El eco de Su voz: Pierre Teilhard de Chardin

Adoración-Santísimo

ADORA Y CONFÍA

No te inquietes por las dificultades de la vida,

 sus altibajos, sus decepciones,

 su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere.

Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades

el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo,

acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un frustrado

si Dios te considera plenamente realizado;

a su gusto.

Piérdete confiado ciegamente en ese Dios

que te quiere para sí.

Y que llegará hasta ti, aunque jamás le veas.

Piensa que estás en sus manos,

tanto más fuerte cogido

cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico.

Vive en paz.

Que nada te altere.

Que nada sea capaz de quitarte tu paz.

Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.

Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro

una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor

Continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada,

como fuente de energía y criterio de verdad,

todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso.

En nombre de las leyes de la vida

y las promesas de Dios.

Por eso, cuanto te sientas

apesadumbrado,

triste,

adora y confía…

P.  Teilhard de Chardin

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Pierre Teilhard de Chardin

P. Teilhard de Chardin

(Orcines, 1881 – Nueva York, 1955) Sabio y filósofo francés. Descendiente de una vieja familia aristocrática establecida de antiguo en Auvernia, pasó su infancia en el campo, en la propiedad de sus padres. Terminados sus estudios secundarios en el colegio de jesuitas de Mongré, cerca de Lyon, entró en el noviciado de la Compañía en Aix-en-Provence. La promulgación de las leyes de Combes sobre las congregaciones religiosas le obligó a continuar sus estudios en Inglaterra; estudió teología en Jersey y fue ordenado sacerdote en Hastings, en 1905.

Paralelamente a la vocación religiosa, la vocación científica de Teilhard de Chardin se había despertado desde la adolescencia. Durante una estancia en Egipto (1905-1908), pudo entregarse a sus primeros estudios de geología sobre las formaciones numulíticas de Mokattan. Su interés esencial se dirigía, sin embargo, a la paleontología; de vuelta a Inglaterra participó en las excavaciones emprendidas en el Sussex, que debían dar por resultado en 1912 el descubrimiento del “Foanthropus Dawsoni” de Piltdown (desgraciadamente parece que en esa ocasión los sabios fueron víctimas de una superchería).

Llegado a París en 1912, Teilhard de Chardin fue agregado al laboratorio de Paleontología del Museo, bajo la dirección de Marcellin Boule; sus trabajos hasta la Primera Guerra Mundial se consagraron principalmente a los mamíferos del terciario medio e inferior de Europa. Movilizado en 1914 como cabo-camillero en un regimiento norteafricano, se condujo heroicamente (Medalla militar, Legión de Honor). Incluso en las trincheras de Champagne continuaba sus búsquedas, y sus hallazgos sobre la microfauna de Cernay le dieron el tema para su tesis en la Sorbona.

Titular de la cátedra de geología del Instituto católico desde 1919, se doctoró en ciencias en 1922. Un año después partió a China, donde residiría casi sin interrupción durante más de veinte años. Tras una pequeña excursión (1923-26) por la Mongolia oriental (Ordos y el desierto de Gobi), Teilhard de Chardin fue nombrado en 1929 consejero del servicio geográfico nacional de China.

En 1930 participó en la expedición del Museo de Nueva York al Asia central, y tuvo parte importante en el descubrimiento del “Sinanthropus”. Desde abril de 1931 a febrero de 1932 acompañó la gran misión transasiática Haardt-Citroën (el famoso “Crucero amarillo”). Director de las excavaciones de Chukutien, cerca de Pekín, en 1932, partió en 1935 hacia la India septentrional y central con la Yale Cambridge Expedition, y en 1936, 1937 y 1938 realizó incursiones en Java (investigaciones en los depósitos originarios del “Pithecanthropus”). Teilhard pasó todo el período de la Segunda Guerra Mundial en Pekín y no regresó a Francia hasta 1945.

En 1947 fue nombrado director de investigaciones en la Recherche Nationale Scientiphique y, en 1950, elegido miembro de la Academia de Ciencias. Establecido en los Estados Unidos a partir de 1951, en calidad de agregado a la Wenner-Gren Foundation, todavía realizó dos expediciones en África del Sur (1951-1953); contaba más de setenta años.

A lo largo de su vida había publicado numerosos estudios técnicos en revistas especializadas; era un gran cristiano y muy pronto sintió la preocupación de integrar sus descubrimientos dentro de una perspectiva general del “problema humano”, conciliada a la vez con el dogma católico y con las exigencias de la ciencia moderna. Consignó sus meditaciones en gran número de escritos que seguían inéditos en el momento de su muerte.

En 1955 empezó la publicación póstuma de sus Obras completas, bajo el patronazgo de varias personalidades científicas y filosóficas. Los volúmenes aparecidos hasta 1957 -El fenómeno humano (1955), El grupo zoológico humano (1956), La aparición del hombre (1956), La visión del pasado (1957), El medio divino (1957)- suscitaron inquietud en el Vaticano y levantaron vivas oposiciones en ciertos medios teológicos. Pero al mismo tiempo han conquistado fervorosos partidarios en amplios sectores católicos y no católicos del mundo científico. Quedan todavía por publicar numerosos volúmenes. Señalemos también la edición de sus Cartas de viaje (1956-57).

Teilhard de Chardin sostuvo un evolucionismo teleológico; a la concepción materialista de Darwin y del positivismo, opuso una cosmología que, pese a admitir el evolucionismo, e incluso extendiéndolo a la realidad espiritual, rechazaba una interpretación puramente mecanicista y materialista del cosmos. Así expresó su fe en relación con su concepción del universo: “Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo Personal supremo es el Cristo-Universal”E. La materia originaria, según él, contiene ya en sí la “conciencia” como elemento organizativo, por el que la evolución se configura como un proceso no puramente mecanicista, sino teológico.

Así, la evolución de la pre-vida (mundo inorgánico) a la vida (“biosfera”) tiende a la producción del mundo del hombre y del pensamiento (“noosfera”), como su culminación. Pero el hombre no es el punto final. El universo, el hombre y su historia tienden a un “punto omega”: el Cristo cósmico, punto de unión de toda la humanidad (“cristosfera”). En medio de las visiones pesimistas que se alzaron a lo largo de su siglo, la obra de Teilhard apuesta por la esperanza y la alegría de sentirse hombre.

Fuente: Biografías y vidas 
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Audiencia general 24 de mayo de 2017

Catequesis del Santo Padre: Emaús, camino de esperanza

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en la experiencia de los dos discípulos de Emaús, del cual habla el Evangelio de Lucas. Imaginemos la escena: dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien habían confiado sus vidas, parecía finalmente haber llegado a la batalla decisiva: ahora habría manifestado su poder, después de un largo periodo de preparación y de ocultamiento. Esto era aquello que ellos esperaban, y no fue así.

Los dos peregrinos cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz erguida en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado. Si de verdad ese Jesús era según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme, indefenso en las manos de los violentos, incapaz de oponer resistencia al mal.

Por ello en la mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. En sus ojos todavía están los sucesos de la pasión, la muerte de Jesús; y en el ánimo el penoso desvelarse de esos acontecimientos, durante el obligado descanso del sábado. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más doloroso de sus vidas. Dejan Jerusalén para ir a otra parte, a un poblado tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas intencionadas a quitar un recuerdo que duele. Entonces están por la calle y caminan. Tristes. Este escenario –la calle– había sido importante en las narraciones de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el momento en el cual se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Aunque si conoce ya el motivo de la desilusión de estos dos, les deja a ellos el tiempo para poder examinar en profundidad la amargura que los ha envuelto. El resultado es una confesión que es un estribillo de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero Nosotros esperábamos, pero …».

¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos existen en la vida de cada persona! En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos de manera discreta, logra dar esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la mano el libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil, tempestivas campañas de conquista. La verdadera esperanza no es jamás a poco precio: pasa siempre a través de la derrota.

La esperanza de quien no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que conduce a la victoria a su pueblo aplastando en la sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es lámpara suave que arde en un día frío y con viento, y por cuanto parezca frágil su presencia en este mundo, Él ha escogido el lugar que todos despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto central de toda Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. ¿En esta serie de gestos, no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada Eucaristía, también el signo de qué cosa debe ser la Iglesia? Jesús nos toma, nos bendice, “parte” nuestra vida, porque no hay amor sin sacrificio, y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Es un encuentro rápido, el de Jesús con los discípulos de Emaús. Pero en ello está todo el destino de la Iglesia. Nos narra que la comunidad cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino camina en su ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas, con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor, amor fiel hasta el final.

Y entonces el corazón de las personas vuelve a arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro corazón y decir: “Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante”

El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: allí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza: vamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre.

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que Jesús resucitado nos conceda descubrirlo presente y vivo en su Iglesia donde, saliendo a nuestro encuentro y caminando junto a cada uno, nos conduce con su amor infalible y su presencia vivificante por el camino de la esperanza. Que Dios los bendiga.

Fuente: Zenit |Vatican.va
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Fiesta de María Auxiliadora – 24 de mayo

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Advocación de la Santísima Virgen

Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua.

Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra “Boetéia”, que significa “La que trae auxilios venidos del cielo”. Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama “Auxilio potentísimo” de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: “La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto”. San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen “Auxiliadora de los que sufren” y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la “Auxiliadora de los enfermos” se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo.

El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María “Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles” e insiste en que recemos para que Ella sea también “Auxiliadora de los que gobiernan” y así cumplamos lo que dijo Cristo: “Dad al gobernante lo que es del gobernante” y lo que dijo Jeremías: “Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien”. En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: “María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo”. San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: “María Auxiliadora rogad por nosotros”. Y repite: “La Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte”.

San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: “Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda”.

La batalla de Lepanto.

En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego – de manera admirable – el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario.

En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.

El Papa y Napoleón.

El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: “Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica”. Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: “Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados”, vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

San Juan Bosco y María Auxiliadora.

El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera “ciencia y paciencia”, porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.
Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”. Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.
San Juan Bosco decía: “Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros” y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.

Fuente: EWTN.com
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Regina Coeli 21 de mayo de 2017

Regina Caeli - 21/05/2017 - CTV

Palabras del Papa antes del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El evangelio de hoy (cf. Jn 14,15-21), continuación de la del domingo pasado nos lleva a ese momento emocionante y dramático que es la Última Cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan, recoge de la boca y del corazón del Señor, sus últimas enseñanzas antes de su pasión y de su muerte. Jesús promete a sus amigos en ese momento triste, sombrío, que después de Él recibirían “otro Paráclito” (v.16) es decir otro “Abogado”, otro defensor, otro consolador, “el Espíritu de verdad” (v.17); y añade: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (v.18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: resucitado y glorificado, él permanece en el Padre y al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: “Reconoceréis que estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí, y yo en vosotros” (v.20).

Mediante estas palabras de Jesús, hoy percibimos con el sentido de la fe, que somos el pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús por el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de su misión, que se realiza por el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: El que recibe mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame será amado de mi Padre; yo también le amaré y me manifestaré a él” (v.21).

Es el amor el que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este “abogado” que Jesús ha enviado, el Espíritu Santo. El amor hacia Dios y hacia el prójimo es el mayor mandamiento del Evangelio. El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica del amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, y especialmente a aquellos que más necesidad tienen de apoyo y consuelo.

Si hay una actitud que nunca es fácil, que nunca se da por seguro, incluso para una comunidad cristiana, es la de saberse amar, de amarse al ejemplo del Señor y por su gracia. A veces, los conflictos, el orgullo, la envidia, divisiones, dejan una marca en el bello rostro de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y por el contrario, es precisamente aquí donde el mal “se involucra” y, a veces nos dejamos engañar.

Son las personas espiritualmente débiles quienes están pagando el precio. Cuantas de entre ellas, – y vosotros conocéis a algunas – cuantas de entre ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuantas personas se han alejado, por ejemplo de una parroquia o de una comunidad, a causa del ambiente de críticas, de celos y de envidias, que han encontrado.

Para un cristiano también, saber amar no se adquiere de una vez por todas; hay que recomenzar cada día, es necesario ejercitarse para que nuestro amor hacía los hermanos y hermanas que encontramos sea maduro y purificado de estas limitaciones o pecados que le hacen parcial, egoísta, estéril e infiel.

Escuchad bien esto, cada día hay que aprender el arte de amar, cada día hay que seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día hay que perdonar y mirar a Jesús, y esto con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado, que es el Espíritu Santo.

Que la Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y señor, nos ayude a ser siempre más dóciles al Paráclito, el Espíritu de verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado.

Palabras del Papa después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas!

Novedades dolorosas nos llegan por desgracia de la República Centroafricana, que yo llevo en mi corazón, especialmente después de mi visita de noviembre de 2015. Los enfrentamientos armados han provocado numerosas víctimas y desplazados y amenazan el proceso de paz. Estoy cerca del pueblo, y de los obispos y de todos aquellos que se prodigan por el bien de las personas y de la cohabitación pacífica. Oro por los difuntos y por los heridos y renuevo mi llamada: que se callen las armas y que prevalezca la buena voluntad de dialogar para dar al país paz y desarrollo.

El próximo 24 de mayo nos uniremos todos espiritualmente a los fieles católicos en China, para la fiesta de la Bienaventurada Virgen María “Auxiliadora de los cristianos”, venerada en el Santuario de Seshan en Shanghai. A los católicos chinos, les digo: elevemos la mirada hacia María nuestra Madre, para que ella nos ayude a discernir la voluntad de Dios sobre el camino concreto de la Iglesia en China y nos sostenga en la acogida de su proyecto de amor con generosidad. María nos anima a ofrecer nuestra contribución personal por la comunión entre los creyentes y por la armonía de toda la sociedad. No olvidemos dar testimonio de fe por la oración y por el amor, permaneciendo abiertos en el encuentro y en el diálogo, siempre.

Dirijo mis saludos cordiales a vosotros fieles de Roma y peregrinos. En particular a la Capilla musical de la catedral de Pamplona; al grupo del Colegio Santo Tomás de Lisboa; a los fieles de la Capilla San Carlos del hospital de la Croix Saint Simon, de París: a los de Torrent (Valencia) España, de Canadá y de los estados Unidos de América, y a algunos de la Isla de Guam.

Un saludo especial a los jóvenes confirmados y confirmandos de la diócesis de Genes: con la ayuda de Dios vendré a visitaros a vuestra ciudad el próximo sábado. Lo mismo que a los “Coccinelles” de Frosinone de la Parroquia de Santa María Goretti en Roma.

Nominación de cinco nuevos cardenales

Queridos hermanos y hermanas!

Deseo anunciar que el próximo miércoles 28 de junio, tendré un consistorio para la nominación de cinco nuevos cardenales. El hecho de que provengan de diferentes partes del mundo manifiesta la catolicidad de la Iglesia extendida sobre toda la Tierra y la asignación de un título o de una diaconía en la urbe, expresa la pertenencia de los cardenales a la diócesis de Roma que, según la expresión conocida de san Ignacio de Antioquia, “preside en la caridad” de todas las Iglesias. El jueves 29 de junio, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, yo concelebraré la Santa Misa con los nuevos cardenales, con el colegio cardenalicio, con los nuevos obispos, los metropolitanos, los obispos y sacerdotes.

He aquí los nombres de los nuevos cardenales: Mons. Jean Zerbo, arzobispo de Bamako, en Mali; Mons. Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, España; Mons. Anders Arborelius, obispo de Estocolmo, Suecia; Mons. Luis Marie-Ling Mangkhanekhoun, obispo titular de Aqua Nuove di Proconsolare, vicario apostólico de Paksé, en Laos; Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo titular de Mulli, auxiliar de la archidiócesis de San Salvador, El Salvador.

Confiamos a los nuevos cardenales a la protección de los santos Pedro y Pablo, para que por la intercesión del Príncipe de los Apóstoles, sean auténticos servidores de la comunión eclesial y que con la del Apóstol de los Gentiles, sean anunciadores gozosos del Evangelio en el mundo entero y que, por su testimonio y su consejo, me sostengan más intensamente en mi servicio de obispo de Roma, Pastor universal de la Iglesia. A todos os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de orar por mí. Buen apetito y adiós!

Traducción de ZENIT, Raquel Anillo
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VI Domingo de Pascua, Ciclo A – P. Raniero Cantalamessa


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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». (Juan 14, 15-21)

P.Cantalamessa

Ser paráclitos

En el Evangelio Jesús habla del Espíritu Santo a los discípulos con el término «Paráclito», que significa consolador, o defensor, o las dos cosas a la vez. En el Antiguo Testamento, Dios es el gran consolador de su pueblo. Este «Dios de la consolación» (m 15,4) se ha «encarnado» en Jesucristo, quien se define de hecho como el primer consolador o Paráclito (Jn 14,15). El Espíritu Santo, siendo aquel que continúa la obra de Cristo y que lleva a cumplimento las obras comunes de la Trinidad, no podía dejar de definirse, también Él, Consolador, «el Consolador que estará con vosotros para siempre», como le define Jesús. La Iglesia entera, después de la Pascua, tuvo una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor, aliado, en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos, en la vida de cada día. En Hechos de los Apóstoles leemos: «La Iglesia se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación (¡paráclesis!) del Espíritu Santo» (9,31).

Debemos ahora sacar de ello una consecuencia práctica para la vida. ¡Tenemos que convertirnos nosotros mismos en paráclitos! Si bien es cierto el cristiano debe ser «otro Cristo», es igualmente cierto que debe ser «otro Paráclito». El Espíritu Santo no sólo nos consuela, sino que nos hace capaces de consolar a los demás. La consolación verdadera viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero no se detiene en él; su objetivo último se alcanza cuando quien ha experimentado la consolación se sirve de ella para consolar a su vez al prójimo, con la misma consolación con la que él ha sido consolado por Dios. No se conforma con repetir estériles palabras de circunstancia que dejan las cosas igual («¡Ánimo, no te desalientes; verás que todo sale bien!»), sino transmitiendo el auténtico «consuelo que dan las Escrituras», capaz de «mantener viva nuestra esperanza» (Rm 15,4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, en clima de oración, son capaces de obrar a la cabecera de un enfermo. ¡Es Dios quien está consolando a esa persona a través de ti!

En cierto sentido, el Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, manos, ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos, nuestra boca. La frase del Apóstol a los cristianos de Tesalónica: «Confortaos mutuamente» (1Ts 5,11), literalmente se debería traducir: «sed paráclitos los unos de los otros». Si la consolación que recibimos del Espíritu no pasa de nosotros a los demás, si queremos retenerla egoístamente para nosotros, pronto se corrompe. De ahí el porqué de una bella oración atribuida a San Francisco de Asís, que dice: «Que no busque tanto ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar…».

A la luz de lo que he dicho, no es difícil descubrir que existen hoy, a nuestro alrededor, paráclitos. Son aquellos que se inclinan sobre los enfermos terminales, sobre los enfermos de Sida, quienes se preocupan de aliviar la soledad de los ancianos, los voluntarios que dedican su tiempo a las visitas en los hospitales. Los que se dedican a los niños víctimas de abuso de todo tipo, dentro y fuera de casa. Terminamos esta reflexión con los primeros versos de la Secuencia de Pentecostés, en la que el Espíritu Santo es invocado como el «consolador perfecto»:

«Ven, Padre de los pobres; ven, Dador de gracias, ven, luz de los corazones.
Consolador perfecto, dulce huésped del alma, dulcísimo alivio.
Descanso en la fatiga, brisa en el estío, consuelo en el llanto».

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
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Carta del 17 de mayo de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

¡Tenemos Madre! Nos enseña a vivir con esperanza y a construir la paz

Agradezco a Nuestro Señor que me haya permitido vivir unas horas en el santuario de Fátima, muy unido a la Virgen María y expresando la comunión con el Papa Francisco, que llegó como peregrino de la paz y de la esperanza. Han sido unas horas muy especiales. En el centenario de las apariciones y en la canonización de los niños Francisco y Jacinta, hemos podido unirnos al Sucesor de Pedro para poner a los pies de la Virgen María «el destino temporal y espiritual de la humanidad». ¡Qué petición tan importante para todos los hombres! Y no se la hacemos a cualquiera. Está dirigida a la Madre de Dios, que en aquel lugar se dirigió a los tres pastorcitos para recordarnos la necesidad que tenemos los hombres de Dios si no queremos que esta humanidad se convierta en un verdadero infierno, donde actuemos todos por nuestros gustos o ideas, eliminando la presencia de quien es y hace para todos los hombres. Que descubramos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.

El Papa Francisco se dirigió a la Virgen con extrema claridad, pidiéndole por su intercesión «que el cielo active aquí una auténtica y precisa movilización general contra la indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía». Porque no podemos ser indiferentes a las realidades que tantos hombres y mujeres, en tantas partes de la tierra, están viviendo. Muchos viven sin ser reconocidos como personas con todos sus derechos, en las pobrezas más extremas, mientras otros están recluidos en sus ideologías, supeditando todo a las mismas y no a la defensa del ser humano en los derechos que tiene y han sido otorgados por Dios mismo. Ser imagen y semejanza de Dios hace que pongamos al ser humano en el centro y todo al servicio de él. ¡Qué palabras sobre la Iglesia resonaron en Fátima, dichas por el Papa Francisco! «Descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, pobre de medios y rica de amor».

Cuando estaban leyendo la declaración del Papa que decía así: «Declaramos y definimos santos a los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto, y los inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que en toda la Iglesia, sean devotamente honrados entre los santos», me venía a la memoria lo que hace cien años había sucedido en ellos y su prima Lucía cuando la Virgen les alertó del peligro de una vida sin Dios. El Papa Francisco, hablándonos de María, nos dice que «de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y yo suplico por todos mis hermanos en el bautismo y la humanidad». El mensaje de Fátima es actual, mira al futuro y nos convoca a todos los hombres a mirar qué estamos haciendo en el presente. Esa referencia a «todos mis hermanos en la humanidad» es el recuerdo que hemos de hacer permanentemente: la unicidad de la familia humana con independencia de la religión o raza.

El Papa fue a Fátima como «pastor universal», recordando al Buen Pastor que sale en búsqueda de todas las ovejas, a fin de poner en manos de María el destino de la humanidad, para que Ella nos devuelva a vivir en la esperanza y en la paz. Para nosotros, los cristianos, ambas realidades tienen rostro y nombre: Jesucristo. Por eso también la canonización de Francisco y Jacinta. Las vidas de estos niños, en la humildad y sencillez de su existencia, nos convocan a construir un futuro diferente. Ese futuro que Dios, haciéndose Hombre y siendo un niño, nos regaló a los hombres. En el caso de Francisco y Jacinta, que incluso sufrieron graves amenazas para que confesaran que todo lo que decían de la Virgen María era mentira, «la presencia divina se fue haciendo más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y el deseo permanente de estar junto a “Jesús oculto” en el sagrario» –en palabras del Papa–.

¡Tenemos Madre! Sí. Una Madre que nos cuida, como me decía un amigo al que conozco desde que éramos estudiantes. Él nunca creyó; es más, a sus hijos no los educó en la fe, tampoco a sus nietos. He sido su amigo incondicional, ha compartido conmigo todas las grandes decisiones de su vida para saber lo que pensaba. Aprovechando un viaje de trabajo, por simple curiosidad, pasó la víspera de la llegada del Papa por Fátima. Ya estaban los retratos de Francisco y Jacinta, que con 9 y 10 años fallecieron por enfermedad. Me cuenta que miró los retratos y pasó por la capilla de las apariciones. Sucedió algo en su vida que, como él mismo dice, le llevó a sentir en lo más profundo del corazón que «tengo Madre», una Madre que acerca la verdad de la vida. Comprendió que «sin Dios no es posible la esperanza y la paz». «He visto cómo mi vida en unos instantes ha cambiado, conocía a un Dios a quien temía, en Fátima, ya viejo, he conocido y reconocido que Dios es “amor, compasión y misericordia”», aseguraba. El Papa Francisco, al decirnos que «¡tenemos Madre!», desea hacer llegar a través de Ella a este Dios que conocieron Francisco y Jacinta:

1. El Amor de Dios es central para la paz: no hay otra arma para mantener viva la familia humana. Son necesarios mediadores de ese amor, que se dan hasta consumirse, sabiendo que el beneficio es la paz, la esperanza, la fraternidad, la búsqueda del bien común. No seamos intermediadores que aceptemos descuentos a todos para obtener algún beneficio. Solo el Amor de Dios hace mediadores.

2. La Compasión de Dios es necesaria: la que manifestó con quienes se encontró en el camino, entre ellos Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Lázaro, la pecadora pública o Pedro, que lo negó y a quien preguntó: «¿Me amas?»… Compasión que nos capacita para el diálogo intercultural y religioso y que va más allá del egoísmo civilizado y del miedo que se defiende matando, haciendo caso omiso de las situaciones de los hombres.

3. La Misericordia de Dios nos urge: hay que ayudar a restablecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación. Unas relaciones que nos lleven siempre a anunciar a todos los hombres la alegría del Evangelio partiendo de las periferias de todo tipo; no se puede creer en un Dios fuente de violencia. Relaciones que nos lleven a ver, en todos los hombres, hijos de Dios que he de amar con el amor mismo de Dios. Y relaciones con la creación, pues cuidar la casa común es esencial y central para nuestra fe.

Con gran afecto, os bendice:

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

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Audiencia General 17 de mayo de 2017

El papa Francisco prosiguió con la serie de catequesis sobre la virtud de la esperanza. Este miércoles la centró en la figura de María Magdalena, relacionándola con el tiempo pascual.

Catequesis del Papa Francisco

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)

¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado según los evangelios, fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.

Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús n es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios –me permito la palabra– es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza. Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Los animo a perseverar en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios, para que en los momentos de dolor y abandono, sientan cómo Jesús resucitado los llama por su nombre, y salgan con el corazón lleno de alegría a anunciar a todos la Buena Noticia de la Resurrección. Que Dios los bendiga.

Fuente: Radio Vaticano | Vatican.va

 

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