Ángelus del 9 de diciembre de 2018

Ángelus 9 dic. 2018 © ©atican Media

Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado, la liturgia nos invitó a vivir el tiempo de Adviento y la espera del Señor con la actitud de vigilancia, y es esta la oración, vigilad y orad. Hoy, el segundo domingo de Adviento, se nos muestra cómo dar sustancia a esta espera: emprendiendo un camino de conversión.

¿Cómo hacer concreta esta espera?, como guía para este viaje, el Evangelio nos presenta la figura de Juan el Bautista, quien “viajó por toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3, 3). Para describir la misión del Bautista, el evangelista Lucas recoge la antigua profecía de Isaías: “Voz del que clama en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor, endereza sus caminos! Cada barranco será rellenado, cada montaña y cada colina serán bajadas “(versículos 4-5).

Para preparar el camino para el Señor que viene, es necesario tener en cuenta las exigencias de conversión a las que el Bautista nos invita. En primer lugar, estamos llamados a rellenar las depresiones producidas por la frialdad y la indiferencia, abriéndonos a los demás con los mismos sentimientos de Jesús, es decir, con esa cordialidad y atención fraterna que asume la responsabilidad de las necesidades de nuestro prójimo, osea hay que ir aplanando y todo lo que consiste la frialdad.

No se puede tener una relación de caridad, de fraternidad con el prójimo si hay huecos, espacios, como tampoco se puede ir sobre una carretera con tantos baches, hay que aplanar calles, hay que cambiar una actitud. Y todo esto con un cuidado especial para los más necesitados. Entonces debemos reducir tanta dureza causada por el orgullo y la soberbia, cuanta gente sin darse cuenta tal vez, es soberbia, áspera, no tiene esa relación de cordialidad, hay que superar esto con gestos concretos de reconciliación con nuestros hermanos, pidiendo el perdón de nuestras faltas, no es fácil reconciliarse, siempre se piensa quien va a dar el primer paso. El Señor nos ayuda si tenemos buena voluntad. De hecho, la conversión está completa si lleva a reconocer con humildad nuestros errores, nuestras infidelidades y nuestros incumplimientos.

El creyente es el que, al estar cerca de su hermano, como Juan el Bautista abre caminos en el desierto, es decir, indica perspectivas de esperanza incluso en esos contextos existenciales difíciles, marcados por el fracaso y la derrota. No podemos ceder ante situaciones negativas de cierre y rechazo; No debemos permitirnos ser sometidos a la mentalidad del mundo, porque el centro de nuestra vida es Jesús y su palabra de luz, de amor, de consuelo, es Él. El Bautista invitó a la gente de su tiempo a la conversión con fuerza, vigor y severidad. Sin embargo, sabía cómo escuchar, sabía cómo hacer gestos de ternura y perdón hacia la multitud de hombres y mujeres que acudían a él para confesar sus pecados y ser bautizados con el bautismo de penitencia.

Su testimonio de vida, nos ayuda a ir adelante en nuestro testimonio de vida, la pureza de su proclamación, su coraje para proclamar la verdad lograron despertar las expectativas y esperanzas del Mesías que había estado inactivo durante mucho tiempo. Incluso hoy, los discípulos de Jesús están llamados a ser sus testigos humildes pero valientes para reavivar la esperanza, para hacer entender que, a pesar de todo, el Reino de Dios continúa siendo construido día a día con el poder del Espíritu Santo. Pensemos cada uno de nosotros como puedo yo cambiar algo de mi actitud para preparar el camino hacia el Señor

Que la Virgen María nos ayude a preparar el camino del Señor día tras día, comenzando con nosotros mismos; y a sembrar nuestro alrededor, con tenaz paciencia, semillas de paz, justicia y fraternidad.

Fuente: Zenit
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Primera predicación de Adviento 2018 – Padre Raniero Cantalamessa

 “Mi alma tiene sed del Dios vivo”

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Introducción

En la Iglesia estamos tan presionados por tareas, problemas que afrontar, retos a los que responder, que corremos el riesgo de perder de vista, o dejar como en el trasfondo, el «porro unum necessarium» del Evangelio, es decir, nuestra relación personal con Dios. Además de todo, sabemos por experiencia que una relación personal auténtica con Dios es la primera condición para abordar todas las situaciones y problemas que se presentan, sin perder la paz y la paciencia.

He pensado, pues, venerables Padres, hermanos y hermanas, dejar de lado, en estas predicaciones de Adviento, cualquier referencia a problemas de actualidad. Trataremos de hacer lo que santa Ángela de Foligno recomendaba a sus hijos espirituales: «Recogernos en unidad y abismar nuestra alma en el infinito que es Dios»[1]. Hacer un baño matutino de fe, antes de comenzar la jornada de trabajo.

El tema de estas predicaciones de Adviento (y, si Dios lo quiere, también de la Cuaresma) será el versículo del Salmo: «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 42,2). Los hombres de nuestro tiempo se apasionan buscando señales de la existencia de seres vivos e inteligentes en otros planetas. Es una búsqueda legítima y comprensible aunque muy incierta. Pocos, sin embargo, buscan y estudian señales del Ser vivo que ha creado el universo, que entró en él, en su historia, y vive en él. «En Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28) y no nos damos cuenta. Tenemos al Viviente real en medio de nosotros y lo descuidamos para buscar seres vivientes hipotéticos que, en el mejor de los casos, podrían hacer muy poco por nosotros, ciertamente no salvarnos de la muerte.

Cuántas veces nos vemos obligados a decir a Dios, con san Agustín: «Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo»[2]. Al contrario que nosotros, en efecto, el Dios viviente nos busca, no hace otra cosa desde la creación del mundo. Sigue diciendo: «Adán, ¿dónde estás?» (Gén 3,9). Nosotros nos proponemos captar señales de este Dios viviente, responder a su llamamiento, «llamar a su puerta», para entrar en un contacto nuevo, vivo, con él.

Nos apoyamos en la palabra de Jesús: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Cuando se leen estas palabras, se piensa inmediatamente que Jesús promete darnos todas las cosas que le pedimos y nos quedamos perplejos porque vemos que esto rara vez se realiza. Sin embargo, Él trataba de decir, sobre todo, una cosa: «Buscadme y me hallaréis, llamad y os abriré». Promete darse a sí mismo, más allá de las cosas pequeñas que le pedimos, y esta promesa se mantiene siempre infaliblemente. Quien lo busca, lo encuentra; a quien llama, Él abre y una vez que lo ha encontrado, todo lo demás pasa a un segundo plano.

El alma que tiene sed del Dios viviente lo encontrará infaliblemente y con él y en él encontrará todo, como nos recuerdan las palabras de santa Teresa de Jesús: «Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta». Con estos sentimientos comenzamos nuestro camino de búsqueda del rostro de Dios vivo.

¡Volver a las cosas! 

La Biblia está salpicada de textos que hablan de Dios como del «vivo». «Él es el Dios vivo», dice Jeremías (Jer 10,10); «Yo soy el viviente», dice Dios mismo en Ezequiel (Ez 33,11). En uno de los salmos más bellos del salterio, escrito durante el exilio, el orante exclama: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2). Y también: «Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 84, 3). Pedro, en Cesarea de Filipo, proclama a Jesús «Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16).

Se trata evidentemente de una metáfora sacada de la experiencia humana. Israel se ha resignado a usarla para distinguir a su Dios de los ídolos de las gentes que son divinidades «muertas». En contraste con ellos, el Dios de la Biblia es «un Dios que respira» y su respiración o soplo (ruah) es el Espíritu Santo.

Tras el largo predominio del idealismo y el triunfo de la «idea», en tiempos más cercanos a nosotros, también el pensamiento secular ha advertido la necesidad de un regreso a la «realidad» y lo ha expresado en el grito programático: «¡Volver a las cosas!»[3]. Es decir: no detenerse en las formulaciones dadas de la realidad, en las teorías construidas sobre ella, a lo que comúnmente se piensa en torno a ella, sino apuntar directamente a la realidad misma que está a la base de todo; quitar las diferentes capas de tierra arrastrada y descubrir la roca subyacente.

Debemos aplicar este programa también al ámbito de la fe. Sobre la fe, en efecto, santo Tomás de Aquino escribió que «no termina en los enunciados, sino en las cosas»[4]. Cuando se trata de la «cosa» suprema en el ámbito de la fe, es decir de Dios, «volver a las cosas» significa volver al Dios vivo; romper, por así decirlo, el terrible muro de la idea que nos hemos hecho de él y correr, como con los brazos abiertos, al encuentro de Dios en persona. Descubrir que Dios no es una abstracción, sino una realidad; que entre nuestras ideas de Dios y el Dios vivo existe la misma diferencia que entre un cielo pintado sobre una hoja de papel y el cielo verdadero.

El programa: «¡Volver a las cosas!» tuvo una aplicación justamente famosa: la que llevó al descubrimiento de que las cosas… existen. Vale la pena releer la famosa página de Sartre:

«Hace un rato estaba yo en el jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces tuve esa iluminación. Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada…. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso»[5].

El filósofo que hizo este «descubrimiento» se declaraba ateo y por eso no fue más allá de la constatación de que yo existo, que el mundo existe, que las cosas existen. Pero nosotros no podemos partir de esta experiencia y convertirla en el trampolín de lanzamiento para el descubrimiento de otro Existente, la chispa que hace posible otra iluminación. Lo que fue posible con la raíz del castaño, ¿por qué no debería ser posible con Dios? ¿Acaso Dios, para la mente del hombre, es menos real de cuanto lo es la raíz de castaño para su ojo? Los padres no dudaban en poner al servicio de la fe las intuiciones de verdad presentes en los filósofos paganos, incluso de aquellos cuya autoridad venía gustosamente adoptada contra los cristianos. Nosotros debemos imitarlos y hacer lo mismo en nuestro tiempo.

¿Qué podemos, pues, considerar de la «iluminación» de aquel filósofo? Ninguna aplicación directa, o de contenido, sino solo una indirecta y de método. Leído ese relato con una cierta disposición de ánimo favorecida por la gracia, parece hecho a propósito para sacudirnos de la costumbre, para suscitar en nosotros primero la sospecha, luego la certeza de que existe un conocimiento de Dios que todavía nos es desconocido. Que, quizás, antes de ahora, ni siquiera nosotros hemos intuido nunca lo que quiere decir que «Dios existe», que él es un Dios-existente, o, como dice la Biblia, un Dios vivo. Que tenemos, pues, una tarea ante nosotros, un descubrimiento que realizar: descubrir que Dios «existe», hasta el punto de que tener, también nosotros, por un instante, ¡la respiración cortada! Sería la aventura de la vida.

Nos ayuda a comprender de qué se trata la experiencia de algunos convertidos, a los cuales la existencia de Dios se les revela repentinamente, en un cierto momento de la vida, después de haberla ignorado o negado tenazmente.

Uno de ellos fue el periodista francés Andrè Frossard, muerto el 2 de febrero de 1995. Así describe su vida antes de la conversión:

«Dios no existía. Su imagen, en fin, las imágenes que evocan su existencia o aquellas de lo que podría llamarse su descendencia histórica, los santos, los profetas, los héroes de la Biblia, no figuraban en parte alguna de nuestra casa. (…) Éramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita Roja».

En una jornada de verano, cansado de esperar al amigo con el que se había citado, el joven Frossard entra en la iglesia cercanaobserva su arquitectura y mira a las personas que rezan en ella. Y he aquí cómo narra lo que sucedió:

«Antes que nada, se me sugieren estas palabras: vida espiritual. No se me dicen, no las formo yo mismo, las escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mí, en voz baja, por una persona que vería lo que yo no veo aún. La última sílaba de este preludio murmurado alcanza apenas en mí la orilla de lo consciente, que comienza una avalancha al revés.[…] ¿Cómo describirlo con estas palabras huidizas, […] un mundo distinto de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la ribera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo, y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de Aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes.[…] Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado».

Al salir de la iglesia, su amigo, viendo que algo había sucedido, le pregunta: «¿Que te pasa?» — Responde: «Soy católico», y, como si temiera no haber sido suficientemente explícito, añadió: «apostólico y romano».

La expresión que expresa mejor este acontecimiento es: darse cuenta de Dios. «Darse cuenta» indica un repentino abrirse de los ojos, un sobresalto de la conciencia, por el que empezamos a ver algo que estaba allí también antes, pero que no veíamos.

Probemos a releer, sobre la ola de la «iluminación» descrita por Sartre, el episodio de la zarza ardiente. Nos servirá, entre otras cosas, para constatar cómo también el pensamiento moderno «existencial» nos puede ayudar a descubrir, en la Biblia, algo nuevo, que el pensamiento antiguo, todo el orientado en sentido ontológico, aun con toda su riqueza, no era capaz de captar.

La página de la Biblia que narra la zarza ardiente (Éx 3,1ss.) es ella misma una zarza ardiente. Arde, pero no se consume. A distancia de milenios no ha perdido nada de su poder de transmitir el sentido de lo divino. Muestra, mejor que cualquier discurso, qué sucede cuando se encuentra realmente al Dios vivo. «Moisés pensó: “Quiero acercarme…”». Todavía piensa y quiere. Es dueño de sí; él es quien conduce (o cree conducir) el juego. Pero he aquí que lo divino irrumpe con su ser e impone su ley. «¡Moisés, Moisés! No te acerques. Yo soy el Dios de tu padre». Todo cambió de repente. Moisés se hace dócil de golpe, sumiso. «¡Heme aquí!», responde y se cubre el rostro, como los serafines se cubrían los ojos con las alas (cf. Is 6, 2). Lo numinoso está en el aire. Moisés entra en el misterio.

En esta atmósfera Dios revela su nombre: «Yo soy el que soy». Trasplantada en el terreno cultural helénico, ya con los Setenta, esta palabra fue interpretada como una definición de lo que Dios es, el Ser absoluto, como una afirmación de su esencia más profunda. Pero semejante interpretación, dicen hoy los exégetas, es «completamente ajena al modo de pensar del Antiguo Testamento». La frase significa: «Yo soy aquel que estoy; o, más simplemente todavía: «¡Yo estoy (o yo estaré) para vosotros!»[6]. Se trata de una afirmación concreta, no abstracta; se refiere más a la existencia de Dios que a su esencia, más a su «estar», que no a lo «que es». No estamos lejos del «Yo vivo», «Yo soy el viviente», que Dios pronuncia en otras partes de la Biblia.

Aquel día, pues, Moisés descubrió algo muy simple, pero capaz de poner en marcha y apoyar todo el proceso de liberación que seguirá. Descubrió que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob existe, está, es una realidad presente y operante en la historia, uno con el que se puede contar. Esto era, por lo demás, lo que Moisés tenía necesidad de saber en ese momento, no una abstracta definición de Dios.

Hay algo que une la experiencia del filósofo ante la raíz del castaño y la de Moisés ante la zarza ardiente. Ambos descubren el misterio del ser: el primero, el ser de las cosas, el segundo, el Ser de Dios. Pero mientras que descubrir que Dios existe es fuente de valor y de alegría, descubrir solo que las cosas existen no produce, según dice ese mismo filósofo, más que «náusea».

Dios, sentimiento de una presencia

«Qué significa y cómo se define el Dios vivo? Por un momento he acariciado el propósito de responder a esta pregunta, trazando un perfil del Dios vivo, a partir de la Biblia, pero luego he visto que sería una gran tontería. Querer describir al Dios vivo, trazar su perfil, aun basándose en la Biblia, es recaer en el intento de reducir el Dios vivo a idea del Dios vivo.

Lo que podemos hacer, incluso respecto del Dios vivo, es superar «los tenues signos de reconocimiento que los hombres han trazado sobre su superficie», romper las pequeñas cáscaras de nuestras ideas de Dios, o las «vasijas de alabastro» en las que lo tenemos encerrado, de modo que su perfume se expanda y «llene la casa». En esto nos es maestro san Agustín. El santo nos ha dejado una especie de método para elevarnos con el corazón y la mente al Dios vivo y verdadero. Consiste en repetirnos a nosotros mismos, después de cada reflexión sobre Dios: «¡Pero Dios no es esto, pero Dios no es esto!» Piensa en la tierra, piensa en el cielo, piensa en los ángeles o en cualquier cosa o persona; piensa, finalmente, en lo que tú mismo piensas de Dios, y repite cada vez: «¡Sí, pero Dios no es esto, Dios no es esto!» «Busca por encima de nosotros», responden, una a una, todas las criaturas preguntadas[7]. ¡Debemos creer en un Dios que está más allá del Dios en el que creemos!

El Dios vivo, en cuanto vivo, se puede intuir vagamente, tener de él una especie de sensación o pre-sentimiento. Se puede suscitar su deseo, la nostalgia. Más no. No se puede encerrar la vida en una idea. Por esto se puede tener de él más fácilmente el sentimiento, o la sensación, que la idea, porque la idea circunscribe la persona, mientras que el sentimiento revela su presencia, dejándola en su totalidad e indeterminación. San Gregorio de Nisa habla de la más alta forma de conocimiento de Dios como un «sentimiento de presencia»[8].

Lo divino es una categoría absolutamente distinta de cualquier otra, que no puede ser definida, sino solo aludida; se puede hablar de ella solo por analogías y contraposiciones. Una imagen que en la Biblia nos habla así de Dios es la roca. Pocos títulos bíblicos son capaces de crear en nosotros un sentimiento tan vivo de Dios —sobre todo de lo que Dios es para nosotros— como este de Dios-roca. Tratemos también nosotros de libar, como dice la Escritura, «miel de la roca» (cf. Dt 32,13).

Más que un simple título, roca aparece, en la Biblia, como una especie de nombre personal de Dios, hasta el punto de que es escrito, a veces, con letra mayúscula. «Él es la Roca, perfecta es su obra» (Dt 32,4); «El Señor es una roca eterna» (Is 26, 4). Pero para que esta imagen no nos infunda miedo y sujeción por la dureza y la impenetrabilidad que evoca, la Biblia agrega enseguida otra verdad: él es «nuestra» Roca, «mi» roca. Es decir, una roca para nosotros, no contra nosotros. «El Señor es mi roca» (Sal 18,3), la «roca de mi defensa» (Sal 31, 4), la «roca de nuestra salvación» (Sal 95,1).

Los primeros traductores de la Biblia, los Setenta, se asustaron ante una imagen tan material de Dios que parecía abajarlo y sustituyeron sistemáticamente el concreto «roca» con abstractos, como «fuerza», «refugio», «salvación». Pero, con razón, todas las traducciones modernas han restituido a Dios el título original de roca.

Roca no es un título abstracto; no dice sólo lo que Dios es, sino también qué debemos ser nosotros. La roca está hecha para ser escalada, buscar refugio en ella, no sólo para ser contemplada desde lejos. La roca atrae, apasiona. Si Dios es roca, el hombre debe convertirse en un «escalador». Jesús decía: «Aprended del dueño de casa»; «Mirad a los pescadores»; Santiago continúa diciendo: «Mirad a los agricultores». Nosotros podemos añadir: «¡Mirad a los escaladores!». Si cae la noche o viene una tormenta, no cometen la imprudencia de intentar bajar, sino que se agarrán aún más a la roca y esperan a que pase la tormenta.

La insistencia de la Biblia sobre el Dios-roca tiene como objetivo infundir confianza en la criatura, arrojando los miedos de su corazón. «No temamos si tiembla la tierra, si se derrumban los montes en el fondo del mar», dice un salmo; y el motivo que se aduce es: «Nuestra roca es el Dios de Jacob» (Sal 46, 3.8).

¡Dios existe y eso basta!

El primer biógrafo de san Francisco de Asís, Tomás de Celano, describe un momento de oscuridad, y casi de desánimo, que el santo vivió hacia el final de su vida, a causa de las desviaciones que veía, en torno a sí, del primitivo estilo de vida de sus hermanos.

Estando turbado —escribe— por los malos ejemplos, y habiendo recurrido un día, tan amargado, a la oración, se sintió amonestado de este modo por el Señor: ¿Por qué tú, insignificante, te turbas? ¿Acaso te he establecido pastor de mi Orden de manera que olvidaras que yo sigo siendo el patrón principal? […] No te turbes, pues, sino espera tu salvación, porque si la Orden se redujera incluso a sólo tres frailes, permanecerá mi ayuda siempre estable»[9].

El estudioso franciscano francés P. Eloi Leclerc, el que mejor de todos ha expuesto esta fase atormentada de la vida de Francisco, dice que el santo fue tan reanimado por las palabras de Cristo que iba repitiendo dentro de sí una exclamación: «Dieu est, et cela suffit». ¡Francisco, Dios existe y eso basta! ¡Dios existe y eso basta!»[10].

Aprendamos a repetir también nosotros estas sencillas palabras cuando, en la Iglesia o en nuestra vida, nos encontremos con situaciones similares a las de Francisco y muchas nubes se desvanecerán.

[1] Santa Ángela de Foligno.

[2] San Agustín.

[3] «Zu den Sachen selbst»: es el programa de la Escuela fenomenológica de Husserl.

[4] Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-IIae, q.1,a.2, 2.

[5] J.-P. Sartre, La nausea(Mondadori, Milán 1984) 193s [trad. esp. La náusea(Alianza, Madrid 2016).

[6] Cf.G. von Rad, Theologie des alten Testaments, I (Múnich 1966) 194 [tras. Esp. Teología del Antiguo Testamento(Sígueme, Salamanca 92002).

[7] San Agustín, Comentario al Salmo 85, 12: CCL 39, 1136); cf. también Confesiones, X, 6, 9.

[8] San Gregorio de Nisa, Cant. XI,5,2: PG 44,1001.

[9] Celano, Vida Segunda CXVII, 158: Fuentes Franciscanas, n. 742.

[10] Eloi Leclerc, Sagesse d’un Pauvre(Editions Franciscaines, París 1959) 75-78 [tras. esp. Sabiduría de un pobre(Encuentro, Madrid 2007)].

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
Fuente: Zenit

 

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Audiencia general 5 de diciembre de 2018

El Papa Francisco ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis en la audiencia general, este 5 de diciembre de 2108, dedicado al ‘Padre nuestro’ comenzando por el tema “Enséñanos a rezar” (Pasaje bíblico: Evangelio según san Lucas 11,1).

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos un ciclo de catequesis sobre el “Padre Nuestro”.

Los evangelios nos presentan retratos muy vívidos de Jesús como hombre de oración. Jesús rezaba. A pesar de la urgencia de su misión y el apremio de tantas personas que lo reclaman, Jesús siente la necesidad de apartarse en soledad y rezar. El Evangelio de Marcos nos cuenta este detalle desde la primera página del ministerio público de Jesús (cf. 1: 35). El día inaugural de Jesús en Cafarnaúm  terminó triunfalmente. Cuando baja el sol, una multitud de enfermos llega a la puerta donde mora Jesús: el Mesías predica y sana. Se cumplen las antiguas profecías y las expectativas de tantas personas que sufren: Jesús es el Dios cercano, el Dios que libera. Pero esa multitud es todavía pequeña en comparación con muchas otras multitudes que se reunirán alrededor del profeta de Nazaret; a veces se trata de reuniones oceánicas, y Jesús está en el centro de todo, el esperado por el pueblo, el resultado de la esperanza de Israel.

Y, sin embargo, Él se desvincula; no termina siendo rehén de las expectativas de quienes lo han elegido como líder. Hay un peligro para los líderes: apegarse demasiado a la gente, no mantener las distancias. Jesús se da cuenta y no termina siendo rehén de la gente. Desde la primera noche de Cafarnaúm, demuestra ser un Mesías original. En la última parte de la noche, cuando se anuncia el amanecer, los discípulos todavía lo buscan, pero no consiguen encontrarlo. ¿Dónde está? Hasta que, por fin, Pedro lo encuentra en un lugar aislado, completamente absorto en la oración y le dice: “¡Todos te están buscando!” (Mc 1, 37). La exclamación parece ser la cláusula que sella el éxito de un plebiscito, la prueba del buen resultado de una misión.

Pero Jesús dice a los suyos que debe ir a otro lugar; que no son las personas las que lo buscan, sino que en primer lugar es Él el que busca los demás. Por lo tanto, no debe echar raíces, sino seguir siendo un peregrino por  los caminos de Galilea (versículos 38-39). Y también peregrino hacia el Padre, es decir: rezando. En camino de oración. Jesús reza.

Y todo sucede en una noche de oración.

En alguna página de las Escrituras parece ser la oración de Jesús, su intimidad con el Padre, la que gobierna todo. Lo será especialmente, por ejemplo, en la noche de Getsemaní. El último trecho del camino de Jesús (en absoluto, el más difícil de los que había recorrido hasta entonces) parece encontrar su significado en la escucha continua de Jesús hacia su Padre. Una oración ciertamente no fácil, de hecho, una verdadera “agonía”, en el sentido del agonismo de los atletas, y sin embargo, una oración capaz de sostener el camino de la cruz.

Aquí está el punto esencial: Allí Jesús rezaba.

Jesús rezaba intensamente en los actos públicos, compartiendo la liturgia de su pueblo, pero también buscaba lugares apartados, separados del torbellino del mundo, lugares que permitieran descender al secreto de su alma: es el profeta que conoce las piedras del desierto y sube a lo alto de los montes. Las últimas palabras de Jesús, antes de expirar en la cruz, son palabras de los salmos, es decir de la oración, de la oración de los judíos: rezaba con las oraciones que su madre le había enseñado.

Jesús rezaba como reza cada hombre en el mundo. Y, sin embargo, en su manera de rezar, también había un misterio encerrado, algo que seguramente no había escapado a los ojos de sus discípulos  si encontramos en los evangelios esa simple e inmediata súplica: “Señor, enséñanos a rezar” (Lc. 11,1). Ellos veían que Jesús rezaba y tenían ganas de aprender a rezar: “Señor, enséñanos a rezar”. Y Jesús no se niega, no está celoso de su intimidad con el Padre, sino que ha venido precisamente para introducirnos en esta relación con el Padre Y así se convierte en maestro de oración para sus discípulos, como ciertamente quiere serlo para todos nosotros. Nosotros también deberíamos decir: “Señor enséñame a rezar. Enséñame”.

¡Aunque hayamos rezado durante tantos años, siempre debemos aprender! La oración del hombre, este anhelo que nace de forma tan natural de su alma, es quizás uno de los misterios más densos del universo. Y ni siquiera sabemos si las oraciones que dirigimos a Dios sean en realidad aquellas que Él quiere escuchar. La Biblia también nos da testimonio de oraciones inoportunas, que al final son rechazadas por Dios: basta con recordar la parábola del fariseo y el publicano. Solo este último, el publicano,  regresa a casa del templo justificado, porque el fariseo era orgulloso y le gustaba que la gente le viera rezar y fingía rezar: su corazón estaba helado. Y dice Jesús: éste no está justificado “porque el que se ensalza será humillado, el que se humilla será ensalzado” (Lc 18, 14).El primer paso para rezar es ser humildes, ir donde el Padre y decir: “Mírame, soy pecador, soy débil, soy malo”, cada uno sabe lo que tiene que decir. Pero se empieza siempre con la humildad, y el Señor escucha. La oración humilde es escuchada por el Señor.

Por eso, al comenzar este ciclo de catequesis sobre la oración de Jesús, lo más hermoso y justo que todos tenemos que hacer es repetir la invocación de los discípulos: “¡Maestro, enséñanos a rezar!”. Será hermoso, en este tiempo de Adviento, repetirlo: “Señor, enséñame a rezar”. Todos podemos ir algo más allá y rezar mejor; pero pedírselo al Señor. “Señor, enséñame a rezar”. Hagámoslo en este tiempo de Adviento y él ciertamente no dejará que nuestra invocación caiga en el vacío.

Saludos en español:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Los animo a pedir a Dios como hicieron los discípulos: «Señor, enséñanos a rezar», para que nuestra oración no sea ni rutinaria ni egoísta, sino encarnada en nuestra vida y que sea agradable a nuestro Padre del cielo.

Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: Zenit | Vatican.va
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TIEMPO DE ADVIENTO: LA CORONA

 

EL DECÁLOGO DE LA CORONA DE ADVIENTO: MEMORIA, SÍMBOLO, PROFECÍA

Corona de Adviento 2

1.- Noción: Se trata de una corona de ramas verdes, en la que se fijan cuatro velas vistosas, generalmente violáceas. Suele colocarse sobre una mesita, o sobre un tronco de árbol, o colgada del techo con una cinta elegante. En principio, no se pone encima del altar, sino junto al ambón o en otro lugar adecuado como, por ejemplo, junto a una imagen o icono de la Virgen Madre, siempre Santa María del Adviento. La corona de Navidad es así el primer anuncio de la Navidad.

2.- Orígenes e inculturación: Es una costumbre originaria de los países germánicos y extendida a América del Norte, ya convertida en un símbolo del Adviento en los hogares  cristianos y de las parroquias y comunidades.

Durante el frío y la oscuridad del final del otoño los pueblos germánicos precristianos recolectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida del sol naciente y de la primavera.

Ejemplo, pues, de cristianización de la cultura donde lo viejo toma ahora un nuevo y pleno sentido, la Corona de Adviento encuentra un espléndido referente en Jesucristo, la luz del mundo, el vencedor de la oscuridad y de las tinieblas.

3.- Los contenidos de la Corona de Adviento: Una corona circular, ramas o follaje verde, cuatro velas y algún adorno sobre ellas como manzanas rojas y el listón rojo.

4.- La Corona circular: El círculo hace presente la figura perfecta que no tiene principio ni fin, evocando la unidad y eternidad del Señor Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y siempre (cfr. Heb 13, 8). Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio ni fin. Es asimismo interpelación para que también nuestro amor a Dios y amor al prójimo tampoco finalice nunca.

5.- El follaje verde perenne: Las ramas verdes pueden ser de ramas de pino, abeto, hiedra…. Representan a Cristo eternamente vivo y presente entre nosotros.

6.-Los adornos: Son unas manzanas rojas y un listón rojo. Las manzanas representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva. Hablan, pues, del pecado de la expulsión del paraíso y el anhelo permanente del hombre de regresar a él. Por eso el listón rojo significa el amor de Dios que nos envuelve y nuestra respuesta también de amor a ese amor de Dios.

7.- Las cuatro velas: Representan los cuatro domingos que jalonan este tiempo de vigilante espera. Nos hacen pensar en la oscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Y así con cada vela que encendemos, la humanidad se iluminó y sigue iluminando con la llegada de Jesucristo a nuestro mundo.

8.- El encendido de las velas: Como expresión de alegre expectación, cada semana, se realiza el rito de encender las velas correspondientes: el primer domingo de Adviento, una, el segundo, dos, el tercero, tres, el cuarto y último, las cuatro.

El progresivo encendido de estos cirios nos hace tomar conciencia del paso del tiempo en el que esperamos la última y definitiva venida del Señor. Este itinerario, acompañado de alguna oración o canto, nos marcará los pasos que nos acercan hasta la fiesta de Navidad, y nos ayudará a tener más presente el tiempo en que nos encontramos.

9.- El rito del encendido de las velas: El rito encendido de la corona se puede realizar en todas las misas dominicales de la parroquia, incluyendo la vespertina del sábado. En las comunidades religiosas, en cambio, será mejor hacerlo en la celebración que inaugure cada semana: las primeras Vísperas.

La Corona que se ha instalado en la iglesia parroquial, se puede bendecir al comienzo de la Misa. La bendición se hará después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial.

10.- La metáfora, el significado global de la Corona de Adviento: Este sencillo lucernario es a la vez memoria, símbolo y profecía.

** Es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo.

** Es símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia.

** Es profecía de Cristo, luz del mundo que volverá para iluminar definitivamente al mundo y a quien esperamos con las lámparas encendidas.

Por: Jesús de las Heras \ Fuente: ECCLESIA
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Ángelus 2 de diciembre de 2018

Ángelus 2 dic 2018 © Vatican Media

Palabras del Papa Francisco ante el Ángelus.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

Hoy comienza el Adviento, el tiempo litúrgico que nos prepara para la Navidad, invitándonos a levantar los ojos y abrir nuestros corazones para recibir a Jesús. Durante el Adviento, no solo vivimos la espera navideña; también estamos invitados a despertar la expectativa del glorioso regreso de Cristo, cuando él regrese al final de los tiempos, y nos prepare para el encuentro final con él a través de elecciones coherentes y valientes. Recordamos la Navidad, esperamos el glorioso regreso de Cristo y también nuestro encuentro personal: el día que el Señor nos llamará. Durante estas cuatro semanas, estamos llamados a dejar atrás una forma de vida resignada y rutinaria, alimentando esperanzas y sueños para un futuro nuevo. El evangelio de este domingo (cf Lc 21, 25-28, 34-36) va precisamente en esta dirección y nos advierte que no nos dejemos oprimir por un modo de vida egocéntrico y ritmos convulsivos de los días. Las palabras de Jesús resuenan de una manera particularmente incisiva: “Estén atentos, para que su corazón no esté cargado de disipaciones, embriaguez y preocupaciones de la vida, y ese día, no caiga de improviso sobre vosotros[…] Velad y orad en todo momento”(vv 34.36).

Mantente despierto y reza: así es como se vive esta época desde hoy hasta la navidad. Estar despierto y orar. El sueño interno viene siempre de girar siempre sobre nosotros mismos, encerrado en la propia vida con los problemas, las alegrías y los dolores, y siempre girar entorno a nosotros mismos. Y eso cansa, aburre, se cierra a la esperanza. Esta es la raíz del letargo y la ociosidad de que habla el Evangelio. El Adviento nos invita a un compromiso de vigilancia, a mirar más allá de nosotros mismos, a expandir nuestras mentes y corazones para abrirnos a las necesidades de las personas, de nuestros hermanos y al deseo de un mundo nuevo. Es el deseo de tantos pueblos martirizados por el hambre, la injusticia y la guerra; Es el deseo de los pobres, los débiles, los abandonados. Es un buen momento para abrir nuestros corazones para hacernos preguntas concretas sobre como y por quién empleamos nuestras vidas.

La segunda actitud para vivir bien el tiempo de la espera del Señor es el de la oración. “Levántate y alza la cabeza, porque tu liberación está cerca” (v. 28), advierte el Evangelio de Lucas. Se trata de levantarse y orar, de volver nuestros pensamientos y corazones a Jesús que viene. Nosotros, estamos esperando a Jesús, queremos esperarle en oración, lo cual está estrechamente relacionado con la vigilancia. Orar, esperar a Jesús, abrirnos a los demás, estar atentos, no encerrados en nosotros mismos. Pero si pensamos en la Navidad en un clima de consumo, para ver qué puedo comprar para hacer esto o aquello, de la fiesta mundana, Jesús pasará y no lo encontraremos. Estamos esperando a Jesús y queremos esperarle en oración, que está estrechamente relacionado con la vigilancia.

Pero ¿qué espera el horizonte de nuestra oración? En la Biblia es especialmente, las voces de los profetas. Quien nos diga. Hoy, es el de Jeremías, que habla a las personas endurecidas por el exilio y que corre el riesgo de perder su identidad. Incluso nosotros, los cristianos, que también somos pueblo de Dios, corremos el peligro de convertirnos en “mundanos” y perder nuestra identidad, e incluso “paganizar” el estilo cristiano. Para esto necesitamos la Palabra de Dios que, a través del profeta, nos anuncia: “He aquí, vendrán días en que cumpliré las promesas que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá […]. Haré crecer un germen justo para David, quien ejercerá juicio y justicia sobre la tierra “(33, 14-15) es Jesús que llega y nosotros esperamos. Que la Virgen María, que nos trae a Jesús, la mujer de la espera y la oración, nos ayude a fortalecer nuestra esperanza en las promesas de su Hijo Jesús, a hacernos experimentar solo a través de las pruebas de la historia, y se sirve de los errores humanos para manifestar que Dios permanece fiel y manifestar su misericordia.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas ,

El Adviento es un tiempo de esperanza. En este momento me gustaría hacer mía la esperanza de paz para los niños de Siria , la amada Siria, atormentada por una guerra que ha durado ocho años. Por este motivo, al adherirme a la iniciativa de “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, ahora encenderé una vela, junto con muchos niños que harán lo mismo, niños sirios y muchos fieles en el mundo que hoy encienden sus velas [encienden la vela].

¡Esta llama de esperanza y muchas llamas de esperanza dispersan la oscuridad de la guerra! Oramos y ayudamos a los cristianos a permanecer en Siria y el Medio Oriente como testigos de misericordia, perdón y reconciliación. La llama de la esperanza también llega a todos aquellos que sufren en estos días conflictos y tensiones en otras partes del mundo, cerca y lejos. La oración de la Iglesia les ayuda a sentir la proximidad del Dios fiel y toca toda conciencia para un sincero compromiso con la paz. Y ese Dios, nuestro Señor, perdona a los que hacen la guerra, a los que hacen armas para destruirse a sí mismos y convertir sus corazones. Oramos por la paz en la amada Siria.

[“Ave Maria …”]

Dirijo mi saludo a ustedes, romanos y peregrinos, aquí presentes; en particular los procedentes de Linden, en los Estados Unidos de América, Valencia y Pamplona; así como a los estudiantes y profesores del Colegio “Claret” de Madrid.

Saludo al coro polifónico de Modica, a los fieles de Altamura, Conversano y Laterza. Les deseo a todos un buen domingo y un buen viaje de Adviento. Por favor no os olvidéis de orar por mí. ¡Buen almuerzo y adiós!

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I Domingo de Adviento, Ciclo C – P. Raniero Cantalamessa

I Domingo de Adviento '14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.» (Lucas 21, 25-28.34-36)

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¡La vida es espera!

El otoño es el tiempo ideal para meditar sobre los temas humanos. Tenemos ante nosotros el espectáculo anual de las hojas que caen de los árboles. Desde siempre se ha visto en él una imagen del destino humano. Una generación viene, una generación se va…

¿Pero es de verdad éste nuestro destino final? ¿Más mísero que el de los árboles? El árbol, después del deshoje, en primavera vuelve a florecer; el hombre en cambio, una vez que ha caído en tierra, ya no ve al luz. Al menos, no la luz de este mundo… Las lecturas del domingo nos ayudan a dar una respuesta a la que es la más angustiosa y la más humana de las cuestiones.

Recuerdo haber visto de niño, en una película o en un tebeo de aventuras, una escena que se me quedó fijada para siempre. Es por la noche y se ha caído un puente del ferrocarril; un tren, ignorante, llega a toda velocidad; el guardavías se pone entre éstas gritando: «¡Detente! ¡Detente!», agitando una linterna para señalar el peligro; pero el maquinista está distraído y no lo ve, y avanza arrastrando el tren al río… No querría cargar las tintas, pero me parece una imagen de nuestra sociedad, que avanza frenéticamente al ritmo de rock ‘n roll, desatendiendo todas las señales de alarma que provienen no sólo de la Iglesia, sino de muchas personas que sienten la responsabilidad del futuro…

Con el primer domingo de Adviento comienza un nuevo año litúrgico. El Evangelio que nos acompañará en el curso de este año, ciclo C, es el de Lucas. La Iglesia acoge la ocasión de estos momentos fuertes, de paso, de un año al otro, de una estación a otra, para invitarnos a detenernos un instante, a observar nuestro rumbo, a plantearnos las preguntas que cuentan: «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿adónde vamos?».

En las lecturas de la Misa dominical, todos los verbos están en futuro. En la primera lectura escuchamos estas palabras de Jeremías: «Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que confirmaré la buena palabra que dije a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella sazón haré brotar para David un Germen justo…».

A esta espera, realizada con la venida del Mesías, el pasaje evangélico le da un horizonte o contenido nuevo, que es el retorno glorioso de Cristo al final de los tiempos. «Las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria».

Son tonos e imágenes apocalípticas, de catástrofe. Sin embargo se trata de un mensaje de consuelo y de esperanza. Nos dicen que no estamos caminando hacia un vacío y un silencio eternos, sino hacia un encuentro, el encuentro con aquél que nos ha creado y que nos ama más que un padre y una madre. En otro lugar el propio Apocalipsis describe este evento final de la historia como una entrada al banquete nupcial. Basta con recordar la parábola de las diez vírgenes que entran con el esposo en la sala nupcial, o la imagen de Dios que, en el umbral de la otra vida, nos espera para enjugar la última lágrima que penda de nuestros ojos.

Desde el punto de vista cristiano, toda la historia humana es una larga espera. Antes de Cristo se esperaba su venida; después de él se espera su retorno glorioso al final de los tiempos. Precisamente por esto el tiempo de Adviento tiene algo muy importante que decirnos para nuestra vida. Un gran autor español, Calderón de la Barca, escribió un célebre drama titulado La vida es sueño. Con igual verdad se debe decir: ¡la vida es espera! Es interesante que éste sea justamente el tema de una de las obras teatrales más famosas de nuestro tiempo: Esperando a Godot, de Samuel Beckett…

Cuando una mujer está embarazada se dice que «espera» un niño; los despachos de personas importantes tienen «sala de espera». Pensándolo bien, la vida misma es una sala de espera. Nos impacientamos cuando estamos obligados a esperar una visita o una experiencia. Pero ¡ay si dejáramos de esperar algo! Una persona que ya no espera nada de la vida está muerta. La vida es espera, pero es también cierto lo contrario: ¡la espera es vida!

¿Qué diferencia la espera del creyente de cualquier otra espera, por ejemplo, de la espera de los dos personas que aguardan a Godot? Ahí se espera a un misterioso personaje (que después, según algunos, sería precisamente Dios, God, en inglés), pero sin certeza alguna de que llegue de verdad. Debía acudir por la mañana, envía a decir que irá por la tarde; en ese momento dice que no puede ir, pero que lo hará con seguridad por la noche, y por la noche que tal vez irá a la mañana siguiente… Y los dos pobrecillos están condenados a esperarle; no tienen alternativa.

No es así para el cristiano. Éste espera a uno que ya ha venido y que camina a su lado. Por esto, después del primer domingo de Adviento, en el que se presenta el retorno final de Cristo, en los domingos sucesivos escucharemos a Juan Bautista que nos habla de su presencia en medio de nosotros: «¡En medio de vosotros -dice- hay uno a quien no conocéis!». Jesús está presente en medio de nosotros no sólo en la Eucaristía, en la palabra, en los pobres, en la Iglesia… sino que, por gracia, vive en nuestros corazones y el creyente lo experimenta.

La del cristiano no es una espera vacía, un dejar pasar el tiempo. En el Evangelio del domingo Jesús dice también cómo debe ser la espera de los discípulos, cómo deben comportarse entretanto, a fin de no verse sorprendidos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida… Estad en vela, pues, orando en todo tiempo…».

Pero de estos deberes morales tendremos ocasión de hablar en otros momentos. Termino con un recuerdo cinematográfico. Hay dos grandes historias de iceberg llevadas a la gran pantalla. Una es la del Titanic, que conocemos bien…, la otra la relata la película de Kevin Kostner Rapa Nui, de hace algunos años. Una leyenda de la isla de Pascua, situada en el Océano Pacífico, dice que el iceberg es en realidad una nave que cada ciertos años o siglos pasa junto a la isla para permitir al rey o al héroe del lugar encaramarse a ella e ir hacia el reino de la inmortalidad.

Existe un iceberg en la ruta de cada uno de nosotros, la hermana muerte. Podemos fingir que no lo vemos o no pensar en ello como la gente despreocupada que, en el Titanic, estaba de fiesta esa noche, o podemos estar preparados para subirnos y dejarnos conducir hacia el reino de los santos. El tiempo de Adviento debería servir también para esto…

 P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
[Traducción del italiano realizada por Zenit]
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