Carta 15 de febrero de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

Manos Unidas para ser reflejo de su luz

Maquetación 1

Os cuento lo que este fin de semana he vivido. Me ha dado luz y creo que os puede iluminar y ofrecer un camino realizado por testigos del compromiso con los demás. Lo he vivido con los niños. Ellos, con esfuerzo, en una barriada donde no abunda el dinero, han sido capaces de decirnos con su vida y con sus obras que es cierto lo que el lema de la campaña de este año de Manos Unidas nos expresa: El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida. Se pusieron manos a la obra y han sido capaces de movilizar a todos para unir las manos, el corazón y su pensamiento hacia esos 800 millones de seres humanos que padecen hambre, entre los que se encuentran muchos niños como ellos. Así nos demuestran que si somos solidarios, si experimentamos y hacemos ver a todos eso que decimos en el padrenuestro –que somos hermanos y que lo que tenemos en nuestra familia es para todos–, podemos hacer un mundo diferente. ¡Qué bueno es vivir haciendo la voluntad de Dios! ¡Qué grande es el ser humano cuando busca hacer esa voluntad con todo su corazón! ¡Qué hondura tiene la vida cuando la construimos en y desde el Señor, que es donde adquiere firmeza y seguridad para uno mismo y para los demás! ¡Qué belleza la del ser humano cuando le pide a Dios que nos facilite abrir los ojos y contemplar las maravillas que Él quiere hacer a través de nosotros!

Los niños de esta parroquia a la que me refiero, a lo largo del año, han querido hacer un gesto y una obra significativa. Tenían una hucha de cartón en su casa e iban poniendo sus ahorros en la misma, pensando que lo suyo era para otros que estaban peor, pasando hambruna y miseria, y que ellos podían aportar algo. Y ese algo era su compromiso, su solidaridad. Ellos saben que esto es lo que cambia el mundo. Por algo el Señor dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis». La atención que Él muestra en el Evangelio por los niños tiene su razón de ser. Son los que tienen más limpios los oídos para escuchar y más limpios los ojos para ver las necesidades de los demás. ¡Qué fácil es ver cómo un niño entiende esas palabras de Jesús en las que nos muestra que Él está en cada uno de los que nosotros ayudamos: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis». Gracias por hacernos sentir en lo más profundo del corazón el deseo de revelar y mostrar con obras el amor mismo de Jesús a todos los hombres con un cambio de corazón y con la preocupación por hacer que esta tierra sea una gran familia de hermanos, donde todos nos ayudamos y nadie pase necesidad. 800 millones de seres humanos que padecen hambre pueden desaparecer. Si somos solidarios, pueden comer. Hay en esta tierra riqueza y medios para todos. Hagamos posible esto.

El escándalo del hambre, que padecen tantos millones de personas, no puede dejarnos impasibles. ¡Cómo no sentir la dicha y la necesidad de caminar en la voluntad del Señor que quiere que los hombres vivamos como hermanos! ¡Cómo no guardar sus deseos en el corazón: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado»! ¡Cómo no hacer el bien, viviendo y cumpliendo su Palabra! ¡Cómo no vamos a decirle al Señor desde lo más profundo de nuestro corazón: «Señor ábreme el corazón, los ojos, el pensamiento para que vea las necesidades de mis hermanos»!

El Señor nos hace tres invitaciones:

1. A acoger la sabiduría de Dios. Que nos hace ver cuáles son los mandatos de Dios que más se hunden en la profundidad de nuestro corazón, para cambiarlo. Con la sabiduría de Dios, distinguimos perfectamente la elección que Él desea que hagamos. Tenemos delante de nosotros «muerte y vida». Él nos invita a vivir de su gracia. Es su deseo que demos siempre vida. Solamente lo podemos hacer con esa sabiduría que viene de Dios, que nos revela Jesucristo con su vida entre nosotros y que nos impulsa a cambiar este mundo y las relaciones entre los hombres. Se da ese cambio cuando se transforma el corazón, y nos hace ver que no puedo dejar a mi hermano, que tengo que responder con compromiso y ello me exige dar y darme en la totalidad de lo que soy y de lo que tengo.

2. A vivir desde el horizonte que Dios da a nuestra existencia y que se nos regala en Jesucristo. Nos ha preparado el ser uno en Él. Ser su Cuerpo, que se mueve y conmueve con obras y palabras que son las de Jesucristo. ¡Qué hondura tiene vivir en comunión con el Señor! ¿Puede un ser humano desentenderse de quien está a su lado si dice que su vida es la del mismo Cristo? Por supuesto que no. La relación y la vida de Cristo en nosotros crea tal comunión con el hermano que no puede permanecer impasible ante quien no tiene lo necesario para vivir con la dignidad que Dios mismo le reconoce, al «ser su imagen».

3. A escuchar siempre a Dios y a vivir según lo que somos, «imagen de Dios». Como tal acogemos el deseo del Señor: «Habéis oído que se dijo, pero yo os digo». ¡Qué novedad nos trae Jesucristo! Creo que se puede resumir en estas realidades:

a) Cambio de las relaciones entre los hombres, pues «se dijo no matarás, yo os digo mucho más, ni siquiera tener cólera e insultos»: matamos cuando no reconocemos en quienes nos encontramos la imagen de Dios, cuando dejamos que se estropeen esas imágenes por falta de los medios necesarios para subsistir o por otros motivos. Regalemos esa imagen que somos: regalad vida, entrega, esperanza, ilusión, verdad, fortaleza, generosidad. Ofreceos para ser puentes, distanciaos de ser muros. Sed mediadores para que todos los hombres puedan desvivirse por los demás sin imposiciones ni proposiciones que nada tienen que ver con construir una vida digna.

b) Regalemos siempre perdón. Esto debe ser tu ofrenda y tu pasión: vivir la reconciliación con el hermano. La ofrenda que debes hacer es tu vida entera a tu hermano. Antes él que tú.

c) Construyamos la cultura del encuentro que se inicia desde el mismo momento de la Encarnación. Hemos sido creados para encontrarnos y, por ello, para ocuparnos y preocuparnos por los demás.

d) Necesidad de hacer un trasplante de los ojos, el corazón y el pensamiento: hemos de aprender y pedir como regalo la mirada de Jesucristo que es ternura, compasión, misericordia. Que nunca nos adueñemos de lo que no nos pertenece. Que nunca sean los impulsos instintivos los que muevan nuestra vida, pues destruyen las relaciones. Devolvamos la dignidad de las personas, algo que se consigue cuando amamos sin reservas y no convertimos al otro en un objeto. No nos dejemos contaminar por la mentira, la ambigüedad de las palabras, el doble sentido y la falsedad.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

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Audiencia general 15 de febrero de 2017

La esperanza no defrauda

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Desde pequeños nos enseñan que no es bueno vanagloriarse. En mi tierra, a quienes presumen los llaman ‘pavos’. Y es justo, porque presumir de aquello que se es o de aquello que se tiene, además de ser soberbia, expresa también una falta de respeto en relación a los demás, especialmente con aquellos que son menos afortunados que nosotros.

En este pasaje de la Carta a los Romanos, en cambio, el Apóstol Pablo nos sorprende, en cuanto nos exhorta dos veces a vanagloriarnos. Entonces, ¿de qué cosa es justo vanagloriarse?

Porque si él nos exhorta a jactarnos, de algo es justo vanagloriarse. ¿Y cómo es posible hacer esto, sin ofender a los demás, sin excluir a alguien?

En el primer caso, estamos invitados a vanagloriarnos de la abundancia de la gracia de la cual somos impregnados en Jesucristo, por medio de la fe. ¡Pablo quiere hacernos entender que, si aprendemos a leer cada cosa a la luz del Espíritu Santo, nos damos cuenta que todo es gracia! ¡Todo es don!

De hecho, si ponemos atención, al actuar –en la historia, como en nuestra vida– no solo somos nosotros, sino es sobre todo Dios. Es Él el protagonista absoluto, que crea cada cosa como un don de amor, que teje la trama de su designio de salvación y que lo lleva a cumplimiento por nosotros, mediante su Hijo Jesús.

A nosotros se nos pide reconocer todo esto, acogerlo con gratitud y convertirlo en motivo de alabanza, de bendición y de gran alegría. Si hacemos esto, estamos en paz con Dios y tenemos la experiencia de la libertad. Y esta paz se extiende luego a todos los ámbitos y a todas las relaciones de nuestra vida: estamos en paz con nosotros mismos, estamos en paz en la familia, en nuestra comunidad, en el trabajo y con las personas que encontramos cada día en nuestro camino.

Pablo también exhorta a vanagloriarnos en las tribulaciones. Esto no es fácil de entender. Esto nos parece más difícil y puede parecer que no tenga nada que ver con la condición de paz apenas descrita. En cambio, constituye el presupuesto más auténtico, más verdadero.

De hecho, la paz que nos ofrece y nos garantiza el Señor no se debe de entender como la ausencia de preocupaciones, de desilusiones, de faltas, de motivos de sufrimiento. Si fuera así, en el caso en el cual lográramos estar en paz, ese momento terminaría rápido y caeríamos inevitablemente en la desesperación.

La paz que surge de la fe es en cambio un don: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que siempre está a nuestro lado, no nos deja solos ni siquiera un instante de nuestra vida. Y esto, como afirma el Apóstol, genera la paciencia, porque sabemos que, también en los momentos más duros y difíciles, la misericordia y la bondad del Señor son más grandes de toda cosa y nada nos separará de sus manos y de la comunión con Él.

Entonces, es por eso qué la esperanza cristiana es sólida, es por eso qué no defrauda. Jamás, defrauda. ¡La esperanza no defrauda! No está fundada sobre aquello que nosotros podemos hacer o ser, y mucho menos en lo que nosotros podemos creer.

Su fundamento, es decir, el fundamento de la esperanza cristiana, es lo que más fiel y seguro pueda existir, es decir, el amor que Dios mismo nutre por cada uno de nosotros.

Es fácil decir: Dios nos ama. Todos lo decimos. Pero piensen un poco: cada uno de nosotros es capaz de decir, ¿estoy seguro que Dios me ama? No es tan fácil decirlo. Pero es verdad. Es un buen ejercicio, esto, decirlo a sí mismo: Dios me ama. Esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz de la esperanza.

Y el Señor ha derramado abundantemente en nuestros corazones su Espíritu –que es el amor de Dios– como artífice, como garante, justamente para que pueda alimentar dentro de nosotros la fe y mantener viva esta esperanza.

Y esta seguridad: Dios me ama. “Pero, ¿en este momento difícil? Dios me ama. ¿Y a mí, que he hecho esta cosa fea y malvada? Dios me ama”. Esta seguridad no nos la quita nadie. Y debemos repetirlo como oración: Dios me ama. Estoy seguro que Dios me ama. Estoy seguro que Dios me ama.

Ahora comprendemos porque el Apóstol Pablo nos exhorta a vanagloriarnos siempre de todo esto. Yo me glorío del amor de Dios, porque me ama.

La esperanza que nos ha sido donada no nos separa de los demás, ni mucho menos nos lleva a desacreditarlos o marginarlos. Se trata en cambio de un don extraordinario del cual estamos llamados a convertirnos en “canales”, con humildad y simplicidad, para todos.

Y entonces nuestro presumir más grande será aquel de tener como Padre un Dios que no tiene preferencias, que no excluye a ninguno, sino que abre su casa a todos los seres humanos, comenzando por los últimos y alejados, para que como sus hijos aprendamos a consolarnos y a sostenernos los unos a los otros. Y no se olviden: la esperanza no defrauda.

Fuente: aciprensa | vatican.va
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El eco de su voz – San Claudio de la Colombière

Esta admirable fórmula del Acto de confianza es propiamente parte de un sermón del Santo sobre el amor de Dios: Oeuvres, IV, 215. Cf. carta XCVI.

Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda de Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes: «en paz me duermo y al punto descanso, porque tú, Señor, me has afirmado singularmente en la esperanza» (Sal 4,10). Despójenme, en buena hora, los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas e instrumentos de serviros; pierda yo por mí mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la esperanza; antes la conservaré hasta el último suspiro de mi vida y serán vanos los esfuerzos de todos los demonios del infierno por arrancármela: en paz me duermo y al punto descanso.

Que otros esperen la dicha de sus riquezas o de sus talentos: que descansen otros en la inocencia de su vida, o en la aspereza de su penitencia, o en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza se funda en mi misma confianza: «Tú, Señor, me has afirmado singularmente en la esperanza» (Sal 4,10). Confianza semejante jamás salió fallida a nadie: «Nadie esperó en el Señor y quedó confundido» (Sir 2,11). Así que seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo espero: «en Ti, Señor, he esperado; no quedaré avergonzado jamás» (Sal 30,2; 70,1).

Conocer, demasiado conozco que por mí soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme. Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable.

En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de Ti, y que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado. Por tanto, espero que me sostendrás firme en los riesgos más inminentes y me defenderás en medio de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos. Espero que Tú me amarás a mí siempre y que te amaré a Ti sin intermisión, y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta dónde puede llegarse, espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Criador mío, para el tiempo y para la eternidad. Amén.

Fuente: aciprensa

 

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Ángelus 12 de febrero de 2017

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El papa Francisco rezó este domingo la oración del ángelus desde su estudio que da a la plaza de San Pedro, donde miles de fieles y peregrinos le aguardaban. El Santo Padre ha profundizado sobre cómo hacer la voluntad de Dios, cumpliendo los mandamientos pero evitando el formalismo. En particular el homicidio, el adulterio y el juramento.

A continuación el texto completo:

“Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

La liturgia de hoy nos presenta otra página del Sermón de la Montaña, que encontramos en el evangelio de Mateo. En este paso Jesús quiere ayudar a sus oyentes a realizar una nueva lectura de la ley mosaica.

Aquello que fue dicho en la Antigua Alianza no rea todo: Jesús vino para cumplir y promulgar de manera definitiva la ley de Dios. Él manifiesta la finalidad originaria y cumple los aspectos auténticos, y hace todo esto con su predicación y más aún ofreciéndose a sí mismo en la cruz.

Así Jesús enseña como hacer plenamente la voluntad de Dios y usa esta palabra: “justicia superior” respecto a los escribas y fariseos. Una Justicia animada por el amor, la caridad, la misericordia y por lo tanto capaz de realizar la sustancia de los mandamientos, evitando el riesgo del formalismo. El formalismo: esto puedo, esto no puedo; hasta aquí puedo, hasta aquí no puedo… No: mucho más, en particular en el Evangelio de hoy Jesús toma en consideración tres aspectos: el homicidio, el adulterio y el juramento.

Sobre el mandamiento “no matar”, Él afirma que se viola no solamente con el homicidio efectivo, sino también con comportamientos que ofenden la dignidad de la persona humana, incluidas las palabras injuriosas. Seguramente estas no tienen la misma gravedad y culpa del asesinato, pero se pone en la misma línea, porque tiene las mismas premisas y revelan la misma maldad.

Jesús nos invita a no establecer una lista que evalúa las ofensas, sino considerarlas a todas dañosas, porque movidas por el deseo de hacer mal al prójimo. Y Jesús da el ejemplo. Insultar: nosotros estamos acostumbrados a insultar, es como decir “buenos días”. Y esto está en la misma línea del asesinato. Quien insulta a un hermano, asesina en el propio corazón al hermano. ¡Por favor nunca insultar! No ganamos nada…

Y aporta otro precepto a la ley matrimonial. El adulterio era considerado una violación del derecho de propiedad del hombre sobre la mujer. Jesús en cambio va a la raíz del mal. Así como se llega al homicidio a través de las injurias y las ofensas, así se llega al adulterio a través de las intenciones de poseer a una mujer diversa de la propia esposa.

El adulterio, como el hurto, la corrupción y todos los pecados, son antes concebidos en nuestra intimidad, y una vez tomada en el corazón la decisión equivocada, se transforman en comportamiento concreto. Y Jesús dice: quien mira a una mujer que no es la propia con ánimo de posesión es un adúltero en su corazón, ha iniciado el camino hacia el adulterio. Pensemos un poco sobre esto: sobre los malos pensamientos que vienen en esta línea.

Jesús después, dice a sus discípulos que no juren, porque el juramento es signo de la inseguridad y de la doble cara con que se realizan las relaciones humanas. Se instrumentaliza la autoridad de Dios para dar garantías a nuestros asuntos humanos.

Más bien estamos llamados a instaurar entre nosotros, en nuestras familias y en nuestras comunidades un clima de limpidez y de confianza recíproca, para que podamos ser considerados sinceros sin recurrir a intervenciones superiores para ser creídos.

!La desconfianza y la sospecha recíproca amenazan siempre la serenidad¡ La Virgen María, mujer que escuchaba con docilidad y obedecía con alegría, nos ayude a acercarnos siempre más al evangelio, para ser cristianos no de fachada, sino de sustancia. Y esto es posible con la gracia del Espíritu Santo, que nos permite hacer todo con amor, y así cumplir plenamente la voluntad de Dios”.

Después de la oración del ángelus el Papa dirigió algunos saludos

“Queridos hermanos y hermanas, saludo a todos los peregrinos aquí presentes, a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones. En particular a los alumnos del Instituto “Carolina Coronado” de Almendralejo y a los fieles de Tarragona, en España. También a los grupos de Caltanissetta, Valgoglio, Ancona, Pesaro, Turín y Pisa.

A todos les deseo un buen domingo. No nos olvidemos: no insultar, no mirar con malos ojos, con ojos de poseer a la mujer del prójimo, y no jurar. Es tan simple.

Y por favor no se olviden de rezar por mi. ‘¡Buon pranzo‘ y ‘arrivederci!’”.

(Traducido por ZENIT)
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Carta del 8 de febrero de 2017 – Card. Carlos Osoro Sierra

Viviendo y comunicando la vida nueva

Fano-iglesia

¿Por qué generaban aquellos primeros cristianos tal atracción? ¿Por qué su vida y su testimonio llamaban a incorporarse a tantos a la comunidad? La respuesta quizá está en la gran novedad que la Iglesia anunciaba al mundo. Anunciaba con palabras y obras a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la Palabra de Vida, que vino al mundo a hacernos «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4). ¡Qué Dios es este, que se hizo hombre para que comprendiéramos mejor quién es Él y cómo actúa y quién es el hombre! Vino a hacernos partícipes de su propia vida. Y la atracción está en que el pueblo no quiere andar en sombras de muerte, desea la vida, la felicidad; busca por todas partes la fuente de la vida. Aquellos primeros cristianos interpelaban y atraían porque todos los hombres, en su búsqueda de la felicidad, quieren encontrar testimonios creíbles de santidad y de compromiso.

¡Qué fuerza tienen las comunidades cristianas cuando, sintiéndose Cuerpo de Cristo, comunican la vida de Jesús el Buen Pastor, poniéndose al servicio de regalar siempre vida, con testimonio y entusiasmo! Nuestras comunidades cristianas, como Jesús, tienen que acercarse a los ciegos que van por los caminos sin ver en el otro una imagen real de Dios a la que hay que cuidar, respetar y hacerle vivir en la dignidad que Este le ha dado. Tienen que ser comunidades que se acerquen dignificando a las personas como Él lo hizo con la samaritana. Tienen que acercarse a los enfermos de cualquier clase y curarlos desde la cercanía, el amor y el respeto, dando lo que más necesita el ser humano para vivir. Tienen que acercarse a liberar a quienes viven de las fuerzas del mal, a quienes están atosigados por fuerzas que quitan la vida a uno mismo y a los demás. ¡Qué gracia tan grande es ver a la comunidad cristiana actuando como Jesús, incluyendo a todos los hombres, a los de cerca y a los de lejos, a los que lo reconocen y a los que no desean nada con Él! Incluye a todos: come y bebe con pecadores; toca a los leprosos; deja que una mujer con mala vida lave sus pies; invita a Nicodemo a nacer de nuevo, y nos exhorta a todos a la reconciliación, a amar a los enemigos, a optar por los más pobres.

Siguiendo las huellas de la primera comunidad cristiana que quería hacer presente y vivo a Jesús, descubro la conciencia tan clara que tenían de ser luz y sal del mundo. Deseaban brillar en medio de la historia, en todas las culturas a las que se aproximaron, no con luz propia, sino con la luz que Jesús les había dado con su vida. Si tuviese que resumir lo que ellos eran, diría que eran justos. Y no porque no fuesen pecadores como todos los hombres, sino porque ponían y exponían la vida delante de Dios con todas las consecuencias y Cristo estaba en ellos. Eran compasivos: acogían en su corazón a todos, especialmente a quienes más lo necesitaban, y su limosna no era solamente dar algo, sino darse a sí mismos y sobre todo reconocer la dignidad de los demás. El amor que regalaban y acercaban a los hombres era el del mismo Cristo y así hacían levantar la vida a quienes estaban a su lado, reconociendo que la versión más bella de la dignidad es descubrir al otro como hermano porque es hijo de Dios. Eran seguros, porque estaban firmes en Cristo. ¡Qué belleza! Hijos en el Hijo que es Jesucristo y hermanos en el Hermano que es Jesucristo. Tenemos y vivimos de su vida.

Ser discípulos en misión nos lleva a vivir en la comunidad cristiana de una manera singular y radical, que implica tres tareas urgentes y necesarias: estar al lado de los pobres; vivir en diálogo permanente con el Señor, es decir, en oración, y construyendo la paz a través de la cultura de la reconciliación y del encuentro. Diseñemos la comunidad cristiana haciendo memoria de lo que quiso el Señor que fuéramos siempre: «Sal y luz del mundo». Dar sabor e iluminar, esa ha de ser nuestra misión y pasión; lo que requiere una comunión cada día más viva, verdadera y fuerte con Jesucristo. Urge vivir desde tres ejes constitutivos de la comunidad cristiana que tan bellamente nos recuerda el Concilio Vaticano II en sus Constituciones:

1. Una comunidad cristiana tiene las puertas abiertas y sale a todos los caminos, para que puedan pasar todos los hombres y ser invitados a entrar: ¿Tenemos las puertas abiertas? ¿Salimos a la búsqueda de los hombres a los caminos que transitan? Hemos de hacer verdad que partimos y compartimos el pan con quien tiene hambre; la vida con quien no tiene dónde aposentarse; la dignidad que Dios nos ha dado y que le ha sido robada a los hombres. No cerremos en falso las heridas de esta humanidad. Ser sal y luz es tener ese don que solamente viene de Cristo. Hagamos este regalo.

2. Una comunidad cristiana lo es si sus miembros buscan siempre ser rostro de Cristo: hay que tener esa sabiduría que viene del Señor y que invade la existencia personal y nos hace ser fuertes en nuestra debilidad, elocuentes como Cristo en nuestros desconocimientos, ya que la elocuencia nos la da Él. Esto tiene además estas connotaciones: a) estamos para dar vida y no muerte; b) nuestra novedad es regalar un perdón incondicional, como Jesús que nos lo resume en sus propias palabras: «Perdónalos porque no saben lo que hacen»; c) asumir con todas las consecuencias la cultura de la reconciliación y del encuentro que nace del mandato de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»; y d) instalar en este mundo un nuevo modo de pensar y de hacer pensamiento con todo lo que el Señor nos ha dado: nuevos ojos para ver, nuevos oídos para oír, nuevas manos para trabajar.

3. Una comunidad cristiana está en el mundo para dar un nuevo sabor a todos y a todo y para iluminar todas las situaciones y dar nuevas soluciones a lo que viven los hombres de un modo nuevo: la vida nueva en Cristo toca al ser humano, en la plenitud de su existencia, personal, familiar, social y cultural. Entremos en este proceso de cambio que Jesús nos ofrece, démoslo en esta historia concreta que vivimos los hombres.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

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Audiencia general 8 de febrero de 2017

El Papa Francisco explicó en la Audiencia General del segundo miércoles de febrero, el significado de la dimensión comunitaria y eclesial de la esperanza cristiana. Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza cristiana”, el Obispo de Roma meditó sobre la importancia de esta virtud en el Nuevo Testamento, sobre todo en la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses.

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

El miércoles pasado hemos visto que san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, exhorta a mantenerse radicados en la esperanza de la Resurrección.

Con esa hermosa palabra ‘estaremos siempre con el Señor’. En el mismo contexto el Apóstol muesta que la esperanza cristiana no tiene solamente una dimensión personal, individual, pero comunitaria y eclesial. Todos nosotros esperamos, todos nosotros tenemos esperanza también comunitariamente.

Por esto la mirada es rápidamente ampliada por Pablo a todas las comunidades cristianas a las que pide que recen mutuamente unas por otras y de apoyarse entre sí.

Ayudarse mutuamente. Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza.Y no es una casualidad que empiece refiriéndose a aquellos a quienes se ha confiado la responsabilidad y la guía pastoral.

Ellos son los primeros a ser llamados y a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los otros, sino en virtud de un ministerio divino que va mucho más allá de sus fuerzas. Por eso necesitan también el respeto, la comprensión y el apoyo benévolo de todos.

La atención después es puesta en los hermanos que corren más peligro de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Nosotros tenemos siempre noticias de gente que cae en la desesperación y hacen malas cosas…La desesperación los lleva a tantas cosas malas”.

La referencia es a quien ha perdido el ánimo, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de sus pecados y no logra más levantarse.

En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben ser aún más intensos y amorosos tomando la forma particular de la compasión, que no es sentir lástima: la compasión es padecer con el otro, acercarse al que sufre; una palabra, una caricia pero que salgan del corazón: esto es compasión.

Para quien necesita conforto de la consolación. Esto es de suma importancia: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta. El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, dice con el corazón en la mano: “‘sotros, los que somos fuertes –que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades– tenemos el deber de llevar las flaquezas de los débiles sin complacernos a nosotros mismos’.

Llevar, llevar las debilidades de los demás. Este testimonio no permanece encerrado en los confines de la comunidad cristiana: resuena en toda su fuerza también fuera de ella, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón. El cristiano nunca puede decir: ¡me la pagarás!, nunca; la ofensa se vence con el perdón, para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y así obra la esperanza cristiana, cuando asume los rasgos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor.

El amor es fuerte y tierno”. Es bello. Se entiende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse tiene necesidad de un “cuerpo” en el que todos los miembros se sostienen y se animan mutuamente. Esto entonces significa que si tenemos esperanza es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado la esperanza y han mantenido viva nuestra esperanza.

Y entre estos están los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados. Sí, porque no conoce la esperanza quien se encierra en su propio bienestar: espera solo en su bienestar y eso no es esperanza, es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien siente siempre que está bien… Tienen esperanza en cambio uienes experimentan todos los días las pruebas, la precariedad y sus propios límites.

Son estos hermanos nuestros los que nos dan el testimonio más hermoso, más fuerte, porque se mantienen firmes confiando en el Señor, sabiendo que más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz.

Quien espera, espera escuchar un día estas palabras: “Ven, ven a mi, hermano; ven, hermana, para toda la eternidad”. Queridos amigos, si como hemos dicho la demora habitual de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el aliento vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu Santo no es posible tener esperanza. Por eso el apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos es esperar.

Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él a hacernos entender que no hay que temer, que el Señor está cerca y nos cuida; y es Él quien modela nuestras comunidades, en un perenne Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias”.

(Texto traducido por ZENIT)
Fuente: Zenit | Vatican.va

audiencia-8-febrero-19

En sus palabras de aliento y bendición a los peregrinos de tantas partes del mundo, el Papa Francisco recordó la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas.

El Santo Padre reiteró su apremiante llamamiento en particular a las autoridades civiles a debelar semejante crimen, en su audiencia general, que coincidió con el día – 8 de febrero, memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita – en que se reza y reflexiona para luchar contra el tráfico de seres humanos. Y cuyo lema en el 2017 es «Son niños y no esclavos»:

«Hoy se celebra la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas, que este año está dedicada en particular a los niños y adolescentes. Aliento a todos aquellos que, de distintas formas, ayudan a los menores esclavizados y abusados a liberarse de semejante opresión. Deseo que cuantos tienen responsabilidades de gobierno combatan con firmeza esta plaga, dando voz a nuestros hermanos más pequeños, humillados en su dignidad. Es necesario cumplir todo esfuerzo para debelar este crimen vergonzoso e intolerable».

Y pocos días antes de la memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes, el Obispo de Roma, recordó que en ese Santuario mariano tendrá lugar la celebración principal de la Jornada Mundial del Enfermo, que presidirá el Cardenal Secretario de Estado y a la que él se unirá en oración:

«Invito a rezar por intercesión de nuestra Santa Madre, por todos los enfermos, en especial por los más graves y solos, y también por todos aquellos que los cuidan.

Me uniré en comunión de oración con los peregrinos, que el sábado, celebrarán a Nuestra Señora de Lourdes, en particular con los enfermos. Que la Virgen Inmaculada les done el coraje de la esperanza y los custodie en la paz».

Celebración que el Papa Francisco destacó en sus palabras a los peregrinos polacos, recordando a su amado predecesor:

«El Sábado, memoria de la Virgen María de Lourdes, celebraremos la XXV Jornada Mundial del Enfermo. Instituyendo esta Jornada San Juan Pablo II escribió que la misma ‘sea un momento fuerte de oración, participación y ofrecimiento del sufrimiento para el bien de la Iglesia, así como de invitación a todos para que reconozcan en el rostro del hermano enfermo el santo rostro de Cristo’ (Carta con ocasión de la institución de la Jornada Mundial del Enfermo, 13 de mayo de 1992, n. 3). Que esta Jornada suscite en nosotros la sensibilidad y el anhelo de  brindar apoyo material y espiritual a los enfermos que viven entre nosotros.»

En sus palabras a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, el Papa recordó a la santa religiosa sudanesa que siendo pequeña vivió la dramática experiencia de ser víctima de la trata:

«La memoria de Santa Josefina Bakhita, que de niña fue víctima de la trata, acreciente en ustedes, queridos jóvenes, su atención hacia vuestros coetáneos más desfavorecidos y en dificultad. Que los ayude a ustedes, queridos enfermos a ofrecer vuestros sufrimientos por la educación cristiana de las nuevas generaciones. Y que los aliente a ustedes, queridos recién casados a confiar en la ayuda de la Providencia y no sólo en vuestras capacidades. El Matrimonio sin la ayuda de Dios no va adelante, debemos pedirla todos los días. Y ustedes, queridos enfermos, el próximos sábado es el día de oración por ustedes a la Virgen de Lourdes, lo haremos todos juntos».

Al día siguiente de la beatificación, en Osaka, Japón, el Papa recordó a Justo Takayama Ukon, fiel laico japonés que murió mártir en Manila, en 1615:

«Antes que bajar a compromisos, renunció a honores y bienestares aceptando la humillación y el destierro. Permaneció fiel a Cristo y al Evangelio, por ello, representa un admirable ejemplo de fortaleza en la fe y de dedicación en la caridad».

 

Fuente: news.va
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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2017

La Palabra es un don. El otro es un don

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Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Vaticano, 18 de octubre de 2016
Fiesta de san Lucas Evangelista
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FirmaPapaFrancisco

 

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