JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2018

Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa»  (
Jn 19,26-27)

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cf. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.

Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).

1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.

En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales.

El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cf. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega. En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca.

2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María.

3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cf. Jn8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cf. Jn 5,6). A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción. Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios.

4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo. En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos. En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas. En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.

5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo. De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable. Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres.

La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio.

6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cf. Hch 3,4-8)y Pablo (cf. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno.

7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 26 de noviembre de 2017.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

FirmaPapaFrancisco

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Ángelus 10 de diciembre de 2017

Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El domingo pasado, comenzamos el Adviento con la invitación de vigilar. Hoy segundo domingo de este tiempo de preparación para la Navidad, la liturgia nos indica contenidos específicos, es un tiempo para reconocer los caminos que colmen nuestras vidas, suavizar las asperezas del orgullo y hacer espacio a Jesús que viene. El profeta Isaías se dirige al pueblo anunciando el fin del exilio en Babilonia y el retorno a Jerusalén. Profetiza: “Una voz grita: `en el desierto, preparad el camino al Señor`[…]. Que todo valle sea elevado”(40,3). Los valles elevados representan todos los vacíos de nuestro comportamiento delante de Dios, todos nuestros pecados de omisión.

Un vacío de nuestra vida puede ser el hecho de que no oremos o de que oremos poco. Entonces el adviento es el momento favorable para orar más intensamente, para reservar a la vida espiritual el lugar importante que le corresponde.

Otro vacío podría ser la falta de caridad hacía el prójimo, sobre todo hacia las personas que más necesidad tienen de ayuda, no solamente material, sino también espiritual. Estamos llamados a estar más atentos a las necesidades de los otros, de los más cercanos.

Como Juan Bautista, de esta manera podemos abrir caminos de esperanza en el desierto de los corazones áridos de tantas personas.

“Que todo monte y cerro sea rebajado” (v.4), exhorta Isaías. Las montañas y las colinas que deben de estar rebajadas son el orgullo, la soberbia, la dominación, allá donde hay orgullo, dominación y soberbia, el Señor no puede entrar porque este corazón está lleno de orgullo, de dominación, de soberbia, debemos abajar este orgullo.

Debemos asumir actitudes de dulzura y de humildad, sin grandezas: escuchar hablar con dulzura, y así preparar la venida del Salvador que es dulce y humilde de corazón (Mt. 11-29).

Y después se nos pide eliminar todos los obstáculos que ponemos en nuestra unión con el Señor “Vuélvase lo escabroso llano y las cimas en amplios valles!, entonces se revelará la Gloria del Señor, dice Isaías, y todos los hombres juntos la verán. (Is 40, 4-5). Pero estas acciones deben estar hechas con alegría, porque se enfocan a la preparación de llegada de Jesús. Cuando nosotros esperamos en casa la visita de una persona querida, nosotros preparamos todo con mucho cuidado y felicidad. De la misma manera queremos prepararnos para la venida del Señor: esperarlo cada día con solicitud, para ser llenos de su gracia cuando venga.

El Salvador que estamos esperando es capaz de transformar nuestra vida por la fuerza del Espíritu Santo, por la fuerza del amor. El Espíritu Santo difunde el amor de Dios en los corazones, una fuente inagotable de purificación, vida nueva y libertad.

La Virgen María ha vivido esta realidad en plenitud dejándose “guiar” en el Espíritu Santo que la ha inundado de su poder. Que ella, que ha preparado la venida de Cristo por la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y que guie nuestros pasos al encuentro del Señor que viene.

Angelus Domini nuntiavit Mariae…

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo
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Fiesta de la Traslación de la Santa Casa de Loreto – 10 de diciembre

A partir del siglo XVI, la “Santa Casa de Loreto” que se encuentra en la región italiana de la Marca de Ancona, ha sido un concurrido centro de peregrinación y una instancia de oración de famosos santos como San Franciso Javier, San Francisco de Borja, San Carlos Borromeo, San Luis Gonzaga, y muchos otros más, que dieron devoción de un santuario mariano muy amado en el occidente.

Pese a que la milagrosa traslación de la casa de Nazaret a Loreto no tiene ninguna prueba histórica, existen sólidas bases de esta devoción mariana. En 1470, una bula emitida por el Papa Pablo II, autorizaba la conmemoración de una imagen de la Santísima Virgen transportada por los ángeles a Loreto, dentro de un edificio sin cimientos, “milagrosamente fundado”.

Hacia 1472, uno de los rectores del templo de Loreto relató sobre la forma en que la “Santa Casa de Nazaret” llegó a las cercanías de Fiume y después, a Loreto. De acuerdo con todos los relatos escritos, la bendita construcción debe haber llegado a las cercanías de Fiume en 1291 y a Loreto en 1294. Causa extrañeza a los investigadores el absoluto silencio sobre el suceso a lo largo de los siglos XIV y XV, pero sobre todo, que en una bula con fecha de 1320, relacionada con Loreto, no se hable para nada de la traslación. Tampoco en oriente aparece mención alguna sobre la “Santa Casa de Narazet” antes del siglo VI.

Sin embargo, hay testimonios auténticos, que datan de los años 1193, 1194 y 1285, de que existía en Loreto una iglesia dedicada a Nuestra Señora. Es posible que los católicos servios que huían de la persecución a fines del siglo XIII, transportasen hasta Loreto, donde se refugiaron, una estatua de la Virgen María, y no se puede descartar la probabilidad de que ellos mismos construyesen para proteger a su imagen, una casa a la que pusieron el nombre de Nazaret, de la misma manera que, en nuestros días, se han construido en todas partes grutas de Lourdes.

Fuente: aciprensa

 

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Domingo II de Adviento, Ciclo B – P. Raniero Cantalamessa

memesegundodomingoadviento

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: – «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».  (Mc 1,1-8)

Una voz en el desierto

El segundo domingo de Adviento está dominado por la figura de Juan el Bautista. En el Evangelio sobresale esta definición que él da de sí mismo: «Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor». Desierto es una palabra inquietante en nuestros días. Casi el 33% de la superficie terrestre está ocupada por desierto. Y la proporción va en pavoroso aumento a causa del fenómeno de la desertificación. Cada año cientos de miles de hectáreas de terreno cultivable se convierten en desierto. Cerca de 135 millones de personas se han visto alejadas de su sede natural, en los últimos años, por el desierto que avanza.

Pero existe otro desierto: no fuera, sino dentro de nosotros; no en los márgenes de nuestras ciudades, sino dentro de ellas. Es el agostamiento de las relaciones humanas, la soledad, la indiferencia, el anonimato. El desierto es el lugar donde si gritas nadie te oye, si yaces en tierra acabado nadie se te acerca, si una feroz bestia te asalta nadie te defiende, si experimentas un gran gozo o una gran pena no tienes a nadie con quien compartirla. ¿Y no es esto lo que ocurre a muchos en nuestras ciudades? Nuestro agitarnos y gritar, ¿no es también un gritar en el desierto?

Pero desierto aún más peligroso es el que cada uno de nosotros se lleva dentro. Justamente el corazón puede transformarse en un desierto: árido, apagado, sin afectos, sin esperanza, lleno de arena. ¿Por qué muchos no logran despegarse del trabajo, apagar el móvil, la radio, el compact disc…? Tienen miedo de hallarse en el desierto. La naturaleza, se dice, tiene horror del vacío (horror vacui), pero también el hombre rehuye el vacío. Si nos examinamos honestamente, veremos cuántas cosas hace cada uno de nosotros para no encontrarse solo, cara a cara consigo mismo y con la realidad.

Cuanto más aumentan los medios de comunicación, más disminuye la verdadera comunicación. Se acusa a la televisión de haber apagado el diálogo de la familia, y a veces esto es verdad. Pero debemos admitir que la televisión viene a menudo a llenar un vacío que ya está ahí.

El Evangelio, hemos oído, habla de una voz que un día resonó en el desierto. Proclamaba una gran noticia: «En medio de vosotros hay uno al que no conocéis, uno que viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatar la correa de las sandalias».

Juan Bautista anuncia la llegada a la tierra del Mesías con palabras sencillas, se diría como campesino (la correa de las sandalias, la era, el aventador, el grano), ¡pero qué eficaces! Él recibió la inmensa tarea de sacudir al mundo del sopor, de despertarle del gran sueño. Cuanto una espera se prolonga, nace el cansancio, si avanza por fuerza de inercia. La idea de que algo pueda cambiar y llegar verdaderamente lo esperado parece cada vez más imposible (quien lo haya visto, recuerde el bellísimo «Esperando a Godot», de Samuel Beckett).

De esta espera se habló, durante siglos, en términos vagos y remotos: «En aquellos días…; en los últimos días…». Y he aquí que ahora se adelanta un hombre y con seguridad proclama: «Aquél día es este día. La hora decisiva ha llegado». Él apunta el índice resuelto hacia una persona y exclama: «¡He ahí el Cordero de Dios, el que bautizará al mundo en Espíritu Santo!» (Cf. Jn 1,29.33). ¡Qué estremecimiento debió recorrer a los que escuchaban!

El modo con el que Jesús hará florecer el desierto es precisamente el de «bautizarlo con el Espíritu Santo». El Espíritu Santo es el amor personificado y el amor es la única «lluvia» que puede detener la progresiva «desertificación» espiritual de nuestro planeta.

Debemos prestar atención también a un hecho alentador. Si nuestra sociedad se parece tan frecuentemente a un desierto, en cambio es verdad que en este desierto el Espíritu está haciendo florecer muchas iniciativas como igualmente oasis. Se han desarrollado, en estos años, decenas y decenas de asociaciones cuyo objetivo es romper el aislamiento, recoger las muchas voces que «gritan en el desierto» de nuestras ciudades. Tienen diversos nombres: «teléfono de la esperanza», «voz amiga», «mano tendida», «teléfono amigo», «teléfono verde», «teléfono azul». Millones y millones de llamadas al año. Son voces de personas solas, desesperadas, presas de problemas mayores que ellas. No buscan dinero (éste no pasa a través del hilo telefónico), sino algo distinto: una voz amiga, una razón de esperanza, alguien con quien comunicar. En la otra punta del hilo hay miles de voluntarios que escuchan, intentan dar un poco de calor humano y, si son creyentes, de ayudar a las personas a orar, a ponerse en contacto con Dios, que a menudo es lo que ayuda más.

Aunque no pertenezcamos a ninguna de estas asociaciones, todos podemos hacer, en nuestra limitación, algo de lo que hacen ellos. Teléfono, para empezar, tenemos todos. No esperemos siempre a que suene para percatarnos de que hay alguien que necesita de nosotros, tal vez no lejos. Especialmente con la proximidad de la Navidad.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[ Traducción del original italiano realizada por Zenit] 
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Homenaje a la Inmaculada – 8 de diciembre de 2017

El viernes 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, tras rezar el Ángelus al mediodía con miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco se dirigió a la Plaza de España en Roma para rendir homenaje a la Reina de los Cielos.

Como es ya tradición, el Santo Padre llegó en torno a las 4:00 de la tarde a la plaza, sede de la embajada española ante la Santa Sede, abarrotada de fieles deseosos de compartir el momento de la oración del Papa y la entrega de la ofrenda floral al monumento de la Inmaculada, que reposa sobre una esbelta columna de aproximadamente 12 metros de altura.

 “Madre Inmaculada: por quinta vez me pongo a tus pies como obispo de Roma, para rendirte homenaje en nombre de todos los habitantes de esta ciudad”, dijo el Obispo de Roma.

“Queremos agradecerte por tu cuidado constante con el que nos acompañas en nuestro camino. El camino de las familias, parroquias, comunidades religiosas; el camino de aquellos que todos los días, a veces con dificultad, pasan por Roma para ir a trabajar; el camino de los enfermos, de los ancianos, de todos los pobres, de tantas personas que emigraron desde tierras de guerra y hambre”, añadió el Sucesor de Pedro agradeciendo la presencia materna, tierna y fuerte que encuentra el cristiano “tan pronto como dirige a Nuestra Señora, un pensamiento, una mirada o un fugaz Ave María”.

«Oh Madre, ayuda a esta ciudad a desarrollar los “anticuerpos” contra algunos virus de nuestros tiempos», prosiguió el Papa.

 «La indiferencia, que dice: “no me concierne”, la mala educación cívica que desprecia el bien común, el miedo al diferente y al extranjero; el conformismo disfrazado de transgresión, la hipocresía de acusar a los otros mientras se hacen las mismas cosas; la resignación a la degradación ambiental y ética; la explotación de tantos hombres y mujeres. Ayúdanos a rechazar estos y otros virus con los anticuerpos que provienen del Evangelio. Haz que tomemos el buen hábito de leer todos los días un pasaje del Evangelio, y siguiendo tu ejemplo, custodiemos la Palabra en el corazón, para que como buena semilla dé frutos en nuestras vidas».

En su oración, el Santo Padre también recordó el ejemplo de conversión acaecido hace 175 años en la Iglesia de San Andrea delle Fratte, a unos pocos metros de distancia de Plaza de España; cuando la Virgen tocó el corazón de Alfonso Ratisbonne, que en ese momento, de ateo y enemigo de la Iglesia pasó a ser cristiano.

 “A él te mostraste como una Madre de gracia y misericordia”, dijo Francisco.

«Concédenos también a nosotros, especialmente en las pruebas y en las tentaciones, fijar la mirada en tus manos abiertas que dejan caer sobre la tierra las gracias del Señor, y deshacernos de toda arrogancia orgullosa, para reconocernos como verdaderamente somos:pequeños y pobres pecadores, pero siempre tus hijos. Y así poner nuestra mano en la tuya para dejarnos llevar hasta Jesús, nuestro hermano y salvador, y hasta nuestro Padre Celestial, que nunca se cansa de esperarnos ni de perdonarnos cuando regresamos a Él.

¡Gracias, Oh Madre, porque siempre nos escuchas!

Bendice a la Iglesia de Roma, bendice a esta ciudad y al mundo entero. Amén», concluyó el Papa.

Fuente: News.va
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Ángelus 8 de diciembre de 2017

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y buena fiesta!

Hoy contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que relata el episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, especialmente a través del saludo del ángel. Se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa “llena de gracia”, “creada por la gracia”, “llena de gracia” (Lc 1,28). Antes de llamarla María, él la llama llena de gracia, y así revela el nuevo nombre que Dios le ha dado y que le conviene más que el nombre que le ha sido dado por sus padres. Nosotros también la llamamos así en cada Ave María. ¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está totalmente habitada por Dios, no hay lugar en ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, por desgracia, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirándonos hacia adentro, vemos aspectos  oscuros. Incluso los más grandes santos eran  pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, se ven afectadas por el mal: todos excepto María. Ella es la única, “oasis” siempre verde de la humanidad, la única que no ha sido contaminada, creada Inmaculada para acoger plenamente, con su “sí” a Dios que viene al mundo y para iniciar también así una historia nueva. Cada vez que nosotros la reconocemos llena de gracia, le hacemos el mayor cumplido, el mismo que hizo Dios. Un bello cumplimiento hecho a una mujer, es decirle amablemente que ella tiene un aire joven, cuando nosotros decimos a María llena de gracia, en cierto sentido, le estamos diciendo esto a un nivel más alto, en efecto nosotros la reconocemos siempre joven porque jamás envejece por el pecado, hay una sola cosa que hace verdaderamente envejecer, envejecer interiormente, no son los años, sino el pecado. El pecado  nos envejece porque endurece el corazón, lo cierra, lo hace inerte, lo hace desvanecer. Pero la “llena de gracia” está vacía de pecado. Así que siempre es joven, es” más joven que el pecado” es la “más joven del género humano” (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p 175.).

Hoy la Iglesia felicita a María llamándola la toda hermosa, toda pulcra. Como su juventud no es una cuestión de edad, así su belleza no es exterior. María, como se muestra en el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia, de una familia sencilla, ella vivió humildemente en Nazaret, un pueblo casi desconocido. Ella no era conocida, incluso cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había ningún periodista. La Virgen María no tenía ni siquiera una vida cómoda, sino preocupaciones y temores: ella “se turbó” (v. 29), dice el Evangelio, y cuando el ángel “se alejó de ella”, (v. 38) los problemas comenzaron a aumentar

Sin embargo la “llena de gracia” ha vivido una vida bella. ¿Cuál era su secreto? Todavía podemos verlo mirando la escena de la Anunciación. En muchas pinturas de María aparece sentado delante del ángel con un pequeño libro en la mano. Este libro es la Escritura. Así María tenía la costumbre de escuchar a Dios y pasar tiempo con él. La Palabra de Dios era su secreto: cerca de su corazón, y luego se hizo carne en su vientre. Permaneciendo con Dios, conversando con él en todas las circunstancias, María ha embellecido su vida. No es la apariencia, no es lo que pasa, sino que es el corazón vuelto hacia Dios lo que hace la vida hermosa. Hoy miremos con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer jóvenes  diciendo, “no” al pecado y vivir una vida hermosa, diciendo “sí” a Dios.

Palabras pronunciadas por el Papa después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!, os saludo con afecto a todos vosotros, peregrinos presentes hoy, especialmente a las familias y grupos parroquiales. Saludo a la hermandad y a los atletas Rocca di Papa, y a los estudiantes de las Escuelas Salesianas de Milán.

En esta fiesta de María Inmaculada, la Acción Católica Italiana vive la renovación de la adhesión. Extiendo mi saludo a sus asociaciones diocesanas y parroquiales, alentando a todos a fortalecer su compromiso con la formación con el fin de ser testigos creíbles del Evangelio. Que la Virgen bendiga la Acción Católica y haga fecundo su propósito de servir a la misión evangelizadora de la Iglesia.

Esta tarde voy a ir a la Plaza de España para renovar el tradicional acto de homenaje y de oración a los pies del monumento dedicado a la Inmaculada. Os pido que os unáis a mí espiritualmente en este gesto que expresa nuestra devoción filial hacia nuestra Madre del Cielo. Todos juntos, en espíritu, delante de la Virgen María.

Os deseo a todos Feliz Navidad y un buen camino de Adviento. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen provecho y adiós!

© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

 

 

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Solemnidad de la Inmaculada Concepción Ciclo B – P. Raniero Cantalamessa

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».  Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró. (Lucas 1, 26-38)

Fiesta de la belleza

Diciendo que María es la Inmaculada decimos de ella dos cosas, una negativa y una positiva: negativamente, que ha sido concebida sin la «mancha» del pecado original; positivamente, que ha llegado al mundo llena ya de toda gracia. En esta palabra está la explicación de todo lo que María es. El Evangelio de la fiesta lo subraya haciendo que volvamos a escuchar la palabra del ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

La palabra gracia tiene dos significados. Puede significar favor, perdón, amnistía, como cuando decimos de un condenado a muerte que ha obtenido gracia. Pero puede significar también belleza, fascinación, amabilidad. El mundo de hoy conoce bien este segundo sentido de gracia, es más, el único que conoce.

También en la Biblia gracia tiene estos dos significados. Indica ante todo y primariamente el favor divino gratuito e inmerecido que, en presencia del pecado, se traduce en perdón y misericordia; pero indica después también la belleza que se deriva de este favor divino, lo que llamamos el estado de gracia.

En María hallamos estos dos significados de gracia. Ella es «llena de gracia» ante todo porque ha sido objeto de un favor y de una elección únicos; ella ha sido también «agraciada», esto es, salvada gratuitamente por la gracia de Cristo. (¡Ella fue preservada del pecado original, «en previsión de los méritos de Cristo»!). Pero es «llena de gracia» también en el sentido de que la elección de Dios la ha hecho resplandeciente, sin mancha, «toda bella», «tota pulchra», como le canta la Iglesia en esta fiesta.

Si la Inmaculada Concepción es la fiesta de la gracia y de la belleza, ésta tiene algo importantísimo que decirnos hoy. La belleza nos toca a todos, es uno de los alicientes más profundos de la acción humana. El amor por ella nos une a todos. «El mundo será salvado por la belleza», dijo Dostoievski. Pero debemos añadir inmediatamente, el mundo también puede perderse por la belleza.

¿Por qué tan frecuentemente la belleza se transforma en una trampa mortal y en causa de delitos y de lágrimas amargas? ¿Por qué muchas personificaciones de la belleza, a partir de la Helena de Homero, han sido causa de enormes lutos y tragedias y muchos modernos mitos de belleza (el último del de Marilyn Monroe) acabaron de forma tan triste?

Pascal dice que existen tres órdenes de grandeza, o categorías de valores, en el mundo: el orden de los cuerpos y de las cosas materiales, el orden de la inteligencia y del genio, y el orden de la bondad o santidad. Pertenecen al primer orden la fuerza, las riquezas materiales; pertenecen al segundo orden el genio, la ciencia, el arte; pertenecen al tercer nivel la bondad, la santidad, la gracia.

Entre cada uno de estos niveles y el sucesivo hay un salto de calidad casi infinito. Al genio no quita ni pone nada el hecho de ser rico o pobre, bello o feo; su grandeza se sitúa en un plano diferente y superior. De la misma forma, al santo no añade ni quita nada el hecho de ser fuerte o débil, rico o pobre, un genio o un iletrado: su grandeza se sitúa en un plano diferente e infinitamente superior. El músico Gounod decía que una gota de santidad vale más que un océano de genio.

Todo lo que Pascal dice de la grandeza en general, se aplica también a la belleza. Existen tres tipos de belleza: la belleza física o de los cuerpos, la belleza intelectual o estética, y la belleza moral y espiritual. Igualmente aquí entre un plano y el sucesivo hay un abismo.

La belleza de María Inmaculada se sitúa en el tercer plano, el de la santidad y de la gracia, más aún, constituye su vértice, después de Cristo. Es belleza interior, hecha de luz, de armonía, de correspondencia perfecta entre la realidad y la imagen que tenía Dios al crear a la mujer. Es Eva en todo su esplendor y perfección, la «nueva Eva».

¿Es que los cristianos despreciamos o tenemos miedo de la belleza, en el sentido ordinario del término? En absoluto. El Cantar de los Cantares celebra esta belleza en la esposa y en el esposo, con entusiasmo insuperado y sin complejos. También ella es creación de Dios, es más, la flor misma de la creación material. Pero decimos que ella debe ser siempre una belleza «humana», y por ello reflejo de un alma y de un espíritu. No puede ser abajada al rango de belleza puramente animal, reducida a puro reclamo para los sentidos, a instrumento de seducción, a sex appeal. Sería deshumanizarla.

Todos podemos hacer algo para entregar a las generaciones que vendrán un mundo un poco más bello y limpio, si no de otra forma eligiendo bien lo que dejamos entrar en nuestra casa y en nuestro corazón, a través de las ventanas de los ojos. Aquello que fue para María el punto de partida en la vida es para todo creyente el punto de llegada. También la Iglesia de hecho está llamada a ser un día «sin mancha ni arruga, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 27). 

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[ Traducción del original italiano realizada por Zenit] 

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