncia: Lucharán contra ti (Jer 1, 19) y sobre Saulo, le dice a Ananías: Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre. (Hc 9, 16). Sólo con María, para una misión como la suya, ¿habría actuado de modo diverso? A la luz del Espíritu Santo, que acompaña el llamado de Dios, ella ciertamente vislumbró que también su camino no sería diferente al de todos los demás llamados. Pronto Simeón pondrá en palabras este presentimiento, cuando le dirá que una espada atravesará su alma.
Sin embargo, ya sobre el plano simplemente humano, María se encuentra en una soledad total. ¿A quién puede explicarle lo que le sucedió? ¿Quién le podrá creer cuando diga que el niño que lleva en su seno es “obra del Espíritu Santo”? Esto nunca ocurrió antes de ella y no ocurrirá nunca después de ella. María conocía ciertamente lo que estaba escrito en el libro de la ley: que si la jovencita, al momento de la boda, no fuera encontrada en estado de virginidad, debería ser sacada a la puerta de su casa paterna y apedreada por la gente de la ciudad (cfr. Dt 22, 20 s).
En la actualidad, hablamos del riesgo de la fe, entiendo, por lo general, con eso, el riesgo intelectual; pero ¡para María se trató de un riesgo real! Carlo Carretto, en su libro sobre la Virgen, narra cómo llega a descubrir la fe de María. Cuando vivía en el desierto, se había enterado de parte de algunos de sus amigos Tuareg que una muchacha del campamento había estado prometida a un joven, pero que no había ido a vivir con él, siendo demasiado joven. Había ligado este hecho con lo que Lucas dice de María. Así es cómo después de dos años, al volver a pasar por el mismo campamento, pide noticias sobre la muchacha. Notó una cierta inquietud entre sus interlocutores y más tarde uno de ellos, acercándose con gran secreto, hizo una señal: pasó una mano sobre la garganta con el gesto característico de los árabes cuando quieren decir: “Ha sido degollada”. Se había descubierto que estaba embarazada antes del matrimonio y el honor de la familia exigía ese fin. Entonces, volvió a pensar en María, ante la mirada despiadada de la gente de Nazaret, a los guiños, entendió la soledad de María, y esa misma noche la eligió como compañera de viaje y maestra de su fe .
Ella es la única que creyó en “situación de contemporaneidad”, es decir, mientras las cosas iban sucediendo, antes de cualquier confirmación y de cualquier convalidación por parte de los eventos y de la historia . Creyó en total soledad. Jesús dijo a Tomás: ¡Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto! (Jn 20, 29): María es la primera de aquellos que creyeron sin haber todavía visto.
En una situación similar, cuando también se había prometido a Abrahán un hijo aunque estaba en edad tardía, la Escritura dice, casi con aire de triunfo y de estupor: Abrahán creyó al Señor y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación (Gen 15, 6). ¡Cuánto ahora se dice más triunfalmente de María! María tuvo fe en Dios y eso le fue acreditado como justicia. El acto de justicia más grande jamás realizado en la tierra de parte de un ser humano, después del de Jesús, que, de todos modos, era también Dios.
San Pablo dice que Dios ama a quien da con alegría (2 Cor 9, 7) y María dijo su “sí” a Dios con alegría. El verbo con el cual María expresa su consenso, y que se traduce con “fiat” o con “se haga”, en el original, está en un modo optativo (génoito); esto no expresa una simple aceptación resignada, sino un vivo deseo. Como si dijera: “Deseo también yo, con todo mi ser, lo que Dios desea; se cumpla rápidamente lo que él quiere”. En verdad, como decía san Agustín, antes incluso que en su cuerpo, María concibió a Cristo en su corazón.
Sin embargo, María no dijo “fiat” que es una palabra latina; no dijo ni siquiera “génoito” que es una palabra griega. ¿Qué dijo entonces? ¿Cuál es la palabra que, en la lengua hablada por María, corresponde de modo más cercano a esta expresión? ¿Qué decía un hebreo cuando quería decir “así sea”? Decía “¡amén!” Si es lícito remontarse, con una reflexión devota, a la ipsissima vox, a la palabra exacta salida de la boca de María –o al menos a la palabra que había, en este punto, en la fuente judaica usada por Lucas-, esta debe haber sido propiamente la palabra “amén”. Amén –palabra hebraica, cuya raíz significa solidez, certeza- era usada en la liturgia como respuesta de fe a la palabra de Dios. Cada vez que, al final de ciertos Salmos, en la Vulgata se lee “fiat, fiat” (en la versión de los Setenta: génoito, génoito), el original hebraico, conocido por María, dice: ¡Amén, amén!
Con el “amén” se reconoce lo que ha sido dicho como palabra estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, cuando es una respuesta a la palabra de Dios, es la siguiente: “Así es y que así sea”. Indica fe y obediencia juntas; reconoce que lo que Dios dice es verdadero y uno se somete. Es decir “sí” a Dios. En este sentido, lo encontramos en la misma boca de Jesús: “Sí amen, Padre, porque esa ha sido tu elección…” (cfr. Mt 11, 26). De hecho, él es el Amén personificado: Así dice el Amén… (Ap 3, 14) y es por medio de él que cada “amén” pronunciado sobre la tierra sube entonces a Dios (cfr. 2 Cor 1, 20). Como el “fiat” de María anticipa al de Jesús en el Getsemaní, así su “amén” anticipa al de su Hijo. También María es una “amén” personificado a Dios.

3.En la estela de María
Como la estela de un bello barco va ensanchándose hasta desaparecer y perderse en el horizonte, pero que comienza con una punta, que es la punta misma del barco, así es la inmensa estela de los creyentes que forman la Iglesia. Esta comienza con una punta y esta punta es la fe de María, su “fiat”. La fe, junto con su hermana la esperanza, es lo único que no comienza con Cristo, sino con la Iglesia y por lo tanto, con María, que es el primer miembro, en orden de tiempo y de importancia. Nunca el Nuevo Testamento atribuye a Jesús la fe y la esperanza. La carta a los Hebreos nos da una lista de aquellos que tuvieron fe: Por fe Abel… Por fe, Abraham… Por fe, Moisés… (Heb 11, 4 ss). Sin embargo, esta lista no incluye a Jesús. Jesús es llamado “autor y consumador de la fe” (Heb 12, 2), no uno de los creyentes, aunque pudiera ser el primero.
Por el solo hecho de creer, nos encontramos entonces en la estela de María y queremos ahora profundizar qué significa seguir realmente su estela. Al leer lo que respecta a la Virgen en la Biblia, la Iglesia ha seguido, hasta el tiempo de los Padres, una criterio que se puede expresar así: “María, vel Ecclesia, vel anima”, María, o sea la Iglesia, o sea el alma. El sentido es que lo que en la Escritura se dice especialmente de María, se entiende universalmente de la Iglesia y lo que se dice universalmente de la Iglesia se entiende singularmente para cada alma creyente.
Ateniéndonos también nosotros a este principio, vemos ahora lo que la fe de María tiene para decir primero a la Iglesia en su conjunto y después a cada uno de nosotros, es decir a cada alma individual. Aclaramos primero las implicancias eclesiales o teológicas de la fe de María y después las personales o ascéticas. De este modo, la vida de la Virgen no sirve sólo para acrecentar nuestra devoción privada, sino también nuestra comprensión profunda de la Palabra de Dios y de los problemas de la Iglesia.
María nos habla primero de la importancia de la fe. No existe sonido, ni música allí donde no hay un oído capaz de escuchar, por cuanto resuenan en el aire melodías y acordes sublimes. No hay gracia, o la menos la gracia no puede operar, si no encuentra la fe que la acoge. Como la lluvia no puede hacer germinar nada hasta que no encuentra la tierra que la acoge, así es la gracia sino encuentra la fe. Es por la fe que nosotros somos “sensibles” a la gracia. La fe es la base de todo; es la primera y la más “buena” de las obras para cumplir. Obra de Dios es esta, dice Jesús: que crean (cfr. Jn 6, 29). La fe es así importante porque es la única que mantiene a la gracia su gratuidad. No busca invertir las partes, haciendo de Dios un deudor y del hombre un acreedor. Por esto, la fe es tan querida a Dios que hace depender de ella prácticamente todo, en sus relaciones con el hombre.
Gracia y fe: son puestos, de este modo, los dos pilares de la salvación; se da al hombre los dos pies para caminar y las dos alas para volar. Sin embargo, no se trata de dos cosas paralelas, casi como que de Dios viniera la gracia y de nosotros la fe, y la salvación dependiera así, en partes iguales, de Dios y de nosotros, de la gracia y de la libertad. Sería una problema que alguno pensara: la gracia depende de Dios, pero la fe depende de mí; ¡juntos, yo y Dios hacemos la salvación! Habremos hecho de Dios, de nuevo, un deudor, alguien que depende de algún modo de nosotros y que debe compartir con nosotros el mérito y la gloria. San Pablo disipa todas las dudas cuando dice: Ustedes han sido salvados por la fe (es decir el creer, o más globalmente, el ser salvos por gracia mediante la fe, que es la misma cosa) no por mérito propio, sino por la gracia de Dios; y no por las obras, para que nadie se gloríe (Ef 2, 8s). Incluso en María el acto de fe fue suscitado por la gracia del Espíritu Santo.
Lo que ahora nos interesa es resaltar algunos aspectos de la fe de María que pueden ayudar a la Iglesia de hoy a creer más plenamente. El acto de fe de María es extremadamente personal, único e irrepetible. Es un confiar en Dios y un confiarse completamente a Dios. Es una relación de persona a persona. Esto se llama fe subjetiva. El acento está aquí en el hecho de creer, más que en las cosas creidas. Sin embargo, la fe de María es también extremadamente objetiva, comunitaria. Ella no cree en un Dios subjetivo, personal, aislado de todo, y que se revela sólo a ella en secreto. Por el contrario, cree en el Dios de los Padres, el Dios de su pueblo. Reconoce en el Dios que se le revela, al Dios de las promesas, al Dios de Abraham y de su descendencia.
Ella se incluye humildemente en el grupo de los creyentes, se convierte en la primera creyente de la nueva alianza, como Abraham fue el primer creyente de la antigua alianza. El Magnificat está lleno de esta fe basada en las Escrituras y de referencias a la historia de su pueblo. El Dios de María es un Dios de características típicamente bíblicas: Señor, Poderoso, Santo, Salvador. María no le habría creído al ángel, si le hubiera revelado un Dios diferente, que ella no hubiera podido reconocer como el Dios de su pueblo Israel. Incluso externamente, María se adecua a esta fe. De hecho, se comporta sujeta a todas las prescripciones de la ley; hace circuncidar al Niño, lo presenta en el templo, se somete ella misma al rito de la purificación, sube a Jerusalén para la Pascua.
Ahora, todo esto es para nosotros de gran enseñanza. También la fe, como la gracia, ha estado sujeta, a lo largo de los siglos, a un fenómeno de análisis y de fragmentación, para lo cual hay especies y subespecies de fe innumerables. Los hermanos protestantes, por ejemplo, valorizan más el primer aspecto, subjetivo y personal de la fe. “Fe –escribe Lutero- es una confianza viva y audaz en la gracia de Dios”; es una “firme confianza” . En algunas corrientes del protestantismo, como en el Pietismo, donde esta tendencia está llevada al extremo, los dogmas y las llamadas verdades de fe no tienen casi ninguna relevancia. El comportamiento interior, personal, hacia Dios es lo más importante y casi exclusivo.
Por el contrario, en la tradición católica y ortodoxa, hasta la antigüedad, ha tenido una importancia grandísima el problema de la recta fe o de la ortodoxia. Prontamente, el problema de las cosas a creer adquiere una posición de gran ventaja sobre el aspecto subjetivo y personal del creer, es decir sobre el acto de la fe. Los tratados de los Padres, intitulados “Sobre la fe” (De Fide) no mencionan ni siquiera la fe como acto subjetivo, como confianza y abandono, sino que se preocupan de establecer cuáles son las verdades a creer en comunión con todas la Iglesia, en polémica contra los herejes. Después de la Reforma, en reacción al hincapié unilateral de la fe-confianza, esta tendencia se acentúa en la Iglesia católica. Creer significa principalmente adherir al credo de la Iglesia. San Pablo decía que “con el corazón creemos para ser justos, con la boca confesamos” (cfr. Rm 10, 10): la “confesión” de la recta fe ha tomado prontamente una posición de ventaja sobre el “creer con el corazón”.
María nos lleva a redescubrir, también en este campo, “la totalidad” que es tanto más rica y más bella que cada su particular. No basta con tener una fe sólo subjetiva, una fe que sea un abandonarse a Dios en la intimidad de la propia conciencia. Por este camino, es tan fácil reducir a Dios a la propia medida. Esto sucede cuando se hace una idea propia de Dios, basada sobre una propia interpretación personal de la Biblia, o sobre la interpretación del propio grupo restringido, y después se adhiere a ella con toda la fuerza, incluso también con fanatismo, sin darse cuenta de que para ese entonces se está creyendo en sí mismo más que en Dios y que toda aquella confianza incontrolable en Dios, no es más que una confianza en sí mismos.
Sin embargo, no basta siquiera una fe sólo objetiva y dogmática, si esta no realiza el contacto íntimo y personal, de yo a vos, con Dios. Ésta se convierte fácilmente en una fe muerta, un creer por medio de otra persona o de la institución, que colapsa a penas entra en crisis, por cualquier razón, la relación con la institución que es la Iglesia. De este modo, es fácil que un cristiano llegue al final de la vida, sin haber nunca hecho un acto de fe libre y personal, que es el único que justifica el nombre de “creyente”.
Es necesario, entonces, creer personalmente, pero en la Iglesia; creer en la Iglesia, pero personalmente. La fe dogmática de la Iglesia no mortifica el acto personal y la espontaneidad del creer, sino que lo preserva y permite conocer y abrazar a un Dios inmensamente más grande que el de mi pobre experiencia. De hecho, ninguna creatura es capaz de abrazar, con su acto de fe, todo lo que de Dios se puede conocer. La fe de la Iglesia es como el gran angular que permite ver y fotografiar, de un panorama, una porción mucho más vasta del simple objetivo. En el unirme a la fe de la Iglesia, hago mía la fe de todos los que me han precedido: de los apóstoles, de los mártires, de los doctores. Los Santos, al no poder llevarse consigo la fe la cielo –donde no sirve más-, la dejaron en herencia a la Iglesia.
Hay una fuerza increíble contenida en aquellas palabras: “Yo creo en Dios Padre Todopoderoso…”. Mi pequeño “yo”, unido y fusionado con lo enorme de todo el cuerpo místico de Cristo, pasado y presente, forma un grito más potente que el fragor del mar que hace temblar desde los fundamentos al reino de las tinieblas.

4.¡Creamos también nosotros!
Pasamos ahora a considerar las implicancias personales y ascéticas que surgen de la fe de María. San Agustín, después de haber afirmado, en el texto citado anteriormente, que María “llena de fe, dio a luz creyendo a quien había concebido creyendo”, trae una aplicación práctica diciendo: “María creyó y en ella se cumplió lo que creyó. Creamos también nosotros, para que lo que se cumplió en ella pueda ser beneficioso también para nosotros” .
¡Creamos también nosotros! Contemplar la fe de María nos mueve a renovar sobre todo nuestro acto de fe personal y de abandono en Dios.
¿Qué se debe hacer entonces? Es simple: después de haber orado, para que no sea una cosa superficial, decir a Dios con las palabras mismas de María: “¡Heme aquí, soy el esclavo, o la esclava, del Señor: hágase en mí según tu palabra!”. Digo amén, sí, mi Dios, a todo tu proyecto, ¡me cedo a mí mismo!
Debemos recordar que María dijo su “fiat” en un modo optativo, con deseo y alegría. Cuántas veces nosotros repetimos aquellas palabras con un estado de ánimo de resignación mal escondida, como quien, inclinando la cabeza, dice con sus dientes apretados: “Si no se puede prescindir, ¡que se haga tu voluntad!” María nos enseña a decirlo de modo diverso. Sabiendo que la voluntad de Dios es infinitamente más bella y más rica de promesas, que cada proyecto nuestro; sabiendo que Dios es amor infinito y que tiene para nosotros “designios de prosperidad y no de desgracia” (cfr. Jer 29, 11), nosotros decimos, llenos de deseo y casi con impaciencia, como María: “¡Que se cumpla rápido sobre mí, oh Dios, tu voluntad de amor y de paz!”.
Con esto se realiza el sentido de la vida humana y su más grande dignidad. Decir “sí”, “amén”, a Dios no humilla la dignidad del hombre, como piensa a veces el hombre de hoy, sino que la exalta. Por lo demás, ¿cuál es la alternativa a este “amén” dicho a Dios? Justamente el pensamiento contemporáneo que ha hecho del análisis de la existencia su objeto primario, demostró claramente que decir “amén” es necesario y sino se le dice a Dios que es amor, se lo debe decir a cualquier otra cosa que es una necesidad fría y paralizante: al destino, a la suerte.

5.“El justo vivirá por la fe”
Todos deben y pueden imitar a María en su fe, pero en modo particular debe hacerlo el sacerdote y cualquiera que esté llamado, de alguna manera, a transmitir a otros la fe y la Palabra. “El justo –dice Dios- vivirá por la fe” (cfr. Habacuc 2, 4: Rm 1, 17): esto vale, especialmente, para el sacerdote: Mi sacerdote –dice Dios- vivirá por la fe. Él es el hombre de la fe. El peso específico de un sacerdote está dado por su fe. Él influirá en las almas en la medida de su fe. La tarea del sacerdote o del pastor en medio del pueblo, no es sólo la de ser distribuidor de los sacramentos y de los servicios, sino también la de suscitar y testimoniar la fe. Él será verdaderamente el que guía, que lleva, en la medida en que crea y haya cedido su libertad a Dios, como María.
El gran signo esencial, el que los fieles captan inmediatamente en un sacerdote y en un pastor es si “cree”: si cree en lo que dice y en lo que celebra. Quien busca en el sacerdote sobre todo a Dios, lo nota rápidamente; quien no busca en él a Dios, puede ser engañado fácilmente y llevar a engaño al mismo sacerdote, haciéndolo sentir importante, brillante, actualizado, mientras que, en realidad, él también es, como se decía en el capítulo anterior, un hombre “vacío”. Incluso el no creyente que se acerca al sacerdote con un espíritu de búsqueda, entiende la diferencia rápidamente. Lo que lo provocará y que podrá hacerlo entrar en crisis beneficiosamente, no son en general las más eruditas discusiones de fe, sino la simple fe. La fe es contagiosa. Así como no se adquiere un contagio, escuchando hablar de un virus o estudiándolo, sino poniéndose en contacto, así sucede con la fe.
La fuerza de un servidor de Dios es proporcionada con la fuerza de su fe. A veces se sufre e incluso se lamenta en la oración con Dios, porque la gente abandona la Iglesia, no deja el pecado, porque hablamos hablamos y no sucede nada. Un día los apóstoles intentaron expulsar el demonio de un pobre muchacho pero sin lograrlo, se acercaron a Jesús y a parte le preguntaron: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? Él les contestó: Porque ustedes tienen poca fe (Mt 17, 19-20). Cada vez que, delante de un fracaso pastoral o de un alma que se alejaba de mí sin lograr ayudarla, sentí aflorar en mí aquella pregunta de los apóstoles: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?, escuché responderme también yo en lo más íntimo: “¡Porque tienes poca fe!”. Y callé.
Como habíamos dicho, el mundo está surcado por la estela de un bello barco, que es la estela de fe abierta por María. Entremos en esta estela. Creamos también nosotros para que lo que se actualizó en ella se actualice también en nosotros. Invoquemos a la Virgen con el dulce título de Virgo fidelis: ¡Virgen creyente, ruega por nosotros!

1.H. SHÜRMANN, Das Lukasevangelium, Friburgo en Br. 1982, ad loc. (trad. ital. El Evangelio de Lucas, Paideia, Brescia 1983, p. 154)
2.ORÍGENES, Comentario al evangelio de Lucas, fragmento 18 (GCS, 49, p 227)
3.S. IRENEO, Contra las herejías, III, 22, 4 (SCh 211, p. 442 s).
4.S. AGUSTÍN, Discursos 215, 4 (PL 38, 1074).
5.C. CARRETTO, Beata tú que has creído, Ed. Paulinas 1986, pp. 9 ss.
6.S. KIERKEGAARD, Ejercicio del cristianismo I (ed. ital. por C. FABRO, Obras, Sansoni, Florencia 1972, pp. 693 ss).
7.LUTERO, Prefacio a la Epístola a los Romanos (ed. Weimar, Deutsche Bibel 7, p. 11) y De las buenas obras (ed. Weimar 6, p. 206).

Fuente: cantalamessa.org

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Audiencia general 4 de diciembre de 2019

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El viaje del Evangelio a través del mundo prosigue sin pausa en el libro de los Hechos de los Apóstoles y atraviesa la ciudad de Éfeso, mostrando toda su fuerza salvadora. Gracias a Pablo, alrededor de doce hombres reciben el bautismo en el nombre de Jesús y experimentan la efusión del Espíritu Santo que los regenera (cf. Hch 19,1-7). Diversos son además los prodigios que suceden por medio del Apóstol: los enfermos sanan y los obsesos son liberados (cf. Hch 19,11-12). Sucede porque el discípulo se parece a su Maestro (cf. Lc 6,40) y lo hace presente comunicando a los hermanos la misma vida nueva que recibió de Él.

La potencia  de Dios que irrumpe en Éfeso desenmascara a los que quieren usar el nombre de Jesús para hacer exorcismos sin tener la autoridad espiritual para ello (cf. Hch 19, 13-17), y revela la debilidad de las artes mágicas, que son abandonadas por un gran número de personas que eligen a Cristo y abandonan las artes mágicas (cf. Hch 19, 18-19). ¡Una auténtica sacudida para una ciudad, como Éfeso, que era un centro famoso para la práctica de la magia! Lucas enfatiza así la incompatibilidad entre la fe en Cristo y la magia. Si eliges a Cristo no puedes recurrir al mago: la fe es abandono confiando en las manos de un Dios fiable que se da a conocer no mediante prácticas ocultas, sino por revelación y con amor gratuito. Quizás algunos de vosotros me dirá: “Ah, sí, esto de la magia es algo antiguo: hoy en día, con la civilización cristiana ya no sucede”. Pero ¡tened cuidado! Yo os pregunto: ¿Cuántos de vosotros van a que les lean el tarot?, ¿Cuántos de vosotros van a que les lean las manos las adivinas o a que les echen las cartas? Incluso hoy en día, en las grandes ciudades, los cristianos practicantes hacen estas cosas. Y a la pregunta: “Pero, ¿por qué, si crees en Jesucristo, vas al mago, al adivino, a toda esta gente? Responden. “Yo creo en Jesucristo pero para tener buena suerte voy también allí”. Por favor, ¡la magia no es cristiana! Estas cosas que se hacen para adivinar el futuro o adivinar muchas cosas o cambiar situaciones de la vida, no son cristianas. La gracia de Cristo te trae todo: reza y confíate al Señor.

La difusión del Evangelio en Éfeso perjudica el comercio de los plateros, -otro problema- que fabricaban las estatuas de la diosa Artemisa, haciendo de la práctica religiosa un verdadero negocio. Os pido que penséis en esto. Viendo disminuir esa actividad que producía mucho dinero, los plateros organizaron una revuelta contra Pablo, y los cristianos fueron acusados de haber llevado a la crisis el gremio de los artesanos, el santuario de Artemisa y el culto a esta diosa (cf. Hechos 19:23-28).

Después Pablo va de Éfeso a Jerusalén y llega a Mileto (cf. Hechos 20:1-16). Aquí manda llamar a los ancianos de la Iglesia de Éfeso – a los presbíteros, o sea a los sacerdotes- para que hacer una transferencia de poderes “pastorales” (cf. Hch 20, 17-35). Estamos en las últimas etapas del ministerio apostólico de Pablo y Lucas nos presenta su discurso de despedida, una especie de testamento espiritual que el Apóstol dirige a aquellos que, después de su partida, tendrán que guiar a la comunidad de Éfeso. Y ésta es una de las páginas más hermosas del libro de los Hechos de los Apóstoles: os aconsejo que toméis hoy el Nuevo Testamento, la Biblia, capítulo XX y leáis la despedida de Pablo de los sacerdotes de Éfeso, y lo hace en Mileto. Es una manera de entender cómo se despide el Apóstol y también cómo los sacerdotes deben despedirse hoy y cómo todos los cristianos deben despedirse. Es una página preciosa.

En la parte de la exhortación, Pablo anima a los responsables de la comunidad, que sabe que ve por última vez. ¿Y qué les dice? “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey”. Este es el trabajo del pastor: estar en vela, velar sobre sí mismo y sobre el rebaño. El pastor debe velar, el párroco debe velar, estar en vela, los sacerdotes deben velar, los obispos, el Papa deben velar. Velar para custodiar el rebaño, y también para velar sobre uno mismo, para examinar la conciencia y para ver cómo se cumple este deber de velar. “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo” (Hch 20,28), así dice San pablo. Se pide a los episcopi la máxima cercanía al rebaño, rescatado por la sangre preciosa de Cristo, y la prontitud a defenderlo de los “lobos” (v. 29). Los obispos deben estar muy cerca del pueblo para custodiarlo, para defenderlo, no separados del pueblo. Después de confiar esta tarea a los responsables de Éfeso, Pablo los pone en manos de Dios y los confía a la “Palabra de su gracia” (v. 32), levadura de todo crecimiento y camino de santidad en la Iglesia, invitándolos a trabajar con sus propias manos, como él, para no ser una carga para los demás, para ayudar a los débiles y para experimentar que ” mayor felicidad hay en dar que en recibir” (v. 35).

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que renueve en nosotros su amor por la Iglesia y por el depósito de la fe que custodia, y que nos haga a todos corresponsables en la custodia de la grey, sosteniendo en la oración a los pastores para que manifiesten la firmeza y la ternura del Divino Pastor.

Saludos en español

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, venidos de España y de Latinoamérica. Pidamos al Señor un renovado amor por la Iglesia tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante nuestros hermanos, y rezando además por los pastores, para que revelen la firmeza y la ternura del Buen Pastor. Que Dios los bendiga a todos.

© Librería Editorial Vaticana
Fuente: Zenit | Vatican.va
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Día mundial de las personas con discapacidad 2019

Audiencia 21 agosto 25

Mensaje del Santo Padre 

Con ocasión del Día Mundial de las Personas con Discapacidad, renovamos nuestra mirada de fe, que ve en cada hermano y hermana la presencia de Cristo mismo, que considera que todo gesto de amor hacia uno de sus hermanos más pequeños se le hace a Él mismo (cf. Evangelio de Mateo 25, 40). En esta ocasión, quisiera recordar cómo la promoción del derecho de participar desempeña hoy un papel central en la lucha contra la discriminación y en la promoción de la cultura del encuentro y de la calidad de vida.

Se han hecho grandes progresos para las personas con discapacidad en el ámbito de la medicina y del bienestar, pero todavía hoy constatamos la presencia de la cultura del descarte y muchos de ellos sienten que existen sin pertenecer y sin participar. Todo esto exige no sólo la protección de los derechos de las personas con discapacidad y de sus familias, sino que nos exhorta también a hacer un mundo más humano, eliminando todo lo que les impide tener una ciudadanía plena, los obstáculos del prejuicio, y favoreciendo la accesibilidad de los lugares y la calidad de vida, que tenga en cuenta todas las dimensiones del ser humano.

Es necesario cuidar y acompañar a las personas con discapacidad en todas las condiciones de vida, utilizando también las tecnologías actuales pero sin absolutizarlas; hacerse cargo de las situaciones de marginalidad con fuerza y ternura; caminar con ellos y “ungirles” de dignidad para que participen  activamente en la comunidad civil y eclesial. Es un camino exigente y también fatigoso, que contribuirá cada vez más a la formación de conciencias capaces de reconocer a cada uno de nosotros como una persona única e irrepetible.

Y no olvidemos a los numerosos “exiliados ocultos” que viven en nuestros hogares, en nuestras familias y en nuestras sociedades (cf. Angelus, 29 de diciembre de 2013; Discurso al Cuerpo Diplomático, 12 de enero de 2015). Pienso en las personas de todas las edades, especialmente en los ancianos, que, también por su discapacidad, a veces se sienten como una carga, como “presencias engorrosas”, y corren el riesgo de ser descartadas, de que se les nieguen perspectivas laborales concretas para participar en la construcción de su propio futuro.

Estamos llamados a reconocer en cada persona con discapacidad, incluso con discapacidades complejas y graves, una contribución singular al bien común a través de su biografía original. Reconocer la dignidad de cada persona, sabiendo que no depende de la funcionalidad de los cinco sentidos (cf. Coloquio con los participantes en la Conferencia sobre Discapacidad de la IEC, 11 de junio de 2016). El Evangelio nos enseña esta conversión. Necesitamos desarrollar anticuerpos contra una cultura que considera algunas vidas de serie A y otras de  serie B: ¡esto es un pecado social! Tened el valor de dar voz a quienes son discriminados por su discapacidad, porque desgraciadamente en algunas naciones, todavía hoy, se duda en reconocerlos como personas de igual dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad.

En efecto, hacer buenas leyes y derribar las barreras físicas es importante, pero no es bastante, si no cambia también la mentalidad, si no superamos una cultura generalizada que sigue produciendo desigualdades, impidiendo que las personas con discapacidad participen activamente en la vida cotidiana.

En los últimos años se han puesto en marcha y llevado a cabo procesos inclusivos, pero todavía no son suficientes, porque los prejuicios producen, además de barreras físicas, también limitaciones al acceso a la educación para todos, al empleo y a la participación. Una persona con discapacidad, para construirse a sí misma, necesita no sólo existir sino también pertenecer a una comunidad.

Animo a todos los que trabajan con personas con discapacidades a que continúen con este importante servicio y compromiso, que determina el grado de civilización de una nación. Y rezo para que cada persona sienta la mirada paterna de Dios, que afirma su dignidad plena y el valor incondicional de su vida.

Vaticano, 3 de diciembre de 2019

FirmaPapaFrancisco

 

© Librería Editorial Vaticana
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Admirabile signum – Carta apostólica

Resultado de imagen de ADMIRABILE SIGNUM

 

CARTA APOSTÓLICA

Admirabile signum

DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

SOBRE EL SIGNIFICADO Y EL VALOR DEL BELÉN

1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium. El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa.

Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía,mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2]

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio. El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3]

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio. ¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia
de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan…, todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas. «La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de
la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura. Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia. No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

FirmaPapaFrancisco

Copyright 2019 – Librería del Vaticano 
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Visita del Papa Francisco a Greccio

Discurso del Papa en Greccio

Cuántos pensamientos invaden el espíritu en este lugar santo! Y sin embargo, frente a la roca de estas montañas tan queridas por San Francisco, lo que estamos llamados a realizar es, sobre todo, redescubrir la simplicidad.

El pesebre, que San Francisco hizo por primera vez en este pequeño espacio, una imitación de la estrecha cueva de Belén, habla por sí mismo. Aquí no es necesario multiplicar las palabras, porque la escena que se pone ante nuestros ojos expresa la sabiduría que necesitamos para captar lo esencial.

Frente al pesebre, descubrimos lo importante que es para nuestra vida, tan agitada, encontrar momentos de silencio y oración. El Silencio, contemplando la belleza del rostro de Jesús de niño, el Hijo de Dios nacido en la pobreza de un establo. La Oración, para expresar el “gracias” maravillados por este inmenso regalo de amor que se nos da.

En este signo sencillo y admirable del pesebre que la piedad popular ha acogido y transmitido de generación en generación, se manifiesta el gran misterio de nuestra fe: Dios nos ama hasta el punto de compartir nuestra humanidad y nuestra vida. Nunca nos deja solos; nos acompaña con su presencia oculta pero no invisible. En todas las circunstancias, en la alegría y en el dolor, él es el Emmanuel, Dios con nosotros.

Como los pastores de Belén, acojamos la invitación a ir a la cueva, a ver y reconocer el signo que Dios nos ha dado. Entonces nuestro corazón estará lleno de alegría y podremos llevarla donde haya tristeza; estará lleno de esperanza, para compartir con los que la han perdido.

Imitemos a María, que puso a su Hijo en el pesebre, porque no había lugar en una casa. Con ella y con San José, su marido, mantenemos los ojos fijos en el Niño Jesús. Su sonrisa, que estalla en la noche, dispersa la indiferencia y abre los corazones a la alegría de los que se sienten amados por el Padre en el cielo.

Fuente: Zenit
Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Ángelus 1 de diciembre de 2019

Palabras del Papa antes de la oración mariana

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, primer domingo del tiempo de Adviento, comienza el nuevo año litúrgico. En estas cuatro semanas de Adviento, la liturgia nos lleva a celebrar la Navidad de Jesús, al tiempo que nos recuerda que Él viene a nuestras vidas cada día, y regresará gloriosamente al final de los tiempos. Esta certeza permitirá nos lleva a mirar al futuro con confianza, como el profeta Isaías nos invita a hacer, que con su voz inspirada acompaña todo el camino del Adviento.

En la primera lectura de hoy, Isaías profetiza que “al final de los días, estará firme el monte del templo del Señor en la cumbre de las montañas mas elevado que las colinas; hacia el confluirán todas las naciones”. (2,2). El templo del Señor en Jerusalén se presenta como punto de convergencia, como punto de encuentro de todos los pueblos. Después de la Encarnación del Hijo de Dios, Jesús mismo se reveló como el verdadero templo. Por lo tanto, la maravillosa visión de Isaías es una promesa divina y nos impulsa a asumir una actitud de peregrinación, de camino hacia Cristo, sentido y fin de la historia. Los que tienen hambre y sed de justicia sólo pueden encontrarla recorriendo los caminos del Señor; mientras que el mal y el pecado provienen del hecho de que los individuos y los grupos sociales prefieren seguir caminos dictados por intereses egoístas, causando conflictos y guerras. El Adviento es tiempo favorable para acoger la venida de Jesús, que viene como mensajero de paz para mostrarnos los caminos del Señor.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos exhorta a estar preparados para su venida: “Velen, pues, porque no saben en qué día vendrá el Señor” (Mt 24, 42). Velar no significa tener materialmente los ojos abiertos, sino tener el corazón libre y orientado en la dirección correcta, es decir, dispuesto al don y al servicio, esto es velar. El sueño del que debemos despertar está constituido por la indiferencia, por la vanidad, por la incapacidad de establecer relaciones genuinamente humanas, por la inacapacidad de hacerse cargo del hermano solo, abandonado o enfermo. La espera de Jesús que viene debe traducirse, por tanto, en un compromiso de vigilancia. Se trata, en primer lugar, de maravillarse ante la acción de Dios, ante sus sorpresas, y de darle a Él  la primacía. La vigilancia significa también, concretamente, estar atentos a nuestro prójimo en dificultades, a dejarnos interpelar por sus necesidades, sin esperar a que él o ella nos pida ayuda, sino aprender a prevenir, a anticipar, como hace Dios siempre con nosotros.

Que María, la Virgen vigilante y Madre de la esperanza, nos guíe en este camino, ayudándonos a para dirigir nuestra mirada hacia la  “montaña del Señor”, imagen de Jesucristo, que atrae hacia sí a todos los a los hombres y a todos los pueblos.

Palabras del papa Francisco después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas

Me preocupa la situación en Iraq. Supe con dolor que las manifestaciones y protestas de los últimos días han provocado una reacción dura, que ha causado docenas de víctimas. Rezo por los muertos y por los heridos; Estoy cerca de sus familias y de todo el pueblo iraquí, pidiéndole a Dios paz y armonía.

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida creó un nuevo Organismo internacional de asesoramiento para la juventud compuesto por veinte jóvenes de diferentes orígenes geográficos y eclesiales. Esta es una respuesta concreta a la solicitud del Sínodo dedicado a los jóvenes el año pasado (ver Fin., 123). La tarea de este organismo es ayudar a comprender la visión de los jóvenes sobre las prioridades del Ministerio de la Juventud y otros temas de interés más general. Oramos por eso.

¡Los saludo a todos, romanos y peregrinos de diferentes países! Especialmente a los fieles polacos y el coro de niños de Bucarest.

Saludo a los grupos de Giulianova Lido, Nettuno y Jesi; así como los peregrinos de Cavarzere con el coro “Serafin” y la asociación rumana en Italia.

Esta tarde iré a Greccio, lugar donde San Francisco hizo el primer pesebre. Allí, firmaré una carta sobre el significado y el valor del pesebre. El pesebre es un signo simple y maravilloso de la fe cristiana. Es una carta corta que puede ser buena para Navidad. Acompáñenme con la oración en este viaje.

Les deseo a todos un buen domingo y un buen recorrido de Adviento. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Zenit

 

Imagen | Publicado el por | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario