En-Amor-dadas: Santa Mariam Thresia Mankidiyan

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Considerada precursora de la Madre Teresa de Calcuta, Thresia nació el 26 de abril de 1876 en Puthenchira, Kerala, India. Le impusieron ese nombre al bautizarla, y después añadió el de Mariam porque fue la respuesta de la Virgen cuando le preguntó cómo debía llamarse.

Era la tercera de cinco hijos de una humilde familia. Podrían haber tenido buenos recursos, pero el abuelo tuvo que hacer frente a cuantiosas dotes para desposar a sus hijos y quedaron en la ruina. Creció con el anhelo de amar a Dios; era tan poderoso que le inducía a abandonar los juegos infantiles para ensimismarse en su presencia. Guiada por su anhelo de imitar a Cristo Redentor, no ahorraba sacrificios.

La intensidad de sus oraciones, ayunos y vigilias nocturnas preocuparon a su madre porque afectaban a su salud; vigilaba su alimentación para que fuera la debida, pero ella se las ingeniaba para dar su comida a otros. Tenía gran devoción por María, solía rezar el rosario varias veces al día y escuchaba misa también diariamente junto a su madre. Tres de sus amigas de la infancia serían las primeras integrantes de su fundación.

A los 12 años perdió a su madre, una mujer de fe y gran corazón que influyó mucho en ella, y eso supuso el fin de su formación académica. Pero su objetivo era llevar una vida de oración y penitencia. Por ello, en 1891 abandonó su casa eligiendo la vida eremítica. Fracasó en su propósito y se insertó en la parroquia. Junto a tres compañeras abrió una fecunda vía caritativa a favor de los pobres y marginados de Kerala. A la par ofrecía sus oraciones y penitencias por la conversión de los pecadores. Engrosó el cáliz de su sacrificio con los despiadados ataques del maligno –a veces fueron legiones de demonios– en un intento de apoderarse de su voluntad con multitud de formas distintas. Quisieron mancillar su pureza, inducirla a desesperación, a renunciar a la penitencia, fue golpeada y herida… No se puede entrar aquí en detalles, pero le asaltaban sin darle tregua a lo largo del día y de la noche, fuera cual fuese su quehacer.

Recibía la gracia para soportar tantos tormentos con mansedumbre y humildad. También acogía con espíritu victimal lo que sobrevenía de lo alto. Porque ella, como el Padre Pío, recibió los estigmas de la Pasión que mantenía celosamente escondidos debajo de la ropa. Sin embargo, hubo otras manifestaciones que no pudo ocultar. De sus levitaciones fueron testigos numerosas personas. En sus frecuentes éxtasis veía a la Sagrada Familia y a otros santos, como Teresa de Jesús.

Dio cuenta de las torturas que padecía a su confesor, el siervo de Dios padre Joseph Vithayathil cuyas indicaciones siguió a rajatabla. Este sacerdote, nacido en 1865 en Ernakulam, Kerala, había recibido la ordenación sacerdotal en 1894, y tras pasar por varias parroquias de la diócesis de Trichur se convirtió en su director espiritual. La acompañó y orientó apostólicamente. En una de sus cartas Thresia le dijo: «Dios dará la vida eterna a los que convierten a los pecadores y los llevan al camino recto».

En un momento dado, el padre Vithayathil informó al obispo de los fenómenos que le sobrevinieron a la beata, hechos que fueron particularmente intensos entre 1902 y 1905, pero que se dilataron hasta 1913. En un primer momento el prelado dudó de la autenticidad de lo que ella exponía, y fue sometida a numerosos exorcismos. En 1903, en medio de este dolorosísimo proceso, confió al vicario apostólico de Trichur su proyecto de crear una casa de retiro y oración. Le sugirieron que ingresase en el convento de las clarisas franciscanas, y después la remitieron a las carmelitas de Ollur. Thresia obedeció, pero se dio cuenta de que ninguno de estos carismas colmaba su inquietud espiritual, que tenía otra vocación. Ésta se orientaba a los moribundos, a quienes ya venía consolando; suplicaba para ellos fortaleza, y buscaba el modo de que murieran en paz.

Cuando el obispo constató que Dios quería suscitar por medio de ella una nueva fundación, le autorizó a ponerla en marcha. En su decisión pesaron los diez años transcurridos desde que comenzó a mantenerla en observación. En todos ellos constató la autenticidad de su vivencia, su visible respuesta llena de paciencia, humildad y obediencia.

El 14 de mayo de 1914 fue erigida canónicamente la Congregación de la Sagrada Familia. El padre Vithayathil fue cofundador de esta Orden religiosa. Thresia murió el 8 de junio de 1926 como resultado de una caída que le produjo una herida en una pierna, lesión que no se pudo controlar y se agravó por su diabetes. Juan Pablo II la beatificó el 9 de abril de 2000. Canonizada por Francisco el 13 de octubre de 2019.

Fuente: Zenit

 

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El eco de Su voz: John Henry Newman

John Henry Newman y la noche de octubre que lo cambió todo

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John Henry Newman vivió su conversión al catolicismo como la entrada en puerto seguro «después de navegar un mar en tormenta». Aquel episodio marcó un antes y un después para la Iglesia católica en Inglaterra. El presidente de los obispos del país lo ha presentado como un modelo para «tiempos y circunstancias difíciles» como los actuales.

 

En una noche de perros de 1845, un fraile calado hasta los huesos y aterido de frío llegó a un pequeño edificio de Littlemore. En este humilde suburbio de Oxford, vinculado pastoralmente a la iglesia universitaria de Santa María, se había instalado tres años atrás su vicario, John Henry Newman (1801-1890), uno de los cargos eclesiásticos (anglicanos) más relevantes de la ciudad y célebre por sus sermones. Vivían con él algunos compañeros del Movimiento de Oxford. Los intentos de esta corriente de acercar la Iglesia de Inglaterra al cristianismo de los primeros siglos se encontraban cada vez con más límites, y empezaban a levantar suspicacias. Por ello, el pequeño grupo había optado por dedicarse a la reflexión y la profundización en la fe, alejados del bullicio de la ciudad universitaria.

Uno a uno, algunos de ellos se hicieron católicos. Pero el cabecilla del grupo seguía en lucha. Hasta la noche del 8 de octubre de 1845. Había pedido al pasionista italiano Domenico Barberi, incansable misionero en Inglaterra y Bélgica, que fuera a visitarle. El religioso viajó durante horas bajo la lluvia en un carruaje, y recorrió los últimos cinco kilómetros a pie. Cuál no sería su sorpresa cuando a su llegada, mientras intentaba secarse y entrar en calor junto al fuego, Newman entró en la estancia y, sin mediar palabra, se arrodilló y le pidió que lo recibiera «en el verdadero rebaño del Redentor». «¡Qué espectáculo ver a Newman a mis pies!», escribió el pasionista, días después. El propio converso vivió ese momento como entrar en puerto seguro «después de navegar un mar en tormenta».

Este domingo, Newman se convertirá en el primer inglés nacido después del siglo XVII en ser canonizado. El milagro que lo ha hecho posible ha sido la curación inexplicable de Melissa Villalobos, una mujer de Chicago cuya vida y la de su quinto hijo, aún no nacido, se encontraban en grave riesgo por un desprendimiento de placenta en la octava semana de embarazo.

En torno a su canonización, se han organizado numerosas actividades en Roma. La tarde del sábado tendrá lugar un simposio en la Pontificia Universidad Angelicum. La noche del mismo día están previstos una vigilia y dos conciertos, en la basílica de Santa María la Mayor y en la Chiesa Nova. Este templo acogerá también, el lunes, la Misa de acción de gracias presidida por el cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster y presidente de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales. A estos eventos se suman también múltiples celebraciones los días siguientes en Inglaterra. El punto central serán las vísperas solemnes que se celebrarán el 19 de octubre en la catedral de Westminster. Predicará en ellas el primado anglicano, Justin Welby. Este gesto demuestra la buena acogida que la canonización ha tenido también entre los anglicanos, que también veneran a Newman como santo.

«Un buen patrono» para el Mes Misionero Extraordinario

«Es un momento ciertamente alegre. La vida de esta gran figura de la Iglesia del siglo XIX se nos pone delante como modelo», subrayaba hace unos días el cardenal Nichols, en una carta dedicada al nuevo santo. Ejemplo, en primer lugar, del «largo y difícil viaje» que realizó hasta hallar «la integridad de la fe en la Iglesia católica» y que es «una parte esencial de su testimonio». Por este motivo, puede ser «un buen patrono» del Mes Misionero Extraordinario «providencialmente» convocado por el Papa para este octubre.

Después de su conversión y de pasar un año en Roma, durante el cual se ordenó sacerdote, Newman volvió a Inglaterra como miembro del Oratorio de San Felipe Neri, congregación de la que fundó comunidades en Birmingham y Londres. Apenas habían pasado 20 años desde el fin de la discriminación a los católicos en 1829, y la figura de Newman contribuyó a conquistar para ellos una mayor presencia en la vida pública.

Una influencia que el futuro santo ejerció, en ocasiones, a su pesar. No le faltaron polémicas y disgustos, como la que terminó con una injusta condena por denunciar las acusaciones anticatólicas del exdominico Giacinto Achilli; o su enfrentamiento con el ex primer ministro liberal William Gladstone, que había afirmado que los católicos no deberían poder ejercer cargos públicos. Al mismo tiempo, recibió duras críticas por una parte de la jerarquía católica por su pensamiento profético en diversos aspectos, entre ellos la participación de los laicos en la vida de la Iglesia.

«Tiempos difíciles»

Por ello, a pesar de ser elevado al cardenalato en 1879 por León XIII, después de su muerte debieron pasar muchos años hasta que, durante el pontificado de Pío XII (1939-1958), se iniciara su proceso de beatificación. En 1991, Juan Pablo II reconoció sus virtudes heroicas y en 2010 Benedicto XVI lo beatificó en Birmingham. Su memoria es el 9 de octubre, aniversario de su conversión.

«El cardenal Newman se enfrentó a tiempos y circunstancias difíciles. Igual que nosotros», subraya en su carta el presidente de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales. Cita la pérdida «del sentido de una esperanza compartida y de una visión en torno a la cual congregarse». «Nuestra cultura actual no ofrece razones ni anima a ofrecer perdón a los que nos han ofendido. En esta sociedad es en la que debemos dar testimonio», concluye.

Un último aspecto relevante del nuevo santo, para Nichols, es «su atención inquebrantable hacia los pobres». Por este motivo, a su muerte, «miles de personas salieron a las calles de Birmingham para mostrarle su amor y presentarle sus respetos al paso del carruaje fúnebre». Entonces, incluso su anterior adversario, Gladstone, reconoció que la influencia histórica que había tenido «estaba sostenida por su extraordinaria pureza de carácter y la santidad de su vida».

Por: María Martínez López | Fuente: Alfa y Omega
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Santa Misa y Canonización 13 de octubre de 2019

A las 10:15 horas del domingo 13 de octubre de 2019 en la Plaza de San Pedro, el Papa ha presidido la Santa Misa y ha proclamado santos a: John Henry Newman, Giuseppina Vannini, Mariam Theresia Chiramel Mankidiyan, Dulce Lopes Pontes y Marguerite Bays.

Homilía del Papa

«Tu fe te ha salvado» (Lc 17,19). Es el punto de llegada del evangelio de hoy, que nos muestra el camino de la fe. En este itinerario de fe vemos tres etapas, señaladas por los leprosos curados, que invocancaminan agradecen. 

En primer lugar, invocar. Los leprosos se encontraban en una condición terrible, no sólo por sufrir la enfermedad que, incluso en la actualidad, se combate con mucho esfuerzo, sino por la exclusión social. En tiempos de Jesús eran considerados inmundos y en cuanto tales debían estar aislados, al margen (cf. Lv 13,46). De hecho, vemos que, cuando acuden a Jesús, “se detienen a lo lejos” (cf. Lc 17,12). Pero, aun cuando su situación los deja a un lado, dice el evangelio que invocan a Jesús «a gritos» (v. 13). No se dejan paralizar por las exclusiones de los hombres y gritan a Dios, que no excluye a nadie. Es así como se acortan las distancias, como se vence la soledad: no encerrándose en sí mismos y en las propias aflicciones, no pensando en los juicios de los otros, sino invocando al Señor, porque el Señor escucha el grito del que está solo. 

Como esos leprosos, también nosotros necesitamos ser curados, todos. Necesitamos ser sanados de la falta de confianza en nosotros mismos, en la vida, en el futuro; de tantos miedos; de los vicios que nos esclavizan; de tantas cerrazones, dependencias y apegos: al juego, al dinero, a la televisión, al teléfono, al juicio de los demás. El Señor libera y cura el corazón, si lo invocamos, si le decimos: “Señor, yo creo que puedes sanarme; cúrame de mis cerrazones, libérame del mal y del miedo, Jesús”. Los leprosos son los primeros, en este evangelio, en invocar el nombre de Jesús. Después lo harán también un ciego y un malhechor en la cruz: gente necesitada invoca el nombre de Jesús, que significa Dios salva. Llaman a Dios por su nombre, de modo directo, espontáneo. Llamar por el nombre es signo de confianza, y al Señor le gusta. La fe crece así, con la invocación confiada, presentando a Jesús lo que somos, con el corazón abierto, sin esconder nuestras miserias. Invoquemos con confianza cada día el nombre de Jesús: Dios salva. Repitámoslo; es rezar. La oración es la puerta de la fe, la oración es la medicina del corazón. 

La segunda etapa es caminar. En el breve evangelio de hoy aparece una decena de verbos de movimiento. Pero, sobre todo, impacta el hecho de que los leprosos no se curan cuando están delante de Jesús, sino después, al caminar: «Mientras iban de camino, quedaron limpios», dice el texto (v. 14). Se curan al ir a Jerusalén, es decir, cuando afrontan un camino en subida. Somos purificados en el camino de la vida, un camino que a menudo es en subida, porque conduce hacia lo alto. La fe requiere un camino, una salida, hace milagros si salimos de nuestras certezas acomodadas, si dejamos nuestros puertos seguros, nuestros nidos confortables. La fe aumenta con el don y crece con el riesgo. La fe avanza cuando vamos equipados de la confianza en Dios. La fe se abre camino a través de pasos humildes y concretos, como humildes y concretos fueron el camino de los leprosos y el baño en el río Jordán de Naamán, en la primera lectura (cf. 2 Re 5,14-17). También es así para nosotros: avanzamos en la fe con el amor humilde y concreto, con la paciencia cotidiana, invocando a Jesús y siguiendo hacia adelante. 

Hay otro aspecto interesante en el camino de los leprosos: avanzan juntos. «Iban» y «quedaron limpios», dice el evangelio (v. 14), siempre en plural: la fe es caminar juntos, nunca solos. Pero, una vez curados, nueve se van y sólo uno vuelve a agradecer. Entonces Jesús expresa toda su amargura: «Los otros nueve, ¿dónde están?» (v. 17). Casi parece que pide cuenta de los otros nueve al único que regresó. Es verdad, es nuestra tarea —de nosotros que estamos aquí para “celebrar la Eucaristía”, es decir, para agradecer—, es nuestra tarea hacernos cargo del que ha dejado de caminar, de quien ha perdido el rumbo: somos protectores de nuestros hermanos alejados. Somos intercesores para ellos, somos responsables de ellos, estamos llamados a responder y preocuparnos por ellos. ¿Quieres crecer en la fe? Hazte cargo de un hermano alejado, de una hermana alejada. 

Invocar, caminar y agradecer: es la última etapaSólo al que agradece Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 19). No sólo está sano, sino también salvado. Esto nos dice que la meta no es la salud, no es el estar bien, sino el encuentro con Jesús. La salvación no es beber un vaso de agua para estar en forma, es ir a la fuente, que es Jesús. Sólo Él libra del mal y sana el corazón, sólo el encuentro con Él salva, hace la vida plena y hermosa. Cuando encontramos a Jesús, el “gracias” nace espontáneo, porque se descubre lo más importante de la vida, que no es recibir una gracia o resolver un problema, sino abrazar al Señor de la vida. 

Es hermoso ver que ese hombre sanado, que era un samaritano, expresa la alegría con todo su ser: alaba a Dios a grandes gritos, se postra, agradece (cf. vv. 15-16). El culmen del camino de fe es vivir dando gracias. Podemos preguntarnos: nosotros, que tenemos fe, ¿vivimos la jornada como un peso a soportar o como una alabanza para ofrecer? ¿Permanecemos centrados en nosotros mismos a la espera de pedir la próxima gracia o encontramos nuestra alegría en la acción de gracias? Cuando agradecemos, el Padre se conmueve y derrama sobre nosotros el Espíritu Santo. Agradecer no es cuestión de cortesía, de buenos modales, es cuestión de fe. Un corazón que agradece se mantiene joven. Decir: “Gracias, Señor” al despertarnos, durante el día, antes de irnos a descansar es el antídoto al envejecimiento del corazón. Así también en la familia, entre los esposos: acordarse de decir gracias. Gracias es la palabra más sencilla y beneficiosa. 

Invocar, caminar, agradecer. Hoy damos gracias al Señor por los nuevos santos, que han caminado en la fe y ahora invocamos como intercesores. Tres son religiosas y nos muestran que la vida consagrada es un camino de amor en las periferias existenciales del mundo. Santa Margarita Bays, en cambio, era una costurera y nos revela qué potente es la oración sencilla, la tolerancia paciente, la entrega silenciosa. A través de estas cosas, el Señor ha hecho revivir en ella el esplendor de la Pascua. Es la santidad de lo cotidiano, a la que se refiere el santo Cardenal Newman cuando dice: «El cristiano tiene una paz profunda, silenciosa y escondida que el mundo no ve. […] El cristiano es alegre, sencillo, amable, dulce, cortés, sincero, sin pretensiones, […] con tan pocas cosas inusuales o llamativas en su porte que a primera vista fácilmente se diría que es un hombre corriente» (Parochial and Plain Sermons, V,5). Pidamos ser así, “luces amables” en medio de la oscuridad del mundo. Jesús, «quédate con nosotros y así comenzaremos a brillar como brillas Tú; a brillar para servir de luz a los demás» (Meditations on Christian Doctrine, VII,3). Amén. 

© Librería Editorial Vaticano
Fuente: Zenit

 

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XXVIII Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C – Padre Raniero Cantalamessa

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Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».  (Lucas 17, 11-19)

¿Para qué sirven los milagros?

Mientras Jesús estaba de camino a Jerusalén, a la entrada de un pueblo le salieron al encuentro diez leprosos. Parándose a distancia, le dijeron en voz alta: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Jesús se apiadó de ellos y les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Durante el trayecto, los diez leprosos se descubrieron milagrosamente curados. También la primera lectura refiere una curación milagrosa de la lepra: la de Naamán el sirio por obra del profeta Eliseo. Es clara, por lo tanto, la intención de la liturgia de invitarnos a reflexionar sobre el sentido del milagro y en particular del milagro que consiste en la sanación de la enfermedad.

Digamos ante todo que la prerrogativa de hacer milagros se cuenta entre las más atestiguadas en la vida de Jesús. Probablemente la idea dominante que la gente se había hecho de Jesús, durante su vida, más aún que la de que fuera un profeta, era la de ser uno que hacía milagros. Jesús mismo presenta este hecho como prueba de la autenticidad mesiánica de su misión: «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Mateo 11, 5). No se puede eliminar el milagro de la vida de Jesús sin deshacer toda la trama del Evangelio.

Junto a los relatos de milagros, la Escritura nos ofrece también los criterios para juzgar su autenticidad y su objetivo. El milagro nunca es, en la Biblia, un fin en sí mismo; menos aún debe servir para ensalzar a quien lo realiza y poner al descubierto sus poderes extraordinarios, como casi siempre sucede en el caso de sanadores y taumaturgos que hacen publicidad de sí mismos. Es incentivo y premio de la fe. Es un signo y debe servir para elevar a un significado. Por esto Jesús se muestra tan entristecido cuando, después de haber multiplicado los panes, se da cuenta de que no han entendido de qué era «signo» (v. Marcos 6, 51).

El milagro aparece, en el propio Evangelio, como ambiguo. Se ve en unas ocasiones positivamente, en otras negativamente. Positivamente cuando es acogido con gratitud y alegría, suscita fe en Cristo y abre a la esperanza en un mundo futuro ya sin enfermedad ni muerte; negativamente cuando es solicitado, o incluso exigido, para creer. «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?» (Juan 6, 30). «Si no veis señales y prodigios no creéis», decía con tristeza Jesús a quienes le escuchaban (Juan 4, 48). La ambigüedad continúa, bajo otra forma, en el mundo de hoy. Por un lado hay quien busca el milagro a toda costa; está siempre a la caza de hechos extraordinarios, se detiene en ellos y en su utilidad inmediata. En el lado opuesto, hay quienes no dejan espacio alguno al milagro; lo contemplan hasta con cierta molestia, como si se tratara de una manifestación inferior de religiosidad, sin darse cuenta de que, de tal manera, se pretende enseñar a Dios mismo qué es o no la verdadera religiosidad.

Algunos debates recientes suscitados por el «fenómeno padre Pío» han evidenciado cuánta confusión existe aún acerca del milagro. No es verdad, por ejemplo, que la Iglesia considere milagro todo hecho inexplicable (¡de estos, se sabe, está lleno el mundo y también la medicina!). Considera milagro sólo aquel hecho inexplicable que, por las circunstancias en las que ocurre (rigurosamente comprobadas), reviste el carácter de señal divina, esto es, de confirmación dada a una persona o de respuesta a una oración. Si una mujer, de nacimiento sin pupilas, en cierto momento empieza a ver, aún sin pupilas, esto puede ser catalogado como hecho inexplicable, pero si sucede precisamente mientras se confiesa con el padre Pío, como de hecho ocurrió, entonces ya no basta hablar sencillamente de «hecho inexplicable».

Nuestros amigos «laicos», con sus actitud crítica ante los milagros, ofrecen una contribución preciosa a la fe misma, porque se muestran atentos a las falsificaciones fáciles en este terreno. Sin embargo también aquellos deben contemplarse desde una aproximación acrítica. Es igual de equivocado creer a priori en todo lo que circula como milagroso como rechazar a priori todo, sin tomarse siquiera la molestia de examinar sus pruebas. Se puede ser crédulos, pero también… incrédulos, que no es [una actitud] tan distinta.

Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

    

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Audiencia general 9 de octubre de 2019

Catequesis del Santo Padre

A partir del episodio de la lapidación de Esteban, aparece una figura que, junto a Pedro, es la más presente e incisiva de los Hechos de los Apóstoles: la de “un joven llamado Saulo” (Hch 7,58). Se le describe al principio como alguien que aprueba la muerte de Esteban y quiere destruir a la Iglesia (cf. Hechos 8:3); pero luego se convertirá en el instrumento elegido por Dios para anunciar el Evangelio a las gentes (cf. Hechos 9:15; 22:21; 26:17).

Con el permiso del sumo sacerdote, Saulo persigue a los cristianos y los captura. Vosotros, que venís de algunos pueblos que han sido perseguidos por las dictaduras entendéis muy bien lo que significa perseguir a la gente y capturarla. Y lo hace pensando en servir a la ley del Señor. Lucas dice que Saulo “respiraba” “amenazas y muertes contra los discípulos del Señor” (Hch 9,1): en él hay un aliento que huele a muerte, no a vida.

El joven Saulo es retratado como un intransigente, es decir, uno que manifiesta intolerancia con los que piensan diferente a él, absolutiza su propia identidad política o religiosa y reduce al otro a un enemigo potencial contra quien combatir. Un ideólogo. En Saulo la religión se había transformado en ideología: ideología religiosa, ideología social, ideología política. Sólo después de ser transformado por Cristo enseñará que la verdadera batalla “no es contra la carne y la sangre, sino contra […] los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del mal” (Ef 6,12).  Enseñará que no debemos luchar contra las personas, sino contra el mal que inspira sus acciones.

La condición de rabia  -porque Saulo estaba rabioso- y de conflicto de Saulo invita a que cada uno se pregunte: ¿Cómo vivo mi vida de fe? ¿Salgo al encuentro de los demás o estoy en contra de ellos? ¿Pertenezco a la Iglesia universal (buenos y malos, todos) o tengo una ideología selectiva? ¿Adoro a Dios o adoro las fórmulas dogmáticas? ¿Cómo es mi vida religiosa? ¿La fe en Dios que profeso me hace amigable u hostil a los que son diferentes a mí?

Lucas nos dice que, mientras Saulo se dedica intensamente a erradicar a la comunidad cristiana, el Señor sigue sus huellas para llegar a su corazón y convertirlo a sí. Es el método del Señor: llegar al corazón. El Resucitado toma la iniciativa y se manifiesta en Saulo en el camino de Damasco, acontecimiento que se narra tres veces en el libro de los Hechos (cf. Hch 9, 3-19; 22, 3-21; 26, 4-23). A través del binomio de “luz” y “voz”, característico de las teofanías, el Resucitado se le aparece a Saulo y le pide cuentas de su furia fratricida: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? “(Hechos 9:4). Aquí el Resucitado manifiesta su ser una sola cosa con los que creen en Él: ¡atacar a un miembro de la Iglesia es atacar al mismo Cristo! También los que son ideólogos porque quieren el “purismo” –entre comillas- de la Iglesia, atacan a Cristo.

La voz de Jesús dice a Saulo: “Levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes  hacer” (Hch 9,6). Sin embargo, cuando se levanta, Saulo no ve nada, se ha vuelto ciego,  y de hombre fuerte, autoritario e independiente se vuelve débil, necesitado y dependiente de los demás porque no ve. La luz de Cristo lo ha deslumbrado y  cegado: ” Así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo.” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3 de septiembre de 2008).

De este “cuerpo a cuerpo” entre Saulo y el Resucitado, comienza una transformación que muestra la “pascua personal” de Saulo, su paso de la muerte a la vida: lo que una vez fue gloria se convierte en “basura” que hay que rechazar para adquirir la verdadera ganancia que es Cristo y la vida en él (cf. Flp 3, 7-8

Pablo recibe el bautismo. El bautismo marca así para Saulo, como para cada uno de nosotros, el comienzo de una nueva vida, y se acompaña de una nueva mirada hacia Dios, hacia sí mismo y hacia los demás, que de enemigos se convierten en hermanos en Cristo.

Pidamos al Padre que nos haga experimentar, como a Saulo, el impacto con su amor que sólo puede hacer de un corazón de piedra un corazón de carne (cf. Ez 11,15), capaz de acoger en sí “los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2,5).

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. A todos los invito a experimentar, como Saulo, el impacto del amor de Dios en nuestra vida, que transforma nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de acoger los sentimientos de Cristo y hacerlos llegar a los que nos rodean. Que Dios los bendiga.

 


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana
Fuente; Zenit | Vatican.va

 

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Apertura de los trabajos de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica

Discurso del Papa Francisco

Hermanos y hermanas, buenos días:

Os doy la bienvenida a todos los participantes. Gracias por todo el trabajo de preparación que han hecho. Han trabajado mucho todos, desde Puerto Maldonado hasta hoy, y se lo agradezco realmente mucho. Hablaré en castellano (aplausos).

El Sínodo para la Amazonia podemos decir que tiene cuatro dimensiones: la dimensión pastoral, la dimensión cultural, la dimensión social y la dimensión ecológica.

La primera, la dimensión pastoral es la esencial, la que abarca todo. Nos acercamos con corazón cristiano y vemos la realidad de Amazonia con ojos de discípulo para comprenderla e interpretarla con ojos de discípulo, porque no existen hermenéuticas neutras, hermenéuticas asépticas, siempre están condicionadas por una opción previa, nuestra opción previa es la de discípulos. Y también con la opción de misioneros, porque el amor que el Espíritu Santo puso en nosotros nos impulsa al anuncio de Jesucristo; un anuncio –todos sabemos– que no se tiene que confundir con proselitismo, pero nos acercamos a considerar la realidad amazónica, con este corazón pastoral, con ojos de discípulos y misioneros porque nos apura el anuncio del Señor.

Y también nos acercamos a los pueblos amazónicos en punta de pie, respetando su historia, sus culturas, su estilo del buen vivir, en el sentido etimológico de la palabra, no en el sentido social que tantas veces les damos, porque los pueblos poseen entidad propia, todos los pueblos, poseen una sabiduría propia, conciencia de sí, los pueblos tienen un sentir, una manera de ver la realidad, una historia, una hermeneútica y tienden a ser protagonistas de su propia historia con estas cosas, con estas cualidades. Y nos acercamos ajenos a colonizaciones ideológicas que destruyen o reducen la idiosincrasia de los pueblos. Hoy es tan común esto de las colonizaciones ideológicas.

Y nos acercamos sin el afán empresarial de hacerles programas preconfeccionados de “disciplinar” a los pueblos amazónicos, disciplinar su historia, su cultura; eso no, ese afán de domesticar los pueblos originarios. Cuando la Iglesia se olvidó de esto, de cómo tiene que acercarse a un pueblo, no se inculturizó; incluso llego a menospreciar a ciertos pueblos. Y cuántos fracasos de los cuales hoy nos lamentamos. Pensemos en De Nobile en India, Ricci en China y tantos otros. El centralismo “homogeneizante” y “homogeneizador” no dejó surgir la autenticidad de la cultura de los pueblos.

Las ideologías son un arma peligrosa, siempre tendemos a agarrar una ideología para interpretar un pueblo. Las ideologías son reductivas, y nos llevan a la exageración en nuestra pretensión de comprender intelectualmente, pero sin aceptar, comprender sin admirar, comprender sin asumir, y entonces se recibe la realidad en categorías, las más comunes son las categorías de “ismos”. Entonces cuando tenemos que acercarnos a la realidad del algún pueblo originario hablamos de indigenismos, y cuando queremos darle alguna pista de salida a su vivir mejor, no le preguntamos, hablamos de desarrollismo. Estos “ismos” reformulan la vida desde el laboratorio ilustrado e iluminista. Son lemas que van echando raíces y programan el acercamiento a los pueblos originarios.

En nuestro país, un lema: “civilización y barbarie” sirvió para dividir, para aniquilar y llegó al culmen, hacia fines de los años 80, a aniquilar la mayoría de los pueblos originarios, porque eran “barbarie” y la “civilización” venía de otro lado. Es el desprecio de los pueblos y —voy a la experiencia de mi tierra— eso, “civilización y barbarie”, que sirvió para aniquilar pueblos, todavía sigue en mi patria, con palabras ofensivas, y entonces se habla de civilización de segundo grado, los que vienen de la barbarie; y hoy son los “bolitas, los paraguayos, los paraguas, los cabecitas negras”, siempre ese alejarnos de la realidad de un pueblo calificándolo y poniendo distancias. Esa es la experiencia de mi país.

Y después el desprecio. Ayer me dio mucha pena escuchar aquí dentro un comentario burlón, sobre ese señor piadoso que llevó las ofrendas con plumas en la cabeza, decime: ¿Qué diferencia hay entre llevar plumas en la cabeza y el “tricornio” que usan algunos oficiales de nuestros dicasterios?

Entonces corremos el riesgo de proponer medidas simplemente pragmáticas, cuando por el contrario se nos pide una contemplación de los pueblos, una capacidad de admiración, que hagan hacer un pensamiento paradigmático. Si alguno viene con intenciones pragmáticas rece el “yo pecador”, se convierta y abra el corazón hacia una perspectiva paradigmática que nace de la realidad de los pueblos.

No hemos venido aquí a inventar programas de desarrollo social o de custodia de culturas, de tipo museo, o de acciones pastorales con el mismo estilo no contemplativo con el que se están llevando adelante las acciones de signo contrario: deforestación, uniformización, explotación. Ellos también hacen programas que no respetan la poesía —me permito la palabra—, la realidad de los pueblos que es soberana.

También tenemos que cuidarnos de la mundanidad en el modo de exigir puntos de vista, cambios en la organización. La mundanidad se infiltra siempre y nos hace alejar de la poesía de los pueblos. Venimos a contemplar, a comprender, a servir a los pueblos; y lo hacemos recorriendo un camino sinodal, lo hacemos en sínodo, no en mesas redondas, no en conferencias o en discusiones ulteriores; lo hacemos en sínodo, porque un sínodo no es un parlamento, no es un locutorio, no es demostrar quién tiene más poder sobre lo medios y quién tiene más poder entre las redes para imponer cualquier idea o cualquier plan. Esto configuraría una iglesia congregacionalista, si pretendemos buscar por medio de las encuestas quién tiene mayoría. O una iglesia sensacionalista tan lejana, tan distante de nuestra Santa Madre la Iglesia católica, o como gustaba decir a san Ignacio: “nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica”.

Sínodo es caminar juntos bajo la inspiración y la guía del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el actor principal del sínodo. Por favor, no lo echemos de la sala. Se hicieron consultas, se discutieron en las Conferencias Episcopales, en el Consejo Presinodal, se elaboró el Instrumentum laboris que, como saben, es un texto mártir, destinado a ser destruido, porque es punto de partida para lo que el Espíritu va a hacer en nosotros y, ahora, caminar nosotros bajo la guía del Espíritu Santo. Ahora hay que dejar que el Espíritu Santo se exprese en esta Asamblea, se exprese entre nosotros, se exprese con nosotros, a través de nosotros y se exprese “pese” a nosotros, pese a nuestras resistencias, que es normal que las haya, porque la vida del cristiano es así.

Y entonces, ¿cuál será nuestro trabajo aquí para asegurar que esta presencia del Espíritu Santo sea fecunda? Primero de todo, orar. Hermanos y hermanas: Yo les pido que recemos mucho. Reflexionar, dialogar, escuchar con humildad, sabiendo que yo no sé todo. Y hablar con coraje, con parresia, aunque tenga que pasar vergüenza, decir lo que siento, discernir y, todo esto dentro, custodiando la fraternidad que debe existir aquí dentro.

Y para favorecer esta actitud de reflexión, oración, discernimiento, de escuchar con humildad y hablar con coraje. Después de cuatro intervenciones tendremos un espacio de cuatro minutos de silencio. Alguno decía: “Es peligroso, Padre, porque se van a dormir”. La experiencia del Sínodo sobre los jóvenes, que hicimos lo mismo era más bien la contraria, que tendían a dormirse durante las intervenciones, al menos sobre algunas, y se despertaban en el silencio.

Finalmente, estar en el sínodo es animarse a entrar en un proceso. No es ocupar un espacio en la sala. Entrar en un proceso. Y los procesos eclesiales tienen una necesidad. Necesitan ser custodiados, cuidados, como el bebé, acompañados al inicio. Cuidados con delicadeza. Necesitan calor de comunidad, necesitan calor de Madre Iglesia. Un proceso eclesial crece así. Por eso, la actitud de respeto, de cuidar la atmósfera fraternal, el aire de intimidad es importante.

Y se trata de no ventilar todo, como viene, afuera. Pero no se trata respecto a quienes debemos informar de un secreto más propio de las logias que de la comunidad eclesial, pero sí de delicadeza y de prudencia en la comunicación que haremos fuera. Y esta necesidad de comunicar fuera a tanta gente que quiere saber, a tantos hermanos nuestros, periodistas, que tienen la vocación de servir a que se sepa, y para ayudar a esto, están previstos los servicios de prensa, los briefings, etc.

Pero, un proceso como el de un sínodo se puede arruinar un poco si yo al salir de la sala digo lo que pienso, digo la mía, y entonces se da esa característica que se dio en algunos sínodos: del sínodo de adentro y del sínodo de afuera. El sínodo de adentro que sigue un camino de Madre Iglesia, de cuidado de los procesos y el sínodo de afuera que, por una información dada con ligereza, dada con imprudencia, mueve a los informadores de oficio a equivocaciones. Gracias por esto que ustedes están haciendo, gracias por rezar unos por otros, y ánimo. Y, por favor, no perdamos el sentido del humor.

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Ángelus 6 de octubre de 2019

Meditación del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cf. Lc 17,5-10) presenta el tema de la fe, presentado por la solicitud de los discípulos “¡Aumenta en nosotros la fe!” (v. 6), esta es una bella oración que nosotros deberíamos de rezar a menudo en nuestra jornada “¡Señor, aumenta la fe en mí!” Jesús responde con dos imágenes: la semilla de mostaza y el sirviente disponible. “Si tuvieras tanta fe como un grano de mostaza podrías decir a esta morera: “Ve y plántate en el mar”, y te obedecerá” (v. 6). El árbol de morera es un árbol robusto, bien arraigado en el suelo y resistente a los vientos. Jesús, por lo tanto, quiere dejar en claro que la fe, aunque sea pequeña como la semilla de la mostaza, tiene la fuerza para desarraigar incluso una morera; y luego transplantarla al mar, lo cual es algo aún más improbable: pero nada es imposible para los que tienen fe, porque no confían en sus propias fuerzas sino en Dios, que lo puede todo, que puede hacer todo.

La fe comparable a la semilla de mostaza es una fe que no es soberbia ni segura de sí misma, no se hace la que es una gran creyente y después comete grandes errores, sino que en su humildad siente una gran necesidad de Dios y, en su pequeñez, se abandona con plena confianza a Él. Es la fe la que nos da la capacidad de mirar con esperanza los altibajos de la vida, que nos ayuda a aceptar incluso derrotas y sufrimientos, sabiendo que el mal nunca tiene la última palabra, nunca.

¿Cómo podemos entender si realmente tenemos fe, es decir, si nuestra fe, aunque pequeña, como la semilla de mostaza, es genuina, pura, transparente? Jesús nos lo explica indicando cuál es la medida de la fe: el servicio. Lo hace con una parábola que a primera vista es un poco desconcertante, porque presenta la figura de un maestro prepotente e indiferente. Pero sólo esta manera de hacer el maestro pone de relieve el verdadero centro de la parábola, que es la actitud de disponibilidad del siervo. Jesús quiere decir que así es el hombre de fe en Dios: se entrega por completo a su voluntad, sin cálculos ni pretensiones.

Esta actitud hacia Dios se refleja también en el modo en que nos comportamos en comunidad: sí se refleja en la alegría de estar al servicio unos de otros, encontrando ya en esto su propia recompensa y no en el reconocimiento y las ganancias que se pueden obtener de ello. Esto es lo que Jesús enseña al final de este relato: “Cuando hayas hecho todo lo que se te ha ordenado, di: “Somos siervos inútiles. Hicimos lo que teníamos que hacer”. (v. 10).

Servidores inútiles, es decir, sin pretensiones de agradecimiento, sin reclamos. “Somos servidores inútiles” es una expresión de humildad y disponibilidad que hace tanto bien a la Iglesia y recuerda la actitud correcta para trabajar en ella: el servicio humilde, del que Jesús nos dio el ejemplo, lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,3-17).

Que la Virgen María, mujer de fe, nos ayude a seguir por este camino. Nos dirigimos a ella en vísperas de la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, en comunión con los fieles reunidos en Pompeya para la tradicional Súplica.

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

La celebración eucarística en la Basílica de San Pedro acaba de terminar. hemos comenzado la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica.

Durante tres semanas los Padres sinodales, reunidos en torno al Sucesor de Pedro, reflexionarán sobre la misión de la Iglesia en la Amazonía, sobre la evangelización y sobre la promoción de una ecología integral. Les pido que acompañen con la oración  este importante acontecimiento eclesial, para que pueda ser vivido en comunión fraterna y la docilidad al Espíritu Santo, que siempre muestra el camino para el testimonio del Evangelio.

Agradezco a todos ustedes, peregrinos que han venido en gran número de Italia y de tantas partes del mundo.

Saludo a los fieles de Heidelberg, Alemania, y de Rozlazino, Polonia; a los estudiantes de Dillingen, en Alemania también, y los del Instituto San Alfonso de la Bella Vista, Argentina. Saludo al grupo de Fara Vicentino y Zugliano, a las familias de la Alta Val Tidone, a los peregrinos…. de los castillos romanos que han hecho una marcha por la paz y a los de Camisano Vicentino llegaron a lo largo de la Vía Francigena por  una iniciativa de solidaridad.

Les deseo a todos un feliz domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y adiós.

Fuente: Zenit
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