Ángelus 17 de junio de 2018

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Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

En el fragmento del Evangelio de hoy (Mc 4.26-34), Jesús habló a la multitud del Reino de Dios y del dinamismo de su crecimiento, y lo hace contando dos parábolas breves.

En la primera parábola (v. 26-29), el Reino de Dios se compara con el misterioso crecimiento de la semilla, que se siembra y el germen crece y produce la especie, independientemente de los cuidados del agricultor, que al final de la maduración hace lo necesario para recolectarlo. El mensaje que nos da esta parábola es éste: por la predicación y la acción de Jesús el Reino de Dios es anunciado, irrumpe en el campo del mundo y como el grano crece y se desarrolla, por su propia fuerza y ​​de acuerdo con sus criterios, humanamente no descifrables. Al crecer y germinar en la historia, no depende tanto del trabajo del hombre, sino que es sobre todo la expresión del poder y la bondad de Dios. Y de la fuerza del Espíritu Santo, quien hace avanzar la vida cristiana en el seno del Pueblo de Dios.

A veces la historia, como  sus acontecimientos y sus protagonistas, parece ir en sentido contrario de los designios del Padre celestial, que quiere para todos sus hijos la justicia, la fraternidad, la paz. Pero estamos llamados a vivir estos tiempos como temporadas de prueba, de esperanza y atenta espera de la cosecha. En efecto, ayer, como hoy, el Reino de Dios está creciendo en el mundo de una manera misteriosa y sorprendente, al revelar el poder oculto de la pequeña semilla, su victoriosa vitalidad. En los pliegues de los acontecimientos personales y sociales que a veces parecen marcar el hundimiento de la esperanza, uno debe permanecer confiado en la acción sofocada pero poderosa de Dios. Por eso, en tiempos de tinieblas y dificultades, no debemos permitir dejarnos abatir, sino permanecer anclados en la fidelidad de Dios, en su presencia que siempre salva. Acordaos de esto: Dios salva siempre, Él es salvador.

En la segunda parábola (v. 30-32), Jesús compara el Reino de Dios con un pequeño grano de mostaza. Es un grano muy pequeño, pero crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas del jardín: un crecimiento impredecible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la naturaleza impredecible de Dios y aceptarla en nuestra vida. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que va más allá de nuestros proyectos, nuestros cálculos y nuestras predicciones. Dios es siempre el Dios de las sorpresas, el Señor siempre nos sorprende. Es una invitación a abrirnos más generosamente a los planes de Dios, tanto a nivel personal como a nivel comunitario. En nuestras comunidades debemos prestar atención a las pequeñas y grandes oportunidades de bien que nos ofrece el Señor, permitiéndonos involucrarnos en su dinámica de amor acogedor y de misericordia hacia todos.

La autenticidad de la misión de la Iglesia no está dada por el éxito y la satisfacción de los resultados, sino por el hecho de avanzar con el coraje de la confianza y la humildad de rendirse a Dios. Avanzar en la confesión de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo. Es la consciencia de ser pequeños y débiles instrumentos, que en las manos de Dios y por su gracia pueden realizar grandes obras, avanzando en su Reino que es “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Que la Virgen María nos ayude a ser simples y atentos, a colaborar con nuestra fe y nuestro trabajo en el desarrollo del Reino de Dios en los corazones y en la historia.

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Caracas, María Carmen Rendiles Martínez, fundadora de las Hermanas Siervas de Jesús de Venezuela, fue proclamada beata. Madre Carmen, nacida y muerta en Caracas en el siglo pasado, sirvió con amor a sus hermanas, en las parroquias, en las escuelas y al lado de los más necesitados. Alabemos al Señor por este fiel discípula y encomiende a su intercesión nuestras oraciones por el pueblo venezolano. Y saludemos a la  nueva Bienaventurada y al pueblo venezolano con aplausos.

Me preocupa la difícil situación del pueblo de Yemen, ya agotado por años de conflicto. Hago un llamamiento a la comunidad internacional para que no escatime esfuerzos para llevar urgentemente a las partes involucradas a la mesa de negociaciones y evitar un empeoramiento de la trágica situación humanitaria. Recemos a la Santísima Virgen por Yemen. Dios te Salve María…

El próximo miércoles es el Día Mundial del Refugiado, promovida por las Naciones Unidas para llamar la atención a las experiencias, a menudo con gran angustia y sufrimiento de nuestros hermanos obligados a huir de sus tierras debido al conflicto y a las persecuciones. Un día que este año cae en medio de consultas entre los gobiernos para la adopción de un pacto mundial sobre los refugiados, que se aprobará de aquí a finales de año con el de la migración segura, ordenada y regular. Espero que los Estados involucrados en estos procesos lleguen a un acuerdo para garantizar, con responsabilidad y humanidad, la asistencia y protección a quienes se ven obligados a abandonar su país. Pero cada uno de nosotros también está llamado a estar cerca de los refugiados, a encontrar con ellos momentos de encuentro, a valorar su contribución, para que ellos también puedan integrarse mejor en las comunidades que los reciben. En este encuentro y en este respecto y el apoyo mutuo, existe la solución a muchos problemas.

Les saludo a todos, queridos romanos y peregrinos, especialmente los de España, Malta, Brasil; son ruidosos, estos brasileños, de los Estados Unidos de América; estudiantes de London Oratory School y del Colegio Oratorio Festivo en Novelda, España.

Escuché que hay un grupo de argentinos entre ustedes. Recuerden que hoy en nuestra patria es el Día del Padre. Recuerda a tus papás en tus oraciones.

Saludo a los fieles de Teramo, a Francavilla a Mare y al grupo de Acción Católica de Trento; los jóvenes de Campobasso que recibieron la Confirmación; la Asociación de bibliotecarios eclesiásticos italianos y el grupo “Un incontro, una speranza” de Olbia.

A todos les deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Zenit |© Traducción ZENIT, Raquel Anillo
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II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES – MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34, 7). Las palabras del salmista se vuelven también las nuestras a partir del momento en que somos llamados a encontrar las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en las que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien escribe tales palabras no es ajeno a esta condición, al contrario. Él tiene experiencia directa de la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo permite también a nosotros hoy comprender quiénes son los verdaderos pobres a los que estamos llamados a volver nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en Dios tienen a su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. En la misma onda de estas palabras podemos comprender más a fondo lo que Jesús proclamó con las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace por cierto el deseo de contarla a otros, en primer lugar a aquellos que son, como el salmista, pobres, rechazados y marginados. En efecto, nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo caracteriza con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

El silencio de la escucha es lo que necesitamos para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Se está tan atrapado en una cultura que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, que se piensa que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin tener que comprometerse directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El Señor, dice el salmista, no sólo escucha el grito del pobre, sino que responde. Su respuesta, como se testimonia en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestaba a Dios su deseo de tener una descendencia, no obstante él y su mujer Sara, ya ancianos, no tuvieran hijos (cf. Gén 15, 1-6). Sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que se quemaba intacta, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Éx 3, 1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto: cuando el hambre y la sed asaltaban (cf. Éx 16, 1-16; 17, 1-7), y cuando se caía en la peor miseria, la de la infidelidad a la alianza y de la idolatría (cf. Éx 32, 1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a retomar la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en Él obre de la misma manera dentro de los límites de lo humano. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de compartir para cuantos pasan necesidad, que hace sentir la presencia activa de un hermano o una hermana. Los pobres no necesitan un acto de delegación, sino del compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia – que es necesaria y providencial en un primer momento –, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199) que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle dignidad. La pobreza no es buscada, sino creada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que involucran a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la cual el Señor libera es un acto salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «Él no ha mirado con desdén ni ha despreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó cuando pidió auxilio» (Sal 22, 25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. «Tú viste mi aflicción y supiste que mi vida peligraba, […] me pusiste en un lugar espacioso» (Sal 31, 8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91, 3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar expedito y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios toma la forma de una mano tendida hacia el pobre, que ofrece acogida, protege y hace posible experimentar la amistad de la cual se tiene necesidad. Es a partir de esta cercanía, concreta y tangible, que comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del cual habla el evangelista Marcos (cf. 10, 46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que pasaba Jesús «empezó a gritar» y a invocar el «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista!”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades básicas, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Como Bartimeo, ¡cuántos pobres están hoy al borde del camino en busca de un sentido para su condición! ¡Cuántos se cuestionan sobre el porqué tuvieron que tocar el fondo de este abismo y sobre el modo de salir de él! Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Lastimosamente a menudo se constata que, por el contrario, las voces que se escuchan son las del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, considerados no sólo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre ellos y el proprio yo, sin darse cuenta que así se produce el alejamiento del Señor Jesús, quien no los rechaza sino que los llama así y los consuela. Con mucha pertinencia resuenan en este caso las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; […] compartir tu pan con el hambriento, […] albergar a los pobres sin techo, […] cubrir al que veas desnudo» (Is 58, 6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1Pe 4, 8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seremos nosotros lo que gritaremos al Señor, Él entonces responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no hace faltar el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a hacer concretas las palabras del Salmo: «los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22, 27). Sabemos que en el templo de Jerusalén, después del rito del sacrificio, tenía lugar el banquete. En muchas Diócesis, esta fue una experiencia que, el año pasado, enriqueció la celebración de la primera Jornada Mundial de los PobresMuchos encontraron el calor de un una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera simple y fraterna. Quisiera que también este año y en el futuro esta Jornada fuera celebrada bajo el signo de la alegría por redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos y compartir la comida el día domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y simplicidad: «Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. […] Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2, 42. 44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana para dar un signo de cercanía y de alivio a las variadas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo la colaboración con otras realidades, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, hace posible brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente hace que tendamos la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda alcanzar el objetivo de manera más eficaz. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, pero sabemos reconocer otras formas de ayuda y solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; siempre y cuando no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y a la santidad. El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración, sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos realizar.

Frente a los pobres, no es cuestión de jugar a ver quién tiene el primado de la intervención, sino que podemos reconocer humildemente que es el Espíritu quien suscita gestos que son un signo de la respuesta y cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo para acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a Él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. No es protagonismo lo que necesitan los pobres, sino ese amor que sabe esconderse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para hacer reconocer su presencia y su salvación. Lo recuerda San Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”, ni la cabeza, a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”» (1Cor 12, 21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera» (vv. 23-24). Mientras ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, Pablo también educa a la comunidad en la actitud evangélica respecto a los miembros más débiles y necesitados. Lejos de los discípulos de Cristo sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos; más bien están llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25, 40).

8. Aquí se comprende cuánta distancia existe entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría» (1Cor12, 26). Del mismo modo, en la Carta a los Romanos nos exhorta: «Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes» (12, 15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al cual aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2, 5).

9.Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, hija de una visión de la vida en exceso inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de ser liberado. La esperanza fundada sobre el amor de Dios que no abandona a quien en Él confía (cf. Rom 8, 31-39). Santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección escribía: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2, 5). Es en la medida que seamos capaces de discernir el verdadero bien que nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida que se logra dar el sentido justo y verdadero a la riqueza, se crece en humanidad y se vuelve capaz de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6, 1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene.

Vaticano, 13 de junio de 2018
Memoria litúrgica de San Antonio de Padua

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Fuente: Vatican.va
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Audiencia general 13 de junio de 2018

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién  de vosotros se llama Antonio? Un aplauso para todos los “Antonios”.

Hoy comenzamos un nuevo itinerario catequético. Será sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Nos sirve de introducción el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre –es un joven-  que, de rodillas, le pregunta cómo puede alcanzar la vida eterna (cf. Mc 10.17 a 21). Y en esa pregunta está el desafío de cada existencia, también de la nuestra: el deseo de una vida plena e infinita. Pero ¿cómo llegar? ¿Qué camino tomar? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes intentan “vivir” y en cambio se destruyen  persiguiendo cosas efímeras.

Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso, -el impulso de vivir- porque es peligroso. Quisiera decir, sobre todo a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy  graves y dramáticos que sean: El mayor peligro en la vida es un mal espíritu de adaptación que no es la mansedumbre ni la humildad, sino la mediocridad, la pusilanimidad [1]. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí; no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Esos jóvenes no saldrán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati decía que debemos vivir, no ir tirando. [2] Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Hay que pedir a nuestro Padre Celestial para los jóvenes de hoy el don de la inquietud saludable. Pero, en vuestras casas, en cada familia, cuando hay  un joven que está todo el día sentado, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, tiene algo” y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la inquietud saludable,  la capacidad de no estar satisfechos con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica,  me pregunto ¿Dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? .Jesús responde: “Ya sabes los mandamientos” (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el cual Jesús quiere conducir a un lugar preciso. De hecho, ya está claro, por su pregunta que aquel hombre no tiene una vida plena busca algo más, está inquieto. Por lo tanto ¿qué debe entender? Él dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20).

¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar las propias limitaciones. Nos volvemos adultos cuando nos relativizamos y tomamos conciencia de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre se ve obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de un margen.

¡Qué hermoso es ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y sin embargo, hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus limitaciones.

Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento “(Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, por eso vino. Aquel hombre tenía dar un salto para llegar al umbral, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y – precisamente porque falta la vida plena -dejarlo todo para seguir al Señor [3]. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmenso, maravilloso – no está la propuesta de la pobreza sino la de la riqueza, la verdadera, “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven ¡Sígueme!”(V. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. Jesús no ofrece sustitutos, ¡sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo pueden los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos –me permito la palabra- “enanos”; crecen hasta una determinada estatura y luego no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse con esto. Hace falta el ejemplo de alguien que me invita a un “más allá”, a “algo más“, a crecer algo más. San Ignacio lo llamaba el “magis”, “el fuego, el fervor de la acción, que sacude al soñoliento”. [4]

El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a cumplirlos. Tenemos que partir de la realidad para dar el salto a “lo que falta”. Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha cruzado, nos lleve a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española  provenientes de España y América Latina. De modo particular, saludo a los profesores y alumnos del Seminario Menor de Madrid. Pidamos a la Virgen María que obtenga para nosotros la gracia de volver a descubrir y revivir los diez mandamientos como un camino de amor que nos llevará a la vida verdadera, que es Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

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1] Los Padres hablan de pusilanimidad (oligopsychìa). San Juan Damasceno la define como “el temor de llevar a cabo una acción” (Exposición exacta de la Fe Ortodoxa, II, 15) y San Juan Clímaco agrega que “la pusilanimidad es una disposición pueril, en un alma que ya no es más joven “(La Scala, XX, 1, 2).
[2] Ver Carta a Isidoro Bonini, 27 de febrero de 1925.
[3] “El ojo fue creado para la luz, el oído para los sonidos, todo para su propósito y el deseo del alma para  apresurarse hacia el Cristo” (Nicola Cabasilas, La vida en Cristo,II, 90).
[4] Discurso a la XXXVI Congregación General de la Compañía de Jesús, 24 de octubre de 2016: “Se trata de magis, de aquel plus que lleva a Ignacio a iniciar procesos, a acompañarlos y evaluar su impacto real en la vida de las personas, en materia de fe, o de justicia, o de misericordia y caridad”.

Fuente: Zenit| Vatican.va
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Carta Cardenal Osoro: 13 de junio de 2018

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Un año para mirar y seguir a María

Un año para mirar y seguir a María

Vamos a vivir un acontecimiento extraordinario en nuestra archidiócesis de Madrid: un Año Santo Mariano. ¿Qué me ha motivado a pedir al Santo Padre la celebración de este acontecimiento? Lo han hecho dos realidades: en primer lugar, celebrar y hacer memoria de que hace 25 años, el día 15 de junio de 1993, san Juan Pablo II vino a Madrid a inaugurar y consagrar la catedral de Santa María la Real de la Almudena; y en segundo lugar, que hemos concluido hace unos días los trabajos del primer Plan Diocesano de Evangelización (PDE), que ha tenido tres años de duración. La Palabra de Dios nos ha guiado, hemos visto nuestra realidad eclesial y la llamada que el Espíritu Santo nos hace a todos para levantarnos y hacer el camino llenos del Espíritu del Señor. ¿Quién nos puede enseñar mejor esto? Quien fue la primera discípula de Jesús, su Santísima Madre, la que indicó a quienes se sentían en apuros en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga».

En este Año Mariano, todos los que formamos la Iglesia diocesana, queremos aprender junto a María, desde esa advocación entrañable de Santa María la Real de la Almudena, a ser discípulos misioneros. Y, a los 25 años de la dedicación de la catedral de La Almudena, queremos acercarnos a nuestra Madre antes de proponeros el segundo PDE, que intentará responder a los retos que tenemos, acogiendo en nuestro corazón a María, descubriendo su camino para hacer presente y dar rostro humano a Jesucristo. Será, os lo aseguro, un año apasionante. Acompañadme. Yo también lo haré con mi presencia en las diversas vicarías con la imagen de la Almudena, intentando que el corazón de la Madre nos haga vivir con la misma palpitación que Ella vivió junto a Jesucristo.

Con la culminación del PDE hemos visto y sentido cómo el Señor impulsa a la Iglesia diocesana a ser Madre, a acoger a los hombres y a acompañarlos, a acercarnos a los que más necesitan, marginados y excluidos; a practicar, en definitiva, las obras de misericordia. El Señor nos impulsa a vivir con más hondura nuestra fe en la celebración de los sacramentos; a vivir en diálogo abierto entre la fe y la cultura de nuestro tiempo; a simplificar estructuras y hacerlas más operativas y vivas en la vida concreta de la Iglesia diocesana; a fomentar la oración personal y comunitaria; a asombrarnos ante un Dios que se hace cercano a nosotros; a dejarnos formar como cristianos en todas las dimensiones que tiene la vida sin excluir ninguna; a vivir con fuerza la comunión eclesial, que fue el gran deseo del Señor para con sus discípulos para hacernos creíbles entre los hombres…

En definitiva, el PDE nos ha vuelto a invitar a vivir el gran mandato de Jesús: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio a todos los hombres». Es decir, id y vivid una experiencia fuerte de Iglesia en salida, que va donde están y como están los hombres. Y por eso sale a los jóvenes, a las familias, e invita a los sacerdotes a descubrir la grandeza y el misterio de ser un pastor que camina con el pueblo, que edifica con su trabajo y que confiesa con su manera de vivir. Invita a la vida consagrada a vivir con fuerza, audacia y valentía el carisma que el Señor regaló a su Iglesia a través de sus fundadores. Invita a los laicos cristianos a sentirse a gusto en medio del mundo, cercanos los unos a los otros, y descubriendo y viviendo el amor a la diversidad, unidos todos en las diferencias, pero viviendo en esa tarea apasionante de construir el Reino de Dios, como hemos dicho en el PDE, entre todos, con todos, para todos. En este inicio del Año Santo Mariano:

1. Acércate a nuestra Madre la Virgen María: Ella es figura de la Iglesia en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo, tal y como enseñaba san Ambrosio. Junto a nuestra Madre descubrirás siempre lo que significa tener los mismos sentimientos de Cristo, que no es ni más ni menos que no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de la vida. Pues estos no responden a la sed profunda del corazón. Los sentimientos de Cristo se alcanzan abriendo el corazón a Dios, llevando con Él el peso de nuestra vida y abrirnos a Él con sentido de obediencia y confianza, porque, solamente en esa obediencia y desde ella, seremos libres. En María, este fue un ejercicio diario; esto fue lo que la llevó a decir a Dios sin condiciones: «aquí estoy», «he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra». En María se nos descubre la imagen cristiana de Dios, del hombre y su camino, que viene descrita de una manera sublime en aquellas palabras del apóstol san Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). También nos dice: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». Esta fue la opción fundamental de María y ha de ser la nuestra.

2. Descubre junto a nuestra Madre la Virgen María la grandeza de ser discípulo misionero: nuestra gran dignidad consiste precisamente en que no solamente somos imagen de Dios, sino hijos de Dios. Llamados por el Señor, convocados por Él, transformados por Él. Es un don objetivo en una realidad subjetiva, que es decisiva para nuestro modo de pensar, de actuar, de ser. Considerados hijos en el Hijo. ¡Qué fuerza existencial tiene ver cómo nos enseña nuestra Madre la identidad cristiana a través de dos elementos: no buscarse a sí, sino llenar la vida de Dios, dejarle morar en Ella, darle rostro humano y entregarse con Cristo, sumergiéndose en Él y compartiendo tanto su muerte como su vida.

3. Vive las tareas esenciales del discípulo misionero como nuestra Madre la Virgen María: a) la invitación al encuentro: en las bodas de Caná, la Virgen María se hace misionera, nos habla de la necesidad de acercarnos a todos los hombres y muy especialmente a quienes más lo necesitan; b) la invitación a custodiar y alimentar la fe: en la Anunciación nos enseña a hacerlo para ser discípulos misioneros, lo que conlleva vivir en intimidad con Dios, decir siempre sí a Dios, ponerse a su disposición con todas las consecuencias; c) la invitación a estar siempre en el camino de los hombres: en la Visitación nos enseña a ponernos en camino y, a pesar de las dificultades, hacerlo con una confianza ilimitada en Dios; d) la invitación a ser provocadores en el camino de la experiencia del encuentro con Dios: en la Visitación nos dice que el camino hay que recorrerlo para hacer sentir y vivir a quienes nos encontremos la experiencia viva y cercana de Dios, y e) la invitación a vivir el gozo de proclamar con obras y palabras la grandeza de Dios: el magníficat es el canto en el que mejor se descubre la grandeza de haber sido llamados a proclamar la Buena Nueva.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid

Fuente: Archidiócesis de Madrid

 

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El eco de Su voz: 10 milagros de San Antonio de Padua

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San Antonio de Padua es conocido en todo el mundo con el calificativo de taumaturgo, que quiere decir el que “obra milagros”, porque durante su vida Dios realizó a través sus numerosos prodigios. Aquí te relatamos sólo diez de los muchos que nos han llegado a través de los siglos.

1. Los gorriones encerrados

Fernando (su nombre de bautismo) era un niño muy obediente, tanto con Dios como con sus papás terrenales. Por esa razón su Papá del cielo un día lo premió. Era la época en que los gorriones en bandadas hacían estragos en los trigales, y el padre de Fernando le había dado la tarea de cuidar el campo de los pájaros en su ausencia.

El niño contento obedeció, pero en un momento sintió un fuerte deseo de ir a rezar en la iglesia. Entonces llamó a todos los gorriones y los encerró en una habitación. Cuando llegó su padre se enojó mucho al ver que Fernando no estaba en el campo y lo llamó para reprocharle, pero el niño le aseguró que los pájaros no comieron ni un grano de trigo y lo llevó hasta donde estaban encerradas las aves, y las soltó. El padre, maravillado, abrazó muy fuerte a su hijo.

2. Tormentas del diablo

San Antonio, como muchos grandes santos, era perseguido por el demonio, enojado porque le quitaba muchas almas. Por lo tanto siempre buscaba molestarlo cuando predicaba.

Un día, cuando el santo predicaba en la ciudad de Limoges, en Francia -al aire libre, porque la iglesia no podía contener toda la gente que había ido a escuchar su predicación-, de repente el cielo se nubló amenazando con una terrible tormenta.

El público comenzó a marcharse y Fray Antonio los llamó asegurando que no les caería ni una gota. Y así fue, llovió fuertemente alrededor de la gente, dejando completamente seca la parte donde ellos estaban. Al final de la predicación, todos los que asistieron alabaron al Señor y dieron gracias por lo que acaban de presenciar.

3. La mula de rodillas

Este es uno de los milagros más conocidos de san Antonio. Una vez, encontrándose en Rímini, el santo trató de convertir a un hereje. Discutían sobre la real presencia de Jesús en la Eucaristía.

El hereje, llamado Bonvillo, lanza el desafío al fraile afirmando: si tú, Antonio, lograras probar con un milagro que en la Comunión de los creyentes está, velado, el verdadero cuerpo de Cristo, yo renunciaré a cada herejía y abrazaré sin demora la fe católica. Antonio acepta el desafío convencido de conseguirlo todo de Dios, por la conversión del hereje.

Entonces Bonfillo, dice: yo tendré encerrada mi mula por tres días privándola de comida. A los tres días, la sacaré ante la presencia del pueblo y le dejaré el heno listo para que coma. Tú mientras tanto estarás por el otro lado con aquello que afirmas ser el cuerpo de Cristo. Si el animal incluso hambriento rechaza el alimento y adora a tu Dios yo creeré sinceramente en la fe de la Iglesia.

Antonio rezó y ayunó todos los tres días. El día establecido, la plaza estaba repleta de gente, todos a la espera de ver quién ganaba la disputa. Antonio celebró la misa delante de la muchedumbre y luego con suma reverencia acercó el cuerpo de Cristo ante la mula hambrienta y al mismo tiempo Bonfillo le enseñó el heno.

Entonces san Antonio ordenó al animal: “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”.

El santo ni siquiera había acabado estas palabras cuando el animal, dejando a un lado el heno, inclinándose y bajando la cabeza, se acercó arrodillándose delante de la Eucaristía. Una gran alegría contagió a los fieles y el hereje renegó de su doctrina en presencia de toda la gente y se convirtió a la fe católica.

4. Genuflexiones extrañas

Un día, san Antonio se cruzó en la calle con un hombre famoso por su vida disoluta. Al verlo inmediatamente le hizo una genuflexión, llamando la atención del hombre. Y así lo hizo las varias veces que lo encontraba. El hombre, molesto porque pensaba que se estaba burlando de él, irritado le dijo: “Si no terminas de burlarte de mí, te atravesaré con mi espada”, a lo que respondió el santo: “Oh glorioso mártir de Dios, acuérdate de mí cuando estés en el paraíso”. El hombre al oír sus palabras se echó a reír. Años después el pecador estando en Palestina se convirtió, predicó su fe a los sarracenos y fue martirizado, cumpliéndose la profecía del santo.

5. La predicación a los peces

En una ocasión, cuando un grupo de personas impedían al pueblo acudir a sus sermones, san Antonio se fue a la orilla del mar y empezó a gritar: “Oigan la palabra de Dios, ustedes los peces del mar, ya que los pecadores de la tierra no la quieren escuchar”.

Mientras hablaba, los peces empezaron a unirse y a acercarse a él, sacando sus cabezas fuera del agua para escuchar atentos las palabras del fraile que los invitaba a alabar a Dios, creador del agua en la que encontraban su alimento y vivían en serenidad.

Maravillados, los pescadores corrieron a la ciudad a contar lo que apenas habían visto a los habitantes de la aldea, y con ellos, también los herejes, se arrodillaron escuchando las palabras de Antonio.

6. Limpieza total

Un día se presentó delante del santo un gran pecador, decidido a cambiar de vida y reparar todos los males cometidos. Se arrodilló a sus pies para hacer la confesión pero fue tal su conmoción que no logró abrir la boca, y lloraba desconsoladamente. Entonces el santo fraile le aconsejó apartarse y escribir sobre una hoja todos sus pecados.

El hombre obedeció y volvió con una larga lista. Fray Antonio leyó todos los pecados en voz alta y le devolvió la hoja. ¡Cuál fue la maravilla del pecador arrepentido, cuando vio la hoja perfectamente limpia! Los pecados desaparecieron del alma del pecador e incluso del papel.

7. San Antonio y el Niño Jesús

Al santo lo vemos representado casi siempre con el Niño Jesús, y esto se debe a que cuando era todavía un joven fraile estaba rezando solo en una habitación donde fue hospedado para un periodo de descanso, y el dueño, espiando a hurtadillas por una ventana, vio que el fraile tenía en sus brazos un hermoso niño al que abrazaba y besaba con intensa contemplación.

El hombre, atónito y extasiado por la belleza de aquel niño, se preguntaba de dónde había salido y el mismo Niño Jesús le reveló a Antonio que el huésped estaba observándolo. Después de larga oración, desapareció la visión, el santo llamó al hombre y le prohibió contar lo que había visto. Con este acto de ternura, Jesús demostraba su amor a su siervo bueno y fiel.

8. El recién nacido que habla

En Ferrara había un caballero extremadamente celoso de su mujer, que poseía una innata gracia y dulzura. Quedando embarazada, injustamente la acusó de adulterio y una vez nacido el niño, que tenía la tez bastante oscura, el marido se convenció aún más de que esta la había traicionado.

En el bautismo del niño, mientras el cortejo se dirigía a la iglesia con el padre, parientes y amigos, Antonio pasó cerca de ellos y sabiendo las acusaciones del hombre, impuso el nombre de Jesús al niño. Preguntándole quién era su padre, el pequeño, de solo pocos días de vida, apuntó con el dedo hacia su padre y luego, con voz clara, dijo: “¡éste es mi padre!”.

La maravilla de los presentes fue grande, y sobre todo de aquel hombre, que retiró todas las acusaciones contra su esposa y vivió felizmente con ella.

9. La comida envenenada

Una vez, los herejes, movidos por el odio que tenían hacia el santo, pensaron en hacerlo morir envenenándolo y fingiendo querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo y lo invitaron a un almuerzo. Nuestro fraile, que no quiso perder la ocasión para hacer un bien, aceptó la invitación. Y le sirvieron un plato con comida envenenada.

Fray Antonio, inspirado por Dios, se dio cuenta y los regañó diciendo: “¿Por qué hicieron esto?”. “Para ver – contestaron – si son verdaderas las palabras que Jesús les dijo a los Apóstoles: “Beberéis el veneno y no os hará mal”.

Fray Antonio se recogió en oración, trazó una señal de cruz sobre la comida y luego serenamente comió, sin que le sucediera absolutamente nada. Confusos y arrepentidos de su mala acción, los herejes pidieron perdón, prometiendo convertirse.

10. ¿Quién es el culpable?

Cuando Antonio se encontraba en Padua, sucedió en Lisboa, su ciudad natal, que un joven mató a su mayor enemigo y lo enterró en el jardín de la familia del santo. Cuando encontraron el cuerpo, culparon a su padre, el dueño del jardín. Trató de demostrar su inocencia y no pudo.

Entonces el santo viajó hasta Lisboa y se presentó ante el juez declarando la inocencia de su padre. El juez no le creyó, así que hizo traer el cadáver ante el tribunal y le preguntó: “¿Fue mi padre el que te mató?”. El cuerpo, resucitando, respondió: “no, no fue tu padre” y cayó de nuevo exánime. Y el juez se convenció de su inocencia.

Fuente: elpandelospobres.com |Original publicado en Aleteia
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Ángelus 10 de junio de 2018

El Papa Francisco durante el rezo del Ángelus. Foto: Vatican Media

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Marcos 3: 20-35) nos muestra dos tipos de incomprensiones a los que Jesús tuvo que hacer frente: la de los escribas y la de los miembros de su propia familia. La primera incomprensión la de los escribas que eran hombres educados en las Sagradas Escrituras y encargados ​​de explicarlas a la gente.

Algunos de ellos son enviados desde Jerusalén a Galilea, donde la fama de Jesús había comenzado a extenderse, para desacreditarlo ante los ojos de la gente. Para hacer el papel de chismosos desacreditando al otro, quitándole la autoridad, es una cosa muy fea y estos eran enviados para hacer precisamente eso. Y estos escribas llegaron con una acusación precisa y terrible, no ahorraban medios, iban a lo concreto y decían: “Éste está poseído por Belzebú y expulsa a los demonios por medio del jefe de los demonios” (v.22). Y el jefe de los demonios es Él quién lo empuja, es casi decir que este hombre era un endemoniado.

De hecho Jesús curaba a muchos enfermos y los escribas querían hacer creer a la gente  que no lo hacía con el Espíritu de Dios, como lo hacía Jesús sino con el espíritu del Maligno, con la fuerza del Diablo. Jesús reacciona con palabras fuertes y claras, no tolera esto, porque esos escribas, quizás sin darse cuenta, están cayendo en el pecado más grave: negar y blasfemar el Amor de Dios que está presente y obra en Jesús. La blasfemia es el pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado imperdonable, así lo dice Jesús que parte de un cierre del corazón a la misericordia de Dios que actúa en Jesús. Pero este episodio contiene una advertencia que nos sirve a todos. De hecho, puede suceder que una fuerte envidia por la bondad y por las buenas obras de una persona puedan llevar a acusarla falsamente. Aquí hay un veneno mortal: la malicia con la que, de forma premeditada, uno quiere destruir la buena reputación del otro. ¡Dios nos libre de esta terrible tentación! Y si, mediante el examen de nuestra conciencia nos damos cuenta de que esta mala hierba está brotando dentro de nosotros, vayamos a confesarnos inmediatamente en el sacramento de la Penitencia, antes de que se desarrolle y produzca sus efectos malignos que son incurables.

Estén atentos porque estos comportamientos destruyen a las familias, a las comunidades y por tanto a la sociedad.

El Evangelio de hoy también nos habla de otra incomprensión muy distinta hacia Jesús: la de su familia. Estaban preocupados porque su nueva vida itinerante les parecía una locura (v. 21). De hecho, Jesús se mostró tan disponible para las personas, especialmente para los enfermos y pecadores, hasta el punto de que ya ni siquiera tenía tiempo ni para comer. Jesús era así, primero a la gente, ayudar a la gente, enseñar a la gente, Jesús era para la gente, no tenía tiempo ni para comer. Su familia, por lo tanto, decide traerlo de regreso a Nazaret. Llegan al lugar donde Jesús está predicando y lo envían a llamar. Le dicen a Jesús: “Mira, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan” (v. 32). Él responde: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”, Y mirando a las personas que lo rodean para escucharlo, agrega: “¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, él es hermano, hermana y madre para mí “(v.  33-34).

Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos los que aceptan la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre sí, recibir la palabra de Jesús nos convierte en hermanos y en familia entre nosotros. Hablar de los otros, destruir la reputación de los otros nos hace ser familia del Diablo. La respuesta de Jesús no es una falta de respeto por su madre y su familia. De hecho, para María es el mayor reconocimiento, por qué ella es la perfecta discípula que obedecía la voluntad de Dios en todo.

Que la Virgen Madre nos ayude a vivir en comunión con Jesús, reconociendo el trabajo del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una nueva vida.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Me gustaría una vez más llevar al amado pueblo coreano un pensamiento particular en la amistad y la oración. Las conversaciones que tendrán lugar en los próximos días en Singapur pueden contribuir al desarrollo de un camino positivo, que garantizará un futuro pacífico para la Península de Corea y para todo el mundo. Es por eso que le rezamos al Señor. Juntos, recemos a Nuestra Señora, Reina de Corea, para acompañar estas charlas. [“Dios te salve, María …”]

Hoy, en Agen, Francia, se proclama la Beata Hermana María de la Concepción, en el siglo Adelaide de Batz de Trenquelléon. Vivió entre los siglos XVIII y XIX, fundó las Hijas de María Inmaculada, llamadas marianistas. Alabamos al Señor por su hija que le ha consagrado la vida a él y al servicio de sus hermanos. Una ronda de aplausos a la nueva Beata, un aplauso.

Saludo a todos ustedes, queridos romanos y peregrinos: grupos parroquiales, familias, asociaciones. En particular, saludo a los fieles que vinieron de España: de Murcia, Pamplona y Logroño. Y de Italia los de Nápoles, los jóvenes de Mestrino y el grupo de deportes de montaña de Legnago.

Os deseo un feliz domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Zenit | Vatican. va.  Traducción Zenit: Raquel Anillo
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Fiesta del Inmaculado Corazón de María

Fiesta Inmaculado Corazón

María, Madre de Jesús y nuestra, nos señala hoy su Inmaculado Corazón. Un corazón que arde de amor divino, que rodeado de rosas blancas nos muestra su pureza total y que atravesado por una espada nos invita a vivir el sendero del dolor-alegría.

La Fiesta de su Inmaculado Corazón nos remite de manera directa y misteriosa al Sagrado Corazón de Jesús. Y es que en María todo nos dirige a su Hijo. Los Corazones de Jesús y María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad.

La Iglesia nos enseña que el modo más seguro de llegar a Jesús es por medio de su Madre.

Por ello, nos consagramos al Corazón de Jesús por medio del Corazón de María. Esto se hace evidente en la liturgia, al celebrar ambas fiestas de manera consecutiva, viernes y sábado respectivamente, en la semana siguiente al domingo del Corpus Christi.

Santa María, Mediadora de todas las gracias, nos invita a confiar en su amor maternal, a dirigir nuestras plegarias pidiéndole a su Inmaculado Corazón que nos ayude a conformarnos con su Hijo Jesús.

Venerar su Inmaculado Corazón significa, pues, no sólo reverenciar el corazón físico sino también su persona como fuente y fundamento de todas sus virtudes. Veneramos expresamente su Corazón como símbolo de su amor a Dios y a los demás.

El Corazón de Nuestra Madre nos muestra claramente la respuesta a los impulsos de sus dinamismos fundamentales, percibidos, por su profunda pureza, en el auténtico sentido. Al escoger los caminos concretos entre la variedad de las posibilidades, que como a toda persona se le ofrece, María, preservada de toda mancha por la gracia, responde ejemplar y rectamente a la dirección de tales dinamismos, precisamente según la orientación en ellos impresa por el Plan de Dios.

Ella, quien atesoraba y meditaba todos los signos de Dios en su Corazón, nos llama a esforzarnos por conocer nuestro propio corazón, es decir la realidad profunda de nuestro ser, aquel misterioso núcleo donde encontramos la huella divina que exige el encuentro pleno con Dios Amor.

HISTORIA DE LA DEVOCIÓN

La historia de la devoción del Inmaculado Corazón se inicia en el siglo XVII, como consecuencia del movimiento espiritual que procedía de San Juan Eudes.

Más adelante, en diciembre del año 1925 la Virgen Santísima se le apareció a Lucía Martos, vidente de Fátima, y le prometió asistir a la hora de la muerte, con las gracias necesarias para la salvación, a todos aquellos que en los primeros sábados de cinco meses consecutivos, se confesasen, recibieran la Sagrada Comunión, rezasen una tercera parte del Rosario, con la intención de darle reparación.

En la tercera aparición de Fátima, Nuestra Madre le dijo a Lucía: “Nuestro Señor quiere que se establezca en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado. Si se hace lo que te digo se salvarán muchas almas y habrá paz; terminará la guerra…. Quiero que se consagre el mundo a mi Corazón Inmaculado y que en reparación se comulgue el primer sábado de cada mes…. Si se cumplen mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz…. Al final triunfará mi Corazón Inmaculado y la humanidad disfrutará de una era de paz.”

En un diálogo entre Lucía y Jacinta, ella, de diez años, dijo a Lucía: “A mí me queda poco tiempo para ir al Cielo, pero tú te vas a quedar aquí abajo para dar a conocer al mundo que nuestro Señor desea que se establezca en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María”.

“Diles a todos que pidan esta gracia por medio de ella y que el Corazón de Jesús desea ser venerado juntamente con el Corazón de su Madre. Insísteles en que pidan la paz por medio del Inmaculado Corazón de María, pues el Señor ha puesto en sus manos la paz del mundo.”

El Papa Pío XII, el 31 de Octubre de 1942, al clausurarse la solemne celebración en honor de las Apariciones de Fátima, conforme al mensaje de éstas, consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María.

Asimismo, el 4 de mayo de 1944 el Santo Padre instituyó la fiesta del Inmaculado Corazón de María, que comenzó a celebrarse el 22 de Agosto. Ahora tiene lugar el Sábado siguiente al Segundo Domingo de Pentecostés.

ORACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

“Acuérdate, Nuestra Señora del Sagrado Corazón,
de las maravillas que el Señor hizo en ti:
Te eligió por madre y te quiso junto a su cruz.

Hoy te hace compartir su gloria y escucha tus súplicas.
Ofrécele nuestras alabanzas y nuestra acción de gracias.
Preséntale nuestras peticiones.
(Aquí se pide la gracia que se desea obtener)

Haznos vivir, como tú, en el amor de tu Hijo,
para que venga a nosotros su reino.

Conduce a todos los hombres
a la fuente de agua viva que brota de su Corazón,
derramando sobre el mundo
la esperanza y la salvación, la justicia y la paz.

Mira nuestra confianza, atiende nuestra súplica
y muéstrate siempre Madre nuestra. Amén”

(Seguidamente rezáis un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria)

Fuente: aciprensa

 

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